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martes, 10 de julio de 2012
Una alerta en defensa de la cultura
Por Andrés Oppenheimer | LA NACION
El premio Nobel Mario Vargas Llosa dice en su nuevo libro que estamos viviendo en una "cultura del entretenimiento" en la que todo -incluso la literatura, el periodismo, la política y el sexo- se está volviendo cada vez más trivial, y que ese fenómeno puede tener desastrosas consecuencias para la humanidad.
De manera que cuando lo entrevisté la semana pasada para hablar de su libro La civilización del espectáculo , una colección de ensayos nuevos y otros publicados anteriormente, no pude evitar empezar con la pregunta obvia: ¿Qué tiene de malo el entretenimiento?
"¡Nada! Yo estoy a favor de la diversión", respondió el escritor peruano desde su casa en Madrid, donde vive parte del año. "Lo que digo en este ensayo es que la función de la cultura no es exclusivamente divertir. Porque si convertimos a la cultura solamente en diversión, en una manera ligera de pasar un buen rato, entonces la cultura pierde esa función que ha tenido tradicionalmente, que era la de preocuparnos sobre el mundo en que vivimos, y [perderemos] también ...una actitud crítica que nos lleva a poner constantemente en cuestión lo que creemos que son certezas inamovibles."
Vargas Llosa agregó que, en la actualidad, la literatura light, destinada a entretener al público, está acabando con la literatura como un arte. En el mundo de 140 caracteres de Twitter en que vivimos, hoy no podría surgir un León Tolstoi, un James Joyce o un Jorge Luis Borges, entre otras cosas, porque Internet está acortando nuestro lapso de atención y dificultando cada vez más la capacidad de la gente para leer libros.
"De ninguna manera esto es una crítica ni a la tecnología ni al desarrollo audiovisual", dijo Vargas Llosa. "Ahora, lo que yo creo es que reemplazar enteramente a los libros por las pantallas es reemplazar un tipo de esfuerzo intelectual más profundo por un esfuerzo intelectual mínimo, y que eso tiene consecuencias... Está creando un público que ya no soporta un gran esfuerzo intelectual, al que el libro lo fatiga, aburre, distrae, porque está dedicado a este esfuerzo mínimo, que es el que demandan las pantallas."
Hasta el sexo se ha convertido en una práctica cada vez más banal, despojada de erotismo, parecida a un deporte, afirmó. Al recordar la decisión de la junta de gobierno de Extremadura, España, de ofrecer talleres de masturbación en las escuelas, dijo que el sexo "está perdiendo su misterio". Agregó que estamos "trivializando tremendamente una actividad que, si no conserva cierta dosis de misterio y de privacidad, puede retrocedernos al sexo puramente animal y a la desaparición del erotismo, que es la forma civilizada y humanizadora del sexo".
Vargas Llosa añadió que también la política actualmente "es mucho más un espectáculo que un debate de ideas". Y explicó que, en ese espectáculo, el que conquista las multitudes "no es el que piensa mejor, sino el mejor actor, el mejor histrión o el mejor payaso".
Refiriéndose a otros capítulos del libro, en el que cita el éxito mundial de la revista española ¡Hola! y el fenómeno de WikiLeaks como ejemplos de la degradación del periodismo, Vargas Llosa dijo: "Hoy día, los periódicos más serios, si no dan cada vez más espacio a lo que es puramente chismografía social o artística, o cinematográfica, corren el riesgo de perder lectores". WikiLeaks fue un ejemplo de periodismo irresponsable, más dedicado a entretener que a informar, dijo.
"La actitud de los medios un poco cínica, despectiva, hacia la política, contribuye mucho a esa desvalorización de la política, que yo creo que entraña un peligro serio a largo plazo para la cultura democrática", agregó.
Intrigado, le pregunté a Vargas Llosa, un sólido defensor de la libertad de prensa y del libre mercado, qué propone para que la prensa no termine completamente engullida por la cultura del entretenimiento. Respondió que está en contra de cualquier clase de regulación de los medios. "Creo que la libertad del mercado requiere una intensa vida cultural y espiritual de la sociedad, para que el funcionamiento del mercado no destruya los valores y el mercado funcione dentro de una cierta moralidad", explicó.
Una cultura vibrante es la mejor defensa contra una pérdida de valores como la que llevó entre otras cosas a la crisis económica de 2008, agregó.
Mi opinión: me gustó el libro de Vargas Llosa y, aunque toca tantos temas que inevitablemente no se puede coincidir en todo, siempre admiro su coraje de ir contra la corriente políticamente correcta del momento. Vargas Llosa se mete en territorios intelectualmente peligrosos, sin temer a las críticas que seguramente le harán quienes sólo lo leen superficialmente. Nos hace repensar muchas cosas que damos por sentadas, y ése es el mejor antídoto contra la cultura del espectáculo que anestesia nuestro pensamiento crítico.
© La Nacion
sábado, 7 de julio de 2012
La marihuana sale del armario
MADRID.- Poco a poco, la batalla por la legalización de las drogas va abriéndose camino y haciendo retroceder a quienes, contra la evidencia misma de los hechos, creen que la represión de la producción y el consumo es la mejor manera de combatir el uso de estupefacientes y las cataclísmicas consecuencias que tiene el narcotráfico en la vida de las naciones.
Hay que aplaudir la valerosa decisión del gobierno de Uruguay y de su presidente, José Mujica, de proponer al Parlamento una ley legalizando el cultivo y la venta de cannabis. De ser aprobada -lo que parece seguro, pues el Frente Amplio tiene mayoría en ambas cámaras y, además, hay diputados y senadores de los partidos de oposición, Blanco y Colorado, que aprueban la medida-, ésta infligirá un duro revés a las mafias que, de un tiempo a esta parte, utilizan a ese país no sólo como mercado de la droga, sino como una plataforma para exportarla a Europa y Asia. Esta ley forma parte de una serie de disposiciones encaminadas a combatir la "inseguridad ciudadana", agravada de un tiempo a esta parte en Uruguay, al igual que en toda América latina, por la criminalidad asociada al narcotráfico.
"Alguien tiene que ser el primero", declaró el presidente Mujica a O'Globo, de Brasil. "Alguien tiene que empezar en América del Sur. Porque estamos perdiendo la batalla contra las drogas y el crimen en el continente." Y el ministro de Defensa de Uruguay, Eleuterio Fernández Huidobro, señaló, como razón central de este paso audaz, que "la prohibición de ciertas drogas le está generando al país más problemas que la droga misma". No se puede decir de manera más lúcida y concisa una verdad de la que tenemos pruebas todos los días, en el mundo entero, con las noticias de los asesinatos, secuestros, torturas, atentados terroristas, guerras gansteriles, que están sembrando de cadáveres inocentes las ciudades del mundo, y el deterioro sistemático de las instituciones democráticas de los países, cada día más numerosos, donde los poderosos carteles de la droga corrompen funcionarios, jueces, policías, periodistas y a veces deciden los resultados de las justas electorales. La prohibición de la droga sólo ha servido para convertir al narcotráfico en un poder económico y criminal vertiginoso que ha multiplicado la inseguridad y la violencia y que podría muy pronto llenar el Tercer Mundo de narco-Estados.
Según las primeras informaciones, este proyecto de ley pondrá en manos del Estado uruguayo el control de la calidad, cantidad y precio de la marihuana, y los compradores deberán registrarse y tener cumplidos 18 años de edad. Cada comprador podrá adquirir un máximo de 40 porros al mes y los impuestos que graven la venta se emplearán en tratamientos de rehabilitación y de prevención y en la creación de un centro de control de calidad del producto. En un comentario a la iniciativa uruguaya que leo en Time Magazine, por lo demás muy favorable a la medida, se recuerda el mal administrador que suele ser el sector público, y con buen juicio se deplora que no se deje en libertad al sector privado de llevar a cabo esta tarea, eso sí, bajo una estricta regulación.
En ese mismo ensayo se examina lo ocurrido en Portugal, donde desde hace una decena de años se legalizó de manera parcial la marihuana sin que ello haya traído consigo el aumento del consumo de drogas más fuertes, que es lo que suelen alegar que ocurrirá los que se oponen de manera irreductible a la legalización de las llamadas drogas blandas. Time Magazine recuerda además que, según las últimas encuestas, un 50% de los ciudadanos de Estados Unidos se declaran a favor de la legalización del cannabis. Extraordinaria evolución cuando uno recuerda la tempestad de críticas, y hasta de injurias, que recibió hace algunas décadas Milton Friedman cuando defendió la legalización de las drogas y predijo el absoluto fracaso de las políticas de represión en las que los gobiernos de Estados Unidos han gastado ya muchos billones de dólares.
El gobierno de Uruguay, al atreverse a legalizar la marihuana, hace suyos muchos de los argumentos y estudios que viene difundiendo la Comisión Latinoamericana de Drogas y Democracia, que encabezan los ex presidentes Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; César Gaviria, de Colombia, y Ernesto Zedillo, de México, y de la que yo mismo formo parte con otras 18 personas, de distintas profesiones y quehaceres, de la región. Recibida al principio con reticencias y preocupación, y a veces duras críticas, esta Comisión ha ido ganando audiencia y respetabilidad por la seriedad de sus trabajos, en los que han participado siempre especialistas destacados, por su espíritu dialogante y la clara vocación democrática que la inspira.
El problema de la droga ya no sólo concierne a la salud pública, al descarrío de tantos niños y jóvenes a que muchas veces conduce, y ni siquiera a los terribles índices del aumento de la criminalidad que provoca, sino a la misma supervivencia de la democracia. La política represiva no ha restringido el consumo en país alguno, pues en todos, desarrollados o subdesarrollados, ha seguido creciendo de manera paulatina, y sí ha tenido en cambio la perversa consecuencia de encarecer cada vez más los precios de las drogas. Esto ha transformado a los carteles que controlan su producción y comercialización en verdaderos imperios económicos, armados hasta los dientes con las armas más modernas y mortíferas, con recursos que les permiten infiltrarse en todos los rodajes del Estado y una capacidad de intimidación y corrupción prácticamente ilimitada.
Por Mario Vargas Llosa | Para LA NACION
Lo ocurrido en México es sumamente instructivo. El presidente Calderón, consciente del enorme riesgo para el funcionamiento de las instituciones que representaba el narcotráfico, decidió combatirlo de manera frontal, incorporando al ejército a esta lucha. Los 50.000 muertos que esta guerra lleva ya en su haber no parecen haber hecho mayor mella en las actividades criminales de los mafiosos, ni haber disminuido para nada el consumo de drogas blandas o duras en la sociedad mexicana, y sí, en cambio, ha desatado una creciente desesperanza y decepción hacia el gobierno, al que se reprocha incluso, con dureza, "haber declarado una guerra que no se podía ganar". ¡Fantástica conclusión! ¿Había, pues, que bajar los brazos, rendirse, mirar para otro lado, y dejar que los pistoleros y traficantes de la droga se fueran apoderando poco a poco de todas las instituciones de México, que pasaran a ser ellos los verdaderos gobernantes de ese país?
Evidentemente, ésa no podía ser la solución. ¿Cuál entonces? La que, con gran mérito, está emprendiendo el gobierno uruguayo. Cambiar de táctica, pues la puramente represiva no sirve y es contraproducente, ya que beneficia a la mafia, a la que enriquece y confiere más poder. En las actuales circunstancias, la primera prioridad no es poner fin a la producción y al consumo de drogas, sino acabar con la criminalidad que depende íntimamente de estas actividades. Y para ello no hay otro camino que la legalización.
Desde luego que legalizar las drogas implica riesgos. Deben ser tomados en cuenta y combatidos. Por ello, quienes defendemos la legalización siempre subrayamos que esta medida debe ir acompañada de un esfuerzo paralelo para informar, rehabilitar y prevenir el consumo de estupefacientes perjudiciales para la salud. Se ha hecho en el caso del tabaco y con bastante éxito, en el mundo entero. El consumo de cigarrillos ha disminuido y hoy día quedan pocos lugares donde los ciudadanos no sepan los riesgos a los que se exponen fumando. Si quieren correrlos, sabiendo muy bien lo que hacen, ¿no es su derecho hacerlo? Yo creo que sí y que no está entre las funciones del Estado impedir a un ciudadano que goza de sus facultades llenarse los pulmones de nicotina si le da su real gana.
