jueves, 4 de junio de 2009

Por favor, alguién que sepa cómo guiarnos para encontrar el norte que nos saque de esta cruel realidad.

La Presidenta, aconsejada por su marido, habría dejado de leer los diarios para evitarse disgustos. Una decisión legítima, pero que no hace más que marcar las fuertes diferencias que existen entre los de arriba y los de abajo. Porque la señora puede prescindir si quiere (mientras sueña con hacer algún día la gran Chavez), de los medios que critican su gestión o se ríen salvajemente de ella. Puede ningunear a la prensa opositora y reducir la información que recibe a la muy dulce y complaciente que le proporciona la legión de funcionarios que la rodea y que está atenta al menor de sus deseos. Pero ojo, que con eso no hace más que acentuar las distancias que la separan del noble pueblo argentino.

Porque muy otra es la situación del fulano raso, esto es, del tipo que yuga todos los días, que toma colectivos, subtes y trenes atestados, que tiene que estar atento al motochorro en la calle y al escruchante en su domicilio, que vive pendiente de que los pibes no se le vayan para el lado del paco o del porro, que sufre y pelea con la patrona para llegar a fin de mes y que además anda con el ay en la boca por miedo a que cierre la empresa en la que se desloma.

Es cierto, éste también puede, si quiere, prescindir del diario o gambetear las malas noticias haciendo zapping o conectando otra vez el Winco y cargándole una pila de discos de vinilo. Pero de lo que no puede evadirse, por más que quiera, salvo que viva en la punta de un cerro como un anacoreta alimentándose de bayas de algarrobo, es de los efectos de una política y de unos funcionarios que cada vez lo desconciertan más.

Porque no es humano, admítase de una vez, que le anden diciendo que hoy, acá, está en el mejor de los mundos posibles, mientras el resto de la humanidad padece de angustias sin fin; o que lo quieran convencer de que la inflación es una filfa, que sólo está desempleado el que quiere, que la inseguridad, el dengue y la fiebre porcina son sensaciones, que los pobres y menesterosos no son más que un puñadito, que "el modelo" camina y no es un cachivache del que sólo anda la marcha atrás, que los que andan metiendo, sin pudor, la mano en la lata son nada más que honrados funcionarios y que los viejos jubilados son unos bacanes que, con lo que ganan aquí, en la India tendrían auto en la puerta y chofer japonés.

Es decir, acá ya no se trata de que uno tenga un palacio en Calafate y un montón de propiedades y que los otros vivan de la cuarta al pértigo. Lo verdaderamente de fondo es que mientras en la Rosada no quieren leer los diarios porque les provoca estrés y se les descosen los puntos, en el llano no hay más remedio que bancarse una realidad, no porque la invente la prensa para beneficiar a los fabricantes de ansiolíticos, sino porque no hay otra, mientras la buena viene tan atrasada como el tren bala y el cambio de las monedas en los buses por las tarjetas magnéticas.
Circo criolloUn mundo de fantasía

Daniel Della Costa

lanacion.com | Opinión | Jueves 4 de junio de 2009

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