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martes, 21 de febrero de 2012

Familias que integran a los abuelos

La naturaleza ha dotado a los seres humanos del único sistema nervioso con conciencia del envejecimiento. Este irreversible proceso sólo explica un mínimo porcentaje de los cambios que registra el organismo, confirmando que, en un plano más profundo, el cuerpo carece de edad y, la mente, de tiempo, en palabras de Deepak Chopra, reconocido médico y escritor indio.

Según postula, cualquier teoría puramente física del envejecimiento resulta incompleta. Es sabido que no hay una curva normal de envejecimiento que se aplique a todos y esto es así porque el deterioro que traen los años no obedece solamente a leyes simples.

En las últimas décadas, la ciencia verificó que el envejecimiento depende de cada individuo en un grado mayor al imaginado. Nuestras células escuchan a nuestros pensamientos, hay un correlato químico en el proceso y es por eso que la falta de esperanza, por ejemplo, aumenta los riesgos y acorta la vida.

Antes del siglo XX, sólo una de cada diez personas llegaba a los 65 años. Según el censo de 2010, el 10 por ciento de la población argentina supera los 65 años, mientras que en la ciudad de Buenos Aires ese porcentaje se eleva al 16,4%. Con el aumento de la expectativa de vida y el envejecimiento poblacional no sorprende que la ONU asegure que los adultos mayores desempeñarán un papel cada vez más destacado en el futuro.

En la Argentina, de los 100.000 adultos que superan los 80 años, muchos no están en condiciones de vivir de forma autónoma por distintos motivos. Según datos de la encuesta a adultos mayores realizada por la Dirección Nacional de Tercera Edad, el 40 por ciento de ellos convive con familiares de otra generación y sólo el 3% está alojado en instituciones geriátricas u hospitales.

Así como en las culturas orientales los ancianos ocupan un sitial de privilegio y gozan del respeto social, en la nuestra, lejos de valorarlos tendemos a asignarles un lugar marginal ligado al olvido y a la subestimación de sus capacidades que poco contribuye al desarrollo de las enormes potencialidades que los años otorgan y que, tal como referíamos anteriormente, pueden mejorar notablemente la calidad y duración de la vida.

Es sabido que los vergonzosos haberes jubilatorios al cabo de una vida de trabajo convierten a muchos hijos en el sostén económico de sus padres. El suplemento Comunidad que LA NACION publicó en enero último rescató el ejemplo de familias que optaron, por esta u otras razones, por reunir a tres generaciones bajo el mismo techo (abuelos, padres y nietos) con resultados muy satisfactorios.

El abuelo encarna la historia y la genealogía familiar, opera como transmisor de vivencias y costumbres de épocas pasadas cuya riqueza se perdería irremediablemente sin su participación directa en la formación de las jóvenes generaciones. De igual forma, es la juventud con su entusiasmo y vitalidad la que estimula a los mayores a mantenerse activos, muchas veces haciéndolos depositarios de tareas y cuidados en el hogar familiar, las que contribuyen enormemente a la economía doméstica. Pensemos si no en cuántos abuelos quedan a cargo de sus nietos menores cuando los hijos salen a trabajar, cuántos los retiran del colegio y los ayudan con sus obligaciones escolares, supliendo con efectividad a los padres durante muchas horas del día y dejando una afectuosa impronta que el tiempo torna inolvidable cuando ellos ya no están.

El sistema de valores que nos rige se vería notablemente enriquecido si pudiéramos contribuir a superar la tan absurda como falsa polaridad juventud-ancianidad para potenciar las sinergias que, rescatando el pasado, nos proyecten hacia un futuro de manera más sólida. El ejemplo de las familias que integran a tres generaciones es un paso importante en esa dirección. Celebrémoslo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

¿Cuánto ganás por mes?

Por Nicolás Litvinoff | Estudinero
Mi columna Gano 6.900 pesos por mes y no puedo ahorrar, ¿que hago? publicada hace dos semanas en este portal se convirtió en una de las notas más leídas y comentadas de ese día con más de 1000 comentarios, la mayoría de ellos muy duros hacia el consultante (Gregorio), quien recibió todo tipo de agravios por no poder tener capacidad de ahorro con un sueldo tan alto.