Siempre he tenido una gran simpatía por Uruguay, desde el año 1966, en que fui a Montevideo por primera vez y descubrí que América latina no era sólo una tierra de gorilas y terroristas, de revolucionarios y fanáticos, de explotadores y explotados, que podía ser también tierra de tolerancia, coexistencia, democracia, cultura y libertad. Es verdad que Uruguay pasó a vivir luego la atroz experiencia de una dictadura militar. Pero la vieja tradición democrática le ha permitido recuperarse más pronto que otros países y hoy, quién lo hubiera dicho, bajo un gobierno de un Frente Amplio que parecía tan radical, y un presidente de 77 años que fue guerrillero, es otra vez un modelo de legalidad, libertad, progreso y creatividad, un ejemplo que los demás países latinoamericanos deberían seguir.
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martes, 3 de julio de 2012
La erosión de la democracia
Por Andrés Oppenheimer | LA NACION
Disculpen el atrevimiento, pero Brasil, la Argentina, Colombia y otros varios países latinoamericanos tienen mucha de la culpa por la reciente salida forzada del ex presidente paraguayo Fernando Lugo: han permanecido en silencio ante tantas violaciones a la democracia en Nicaragua, Bolivia, Venezuela y Cuba que han contribuido a crear un clima de "vale todo" en la región.
La defensa selectiva de la democracia de muchos países latinoamericanos -que ponen el grito en el cielo cuando presidentes de derecha atropellan las libertades democráticas, pero no dicen una palabra cuando presidentes de izquierda hacen lo mismo- ha dado como resulto una constante erosión de la democracia.
El nuevo gobierno paraguayo de Federico Franco, que fue suspendido del Mercosur, argumenta que el Congreso paraguayo actuó estrictamente dentro de los límites de la Constitución cuando depuso a Lugo el 22 de junio. El artículo 225 de la Constitución de Paraguay permite que el Congreso paraguayo enjuicie al presidente "si desempeña mal sus funciones" y si -tal como ocurre en los sistemas parlamentarios- dos tercios de ambas cámaras del Congreso votan su destitución. La votación contra Lugo fue de 39 a 4 en el Senado y de 73 a 1 en la Cámara de Diputados.
Pero los críticos señalan, acertadamente, que el procedimiento no cumplió el proceso debido porque no se le dio a Lugo el tiempo necesario para preparar su defensa. Aunque el artículo de la Constitución no especifica cuánto tiempo se debe dar al presidente, otros artículos dicen que todo individuo tiene derecho "al tiempo indispensable para preparar su defensa". Lugo había pedido 18 días, pero sólo se le concedieron dos horas.
En cualquier caso, los legisladores que orquestaron la destitución forzosa deben de haber sentido que su "juicio político exprés" era un pecadillo menor comparado con las violaciones de los derechos democráticos en otros países de la región que no tienen consecuencias diplomáticas.
En las elecciones de 2011 en Nicaragua, no hubo quejas latinoamericanas cuando el presidente Daniel Ortega se hizo reelegir para un tercer período presidencial pese a todo tipo de irregularidades. Casi todos los observadores internacionales coincidieron en que aquella candidatura de Ortega estaba prohibida por el artículo 147 de la Constitución nicaragüense, que prohíbe la reelección consecutiva o por más de dos períodos. Pero Ortega consiguió que los jueces sandinistas dictaminaran -en un procedimiento ilegítimo- que la cláusula constitucional no se aplicaba en ese caso.
De manera semejante, tampoco hubo quejas latinoamericanas cuando Hugo Chávez inhabilitó sin debido proceso a más de 270 líderes opositores en las elecciones para gobernadores estatales de 2008. Tampoco hubo reclamos regionales cuando Chávez decidió no renovar la licencia de la cadena televisiva independiente RCTV ni cuando desconoció la voluntad de los votantes venezolanos, que en 2008 eligieron al candidato opositor Antonio Ledesma como alcalde de Caracas. Tras la victoria electoral de Ledesma, Chávez creó un nuevo cargo por encima del alcalde de Caracas, le quitó a Ledesma casi todos sus poderes y, virtualmente, todo su presupuesto oficial.
En Bolivia, durante los últimos cuatro años, el presidente Evo Morales ha encarcelado o enviado al exilio a casi todos los gobernadores estatales opositores, sin someterlos a los procedimientos señalados por la ley. Al menos cinco gobernadores opositores, incluyendo algunos ex candidatos presidenciales de la oposición, han sido encarcelados u obligados a salir del país sin debido proceso.
Y el dictador militar de Cuba, Raúl Castro, en lugar de ser presionado para que permita elecciones libres, ha sido recibido con creciente calidez por los muchos de los presidentes que hoy denuncian la destitución de Lugo. En la reciente Cumbre de las Américas en Cartagena, Colombia, casi todos los países de la región amenazaron con no asistir a futuras cumbres entre Estados Unidos y Latinoamérica si Cuba no es invitada.
Mi opinión: la destitución del ex presidente paraguayo Lugo estuvo mal y merece la condena de la región.
Pero la indignación selectiva de Brasil, Argentina, Colombia y otros países por la violación de los principios democráticos en la región ha promovido este tipo de conductas. Es hora de que los países alcen la voz contra todas las violaciones de los principios democráticos, ya sea en Paraguay, Honduras, Nicaragua, Venezuela o Cuba.
lunes, 2 de julio de 2012
Preocupación por el aumento de la adicción al juego
Es sábado a la noche. Padre e hijo cruzan la entrada que da al enorme salón repleto de máquinas tragamonedas: "Cumplió 18 -dice el padre, orgulloso, casi al borde de la emoción-. Ahora puede empezar a jugar". Sin perder la sonrisa de bienvenida, los empleados del lugar, que tienen mil y una historias como ésta, los orientan hasta las máquinas "más pagadoras" del día. En el salón, nadie puede asegurar sin mirar el reloj si afuera es de día o de noche, si hace frío o calor.
Entre los más jóvenes, ése no sería el único "rito de iniciación" en el juego de apuestas. La proliferación de los bingos y los casinos proporciona un nuevo punto de encuentro para "la previa": con 20 o 30 pesos en el bolsillo, grupos de amigos o parejas apuestan antes de ir a bailar a la ilusión de multiplicar lo que llevan en la billetera. "Lo que antes era llegar a los 18 para poder sacar el registro de conducir o ir a ver películas prohibidas, ahora es para muchos ir al casino o el bingo. De ellos, algunos vuelven solos durante la semana y así comienzan a ir cada vez más seguido. A veces, ganan 20 o 50 pesos, y con eso se mueven. Pero la mayoría de las veces pierden lo que juegan, y así empiezan", comentó la licenciada Débora Blanca, especialista en juego patológico.
La ludopatía hace que la persona quiera jugar, pero no por placer, "sino porque tiene un vínculo tóxico con el juego -precisó la especialista-. Me pregunto: ¿qué diferencia hay entre los chicos de 13 o 14 años que pasan horas jugando a la Play en la casa y les sacan la tarjeta de crédito a los padres para poder pasar de nivel y los jugadores que no quieren dejar su lugar en la máquina para que no venga otro y gane?".
En el último año, siete de cada diez porteños de entre 18 y 24 años jugaron al bingo, las cartas, los caballos, las máquinas tragamonedas, la lotería o el juego online, que cada vez atrae a más jóvenes. De ellos, el 40% dijo que lo había hecho con apuestas.
Sólo en la ciudad de Buenos Aires, más de 58.000 mayores de 18 años están preocupados por su modo de jugar y 16.300 de ellos reúnen por lo menos cinco de los ocho criterios diagnósticos de la ludopatía que define el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM, por su siglas en inglés). Así lo revelan los resultados del "Estudio sobre prevalencia del juego patológico en mayores de 17 años de la ciudad de Buenos Aires", que se presentó hace dos meses en el Congreso Argentino de Psiquiatría.
Dirigido por la doctora Verónica Dubuc y coordinado por el licenciado Sebastián Ibarzábal, el estudio determinó que el 80% había vuelto a apostar para recuperar lo perdido y que casi el 50% les mentía a los familiares sobre lo que habían aportado o perdido. Una proporción similar había intentado sin éxito dejar de jugar, mientras que un 40% admitía que se irritaba si tenía que interrumpir el juego. Dos de cada diez jugadores "problemáticos" tenía deudas por el juego y había pedido prestado para jugar.
"Hay que pensar que la adicción al juego es una enfermedad y si la familia detecta algo, lo mejor es pedir ayuda. El jugador se puede recuperar cuando lo decide", dijo Blanca, compiladora del Tratado sobre el juego patológico (Lugar Editorial) y directora del centro Entrelazar.
EN CRECIMIENTO
A la multiplicación de las salas de juego en el país, se suman las invitaciones a jugar por canales no convencionales, como el juego online. Y aunque resulta muy difícil obtener cifras precisas sobre el fenómeno en los jóvenes, todas las personas consultadas manifestaron una enorme preocupación porque en las salas de juego el promedio de edades de los asistentes es cada vez más bajo.
"Se percibe el ingreso de gente más joven y se ha triplicado la cantidad de personas que consultan pidiendo ayuda por el crecimiento del juego en el país", dijo Pablo F., miembro del Grupo Nacimiento de Jugadores Anónimos de la Argentina.
A los 49 años -lleva diez de recuperación-, puede describir en unos minutos "la caída libre" en la que entra un jugador en poco tiempo. "Dejás todo lo que tenés en el bolsillo y la tarjeta... Es la inercia de ir a jugar -resumió-. Antes, el juego era de salón, los naipes, el casino en las vacaciones o las carreras. Ahora, uno camina 200 metros y tiene una sala de máquinas."
En el celular (011) 4412-6745, un ex jugador de Jugadores Anónimos recibe las 24 horas los pedidos de ayuda de ludópatas y, también, de sus familiares.
Con la urgencia que demuestra la experiencia de saber que ese contacto es una oportunidad única para la recuperación, se brinda contención gratuita al jugador compulsivo y se lo deriva al grupo más próximo para recibir asistencia contra la compulsión. Otra oportunidad son las reuniones para la comunidad, como la de pasado mañana (informes en www.jugadoresanonimos.org.ar).
El Departamento de Ludopatía del Instituto de Juegos de Apuestas porteño, que realizó el estudio de prevalencia, también posee una línea de ayuda (0800-666-6006), que recibe consultas sólo de lunes a viernes, de 10 a 17; "fuera de ese horario", según indica una grabación, aun dentro del horario de atención, como se comprobó en estas dos semanas, hay que dejar un mensaje para que respondan la llamada.
Julio P., de relaciones públicas de Jugadores Anónimos, que ofrece asistencia gratuita, aseguró que "no es anormal" recibir a jóvenes de 20 o 24 años en los grupos. "Es muy difícil que el jugador se dé cuenta o reconozca que tiene un problema con el juego porque las salas de juego son un mundo de ensueño, y él o ella no quiere ver la realidad. Esto hace que los primeros que empiezan a notar que algo pasa es la familia. Lo mismo ocurre con los más jóvenes -dijo-. Estamos hablando de una enfermedad que es emocional."
A diferencia de los adultos, los más jóvenes tienen menos dinero. Entonces, empiezan a sacárselo a los padres o recurrir a cualquier estrategia para poder satisfacer esa inercia de ir a la ruleta electrónica, las máquinas tragamonedas o, más nuevo, el juego online. "Algunos llegan traídos de los pelos y otros lo hacen convencidos. Y a todos les decimos lo mismo: «Ojalá a tu edad hubiese tenido la posibilidad de saber que es una enfermedad y que tengo un lugar adonde recurrir»", finalizó Julio.
domingo, 1 de julio de 2012
El remedio K es romper el termómetro
Por Aldo Abram | Para LA NACION
Algunos funcionarios minimizaron el alza del tipo de cambio "paralelo" por su poca operatoria relativa. Es como si uno mirara el termómetro con el que acaba de medir la temperatura del paciente y, como marca 40 grados, lo rompe; porque ¿a quién le importa un pequeño termómetro?
No es la primera vez que el kirchnerismo decide que el mejor remedio es romper el termómetro. A partir de 2007, lo hizo con el Indec y, desde entonces, la inflación es de un dígito; la pobreza y la indigencia están en los niveles de los países desarrollados y, en 2011, crecimos a "tasas chinas". Sería mejor que el gobierno comprendiera que el problema no es el termómetro, que señala la elevada temperatura que tiene el paciente. Al ignorar ese indicador, corremos serios riesgos de que el enfermo se agrave por no recetarle los "remedios" adecuados.