Mas allá de la lógica discusión en el foro acerca de si el ingreso de esta persona es realmente una fortuna o no, me queda dando vueltas la pregunta de ¿porque la gente se vuelve tan rara cuando se habla del tema de los ingresos de cada uno? Todos sabemos que, por ejemplo, en los EE.UU, las personas hablan abiertamente de lo que ganan en términos anuales sin ninguna complicación. Ante cualquier requerimiento, un anglosajón te dirá al momento cuantos son sus ingresos en términos anuales sin siquiera pestañar.

En la Argentina (y en varios países de Latinoamérica, por lo que pude observar) el tema del sueldo es directamente tabú. Nadie sabe cuánto gana el otro y alrededor se construye un manto de misterio, incluso entre los compañeros de trabajo de una misma empresa.

¿Porque se da esa situación? La primer razón pienso que es la más lógica: vivimos en un país en donde la distribución del ingreso sigue siendo una asignatura pendiente mas allá del crecimiento económico de la última década (importante: crecimiento y distribución del ingreso no tienen porque ir de la mano) y los "Gregorios" que ganan bien o medianamente bien teniendo en cuenta lo que es el sueldo promedio en nuestro país (apenas por encima de los 3.000 pesos) pareciera que están alardeando al desglosar abiertamente sus ingresos . Algunos lo pueden incluso tomar como una ofensa dadas las condiciones sociales en las cuales vivimos.

Otra razón por la cuál los argentinos son renuentes a hablar de sus ingresos quizá tenga que ver con la presión impositiva, ya que probablemente las personas que se encuentran en la punta de la pirámide tengan parte de sus ingresos declarados y parte no, razón por la cuál realizan el "silenzio stampa". Y si no tomemos el caso de Susana Gimenez, quién para la AFIP es una monotributista que gana 3.000 pesos por mes.

Ahora bien, más allá de estas razones u otras de similar índole, pienso que el tema reviste otros matices que se pueden analizar.

Por ejemplo: pareciera haber una noción en el inconciente colectivo de que las personas que hicieron dinero en la Argentina deben necesariamente haber explotado o estafado a otra(s) personas . Altos ingresos, corrupción y negocios turbios parecerían ir de la mano.

Dicho esto, los "Gregorios" deberían mantenerse en el más profundo anonimato y no hablar nunca de sus ingresos para no ser tildados de corruptos, ladrones o hasta narcotraficantes.

Y con los elementos dados es que podemos arribar a la primera conclusión: a pesar de vivir en una economía capitalista, los argentinos detestamos al que le va bien. La envidia podría ser uno de los motores del odio, pero no necesariamente el único.

Pero esta contradicción no está dada exclusivamente por las personas en la base de la pirámide que deben "sobrevivir" haciendo malabares para mantener a una familia entera y llegar a fin de mes con salarios menores a las 300 dólares mensuales: nuestro país está lleno de nuevos ricos que no dirían lo que ganan ni aunque los obligasen a pasar una temporada en Guantánamo; pero sin embargo se pasean en coches importados y usan Rolex y demás bienes de lujo a más no poder, como queriendo gritar a los 4 vientos lo bien que les está yendo y lo "inteligentes" que son por haber ganado tanto dinero.

Pienso que todas estas asimetrías y contradicciones podrían evitarse si existiese un consenso en donde todos pudiésemos hablar tranquilamente de nuestros ingresos y a la vez saber cuanto gana el otro, de manera tal de romper con los tabúes y dejar los resentimientos de lado. Claro que para que esto suceda, el ejemplo debería venir desde la clase gobernante.

Ya lo dijo Confucio (479-551 A.C): En un país bien gobernado, debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado, debe inspirar vergüenza la riqueza. Pero pareciera que, por ahora, este escenario se encuentra bastante lejano, ya que requeriría un cambio de conciencia importante a nivel social que muchos parecen no estar dispuestos a realizar.

Hasta que esto no suceda, me temo que la pregunta que ilustra el titulo de esta nota seguirá siendo contestada con evasivas y miradas incómodas.

Y Gregorio correrá el riesgo de terminar en la hoguera por buscar ayuda con sus problemas de ahorro y administración de sus ingresos.

Gano 6.900 pesos por mes y no puedo ahorrar ¿qué hago?

Por Nicolás Litvinoff | Estudinero
Frente a las inquietudes de los lectores de LA NACION , el economista Nicolás Litvinoff responde a las consultas.

"Gano $6.900 por mes, no tengo grandes gastos (el departamento donde vivo es mío, no tengo hijos) y, sin embargo, "vivo al día", no puedo ahorrar y eso me preocupa pensando en una vejez futura, en la que tenga que depender de una jubilación estatal. ¿Cómo puedo hacer para empezar?". Gregorio, de City Bell.

Hola, Gregorio. Lo que te pasa es algo muy común hoy en día: tasas de interés para plazos fijos reguladas, miedos inflacionarios, dólar quieto artificialmente. El modelo económico K está estructurado de manera tal que pareciese que la única alternativa viable es el consumo, y frente a esto muchos "tiran la toalla" y se resignan al no ahorro.

Para poder revertir esta situación, primero tenés que registrar y clasificar tus gastos, esto es, anotar todos y cada uno de los mismos, y luego clasificarlos entre gastos necesarios y gastos innecesarios. No basta con tener en la cabeza cuáles son los gastos y medianamente saber si son útiles o no: anotarlos y estudiarlos uno por uno en, por ejemplo, una simple planilla de Excel es un paso necesario para comenzar a enfrentar el problema.

El mejor camino para autoboicotear cualquier intento de cambio de hábitos para personas que tienen problemas para ahorrar es reducir todos los gastos que generan placer, ya que los presupuestos que no permiten cierto entretenimiento están destinados a fracasar.

Por ejemplo: si estás acostumbrado a salir a comer afuera cuatro veces por semana, bajar el ritmo a un máximo de dos salidas semanales parece lo más adecuado.

El siguiente paso es establecer metas de ahorro, pero aquí es importante entender que las mismas tienen que ser realistas. El primer objetivo es el 10% de los ingresos mensuales. Luego este porcentaje debe ir subiendo paulatinamente.

Pero para poder llevar esto a la práctica, es aconsejable primero definir tus metas de ahorro, dado que el tener en claro la causa te dará más potencia.

Básicamente se puede separar entre tres tipos de ahorro:

Ahorro como fondo de emergencia para obtener seguridad ante imprevistos.
Ahorro para invertir y generar dinero con ello.
Ahorro para consumo (comprar un coche, vacaciones, electrodomésticos, etc.)
De estas tres categorías, la primera es finita ya que una vez que se logra ahorrar un monto limitado (se recomienda un ahorro que cubra 6 meses de gastos) ya no tiene sentido seguir incrementando ese item (salvo actualización anual por inflación).

Las otras dos categorías, en cambio, son ilimitadas, y por ende es conveniente establecer de antemano a cual de ellas irá a parar lo ahorrado.

Lo ideal sería poder ahorrar para invertir y generar ingresos con ello que cubran la totalidad de nuestros gastos fijos mensuales, pero poca gente está dispuesta a realizar el sacrificio de reducir a cero su consumo de bienes de esparcimiento, con cierta razón. Pero lo que se puede hacer es tener también aquí una cuantificación de objetivos, por ejemplo el 70% de lo ahorrado se destina a inversión y el 30% al fondo para las vacaciones.

Por último, las causas que más relacionadas están con la imposibilidad de ahorro tienen que ver con pagar el mínimo de la tarjeta, comprar ropa o electrodoméstico en cuotas o tener un descubierto bancario que significa pagar intereses muy altos todos los meses.

Al eliminar estos hábitos se puede pensar que "interés no pagado es dinero ahorrado", y los resultados suelen ser muy rápidos.

martes, 1 de septiembre de 2009

No perdamos de vista los bienes y principios fundantes de una sociedad.

El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, ha iniciado gestiones para estudiar un cambio en el horario de funcionamiento de las discotecas y lugares de diversión nocturna que aglutinan a jóvenes y adolescentes. La propuesta tiende a evitar situaciones de descontrol y de violencia como las que se vivieron en las últimas semanas, vinculadas con los excesos y desbordes en que suelen incurrir los concurrentes a esos locales.

La limitación que se procura establecer estaría dirigida, fundamentalmente, a evitar el elevado consumo de alcohol o de drogas que se registra entre los jóvenes, causante en muchos casos de agresiones y enfrentamientos irracionales y también de accidentes de tránsito con trágicas consecuencias.

Una de las medidas que se estudian es la que propicia imponer el adelantamiento del horario de ingreso en los lugares bailables. De esa manera se limitaría la extensión de las llamadas "horas previas" o "preboliche", que son las que anteceden el ingreso de los jóvenes en un determinado pub o boliche bailable. Esas horas vacías son las que muchos utilizan para ingerir bebidas alcohólicas en quioscos o en otros lugares de expendio, a menudo en cantidades que escapan a todo control.