Es un error diagnosticar una "fiebre del dólar" y recomendar la "desdolarización" como solución. En realidad, no es que los argentinos se hayan vuelto locos por tener "billetitos verdes", porque es el color de moda. Lo que sucede es que residentes y extranjeros están huyendo de los pesos y de todo lo que tenga riesgo argentino, para lo cual demandan activos externos.
Entonces, el remedio es recuperar la confianza en el peso y en el futuro del país. Sin embargo, todas las restricciones y controles a la compra de divisas, todas las medidas tendientes a obligar a los argentinos a demandar moneda local, lo único que generan son más incertidumbre y temor. Se interpreta que el Gobierno no está dispuesto a hacer nada para que los atesoremos voluntariamente.
Hasta el tercer trimestre de 2011, nadie hubiera dudado de la capacidad del Banco Central (BCRA) de ejercer cierto manejo del mercado cambiario. Pero el corralito cambiario dejó claro que esa facultad se perdió. No es casualidad. Si bien el Gobierno ya financiaba su gasto con recursos del Central, durante 2010 y 2011, hizo abuso de esa posibilidad, quitándole solvencia y, por ende, capacidad de moderar la suba del valor local del dólar. Para recuperarla, solamente había que acotar el despilfarro motivado por los comicios y bajar la presión para emitir pesos.
Sin embargo, la respuesta fue reformar la Carta Orgánica del BCRA para eliminar o flexibilizar las restricciones vigentes para financiar al Gobierno. Queda claro, entonces, que el objetivo será hacer mayor uso, aún, del impuesto inflacionario para permitir que el gasto público siga creciendo en exceso. Para lograrlo es necesario forzar al máximo a los argentinos a atesorar pesos, que es la base imponible de dicho tributo. Conclusión: hay que olvidarse de que los controles cambiarios se vayan a revertir mientras esta estrategia persista.
Así es como el BCRA excluyó del mercado oficial a la mayor parte de los compradores particulares y empresas para comprar reservas a un precio más barato, con emisión. Estas divisas se transfieren al Gobierno, lo mismo que una gran cantidad en moneda nacional. Como la gente no demanda tantos pesos y, mucho menos, sabiendo que no pueden cambiarse libremente por otras divisas, el resultado es una caída en su valor. En una palabra, no es que el "dólar libre" sube, es que el peso baja y seguirá siempre que la medida que la actual política continúe. Sin embargo, como el BCRA querrá acotar lo que paga por las reservas, el resultado será una brecha creciente con la cotización oficial, además de una creciente inflación.
HISTORIA REPETIDA
En los últimos 60 años, la Argentina implementó controles cambiarios más de una decena de veces y todas terminaron mal. No es raro que los argentinos dejemos de consumir y de invertir. Para colmo, los exportadores perdieron competitividad como consecuencia de las trabas a las importaciones que los obligan a mantener mayores stocks de los necesarios y/o comprar insumos locales de peor calidad y mayor precio.
Además, por el control de cambios, cobran por las divisas que traen un menor valor del que justifica la depreciación del peso; lo que se transforma en una retención sobre sus ingresos. No es que el "mundo se nos cae encima", sino que las erradas políticas oficiales aplastan la producción al bajar la demanda interna y las posibilidades de vender al exterior; lo que se nota en los "termómetros" económicos.
Si comprendemos el origen del problema podemos evitar repetir las recurrentes crisis argentinas. Lo antes posible, hay que establecer una estrategia para volver a un mercado único y libre de cambio, disminuyendo el crecimiento de las erogaciones del Estado, para permitir que baje el ritmo de emisión para financiarlo. Además, el BCRA debe contraer la oferta monetaria excedente usando, razonablemente, los instrumentos con los que cuenta.
Habrá que acelerar la suba del tipo de cambio "oficial"; pero cabe tener en cuenta que el "salto" necesario para unificar los mercados será mayor cuanto más se demore en resolver este problema. Un tema que puede bajar muchísimo el "costo" de salida es mostrar voluntad de rever las políticas intervencionistas y estatistas que han diluido la seguridad jurídica en el país. Esto podría incrementar la demanda de activos locales, moderando la presión sobre el mercado cambiario.
viernes, 29 de junio de 2012
Estrategias en defensa del relato
Por Ivan Petrella |
El kirchnerismo se empeña en defender su "modelo" con un relato que choca cada vez más contra la realidad: 2012 cerrará con un crecimiento que será todo o casi todo el producto del arrastre estadístico más un 25% de inflación. En la última década, el país creció pero con poco desarrollo y acumulando una serie de problemas como la inflación, el déficit energético, el tipo de cambio y peleas con nuestro vecinos y países de larga relación histórica. Las otras naciones latinoamericanas también crecieron a tasas altas en la última década, pero sin estos defectos y, si hubiera una crisis mundial, estarían mejor posicionadas para enfrentarlo. La realidad indica que el modelo nunca fue tan exitoso y que hoy estaría agotado.
El empeño en seguir construyendo una narrativa de defensa del modelo implica un gasto de energías que podrían ir a buscar soluciones reales a la encrucijada en que se halla el país. El primer paso para poner en evidencia el carácter construido de la narrativa kirchnerista es reconocer los mecanismos conceptuales con los cuales se construye esa virtualidad.
El primer mecanismo es el lavado de manos de las responsabilidades que le incumben. El kirchnerismo lleva ya diez años de gestión, pero nunca reconoce responsabilidad alguna por los males que aquejan al país. Heredó un país que exportaba energía mientras que ahora la importación de gas por millones y millones de dólares es responsable de una parte importante del agujero fiscal y monetario, pero la culpa es exclusivamente de Repsol o de una privatización que supuestamente le antecede. El gobierno nacional no cumple con los contratos de inversión que él mismo estableció y tiene la responsabilidad de controlar: chocan los trenes, mueren más de cincuenta personas pero la culpa es solamente de TBA o del maquinista. Lavarse las manos es una de las estrategias por las cuales se defiende el modelo y su narrativa.
El segundo es acercar las partes del pasado que le son convenientes. Como en el tango "Volver", esta estrategia busca convencer que "veinte años no es nada?" Acá todo es culpa de personas o de eventos de mucho tiempo atrás: la dictadura, el menemismo, los noventa, el neoliberalismo, etcétera. Funciona, entonces, acercando el pasado al presente. Esta estrategia también sirve para acercar la experiencia de 2001, para que el presente del país se siga midiendo en relación a una crisis que pasó hace ya más de una década.
La tercera estrategia es borrar las partes inconvenientes del pasado. Funcionarios kirchneristas fueron menemistas, duhaldistas, algunos formaron parte del gobierno de la Alianza, apoyaron la convertibilidad y la privatización de YPF, entre otras medidas. Hace menos de un año que Cristina Fernández de Kirchner elogiaba en publico a Repsol y su marido fue aliado de Clarín . Pero todo eso se borra, se extirpan las partes del pasado que contradicen la narrativa.
La cuarta es el silencio: callar voces disidentes o hacer silencio. Así se multa a economistas que contradicen las estadísticas oficiales, se acusa al opositor de golpista o vendepatria, se eliminan las conferencias de prensa, se falsifican datos y se hace del debate televisivo un festival de interrupciones y gritos. La meta es lograr que la única voz que se escuche sea la de la narrativa oficial.
La quinta y más abarcativa estrategia es el maniqueísmo: la división de la sociedad entre buenos y malos. Desde sus inicios, el kirchnerismo se valió de figuras que encarnaban una amenaza real o ficticia para el Gobierno: el imperialismo, EE.UU., el FMI, Clarín, la derecha, Macri, el campo, Inglaterra, la corpo. Por este medio se polariza la sociedad y se justifican los propios errores o fracasos, por el mero hecho de estar luchando contra las fuerzas del mal. De ese modo, se excusa la corrupción en nombre de la revolución nacional y popular. Todo vale, todo se justifica, la racionalidad pierde espacio frente a un fanatismo que no cuestiona, ante la amenaza constante de ese enemigo antinacional y antipopular.
George Orwell alguna vez escribió que quien "controla el presente controla el pasado". Puede ser, pero lo peor del empeño kirchnerista en controlar el presente no es lo burdo de estas estrategias. Lo peor es que al negar el presente con una narrativa falsa nos roba la capacidad de pensar en el futuro, de construir un futuro mejor.
miércoles, 27 de junio de 2012
La guerra interna
Por Marcos Novaro | Para LA NACION
Contra lo que muchos esperaban, Cristina siguió alimentando el conflicto con Moyano: de un solo tirón lo llamó escorpión, liberal y extorsionador, elíptica pero expresamente le atribuyó responsabilidad en la muerte de su marido y amenazó con ventilar su archivo, pensando en el pasado que lo vincula con la Triple A y no tanto en el más reciente que lo liga al kirchnerismo. La Presidenta se negó además a actualizar el mínimo de Ganancias y aun cuestionó la justicia de ese reclamo, a riesgo de arrojar en brazos del camionero a amplios sectores de ingresos medios. La apuesta sigue siendo la misma que lanzó cuando estaba por ser reelegida: instalar la idea de que el jefe de la CGT no tiene ya rol alguno que cumplir en la vida sindical, mucho menos en la política, por el simple pero inapelable expediente de negarse a hablar con él y atender sus demandas. Aunque, a seis meses de iniciada esta disputa, parece que el camionero está logrando dar vuelta la taba y dejar sentado que, si no hablan, el problema es de ella más que de él.
Hay quienes piensan que el curso que tomaron los acontecimientos es positivo para la democracia argentina, porque reabre la competencia política y limita la concentración de poder en el Ejecutivo. La Presidenta no podrá ya monopolizar la agenda y la toma de decisiones, deberá refrenar la partidización del Estado y hasta tal vez tenga que corregir errores de política económica. Pero están también los que dudan de la capacidad del pluralismo peronista para oficiar como sucedáneo eficaz del pluralismo democrático: como ya sucedió en otras ocasiones, la competencia entre peronistas tiende a abarcarlo todo, desde la política fiscal y de ingresos hasta las normas electorales y la propia Constitución, con la consecuencia de que las reglas de juego se debilitan y los comportamientos facciosos se generalizan. El propio oficialismo ha estado agitando este temor, aunque con pudor, para no terminar abonando la analogía con los conflictos vividos en tiempos de Isabel y Lorenzo Miguel. Quienes evocaron expresamente el "Rodrigazo" de 1975 lo han hecho, en cambio, sin ningún remilgo y exagerando, al solo efecto de desacreditarlo.
La pregunta que habría que hacerse es si los actores ahora en pugna pueden moderar sus inclinaciones facciosas y, obligados a competir, comportarse mejor de lo que lo han hecho hasta aquí, mientras comulgaron. ¿Podrá Moyano, una figura por más de un motivo reñida con el pluralismo y el Estado de Derecho, cumplir en nuestros días una función positiva para la vigencia de dichos principios? ¿Es en alguna medida razonable que se haya vuelto la gran esperanza blanca de no pocos adversarios de la Presidenta o éstos pagarán por la impostura de disimular sus vicios y concederle una inmerecida credencial de justiciero y demócrata, que no tardará en usar también en su contra? En cuanto a Cristina, ¿terminará cediendo, advertida a tiempo de la inviabilidad de una radicalización que horada las propias bases de su coalición, o en aras de preservar sus recursos seguirá aislándose hasta que terminen por confirmarse sus fantasías persecutorias?
La Presidenta se puso a sí misma demasiados obstáculos para que le sea fácil ceder, siquiera negociar. Y parece haberlo hecho no sólo por una confianza excesiva en la capacidad para salirse con la suya, sino también debido a su propensión a convertir disputas por plata en grandes batallas por ideas. Sucedió ya en 2008 con el campo. Con el alza de los inmobiliarios rurales dio la impresión de que había aprendido la lección: provincializar, segmentar en el tiempo y despolitizar esa medida ayudó y mucho a que pasara sin mayor inconveniente. Pero vuelve ahora a caer en la tentación: convierte a Moyano en un nuevo cuco, encuentra conspiraciones golpistas detrás de reclamos más bien modestos, y niega que cualquier mediación autónoma y disonante entre ella y los "40 millones de argentinos" pueda ser otra cosa que una corporación ilegítima.
Esta última idea, a medida que pasa el tiempo, gravita más y más sobre el curso oficial. Tras el conato de enviar a los gendarmes a manejar camiones de combustible, Cristina prometió que no repetiría la conducta de Perón frente a la huelga ferroviaria de 1950 (incluso sostuvo que se abstendrá de enviar a la policía a preservar el orden en la concentración cegetista), pero lo cierto es que sus pasos se guían con el mismo criterio radical aplicado entonces por el General: que un "gobierno nacional y popular" no puede ser condicionado por ningún interés particular, ni siquiera el de "fuerzas propias" como los sindicatos. El fundamento de semejante idea es en última instancia contable, claro: el kirchnerismo, como todo populismo radical, necesita consumir cada vez más stocks de recursos para sobrevivir, y cuando ya no están a mano los de los enemigos sigue con los de sus hijos y entenados.