La solución que tradicionalmente se ha procurado impulsar es la que establece la prohibición total de la venta de bebidas alcohólicas a menores de edad, pero ese control no ha podido ser ejercido hasta ahora con el rigor necesario, acaso porque la venta se diversifica en boliches, maxiquioscos o estaciones de servicio que cubren horarios y jurisdicciones muy diferentes, a lo cual se suma el creciente consumo de cócteles alcohólicos en el interior de los propios locales bailables.

Por supuesto, el cambio de horario que se procura establecer no puede ser promovido en forma aislada por una sola jurisdicción, sino que debe nacer de un acuerdo que unifique los criterios vigentes en diferentes distritos gubernativos o municipales.

Pero hay algo que debe quedar claro. Cuanto se haga desde el poder político o desde una jurisdicción administrativa o municipal en favor de una ordenación adecuada de los desplazamientos y las actividades de los jóvenes y los adolescentes tendrá siempre el valor de una contribución supletoria o complementaria. Porque el problema a que nos estamos refiriendo dependerá siempre de lo que sea capaz de hacer la sociedad para darles a sus miembros más jóvenes la orientación moral para afrontar la vida en sus tramos más difíciles y comprometidos.

Desde luego, cuando hablamos genéricamente de "la sociedad en su conjunto", nos estamos refiriendo a los padres de familia, que son los responsables decisivos de la educación y la formación vital de los jóvenes. De la fuerza y de la convicción moral que esos padres de familia sean capaces de transmitir a sus hijos dependerá siempre que ellos encuentren el camino para avanzar hacia la dignificación y el enriquecimiento permanente de sus vidas en las diferentes etapas y en los distintos desafíos que la realidad les imponga como destinos o experiencias sucesivos o circunstanciales.

En un mundo cada vez más complejo y difícil de comprender, el acompañamiento de los padres a sus hijos en las etapas de su evolución y de su crecimiento continúa siendo insustituible. Sólo la mirada y el acompañamiento de los padres están en condiciones de ayudar y fortalecer a quien afronta los primeros tramos de una maduración compleja y desafiante.

Hoy los jóvenes se asoman a un mundo en el que proliferan los profetas desalentadores. ¿Qué les ofreceremos a nuestros hijos ante estas veleidosas mutaciones de la cultura? Les ofreceremos el rumbo de dignidad y equilibrio que sólo la visión concreta de un padre y de una madre está en condiciones de ayudar a encontrar.

Démosles a nuestros hijos un mundo que se justifique a sí mismo en la construcción y preservación de valores esenciales. Ese será siempre el núcleo de una formación espiritual abierta a las más ricas y dignificadoras experiencias vitales. Y ese núcleo será siempre el reservorio insustituible que los padres habrán de transmitir a sus hijos.
Editorial IUn freno a los excesos de los jóvenes

Los padres cumplen un papel fundamental e indelegable para evitar los abusos de los adolescentes con el alcohol

lanacion.com | Opinión | Martes 1 de setiembre de 2009

domingo, 12 de julio de 2009

¿A quién le sirve este mundo "a mil"?

Tal vez la velocidad y eficacia de nuevas tecnologías nos acostumbraron a conseguir resultados óptimos en apenas segundos. Y con ello nuestro desafío dejó de ser cada modesto problema para concentrarnos en el único gran objetivo de lograrlo todo. No es que antes no se tuviera el anhelo o la ambición de alcanzar la cima, pero sí había más espacio para deleitarse con el ascenso de cada paso. Como si en otros tiempos la lógica del éxito, tanto personal como profesional, se hubiese movido por escaleras y hoy lo hiciera a la velocidad de un ascensor ultrainteligente. Ya no hay escalones, sólo un piso al final.

Y se logran cosas increíbles -como empresarios exitosos a los 18, la casa soñada a los 30, el mundo entero recorrido a los 40-; pero la aceleración en el modo de vivir la vida tiene un costo altísimo que hoy se patentiza en cientos de rostros tristes que deambulan abrumados por un fenómeno al que nombran con el eufemismo de prisa cotidiana .

Tantos logros y ¿nadie está contento? Desde ya, no se trata de la realidad de todos, pero sí de una tendencia notable en la clase profesional urbana. Muchas de esas caras tristes tienen problemas para dormir. Son las mismas que acumulan pilas de diplomas que ya no enmarcan -para qué si total hoy todos los tienen-, que viven en casas con jardines a los que apenas asoman porque no hay tiempo para descansar y tienen hijos que apenas conocen de tanto invertir en pos de un futuro que no da tiempo para hoy.