Es evidente que Moyano se hace este mismo cuadro de situación y por ello ha preferido correr riesgos y adoptar un curso de colisión. Puede que las analogías históricas lo lleven también a exagerar sus chances de éxito. Pero él no tiene que gobernar en tiempos de escasez, así que sus sueños desmedidos no le generarán tantos problemas y su proverbial pragmatismo le permitirá acomodarse al curso que tomen las cosas.
Su historia es elocuente: sin cargar con la culpa de haber sido menemista, fue uno de los sindicalistas más favorecidos por los años 90, no sólo porque se concentró el transporte de cargas en los camiones, sino también por las privatizaciones y la concentración empresaria en rubros como la recolección de residuos, el transporte de caudales y de combustibles. Como han mostrado los investigadores Enzo Benes y Belén Milmanda, fue a través de la incorporación previsora de los trabajadores de esas grandes empresas al gremio de los camioneros como se pusieron las bases de una poderosa estructura y se desarrolló un aceitado mecanismo de reencuadramiento que en la década siguiente se ampliaría a otros terrenos, convirtiendo la federación de Moyano en un supergremio, una organización capaz de incidir en la actividad de todas las demás.
Es más conocido el beneficio que recibió de Néstor Kirchner. Y en esta ocasión no dejó de brindar apoyo a cambio: recordemos que respaldó desde la defenestración de Duhalde hasta la del Indec, pasando por la de Lavagna y el conflicto con el campo y Clarín. Sin Moyano, el primer gobierno de Cristina hubiera perdido el control de la calle y de porciones mayores del peronismo, con incalculables consecuencias. Ese entendimiento entre Néstor y Hugo suponía sacrificios mutuos: aquél se abstenía de buscar un sindicalismo propio a través de la CTA o de fracciones más débiles de la CGT, en tanto éste lo reconociera como su vía de acceso al poder político. Pero eso es cosa del pasado: desde que fracasó en incrementar su presencia legislativa, algo excusable en 2009 pero ya no en 2011, los planes del camionero tomaron otro rumbo.
Así se ha vuelto visible que él siempre siguió la tradición de Augusto Vandor más que la de Lorenzo Miguel: porque apuesta a que la coyuntura que se abre se parezca más a la de los años 60 que a la de los 80. No cree tener que resignarse, por la renuencia de los ciudadanos a votar sindicalistas, a moverse en las bambalinas del partido para convertir su poder sectorial en influencia política; y cree poder aprovechar las falencias del liderazgo y la organización del partido para intervenir más directamente, compensando con otros talentos y recursos el flaco respaldo de las encuestas.
Además de los problemas económicos del Gobierno, ha sido su equívoca actitud hacia el partido lo que más alentó a Moyano a avanzar por este camino. Al desactivar el PJ en vez de conducirlo y crear estructuras ad hoc como la Cámpora para reemplazarlo en el control del Estado y el territorio, le dejó un amplio espacio para trabajar: no sólo por lo que organizaciones como ésa suponen de amenaza contra los jefes territoriales, e incentivo para que ellos colaboren con un poder sindical del que de otro modo desconfiarían en mayor medida; también por el hecho de que casi nadie en el peronismo tradicional cree que esas criaturas vayan a perdurar. ¿Qué mejor que regresar al entendimiento entre jefes distritales y sindicales en que, desde los tiempos de Vandor, se afirmó el peronismo cada vez que hubo problemas? Moyano les ofrece correr el riesgo. Y a cambio se cobrará lo suyo.
sábado, 23 de junio de 2012
Los ricos y sus riquezas
Por Alfredo Zaiat
Investigaciones académicas, organismos internacionales, opiniones en medios de comunicación y discursos políticos se ocupan de la pobreza. Proponen planes, realizan diagnósticos, financian programas asistenciales y prometen combatir la desigualdad. Los estudios sobre los pobres abundan. No desbordan, en cambio, centros estadísticos, cátedras universitarias ni congresos mundiales dedicados a explorar a los ricos y sus riquezas. Están protegidos de estudios molestos que puedan exponer las inequidades sociales y las políticas que hacen posible su existencia y desarrollo. La mención tradicional que los involucra está en referencia a los pobres, por índices de distribución del ingreso. Pero son escasos los datos específicos sobre los ricos en el mundo, evolución, características e ingresos. Existen publicaciones dedicadas a la frivolidad que muestra la ostentación de millonarios o a relatar historias edulcoradas de cómo construyeron sus fortunas. La lista Forbes es superficial y no brinda elementos sustanciales sobre acumulación de riquezas. Una aproximación sobre la cantidad de personas millonarias y magnitud de riqueza concentrada en pocas manos la brindan con más información dos documentos. Uno preparado por Merrill Lynch y Capgemini, y el otro por Wealth-X, firma que ofrece a las grandes compañías el perfil de los ultra ricos.
Existe una idea naturalizada en el espacio público que dice que en las grandes crisis todos pierden. Algunos más, otros menos, pero que todos contabilizan una reducción de patrimonio. Trabajadores y jubilados porque padecen el recorte de sus ingresos o pierden el empleo; y empresarios y banqueros porque disminuyen ventas y ganancias, bajan las acciones y bonos, o porque quiebran y tienen que ser rescatados por el Estado. Esto que parece tan lógico en el discurso y teoría no se verifica en los hechos. Desde que estalló la crisis en 2008 aumentó la cantidad de desocupados y pobres en Estados Unidos y Europa, y también subió la cantidad de ricos. La descripción sobre que el capital financiero es el dominante en esta etapa del desarrollo del capitalismo global, y que líderes políticos de las potencias están subordinados a proteger esos intereses, se expresa con nitidez en los resultados de los últimos informes dedicados a los ricos realizados por esas firmas.
El “World Ultra Wealth Report 2011” define como Ultra High Net Worth Individuals (Uhnwi) a personas con activos superiores a 30 millones de dólares, sin contabilizar sus casas y bienes de colección (obras de arte, entre otros) y de consumo durable (autos, aviones, yates). El informe contabiliza el efectivo y los activos de fácil realización. Por lo tanto, esos ricos tienen una riqueza superior a esos 30 millones de dólares de inmediata disponibilidad. La investigación tiene como objetivo ofrecer un estudio de mercado para profesionales de las finanzas dedicadas a la gestión de patrimonios privados (lo mismo que hace el diputado Alfonso Prat Gay con la riqueza y posterior herencia de Amalita Lacroze de Fortabat), para las principales marcas de lujo o para ONG que “trabajan con la comunidad de ricos o quieren entrar en ese mercado”, explica David Leppan, titular de Wealth-X, en la presentación de la página web de la compañía.
Según el último reporte, con datos compilados a partir de más de 1100 fuentes en 109 países, en 2011 había en todo el mundo 185.795 Uhnwi con una riqueza global de 25 billones de dólares. De ese total, 57.860 estaban en Estados Unidos y 54.325 en Europa. Esos 25 billones de dólares duplican el PIB de la Unión Europea de 27 países, y también son dos veces el Producto de Estados Unidos. Esa inmensa fortuna equivale entonces a casi la mitad del PIB mundial, y está concentrada en apenas 185.795 personas, el 0,002 por ciento de la población mundial.
Brasil lidera la tabla en América latina, con 4725 ultra ricos, seguido por México, con 2900, cerrando el podio Argentina, con 1050.
En España, modelo económico elogiado por conservadores durante las últimas dos décadas, hoy el borde de la quiebra, contabiliza 1875 ultra ricos. En el ranking europeo se ubica en el sexto puesto, detrás de Alemania, Reino Unido, Suiza, Francia e Italia. La existencia de esa elite española millonaria convive con el desempleo más elevado de Europa, cercano al 25 por ciento en promedio, que sube al 50 por ciento en los jóvenes, con el retroceso del salario real y la pérdida de derechos laborales.
En 2009, según el otro informe elaborado por Merrill Lynch y Capgemini, los Uhnwi eran un grupo formado por 93.100 personas con una riqueza conjunta de 13,8 billones de dólares. En dos años se han multiplicado por dos tanto los ultra ricos como sus riquezas acumuladas. Merrill Lynch era uno de los bancos de inversión líderes de Wall Street, absorbido por el Bank of America para evitar otra quiebra como Lehman Brothers. Capgemini, compañía no tan conocida como Merrill Lynch, tiene más de 90.000 empleados en todo el mundo y presta servicios de consultoría, servicios tecnológicos y outsourcing. Merrill Lynch y Capgemini trabajan para los ricos. Saben de lo que informan.
En esa investigación se evalúan, además de los ultra ricos, las personas con grandes patrimonios que parten de un activo líquido (efectivo) de un millón de dólares. Según Merrill Lynch y Capgemini, en esa categoría hubo 8,8 millones de personas con patrimonios elevados en el mundo en 2005, una cifra que subió a 9,5 millones en 2006 y a 10,1 millones en 2007. En 2008, con el inicio de la crisis económica, la cifra se redujo a apenas debajo de los niveles de 2005, con 8,6 millones. Para 2009, aumentó a 10 millones, casi lo mismo que en 2007, año previo a la crisis.
En este período de turbulencia económica global, la riqueza conjunta de esas personas fue de 33,4 billones de dólares en 2005, 37,2 billones en 2006, 40,7 billones en 2007, cayendo a 32,8 billones de dólares en 2008. En 2009, subió a 39,0 billones de dólares. El último reporte indica que en 2010 había 10,9 millones de ricos que en conjunto reunieron una riqueza de 42,7 billones de dólares. Ese monto es 9,7 por ciento más alto que el registrado el año anterior, superando el nivel precrisis de 2007, que de por sí ya había sido el más alto hasta entonces.
Esta sucesión de cifras ofrece una conclusión impactante. Transcurrido un lapso de cinco años de la peor crisis económica global desde la depresión del ’30 del siglo pasado, sin un horizonte cercano de su fin, aumentó la cantidad de ricos y el monto acumulado de sus riquezas.
¿Cómo se llega a ese resultado cuando no hay día en que no haya noticias sobre el drama social y profundidad de la crisis económica global?
Daniel Raventós, profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, brinda una pista en uno de sus artículos mencionando una declaración de Neil M. Barofsky, quien fuera inspector general del programa de rescate por 700 mil millones de dólares del sistema financiero de Estados Unidos, conocido como Troubled Asset Relief Programm (TARP), hasta febrero de 2011. Este funcionario escribió en The New York Times que hoy “los grandes bancos son un 20 por ciento más grandes que antes de la crisis y controlan una parte de nuestra economía mayor que nunca. Asumen de forma razonable que el gobierno los rescatará de nuevo si fuera necesario”.
El auxilio a la banca ha venido acompañado de recortes en el gasto social, en eliminación de derechos laborales para abaratar los despidos y en poda de salarios. Esa protección a banqueros se complementa con la política de no tocar privilegios de los ricos, no subir impuestos a los grandes patrimonios y sí al consumo, y cuidando de no afectar el funcionamiento de los paraísos fiscales, refugios donde ricos y ultra ricos resguardan sus riquezas.
La brecha entre los ricos y los pobres de los países desarrollados reunidos en la OCDE es de ese modo la más grande de los últimos 30 años, según el reciente informe de esa organización “Divided we stand: why inequality keeps rising?”. En una de sus conclusiones destaca que el coeficiente de Gini, una medida de la desigualdad de ingresos que oscila entre 0 (distribución equitativa) a 1 (máxima desigualdad), se situó en un promedio de 0,29 en los países de la OCDE a mediados de 1980. En 2010 se había incrementado casi 10 por ciento, al ubicarse en 0,316.
Si muchos quieren saber el motivo del estallido de la crisis y por qué los líderes de las potencias no pueden orientar sus economías para superar la debacle que está afectando al resto del mundo, el aumento de la desigualdad en esos países y esas cifras de ricos y ultra ricos es el comienzo de la respuesta.
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viernes, 22 de junio de 2012
Repensar la escuela media
Replantear la escolaridad media de acuerdo con las actuales demandas supone encarar la compleja realidad de hoy, con sus vacíos y desigualdades, que denuncian severas fallas del sistema educativo que se vienen acentuando desde hace décadas.