Sin embargo quien mira no ve más que un brillo envidiable... carrera, auto, casa, familia, juventud, belleza. Lo tienen todo y tan rápido, ¿de qué podrían quejarse?

Pero sus cajones atiborrados de ansiolíticos delatan apenas una parte de la grieta. Carcome la sensación de que nada alcanza, nada llena, siempre falta más. Lo mucho que se tiene no cuenta, es muy poco comparado con todo lo de los demás. Obsesiona conseguir eso que no se tiene y que, increíblemente, ni se sabe qué es pero hay que tenerlo ya. Entonces predomina una frustración constante que convierte la vida en un correr permanente en busca de ese no sé qué; un correr como de un chico desesperado que huye y tiene ganas de llorar. ¡Pero eso nunca! En cambio, se frunce el ceño, se pone distancia, se ahoga en la incomunicación y ya casi ni se levanta la mirada de la pantalla por temor a que otro pueda descubrir la tan vergonzante vulnerabilidad.

Se ha perdido la capacidad de recorrer alegremente caminos y de disfrutar en su tránsito los olores, las vistas, las sorpresas e incluso la satisfacción de remover piedras para poder liberar el paso. Hoy la llegada desvela, oprime y en el medio no hay riqueza alguna capaz de detener la marcha. La mirada se orienta sólo a resultados, el mandato es no dejar de producir. El camino hay que pasarlo rápido y con anestesia para evitar cualquier sufrimiento. Pero cuando se alcanza la meta ni siquiera hay destellos de felicidad, sólo una mueca exterior de autoestima que convive con el eco interior de innumerables risas perdidas en el viaje.

Muchos hoy tienen la suerte -o la desgracia- de obtener lo que quieren en forma casi inmediata. Los chicos ya no esperan a Papá Noel para conseguir el regalo soñado porque basta un suspiro o un puchero para conmover a una generación de padres culposos. Padres que al mismo tiempo que dan ese regalo, les quitan a sus hijos la posibilidad del sueño. Y ya desde chicos la capacidad de espera con todas sus virtudes pierde terreno en un mundo "a mil". Tampoco hay lugar para la oración y el escepticismo ya no alcanza únicamente a Dios sino al propio hombre; la fe moderna parece reducirse a una caja de pastillas mágicas. El talento brota como nunca, pero la ansiedad devora el placer de estar vivos y el único sueño posible es químico. ¡Es hora de levantarse! Y de entregarse a los afectos para celebrar la vida y compartir el sano sufrimiento del mundo real.
ReflexionesVivir a mil

Por Teresa Batallanez

lanacion.com | Revista | Domingo 12 de julio de 2009

jueves, 4 de junio de 2009

Hay dos millones de familias argentinas que no pueden acceder a una vivienda.

El mercado inmobiliario no está amenazado por el estallido de una burbuja que se traduzca en un derrumbe en los precios, aunque los emprearios del rubro alertan que la plaza marcha hacia una "ochentización" con un fuerte descenso en la oferta y el reinado casi absoluto del efectivo como modalidad de pago.

Esas son algunas de las conclusiones de la Primera Convención de Desarrolladores Inmobiliarios que organizó ayer en Buenos Aires la Asociación de Empresarios de la Vivienda (AEV). Según los empresarios del rubro, el mayor peligro en el mercado no pasa por una caída generalizada en los precios, ya que las plazas que hoy enfrentan este problema como Miami o Madrid se caracterizaban por el alto nivel de endeudamiento en materia de créditos hipotecarios.

Sin embargo, en el sector reconocen que el mercado local también está dando señales de sufrir el impacto de la crisis financiera internacional.

"En el corto plazo creo que los precios de las viviendas en el mercado local van a estar estables y en el largo pueden incluso llegar a subir por una reducción en la oferta y el deterioro de dólar en el mundo. Igualmente, lo que se ve es una ?ochentización´ de la plaza, sin lugar para los megaemprendimientos, con compradores que operan al contado y una oferta mucho más reducida y limitada a los pequeños inversores que impulsan proyectos más chicos", señaló Issel Kiperszmid, presidente de la desarrolladora inmobiliaria Dypsa.

Sin desbarrancar
En la misma línea, en IRSA descartaron la posibilidad de que se produzca una ola masiva de ventas que derive en una caída de precios de las propiedades y destacaron como un hecho positivo la continuación de las obras de construcción. Sin embargo, anticipan para el futuro cercano un mercado con una oferta más restringida.