La responsabilidad de esta declinación concierne principalmente al Estado nacional, pero ello no exime a los Estados provinciales, aunque haya que señalar una vez más que el federalismo educativo imperante en la práctica está condicionado a las decisiones políticas y financieras del poder central. Por otra parte, debe remarcarse la función de la familia como primer agente natural de la educación de los hijos.
Si bien los crecientes problemas de desorganización doméstica y carencia de recursos económicos, típicos efectos de los avances de una pobreza estructural, afectaron gravemente el deber formador de los padres, esto no debiera ser excusa para desentenderse de este deber y aligerar su responsabilidad. Debería servir, en cambio, para reflexionar sobre lo contrario, esto es, el rol protagónico que hoy deben jugar no sólo preocupándose de la educación media de sus hijos, sino ocupándose activamente y demandando calidad educativa, resultados y esfuerzo.
De otra forma, si la familia decae en su cometido, quienes padecen las consecuencias serán los hijos de una sociedad argentina que verá comprometido su porvenir como nación. Por lo tanto, en un balance crítico de nuestra enseñanza secundaria, desde mediados del siglo XX hasta hoy, los problemas se han agudizado, aunque corresponda contar también aciertos parciales, como lo ha sido la ley de financiamiento educativo. De modo breve, yendo a cuestiones centrales que reclaman otras propuestas de solución, se pueden citar:
El alto porcentaje de deserción en la escuela media. Entre la matriculación al final del nivel primario y al término del secundario la diferencia es del 48%.
El promedio de rendimientos con bajas calificaciones que, en Matemática, afecta al 44,7% en el orden nacional, según el Ministerio de Educación de la Nación.
Los jóvenes que no trabajan y estudian sin rezagos: 3.017.349; que estudian con rezago: 749.002.
Los jóvenes que no trabajan ni estudian: 992.680; son pobres: 438.703, son indigentes: 174.418, según la Encuesta Permanente de Hogares, Indec 2011
Los bajos rendimientos, la repitencia y la deserción que denotan un descenso de calidad confirmado por las pruebas de evaluación internacional PISA, pues nuestro país descendió notoriamente en el ranking elaborado en la primera década de este siglo. Los alumnos de 15 años encontraron las mayores dificultades para resolver cálculos matemáticos y de comprensión de textos.
Este conjunto de elocuentes datos se une a otros, relativos a las desigualdades existentes entre las jurisdicciones educativas en cuanto a recursos materiales y financieros, cuyas limitaciones reducen las posibilidades de la escuela para proveer materiales y medios de estudio. Tampoco se han generalizado servicios indispensables, como los de orientación escolar, vocacional y ocupacional.
Hay mucho por hacer y rehacer en nuestra escuela media a fin de motivar al alumno adolescente en el proceso de aprender y estudiar. Sobre todo, cuando recordamos que luego, de no afianzarse los estudios secundarios, sus consecuencias se advierten duramente en el nivel superior. Un reciente informe, realizado por QS World University, señaló que ninguna universidad argentina figuraba entre las diez primeras en América latina -la de San Pablo fue considerada, otra vez, la mejor, y la UBA descendió del octavo al undécimo puesto- y las que figuraban habían retrocedido algunos puestos. Otra consecuencia, advertida por los expertos argentinos en educación, es que cada vez egresan menos estudiantes de nuestras universidades.
Este bosquejo de una crisis educativa que tanto nos duele convoca a todos los argentinos, sean autoridades, docentes, padres y ciudadanos, a renovar el compromiso y deberes con la escuela media si se aspira seriamente a revertir ese proceso de deterioro.
Una dependencia excesiva del camión
Por Emiliano Galli | LA NACION
Hugo Moyano fundamenta su papel político no en su capacidad de movilización, sino en el poder de fuego que heredó y construyó: la economía del país se mueve en un 94% por camión, y él es el "primer camionero".
Piense en dónde se origina un producto y cómo llega a su lugar de consumo. De los cuatro modos de transporte posibles (camión, ferrocarril, barcazas o buques y avión), el terrestre es por lejos el más relevante. Concentra desde el movimiento de los limones de Tucumán y la producción de las economías regionales que se exportan hasta los LCD y teléfonos celulares que llegan a las grandes tiendas metropolitanas desde Tierra del Fuego. Desde las gaseosas y cervezas hasta los caudales. Desde los diarios y revistas hasta las naftas.
"Si no tenés camiones, no movés nada." Por obvia, la frase de uno de los principales operadores logísticos del país no deja de ser elocuente: la capilaridad del transporte terrestre es densísima en la Argentina. Y si bien del lado empresario hay una dispersión de 45 cámaras nacionales federadas, que representan a 200.000 empresas (pymes en su mayoría), que operan unos 500.000 camiones en todo el país, del lado sindical es más sencillo: conducción personalista y vertical.
Lo que Moyano supo explotar políticamente son los caprichos de la geografía económica: un país como la Argentina, con distancias que superan en promedio los 700 a 800 kilómetros entre los centros de origen de las cargas y los lugares de consumo o los puertos de exportación, merecería una mayor participación del ferrocarril.
Es más, la decadencia del ferrocarril en la Argentina le restó importancia a la eficiencia de cada modo de transporte. Aun cuando la ecuación indica que el costo de mover una tonelada por kilómetro condena por caro al transporte terrestre, el camión es lo más utilizado.
El ejemplo más evidente y estudiado en la Argentina es el de los granos: en 2010 (el último dato disponible) mover una tonelada por camión costó US$ 0,08 por kilómetro contra US$ 0,03 del tren. Sin embargo, sólo el 12% de las 100 millones de toneladas de granos cosechados se transportan por ferrocarril.
Moyano aumenta su poder, entonces, toda vez que una industria necesita un insumo para fabricar y un camión para llevar lo producido. Así como el camión está presente en la salida (y entrada) de una refinería para distribuir combustibles, tiene presencia en los centros de distribución de droguerías y en los parques logísticos concentradores de alimentos y productos de consumo masivo. Y la lista sigue: campos, tambos, terminales automotrices, puertos, comercios.
Cuando Moyano sugirió que su radio de acción e influencia se extendía a todas las cargas que se movieran sobre ruedas, no hizo más que blanquear de qué manera la economía depende de los camiones.
El país no tiene opciones. El ferrocarril cayó en la desidia política que obligó a las empresas a depender del camión aunque fuera más caro. Es cierto, también, que el terrestre es el modo más flexible (los trenes no llegan a las chacras). Pero creció tanto en los últimos años por su indiscutida alianza (empresaria y sindical) con el Gobierno.
Si la logística es el soporte excluyente del normal abastecimiento de todo lo que se consuma, porque es el gran motor que mueve el engranaje de la economía, a la preocupación de los empresarios por la inflación se suma ahora el temor de que ese motor se paralice, y no sólo por la baja del consumo.
jueves, 21 de junio de 2012
¿Comienza el declive?
Por Luis Majul | LA NACION
Las últimas encuestas son indiscutibles: la caída de la imagen positiva de la presidenta Cristina Fernández es cada vez más pronunciada. Además, el malhumor de quienes no la votaron y de una porción de los que sí lo hicieron aumenta todos los meses, y nada parece indicar que la tendencia desaparecerá.
Me lo dijo uno de los socios de una encuestadora que cada día tiene más trabajo. En su empresa, además de las tradicionales consultas de imagen, elaboran un "índice de optimismo". En ese rubro, las respuestas del último mes fueron las más preocupantes: casi nadie tiene certeza sobre su futuro inmediato; casi nadie sabe hacia dónde va la política económica de este gobierno; casi todos afirman que lo que viene será mucho peor. "Nunca percibimos tanto pesimismo desde abril de 2008, cuando empezó el conflicto con el campo", interpretó el especialista. En diciembre del año pasado, dos meses después de haber ganado con más del 54% de los votos, Cristina Fernández tenía una imagen positiva superior al 70%. "Ahora no pasa del 45. Y, aunque nosotros nunca damos nada por sentado, todo parece indicar que caerá todavía más, porque ni el golpe de efecto de Malvinas ni el de la nacionalización de YPF sirvieron para detener el descenso", informó.
Si a cualquier argentino le cuesta entender y además lo irrita el cepo para comprar y vender dólares, a la dirigencia política también se le hace difícil analizar por qué la Presidenta demora decisiones básicas que servirían para disminuir la tensión política y social. Ya no es sólo el líder de la CGT, Hugo Moyano, sino también el ministro de Educación del gobierno de la ciudad, Esteban Bullrich, o el ex presidente del Banco Central, Alfonso Prat Gay, los que vienen reclamando a grito pelado la suba del mínimo no imponible para que deje de afectar a miles de jubilados y a trabajadores que no deberían pagar ganancias, como los maestros de escuela. ¿Es posible que el mero deseo de no entregarle la bandera del "mínimo no imponible" al sindicalista de los camioneros sea lo que haga demorar la decisión presidencial?
Mañana será el día D para los empleados públicos cuyo sueldo depende de la provincia de Buenos Aires. ¿Girará al final la Nación a Daniel Scioli los 3000 millones de pesos que se necesitan para pagar los salarios y aguinaldos de este mes o la jefa del Estado seguirá tirando de la cuerda para disciplinar al gobernador y afectar su imagen positiva, que cada día supera más a la de ella misma?
La fantasía de una Presidenta muy generosa con sus incondicionales y tacaña con sus enemigos está inscripta en el ADN del cristinismo. Por eso le pregunté el martes, por radio, al ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández, si Ella demoraba estas medidas por puro capricho o por motivos de fuerza mayor. El conoce a esta administración desde adentro, y no pierde la costumbre de seguir con atención los gastos del Presupuesto Nacional. "El problema, en este caso, no es político, sino económico. El problema es que no hay plata. Ni para subir el mínimo no imponible. Ni para girarle a Scioli, ni para la provincia de Entre Ríos tampoco, por citarle un distrito al que Cristina le gustaría ayudar." Fernández consideró un verdadero error estratégico el anuncio de la Presidenta de pasar su plazo fijo de más de 3 millones de dólares a pesos para contagiar con su gesto al resto de los argentinos. "Yo no le hubiera aconsejado semejante cosa. Desde que lo hizo se están yendo del sistema 100 millones de dólares por día, lo que no sólo afecta su credibilidad. También demuestra que el verdadero problema de la economía no es el dólar, sino la inflación, palabra que no se nombra, como si no existiese", agregó.
Fernández, igual que Scioli; el intendente de Tigre, Sergio Massa, y el diputado Francisco de Narváez, entre otros, intentan representar al peronismo del próximo turno y observan con atención las amenazas de Moyano al corazón del poder. "Los reclamos de Hugo son de indudable legitimidad, pero las medidas de fuerza que dejan a los argentinos sin cajeros y sin nafta no perjudican tanto al Gobierno como al resto de los trabajadores", consideró el ex jefe de Gabinete. Igual que sus colegas, Fernández teme que si las cosas se complican y la crisis se acelera, Cristina Fernández y el núcleo duro de quienes manejan el poder empiecen a buscar entre sus circunstanciales enemigos a los verdaderos responsables de la debacle. Desde esa perspectiva, "el Negro" Moyano, considerado por una buena parte de la sociedad alguien "feo, sucio y malo", les vendría como anillo al dedo.
El jefe de gobierno de la ciudad, Mauricio Macri, piensa igual que los peronistas no kirchneristas. También pronostica un escenario de recesión con inflación. Y también considera que, en este contexto, Cristina Fernández no tiene la más mínima chance de forzar una reforma constitucional que incluya su propia reelección. Y también teme, como los demás, la activación de una estrategia oficial para responsabilizarlo, junto a otros dirigentes, por la inevitable crisis que se viene. Por lo pronto, los juicios en su contra, y en contra de uno de sus principales asesores, Jaime Durán Barba, avanzan a toda velocidad y todo parece indicar que su resolución coincidiría con las elecciones del año que viene. Con el mismo pálpito, Moyano sigue con atención la causa que mantiene "viva", pero "en estado vegetativo" el juez federal Claudio Bonadio y que incluye autorizaciones con su firma en la causa de la mafia de los medicamentos.
Los hombres de Scioli también esperan un carpetazo, como parte de la campaña de hostigamiento para evitar que el gobernador se transforme en el sucesor. En verdad, el fuero federal está que arde, pero en este contexto, el vicepresidente Amado Boudou debería ser el más preocupado de todos. Quienes conocen al veterano y "político" fiscal federal Jorge Di Lello nunca lo vieron tan entusiasmado con una causa que intenta probar el enriquecimiento ilícito y la influencia en los negocios de la ex Ciccone del compañero de fórmula de Cristina Fernández. En la inconsulta e imprudente decisión de nominar a Boudou se encuentra, también, uno de los motivos de la constante caída de la imagen positiva de la Presidenta.