"La mayoría de los inversores está en una posición expectante y hoy prácticamente no se ven lanzamientos de nuevos proyectos, aunque la buena noticia es que continúan en marcha los que ya estaban en construcción y no se ven esqueletos. Con este panorama, el mercado inmobiliario va a sentir el impacto en 18 o 24 meses, cuando no aparezca oferta nueva", explicó Jorge Cruces, director de Real Estate de IRSA.

Los empresarios del sector destacaron como un hecho positivo la decisión del Banco Hipotecario de relanzar su línea de créditos con fondos oficiales, aunque sostuvieron que son necesarias otras alternativas destinadas a los hogares de las clases media y baja.

"Hay que generar otras alternativas de crédito que puedan llegar a las capas más amplias de la población. Es necesario que la cuota pueda adecuarse a la evolución promedio de los salarios para que los créditos sean viables", señaló Fernando Esquerro, presidente de la AEV, que precisó que hay dos millones de familias argentinas que no pueden acceder a una vivienda.

En la desarrolladora Altman Construcciones reclamaron una política de Estado en materia habitacional, de manera que el mercado no quede "limitado sólo para los que pueden pagar de contado". En este sentido, propuso una ampliación de los planes de incentivos para el acceso de viviendas de un porcentaje mayor de la población.
Viviendas / Faltan proyectos para las clases media y bajaEl sector inmobiliario se "ochentiza"

Empresarios del rubro advierten que en el mercado argentino vuelve a caer la oferta y pagarse todo al contado

lanacion.com | Economía | Jueves 4 de junio de 2009

miércoles, 20 de mayo de 2009

La lectura es a la inteligencia lo que el ejercicio físico es al cuerpo.

Educar es entusiasmar con los valores. Estamos en un momento en el que mucha gente joven está perdida, sin saber a dónde ir.

Estar perdido es no tener rumbo. Ir tirando a ver qué pasa. Veo mucha gente joven así. Y no hablo sólo de nuestro país. McLuhan habló del planeta global.

¿Por dónde debemos empezar? Los edificios que no se caen son los que tienen unas bases firmes, unas raíces sólidas. Lo primero de todo es la formación. Educar, convertir a alguien en persona. Educar es conseguir seres humanos con dignidad y criterio. Educar es seducir con modelos sanos, atractivos, coherentes y llenos de humanidad.

Por ahí debemos comenzar. Ejemplos de vidas llenas de sentido, atractivas, que nos empujen, que arrastren nuestra conducta en esa dirección. Educar es atraer por encantamiento y por ejemplaridad.

El gran educador moderno está enfermo y con mal pronóstico: la televisión.

Y no hay ningún indicador que nos diga que va a cambiar en positivo.

Pero la primera fuente educativa, en la que todo debe arrancar, es la familia. La familia debe ser una escuela en la que uno se sabe querido por lo que es, y no por lo que tiene. Una familia sana es la primera escuela en la que uno recibe lecciones que no se olvidan.

Si la familia funciona, la persona va a tener un edificio construido con materiales resistentes. Allí hay un mundo mágico y decisivo. Porque la primera piedra de la educación es la formación. Adquirir una buena formación, en general, es distinguir lo que es bueno de lo que es malo; tener criterio; saber a qué atenerse; discernimiento: aprender a penetrar en la realidad distinguiendo lo que es mejor y más positivo para escoger ese camino.

La formación hospeda en su interior distintos ingredientes. Hay dos notas principales que no quiero dejarme en el tintero, por eso quiero plasmarlas cuanto antes: la formación humana y la espiritual. La primera aspira a que lleguemos a tener un comportamiento propio de seres humanos y, dentro de ese plano, se abren tres grandes notas: la inteligencia, la afectividad y la voluntad. Para mí ellas constituyen el subsuelo desde dónde debe arrancar la condición humana. Cada una de ellas tiene un largo recorrido.

La inteligencia es la capacidad de síntesis; saber distinguir lo accesorio de lo fundamental. Desde pequeños, hay que enseñar a pensar, a tener espíritu crítico y a formular argumentos que defiendan nuestras ideas y creencias. Hay muchos tipos de inteligencia y, en general, unas y otras no se llevan bien; parece como si poseer unas, excluyera a otras. Inteligencia teórica, práctica, social, analítica, sintética, discursiva, creativa, inteligencia emocional (tan de moda hoy, desde el libro de Goleman), fenicia, instrumental, matemática? e inteligencia para la vida (saber gestionar del mejor modo posible la propia trayectoria). Todas tiene un lugar común, captar la realidad desde diversos ángulos.