Uno de los ministros más racionales de este gobierno acepta que éste es el peor momento desde la última asunción, pero recuerda que Ella llegó a soportar un 70% de imagen negativa y que después protagonizó quizás el mayor triunfo electoral en la historia de la Argentina. "Los que quieren sucederla no le llegan ni a los talones", se despidió. Ese, por ahora, es su único consuelo.
© La Nacion
domingo, 10 de junio de 2012
Quiénes suenan detrás de las cacerolas
El ruido de las cacerolas me producía rabia e insomnio. Un banco se había quedado con mis ahorros, pero esa impotencia no alcanzaba para disipar mi bronca: no podía creer que nuestra veleidosa clase media saliera a la calle parar reclamar por el bolsillo cuando tantas veces había callado frente a la corrupción, los atropellos, la pobreza y tantas otras cosas graves que venían sucediendo desde hacía más diez años en la Argentina. Yo también releía en 2001 la vieja y ajada edición de El medio pelo de Arturo Jauretche, que había editado Peña Lillo. Hoy me avergüenza un poco haber incomprendido aquella protesta social contra el corralito. Los cacerolazos de estos días, cuando no caen en fascismos (como las agresiones perpetradas contra periodistas del canal oficial), son expresiones legítimas: los ciudadanos tienen derecho a patalear si el Estado les impide repentinamente buscar refugio frente a la galopante inflación que el mismo Estado generó. Me habría gustado, sin embargo, que estos mismos cacerolistas hubieran salido mucho antes a la calle para repudiar la manipulación de la justicia, la corrupción, la pobreza en un país que creció a tasas chinas, el avasallamiento de las instituciones y tantas otras cosas graves que vienen sucediendo desde hace nueve años en la Argentina. Los intelectuales del kirchnerismo, que ahora sienten repugnancia frente a las cacerolas, también guardaron silencio sobre estos pecados mortales de la política.
La reacción de muchos de esos pensadores mediáticos del Gobierno careció de sutilezas e incluso frecuentó el malentendido en estos días. Buscó demonizar a la clase media, como si el asunto del dólar fuera una mera tilinguería, y el cepo cambiario dañara a una porción muy chica de la comunidad: sólo a la más pudiente. Es obvio que la propia Cristina Kirchner no los acompañó en esa caracterización. La magnitud del problema quedó oficializada esta semana cuando la mismísima Presidenta ordenó a los ministros que pesificaran, a su imagen y semejanza, sus ahorros en dólares. Nadie hace eso por un capricho de minorías.
El cepo generó enorme desconfianza en la economía, paralizó la compraventa de casas y departamentos, puso nerviosos a miles de empleados inmobiliarios y, lo más importante, frenó en seco muchísimos proyectos de edificación y urbanización en la Capital y el Gran Buenos Aires, donde es tradición que esa actividad se encuentre dolarizada. Al no haber financiamiento, los constructores no construyen. En pocos meses, miles y miles de albañiles podrían no tener trabajo. Y a esto, por supuesto, habría que agregar el efecto de la desaceleración: en muchas provincias apenas pueden pagar los sueldos estatales y los medios aguinaldos; las obras públicas dejaron de ser prioridad. Las cajas están exhaustas y no pueden ser usadas en los momentos en que más se las necesita. No se puede hacer keynesianismo después de un despilfarro. El asunto trae malos presagios: más albañiles sin empleo.
Es también la clase media la que impulsa el consumo, pilar fundamental del modelo. Cuando los pequeños burgueses advierten que no vendrán buenos tiempos, se retraen en sus compras. Amarrocan lo que pueden. Los miembros de las clases menos privilegiadas viven de los grandes y medianos consumidores. Y son blanco directo de la inflación, que no se ha detenido a pesar del enfriamiento económico. El consumo ya cayó un 2,4% en la canasta básica. Se entiende muy bien la preocupación que existe en el gabinete nacional por la situación de las villas de emergencia: allí el 90% es gente honrada y la mayoría de los hombres trabaja en el gremio de la construcción. Son los proletarios, los marginados, los descamisados quienes más sufren esta coyuntura. Aunque las cacerolas, ni siquiera tan populosas, suenen en la lejanía.
Desempolvar a Jauretche para burlarse de esa clase social puede llevar a un equívoco que aún rebota en nuestra memoria: el "impuestazo" de la Alianza. "No vamos a tocar a los que menos tienen", fue la consigna. Tocaron entonces a los que podían ahorrar y consumir. El resultado no tardó en sentirse, y con rigor. Los afectados dejaron de comprar, los comercios suspendieron a empleados, las fábricas bajaron la producción y echaron a los operarios, y la espiral de la recesión fue acentuándose. La teoría del derrame es imperfecta en las ganancias, pero es inexorable y letal en las pérdidas.
Hay en todas esas elucubraciones ilustradas un sesgo paradójicamente pequeño burgués. Una mirada distorsionada y prejuiciosa sobre la propia clase media y también sobre los segmentos más humildes. Eso se ve dramáticamente en el caso de la inseguridad, principal preocupación de la sociedad argentina. El orden, escriben algunos intelectuales progresistas, es una preocupación de la derecha. Por lo tanto, un gobierno progresista puede desatender ese flanco. Ningún sector es más duramente golpeado por la delincuencia que la clase trabajadora, y los gobiernos marxistas han sido implacables en su búsqueda de una sociedad segura.
Consumo, construcción, empleo, seguridad. Esas palabras no son de izquierda ni de derecha. Son palabras dictadas por la realidad más pura. Salvo en la política de seguridad, donde fracasó estrepitosamente, el kirchnerismo fue exitoso por ser realista y por no ignorar esos vocablos. Tengo fe en que esta vez no será la excepción. De lo contrario, pronto diremos, tristemente: "Qué bien estábamos cuando creíamos que estábamos mal".
sábado, 9 de junio de 2012
Una Europa que se quedó sin ideas
Por José Ignacio Torreblanca | El Pais
MADRID.- Europa siempre presumió de sus intelectuales y, paralelamente, tendió a mirar por encima del hombro a los estadounidenses. En la imaginación de muchos europeos, nosotros somos los griegos, inteligentes, cultos y refinados pero sin poder, y ellos son los romanos, buena gente con mucho poder pero un poco brutos. La conclusión, tan simplista como su supuesto de partida, es que, con nuestras ideas y su fuerza, Europa y Estados Unidos podrían hacer un montón de cosas.
Con razón, este sentimiento de superioridad europeo es algo que siempre fastidió mucho a nuestros amigos norteamericanos. Como espetó con bastante sorna un estadounidense a un europeo en una discusión a la que asistí: "Si nosotros somos tan tontos y ustedes tan listos, ¿cómo es posible que llevemos casi 70 años en la cúspide del poder mundial y ustedes sigan siendo una mera sombra de lo que eran?".
La discusión sobre el poder de Estados Unidos es muy interesante y tiene muchísimos ángulos desde el cual abordarlo. Pero más interesante aún resulta discutir sobre la supuesta superioridad intelectual europea y constatar que también en el ámbito de las ideas hay una muy visible supremacía estadounidense.
Como señaló el columnista Moisés Naím en una reunión de think tanks de países del G-20 esta semana en Filadelfia, pese a la aparición de nuevas potencias y el supuesto declive de Estados Unidos, las ideas de las potencias emergentes no aparecen por ninguna parte o no tienen carácter ni relevancia global.
China se ha lanzado al mundo bajo la etiqueta de "ascenso pacífico", pero ése es un concepto local, no un concepto que ayude a los demás a entender el mundo en el que vivimos, y tampoco uno que desafíe la hegemonía estadounidense. Lo mismo con Rusia y su discurso sobre la soberanía y la no injerencia, que describe las líneas rojas que Moscú quiere situar en el mundo más que un mundo en el que los demás nos podamos reconocer. Y tampoco, desgraciadamente, los emergentes democráticos (Brasil, India, Turquía, Indonesia, Sudáfrica) tienen mucho que ofrecernos en este sentido. El mundo cambia vertiginosamente, pero estamos huérfanos de ideas que lo expliquen.
La retahíla de libros influyentes ofrecida por Naím es reveladora: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington; El fin de la historia, de Francis Fukuyama; El poder blando, de Joseph Nye; La vuelta a un mundo plano, de Tom Friedman; El auge del resto, de Fareed Zakaria; El retorno de la historia y el fin de los sueños, de Robert Kagan; La anarquía que viene, de Robert Kaplan. El caso es que los europeos, y por extensión el resto del mundo, discuten sobre ideas que surgieron en Estados Unidos, no sobre las que ellos produjeron.
Algo parecido pasa en Europa, que se enfrenta a una crisis existencial, pero no tiene nadie que la cuente. Por eso, el libro del premio Nobel y columnista de The New York Times, Paul Krugman ( ¡Acaben ya con esta crisis! ) se convirtió en un éxito de ventas: está muy bien escrito y contiene la combinación idónea de datos, análisis y argumentos. Pero su capítulo sobre la crisis del euro no dice nada que un europeo no hubiera podido decir y que, en el fondo, no sepamos ya. Ese éxito se debe a la combinación del rigor académico de un Nobel, el estilo directo y sencillo del periodista, aprendido de la presencia constante en los medios, y la fuerza de su compromiso político.
Enfrente de Krugman, poco o nada, porque Alemania, junto con otros, impuso una visión de la crisis basada en la indisciplina fiscal como causa, la austeridad como salida y una Europa de pequeños pasos como método, pero no se molestaron en contársela a los europeos de una forma atractiva y convincente. Y como muestra la mezcla de ideas sobre crecimiento, eurobonos y unión política, tampoco es que las cosas estén claras en el campo contrario.
Quienes sí parecen tenerlo claro son aquellos situados en los extremos porque en el fondo tanto las apelaciones xenófobas de Thilo Sarrazin ( ¿Por qué Alemania no necesita el euro? ) como la utopía globofóbica francesa ( Voten la desglobalización, de Arnaud Montebourg) no son sino dos caras de la misma moneda particularista y nacionalista, de derechas o de izquierdas. Extrañamente, Europa puede estar tanto al borde de la desintegración como ante el comienzo de una verdadera unión política. Pero, sin embargo, las ideas que van a estructurar uno u otro acontecimiento no están encima de la mesa. ¿Por qué?
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El final de la ilusión
Por Jorge Oviedo | LA NACION
Hasta 2011, el Gobierno logró evitar que gran parte de la población lograra escapar de la inflación, ya que sus ingresos subían más que el promedio de los precios. Era una estrategia insostenible y que, para colmo, no alcanza a cubrir a los más vulnerables, pero, en términos electorales y de construcción de expectativas, le dio enormes resultados.
Pero las mayorías esperaban que el proceso continuara y que resultaran alcanzados aquellos a quienes no les llegaban todas las ventajas. Algo económicamente imposible.
En un escenario recesivo, en el que el Gobierno tiene cada vez menos dinero, la actividad privada tampoco ayuda. Y, para colmo de males, la inflación continúa. El deterioro es cada vez más serio.
Quienes no recibían nada y pasaron a cobrar la Asignación Universal por Hijo, por ejemplo, tuvieron un enorme alivio. Y esa sensación puede haber persistido aunque por la suba de los precios cada vez rindiera menos. Pero la situación era mejor respecto de cuando no se tenía nada. Y estaba la esperanza de recibir una actualización.
Pero, ahora, los montos han sido casi completamente licuados y no hay en el horizonte mayores partidas y, con la economía planchada, cualquier otra fuente de ingreso familiar también se resiente.
El ajuste general de la economía siempre funciona más o menos igual. En un país o en una familia. Caen muy fuerte las inversiones, las compras de equipos, las obras, los gastos suntuarios. Y cae mucho menos el consumo de cosas indispensables, como alimentos. Es por eso que muchos dicen que no ven recesión porque los supermercados siguen llenos de clientes. La alimentación es lo último que se resigna. Y, de hecho, los sectores con más recursos pueden dejar de comer en restaurantes y cocinar en casa para bajar gastos. E incluso hasta pueden dejar de ahorrar o hasta consumir ahorros para pasar malos momentos sin sacrificar lo que jamás debería sacrificarse.