La inteligencia se nutre de la lectura. Fomentar este hábito es esencial. Hoy a todos nos cuesta más, pues estamos en la era de la imagen. Pero hay que intentarlo. Un par de libros siempre cerca, alternándolos. Y la curiosidad como ingrediente esencial. La lectura es a la inteligencia lo que el ejercicio físico es al cuerpo.

La afectividad: ese sentido pura sangre que recorre nuestra persona y que se manifiesta por medio de los sentimientos, las emociones y las pasiones. Tener una buena formación sentimental significa capacidad para dar y para recibir amor. Uno de los puntos básicos, en este sentido, es aprender a expresar sentimientos: desde dar las gracias, mostrar afecto, saber que la palabra bien empleada es puente de comunicación: te quiero, te necesito, perdoname, ayudame en este asunto, necesito hablar contigo, tengo un problema y necesito que me orientes. Todo eso cultiva, hace prosperar el mundo sentimental, y le da fuerza y consistencia.

En tercer lugar, la formación humana tiene un elemento decisivo, clave, de una importancia a la larga de gran alcance: la voluntad.

¿Qué es la voluntad, en qué consiste, qué características tiene? Voluntad es la capacidad para ponernos metas, objetivos y luchar a fondo por ir consiguiéndolos. Con la voluntad no se nace, sino que uno la cultiva, la trata, se empeña por ir incluyéndola en la conducta personal, contra viento y marea.

La voluntad es la determinación, la firmeza, el esfuerzo deportivo por conquistar cimas de cierto nivel que nos ayuden a crecer como personas. Y ésta, a su vez, se compone de una serie de ingredientes que son muy importantes: el orden, la constancia y la motivación.

Yo les llamo a todos esos elementos la inteligencia instrumental, porque son las alas que hacen volar alto a la inteligencia? las joyas de la corona. No hago lo que me apetece ni lo que me pide el cuerpo, sino lo que es mejor para mí, aquello que me hace crecer como persona.

La formación espiritual significa la rebeldía del que no quiere vivir como un animal, sino como una persona. Hoy lo políticamente correcto es no creer en casi nada, todo light , ligero, liviano, sin compromiso con nada? es el posmodernismo: una vida sin valores ni convicciones, suspendida en el relativismo y la permisividad.

La espiritualidad bien entendida nos hace crecer en humanidad y nos lleva a ver al otro en toda su dignidad. Expulsar a Dios de la vida personal, porque está de moda y se lleva y eso es lo que hay, no hace más libre ni a las personas ni a la sociedad. Eso lleva a lo que estamos viendo hoy tan a menudo, un vacío espiritual enorme.

Sólo un profundo sentido espiritual de la vida, moderno, abierto, liberal?, pero firme como la tierra sólida que pisamos, es capaz de cambiar en profundidad el corazón del ser humano. Esta sociedad está muy perdida en lo básico. Hablaría de esto con detalle, pero ahora dejo sólo apuntada esta idea para el que quiera recogerla. Pero lo resumiría de este modo: la persona espiritual lo juzga todo.

No quiero alargarme para no hacer muy extenso este artículo. Cuanto más vale una persona, más valora a los demás. Y al revés. No hay secretos para el éxito, éste se alcanza con preparación progresiva, trabajando con minuciosidad sobre uno mismo, sacando lecciones de los fracasos y procurando tener un modelo de identidad, esos ejemplos de vida lejanos o cercanos, que tiran, arrastran, empujan en esa dirección para conseguir hacer una pequeña obra de arte de la vida personal.

Querer es poder. Voy contra corriente. No me importa, sé que son tiempos difíciles, en los que hay mucha gente desorientada, pero que puede ser reconducida. En el libro de Chesterton El hombre eterno , el autor habla de ir contra la corriente, y dice lo siguiente: cuando uno va navegando por un río de cierto caudal a favor de la corriente, ésta lo lleva a uno rápida y fluidamente, pero se corre el riesgo de ir tan bien, que uno se duerme y se puede caer al agua y ahogarse. Por el contrario, cuando uno está acostumbrado a ir contra la corriente, hay que luchar y esforzarse y resistir, y cada pequeña victoria es un triunfo? el agua salpica a la cara y es difícil seguir, pero la pasión por avanzar es mayor, así se fortalece la postura.