Pero para las personas de menores ingresos, el ajuste es feroz e inmediato. Los menos favorecidos dedican el ciento por ciento de su gasto a cosas indispensables. Los más pobres, a alimentos, y los jubilados menos pudientes agregan medicamentos a la lista. ¿Dónde está lo que se puede recortar sin gran sufrimiento? Es entre todos ellos que, por ejemplo, se genera terror cuando se habla de aumentar las tarifas del transporte público, como lo mostraron en el verano las larguísimas colas para conseguir la SUBE. Y entonces la desaceleración económica era mucho menos intensa que la actual. La recesión sólo acelera y profundiza un proceso que ya ocurría. Para colmo, el Gobierno no logra que ni siquiera con un escenario recesivo se detenga el aumento del costo de vida.
Las cifras son alarmantes y muestran que no existe ninguna política social exitosa si campea la alta inflación. El grave problema es que es el Gobierno el que no lo entiende y no sólo no encara la solución, sino que hasta agrava el cuadro.
En 2011 hubo campañas crueles llevadas a cabo por punteros políticos que advertían a los pobres que si no votaban por el Gobierno perderían sus subsidios, jubilaciones y asignaciones. Votaron por Cristina Kirchner y ahora la inflación los está dejando sin aquello que, con legítimo derecho, quisieron defender.
jueves, 31 de mayo de 2012
Qué hay detrás del "corralito verde"
Por Luis Majul | LA NACION
Por qué el Gobierno pone cada vez más restricciones a la compra de dólares y a las operaciones que habitualmente se hacen con la moneda norteamericana? Responde un economista heterodoxo, no kirchnerista, que hasta marzo era muy optimista con el futuro de la economía argentina en general, y que ahora sostiene que esto es un "desbarajuste" del que va a ser muy difícil salir sin costo. "Más allá de que yo considero que se trata de una decisión errada, la Presidenta lo hace porque Guillermo Moreno se lo vendió como un instrumento apto para tratar de frenar el precio del dólar y así morigerar el aumento del costo de vida y la inflación en dólares", dice. ¿Y por qué cree usted que es una medida inadecuada? "Porque ya demostró su ineficacia largamente. El Gobierno lo viene intentando desde 2007. Decidió mantener el tipo de cambio bajo pero no le sirvió para desacelerar el proceso inflacionario. La manipulación del índice de precios oficial es la evidencia más clara de que esa política fracasó."
¿Y qué supone que puede pasar, entonces, a partir de ahora? "Hay tres escenarios posibles: uno es la continuidad de las restricciones y, para mí, sería desastroso. Nos llevaría a la tablita cambiaria de [José Alfredo] Martínez de Hoz y terminaríamos como terminó el país en la época de [Lorenzo] Sigaut, con el ministro gritando: «El que apuesta al dólar pierde», en el medio de una profunda recesión y una altísima inflación. Otro sería la salida ortodoxa, muy parecida a la de 2002, cuando el dólar llegó a 4 pesos pero terminó, a fin de año, cerca de 2,80 pesos, una vez que el mercado comprendió que la política económica sería expansiva y que el Banco Central no dejaría que la moneda norteamericana se disparara más allá de tres pesos. Esto significaría aflojar las restricciones y dejar subir el dólar hasta una cifra controlable, por encima de 5, pero lejos de 6 pesos."
¿Y el tercer escenario? "Es uno intermedio, con un tipo de cambio desdoblado. Uno para el campo, con un precio muy cercano al dólar oficial, de más o menos 4,50 pesos, y otro dólar «industrial», que hoy podríamos ubicar en 5,50 pesos. Eso le permitiría al Central absorber muchos millones de dólares, por la diferencia que podría hacer entre la compra y la venta. Sería como una 125, pero a través del desdoblamiento cambiario." ¿Y qué supone usted que hará el Gobierno? "Si me dejo llevar por los antecedentes inmediatos, creo que profundizará las restricciones y provocará todavía más desaceleración económica."
El economista, responsable de uno de los bancos más importantes de la Argentina y hombre de consulta tanto de Mauricio Macri como de colegas que reportan a la presidenta Cristina Fernández, dio una cifra sobre uno de los aspectos de la economía que le preocupan más. "Nuestros números indican que la inversión directa, desde mayo del año pasado al mismo mes de este año, registró una baja del 16 por ciento. Eso prenuncia una señal de alarma en la economía, en general."
¿Y qué opina del estado policial que se está generando con las restricciones a la compra de moneda extranjera para viajes al exterior, operaciones inmobiliarias y las transacciones con el dólar, en general? "No me preocupa tanto eso como la incertidumbre que tiene la mayoría de la sociedad, desde los grandes empresarios hasta el pequeño ahorrista, sobre qué hacer con el dinero que tenían o tienen apartado para atesorar o para no perder el valor de la moneda", me explicó.
¿Qué haría usted si fuera un pequeño ahorrista?, le pregunté. "No tengo la menor idea. Colocar los pesos a plazo fijo no sería un buen negocio, porque la inflación los está desvalorizando cada vez más rápido. Comprar dólares no se puede. El excedente de los pequeños ahorristas ya no alcanza para cambiar otra vez el auto y comprarse un nuevo plasma, porque los salarios ya no están acompañando el costo de vida. Si yo fuera un pequeño ahorrista estaría gastando mis ingresos en alimentos y en el pago de los impuestos y los servicios."
El economista no quiso opinar sobre las declaraciones del senador nacional Aníbal Fernández, quien recomendó a los argentinos que empiecen a pensar en pesos y se olviden de hacerlo en dólares. Sólo se limitó a repetir que en nuestro país mucha gente ahorra en dólares no porque ame el sistema de vida norteamericano, sino porque no confía en la moneda argentina como un instrumento adecuado para conservar el valor de sus bienes. De cualquier manera, es interesante analizar por qué un gobierno que defiende con tanta convicción la libertad para elegir el sexo, la identidad de género y otros derechos civiles, funciona al mismo tiempo como un gendarme de frontera cuando un individuo trata de decidir qué hacer con el dinero que se ganó de manera lícita. Durante los últimos años, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, el vicepresidente Amado Boudou y el responsable de la Administración Federal de Ingresos Públicos, Ricardo Echegaray, eligieron, entre otras opciones, la divisa estadounidense para no desvalorizar su patrimonio y nadie puso el grito en el cielo por eso. Por otra parte, es evidente que las restricciones sobre la compra de dólares operan, de manera directa, sobre un mercado muy pequeño, y eso le daría la razón al Gobierno cuando sostiene que no se trata, todavía, de un problema enorme, sino de un hecho que está siendo potenciado por quienes pretenden que "al país le vaya mal". Pero esto no impide reconocer, al mismo tiempo, que las sospechas sobre la existencia de problemas más serios en la economía estén alcanzando no sólo a los inversores más sofisticados, sino también al ama de casa, los encargados de los edificios y los choferes de taxis, que se informan no sólo por los medios de comunicación, sino también a través "de la calle".
Periodistas especializados en economía que simpatizan con este gobierno no se atreven, todavía, a cuestionar el paquete de medidas a las que el controvertido ex ministro de Economía Domingo Cavallo llamó "corralito verde". Por ahora sólo destacan los evidentes problemas de comunicación, que incluyen idas y venidas, conferencias de prensa que no son tales y resoluciones imposibles de comprender aun para los sectores directamente afectados. Esta semana le volvieron a sugerir a la Presidenta que no siga hablando del dólar, porque no sólo iba a potenciar la preocupación de los argentinos, sino que iba a afectar su propia credibilidad. El relato oficial podrá insistir en que la inflación anual de los últimos cinco años no superó los dos dígitos, pero ahí están las paritarias del año pasado para poner las cosas en su lugar. Los funcionarios podrán argumentar que la moneda nacional mantiene su valor, pero la existencia de billetes viejos y en muy malas condiciones que inundan el mercado lo desmiente día tras día. También lo desmiente la creciente cantidad de billetes que se necesitan para llenar la góndola del supermercado o el almacén, que, como se sabe, no es una operación de los medios ni una decisión "gorila" o propia de "cipayos".
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domingo, 27 de mayo de 2012
Un modelo de encierro y aislamiento
Por Joaquín Morales Solá | LA NACION
El modelo se ha reducido al encierro. La clausura de hecho de la Aduana para las importaciones y la virtual prohibición de acceder al dólar son típicas medidas de efecto inmediato. Efecto sólo aparente; el programa, para llamarlo de algún modo, está empeorando la desaceleración de la economía. Tendrá también consecuencias políticas. La situación actual de la economía es muy distinta de la que predominaba en el momento de la arrolladora victoria de Cristina Kirchner. En octubre del año pasado, la economía y el consumo crecían al ritmo interanual del 10 por ciento. Ahora, la unanimidad de los economistas privados asegura que el crecimiento de la economía es nulo en los primeros meses del año. La caída se parece más a un derrumbe que una retracción.
Cristina Kirchner ha iniciado rápidamente, así, el trámite de divorcio con todos los segmentos de la clase media. Sin embargo, son los sectores de bajos recursos los más preocupados ahora por el empleo y la inflación. Empleo, inflación e inseguridad son los temas que movilizan, aunque con intensidad distinta, a casi todos los sectores sociales. El Gobierno reacciona como un animal herido. Lastima sin necesidad.
Las encuestas le advierten ya a la Presidenta que la economía será siempre el motivo de su gloria o de su ruina. Según tres encuestas serias, la caída de la popularidad de Cristina Kirchner se frenó en el mes de abril, después de tres meses de peligrosas pérdidas en esas mediciones. La novedad no es buena, aunque parezca lo contrario. El mes de abril abarcó la estatización de YPF, la mayor empresa del país que tiene, además, una vieja carga emocional en el espíritu de los argentinos.
El freno de abril, que no incluyó ningún aumento significativo en las simpatías hacia la Presidenta, augura, según los expertos en opinión pública, nuevas caídas en los próximos meses. Ya perdió 20 puntos de popularidad desde enero. La explicación está en la economía. Los argentinos parecen privilegiar más el costo de las cosas, la capacidad de consumo o los controles para acceder al dólar que el relato de supuestos patriotismos.
Los controles necesitan de más controles, por lo menos hasta que los funcionarios se resignan a la realidad. Sucedió con el control de precios, cuando apareció Guillermo Moreno con desopilantes amenazas a los empresarios. Varios años después, la inflación no cedió ni cede. Son las soluciones de Moreno, que incluyen más agravios y humillaciones que remedios técnicos.
La saga sigue ahora. La vida cotidiana de los argentinos está sometida a una madeja de burocráticos controles, que ya afecta seriamente el derecho a la libertad. Tienen que dar explicaciones para ahorrar en dólares, para viajar o para vender una propiedad con una moneda confiable. La compraventa de viviendas se desplomó por eso. Digan lo que digan, la moneda de ahorro de los argentinos es el dólar, y lo es desde hace muchas décadas. La Presidenta los criticó, aunque ella también ahorra en dólares. ¿Cometen un error? La capacidad de equivocarse de los gobernantes argentinos ha sido demasiado grande en la historia. Enormes devaluaciones, hiperinflaciones, confiscaciones de depósitos o pesificaciones sólo han terminado dándoles la razón a los que se resguardaron en el dólar.
Una teoría económica bastante extendida señala que la economía no sólo necesita de buenas políticas, sino también de instituciones fuertes y confiables. La mejor política económica resultaría poco creíble en un país débil institucionalmente. El caso argentino es la suma de los defectos: ni la política económica es buena ni existen instituciones fuertes y confiables. De hecho, ha desaparecido la única autoridad que puede resolver sobre la política cambiaria, que es el Banco Central. La agencia impositiva, la AFIP, se ha convertido en una celadora arbitraria y caprichosa, que sólo dice que no. Más aún: fue la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont, la que le pidió a la AFIP mayores restricciones para el acceso al dólar. Argumentó que los dólares seguían yéndose de las reservas del Banco Central. El problema empeoró: ahora se van, a un ritmo diario de entre el 2 y el 3 por ciento, los depósitos en dólares.
Esas restricciones para acceder al dólar, que son ya casi una prohibición total, les suceden a los argentinos comunes. Los empresarios, aun cuando necesitan dólares para cancelar compromisos previos, deben hacer otro recorrido después de pasar por la AFIP y el Banco Central. Al final del camino está un funcionario de la oficina de Moreno, que determina si la compra de dólares se puede hacer o no. Ese funcionario termina diciendo que no o, lo que es más inexplicable, les exige que vendan la misma cantidad de dólares que compran. Kafka sería aquí un escritor costumbrista, como dijo un reconocido juez.
El problema de fondo es que no existe una sola resolución que regule la compra y venta de dólares. Nada. Sigue vigente la resolución que autoriza a cualquier argentino a comprar dos millones de dólares mensuales. Eso es lo que dice el Banco Central, pero la AFIP dice otra cosa todos los días, y todos los días dice una cosa distinta.
La Argentina tiene un problema con la valuación del dólar. Ese es el núcleo del conflicto. Brasil, el principal socio comercial de la Argentina, devaluó un 32 por ciento desde julio pasado. El valor del dólar oficial en la Argentina se depreció mucho menos, a pesar de que aquí hay una inflación mucho mayor. A Menem le sucedió lo mismo en enero de 1999. Ni Menem entonces ni Cristina Kirchner ahora quisieron aceptar esa realidad. La solución del menemismo fue seguir acumulando deuda pública, que luego el país pagó con un histórico sufrimiento social, y la de Cristina es cerrar la Aduana, que está llevando al país a un vasto aislamiento internacional.
Brasil tomó represalias en los últimos días contra el proteccionismo argentino y la Unión Europea denunció formalmente a la Argentina ante la Organización Mundial del Comercio por el cierre de las importaciones. La Unión Europea es, como bloque, el segundo destino de las exportaciones argentinas. El mundo que se le cayó a la Presidenta, según su definición, es más bien un mundo que ella se está tirando encima.
La economía argentina está sufriendo ya mucho más que el resto de las economías emergentes. En el último mes cayeron un 45 por ciento las importaciones de bienes de capital, indispensables para el progreso de la industria argentina. La producción de cemento cayó un 17 por ciento. Esta es una señal clara de que una recesión incipiente está llegando a la construcción y a la obra pública.
El Gobierno quiere, dice en reserva, forzar la pesificación de la economía y promover una inmediata industrialización del país. Ninguna de las dos cosas se hace en 24 horas. Pesificar la economía con una inflación del 25 por ciento anual es una causa perdida. Industrializar un país en pocas horas es imposible. La industria nacional que ya existe necesita, en el 90 por ciento de los casos, de insumos importados. Son las cosas que están paradas en la Aduana. Por eso los bienes escasean y por eso, también, los precios aumentan.
¿Solución? Ninguna a la vista, salvo nuevos y mayores controles. No sólo han fracasado la política económica y la instrumentación inconstitucional de muchas medidas, sino también la manera de conducirla. Hay un ministro de Economía, Hernán Lorenzino, del que sólo se conoce su inexistencia. Hay un viceministro de Economía, Axel Kicillof, que es en realidad un superministro. Pero hay también un secretario de Estado, Moreno, que es más superministro que el superministro que es sólo viceministro. El Gobierno tiene una crisis encima, pero para enfrentarla puso un trabalenguas en lugar de un equipo económico.
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Basta de populismo industrial
Por Jose Luis Espert | LA NACION
La idea del industrialismo "a la argentina" consiste en cerrar todo lo que se pueda la economía a la competencia importada y que el agro tenga una rentabilidad mínima para que haya alimentos baratos que aumenten el salario real y las masas urbanas tengan mayor capacidad de comprar bienes industriales.
También implica que se graven las exportaciones de energía y otros insumos industriales, para que la industria tenga costos bajos y pueda "agregar valor". Y demanda que se controle el sector financiero, para que haya tasas de interés que permitan el financiamiento barato de la industria o el financiamiento del consumo de bienes industriales. También controla las tarifas de servicios esenciales para evitar la reducción del salario.
El populismo industrial, al transformar en un tótem a la sustitución de importaciones y cerrar la economía a la competencia importada, hace caer el tipo real de cambio (apreciación real). Esta perjudica al agro, pero relativamente más a la industria de exportación no tradicional (por ejemplo, el vino), que tiene que pagar los mayores salarios reales derivados de un aumento en la demanda de trabajo de la industria sustitutiva que incrementa su producción, sin recibir el crédito de la suba de aranceles o la restricción a las importaciones.
La sustitución de importaciones beneficia sólo a la industria menos competitiva, y perjudica a todo el resto, incluyendo al agro, la energía, al turismo y a las más eficientes con competitividad exportadora.
El populismo industrial ha destrozado el Mercosur, acordado en 1991 por la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, que establecía el comienzo de un mercado común desde 1995 y el libre comercio total (0% de aranceles) entre sus miembros desde 2005. Sin embargo, ese mismo año y a instancias de la Argentina, se acordaron con Brasil Mecanismos de Acción Competitiva, eufemismo para denotar que nunca habría libre comercio con Brasil.
Como contrapartida, hace unas semanas nada más, el país envió una misión comercial oficial a Angola, en la que el stand de mayor concurrencia terminó siendo el de la feria trucha de La Salada. Una muestra del fracaso del populismo industrial es que luego de 10 años de tener la mesa servida a gusto y piacere, el Gobierno ha recurrido a una casi prohibición de importaciones para seguir protegiendo a la industria sustitutiva, que, por si fuera poco, mostró en 2011 un déficit comercial récord histórico de US$ 30.000 millones.
¿De dónde proviene el combustible para romper el oxímoron de crecer sobre la base de una economía casi en autarquía como la que propone el populismo industrial? Se trata de un modelo que se sostiene mientras las circunstancias internacionales extraordinarias lo permiten. El agro aguanta mientras el precio de la soja compensa el atraso cambiario. La producción de petróleo y gas aguanta gracias a inversiones anteriores hasta que se desploma la producción. Las exportaciones industriales desaparecen por falta de competitividad y represalias de otros países. Los depósitos y el crédito se sostienen hasta que la inflación y el atraso cambiario hacen de la compra de dólares el único refugio a la expoliación de las tasas de interés negativas. El aumento del gasto público y la presión impositiva se sostienen hasta que circunstancias internacionales inician una contracción económica y el déficit fiscal se torna inmanejable.
Hoy, con una presión impositiva récord histórica de 50% del PBI o $ 820.000 millones para los que están en blanco (en la Unión Europea es 55%, con un PBI per cápita 2 veces y media superior al nuestro), el déficit fiscal es de 3,1% del PBI, el tercero más grande de los últimos 20 años, sólo superado por 2000 y 2001.
El financiamiento monetario y con reservas desde el Banco Central permite una demanda interna pujante hasta que la tasa de inflación y la pérdida de reservas empiezan a hacer estragos en los bolsillos de los consumidores y en las mentes de nuestros policy makers, que, frente a la pérdida de reservas producto de la fuga de capitales y el déficit fiscal, rápidamente establecen controles de cambio que generan más incertidumbre, más suba del riesgo país y más fuga de capitales.
Nuestra experiencia con el populismo industrial es frustrante. Sin embargo, estamos aferrados a él más que Guillermo Moreno a sus modales de baja estofa.
Lo aplicamos con muy breves interrupciones desde 1930 y los resultados están a la vista. Antes de la Gran Depresión, teníamos un PBI per cápita 4 veces superior al brasileño y hoy es sólo 50% superior. Era 2 veces el de Chile y ahora es 25% inferior. Contra Venezuela era 3,5 veces más grande y ahora sólo lo supera en 25 por ciento. La lista sigue, pero en todos los casos la conclusión es clara: la sustitución de importaciones nos hizo retroceder.
Se podrá argumentar que muchas de las potencias mundiales de hoy fueron proteccionistas antes. La respuesta a esto es que pasó hace siglos en contextos diferentes, que lo habrán hecho bien y que hoy son economías muy abiertas al comercio. Además, en el último siglo, las experiencias de países emergentes como el nuestro con aperturas bien hechas han sido muy exitosas, en el sentido de generar crecimiento sostenido a tasas altas y mejora en los indicadores sociales.
Terminemos con el populismo industrial, que siempre acaba mal con sus consecuencias sobre el aislamiento mundial, déficit fiscal, alta inflación, controles cambiarios y perjuicios para los sectores más eficientes de la economía, como el agro, el turismo y la exportación industrial competitiva.
El reto de Europa es ser más productiva para crecer
Por Kemal Dervis | Para LA NACION
La crisis de la eurozona se desarrolló principalmente como una crisis de deuda soberana que, en su mayor parte, afectó a países de la periferia meridional de Europa. Estos países se encontraron con que para emitir bonos soberanos debían pagar tasas de interés que por momentos llegaron al 6 o 7%, en el caso de Italia y España, o a valores todavía más altos para otros países. Como los bancos de la eurozona tienen una parte importante de sus carteras de activos constituidas por bonos de países de la eurozona, la crisis de deuda soberana se convirtió en una crisis bancaria en potencia, agravada por el hecho de que los bancos ya habían sufrido otras pérdidas originadas, por ejemplo, en el derrumbe de los precios inmobiliarios en España. De modo que uno de los desafíos más importantes que es preciso encarar para resolver la crisis de la eurozona es reducir la carga de la deuda para los países del sur de Europa.
La variación del peso de la deuda de un país refleja la relación entre el volumen del saldo fiscal primario (el saldo una vez deducido el pago de intereses) y el PBI, así como la diferencia entre el costo de tomar prestado y la tasa de crecimiento del PBI. Cuando la diferencia entre el costo de financiación y el crecimiento se torna demasiado grande, el superávit fiscal primario que se necesita para evitar que la deuda siga creciendo se hace inalcanzable. En la práctica, se prevé que el crecimiento de los países del sur de Europa será próximo a cero o incluso negativo durante los dos próximos años, y aún después de eso, no se espera que supere un 2 o 3 por ciento.
Los titulares de prensa no siempre dejan entreverlo, pero una causa subyacente de la crisis de la eurozona (y que ahora también es un obstáculo para el crecimiento del Sur) ha sido la divergencia que se creó entre los costos de producción de los países periféricos, notablemente los del "Sur" (en concreto, Grecia, España, Italia y Portugal), y los del "Norte" (para simplificar, Alemania); divergencia que se desarrolló durante la primera década que siguió a la introducción del euro. Entre 2000 y 2010, el costo laboral unitario en los países del Sur aumentó un 36%, 28%, 30% y 25%, respectivamente, mientras que en Alemania ese aumento fue inferior al 5%. Esto produjo para fines de 2010 una divergencia acumulada de más del 30% en relación con Grecia y más del 20% para Portugal, Italia y España.
El costo laboral unitario se relaciona con el nivel salarial y con la productividad, de modo que un aumento de la productividad puede compensar un aumento de los salarios. Entre 2000 y 2010, no hubo grandes diferencias de productividad entre los países del norte y los del sur de Europa: de hecho, la tasa anual media de crecimiento de la productividad fue mayor en Grecia (1%) que en Alemania (0,7%). Pero en el Sur, el costo laboral creció a un ritmo mucho más veloz; esto produjo un aumento del diferencial de costos, que mientras la unión monetaria siga existiendo, no se podrá resolver con una devaluación.
En tanto y en cuanto esta divergencia interna se mantenga, no habrá una solución completa de la crisis del euro, porque el déficit de cuenta corriente, la falta de crecimiento o ambas cosas a la vez seguirán acosando a los países del sur de Europa, lo que perpetuará los temores relacionados con la deuda pública y la situación de la banca comercial.
En este contexto, el aumento de la productividad (sea por medio de avances técnicos, mejor asignación de los recursos o mayor inversión productiva) es para las economías del sur de Europa una variable tan importante como lo es la contención salarial. De hecho, es previsible que una deflación salarial excesiva tenga efectos negativos sobre la productividad, ya que probablemente acelerará la emigración de mano de obra calificada; y la combinación de austeridad extrema, deflación de precios y altos niveles de desempleo (con el consiguiente riesgo de tensión social) no es precisamente la mejor manera de fomentar las inversiones, la innovación o la movilidad de la fuerza laboral.
Si bien la reducción del nivel de empleo es un modo de impulsar la productividad, implica altos costos macroeconómicos en términos de pérdida de ingresos y aumento del gasto social. Sin olvidar lo más importante: ninguna política económica debería destruir la confianza de las sociedades en sí mismas, porque eso que los economistas llaman "espíritus animales" [las motivaciones y expectativas emocionales] debe ser tal que permita a la gente abrigar esperanzas respecto de su futuro.
Por todo lo dicho, tanto el exceso de austeridad como la deflación podrían ser contraproducentes y hacer que las "reformas" necesarias para aumentar la competitividad de los países del sur de Europa sean imposibles de implementar. La solución correcta habrá de combinar un grado razonable de contención salarial y tasas de inflación bajas (pero no negativas), junto con políticas microeconómicas que alienten el aumento de la productividad.
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