Para ir contra la corriente hoy hay que estar bien formado y tener ideas claras, y criterios coherentes y sólidos para no dejarse llevar por una sociedad herida por el consumismo y manipulada por los medios de comunicación.

El ser humano es el capital más preciado. La crisis económica es nada comparada con la crisis moral. No saber para dónde tirar ni a qué atenerse es mucho más grave. Una educación permisiva y relativista se sitúa lejos de la voluntad y la buena orientación, y destruye el vigor del alma y del cuerpo.
Educar con entusiasmoCómo hacer atractiva la exigencia

Enrique Rojas

lanacion.com | Opinión | Mi?oles 20 de mayo de 2009

lunes, 20 de abril de 2009

Comprar por Internet es precisamente una de las recomendaciones y consejos que dan economistas y consultores para los hogares argentinos .

1) Apuntar a las rebajas
A medida que se profundiza el parate económico, los comercios amplían su gama de descuentos. Hay para todos los gustos.

2) No olvidarse de la letra chica
Muchas promociones con tarjeta tienen tope. Hay que estar atento para no sorprederse después.

3) Invertir para ahorrar
Modernizar los artefactos eléctricos puede ser la mejor arma para combatir la suba de tarifas.

4) No elegir siempre por precio
Las heladeras y aires acondicionados se categorizan en función de su consumo de energía.

5) Llenar el changuito online
El supermercado está plagado de tentaciones. Optar en lo posible por realizar la compra familiar por Internet.

6) Dejar de lado las marcas
Las marcas propias de los supermercados permiten ahorros de entre el 20% y el 30 por ciento.

7) Comprar fuera de estación
Ir a cenar a un restaurante un lunes o martes puede ser una buena idea, más con rebajas que llegan al 50%.

8) Rastrear las ofertas "K"
Los planes oficiales de renovación de electrodomésticos que anunció el Gobierno incluyen ofertas muy atractivas.

9) Si tiene efectivo es rey
La falta de liquidez hace que contar con efectivo se convierta en una herramienta de negociación cada vez más relevante.

10) Poner manos a la obra
La menor actividad tornó bastante más accesible el emprendimiento de pequeñas obras familiares.
EscenarioDiez consejos para sobrevivir a la crisis

Con la crisis llegan los nuevos hábitos de consumo: desde comprar por Internet hasta cambiar los electrodomésticos por modelos nuevos y más eficientes, hay varias herramientas para que el dinero rinda mejor

lanacion.com | Economía | Domingo 19 de abril de 2009

jueves, 12 de marzo de 2009

¿Qué está pasando en este planeta?

Sería sumamente ingenuo pensar que en los últimos tiempos, y en distintas latitudes, adultos y adolescentes aparentemente felices y normales un buen día se armaron y perpetraron un sorpresivo e insospechado ataque contra sus indefensos conciudadanos y compañeros.

Pensar así y hablar de casos aislados, desconociendo los antecedentes que se están registrando, sería simplemente dar pie a la continuación de hechos luctuosos, y olvidarse de la elaboración de una estrategia de prevención, necesaria hoy más que nunca.

Ahora bien, la pregunta del millón es: ¿qué está pasando en este planeta? Bueno, la respuesta no es única, sino una combinación de factores. ¿Quiere una receta? Bien. Tome a una persona promedio, adulto o adolescente -no importa la clase social- con una familia de origen con nivel de disgregación intermedio, expóngala a las drogas y el alcohol, especialmente a este último, agréguele un historial de trastornos de personalidad de los que el propio adulto/adolescente ha dado repetidos signos y síntomas, que han sido prolijamente ignorados o desvalorizados por su entorno, póngale una pizca de un fácil acceso a armas y medios letales, y antes de servir, rocíe todo con una generosa cuota de desesperanza.

Voilà , como dirían los franceses, he allí el producto que generará hechos como los que se reflejan en estas páginas.

¿Estos hechos seguirán ocurriendo? Sin duda, en todo el mundo, con mayor o menor difusión. ¿Se puede hacer algo al respecto? Sí, por ejemplo, desde la propia familia, apagar el televisor a la hora de cenar cuando todos sus integrantes están juntos, mirar a los hijos a los ojos, hablarles y tratar de saber cómo les va, no como un interrogador, sino como un socio en la resolución de problemas que los adolescentes pueden sentir como insolubles.

Eso, claro, requiere un cambio previo de los padres, para abrir los oídos y el entendimiento, más allá de nuestros problemas. Entre otras cosas, es mucho más difícil ser padre/madre en estos tiempos, pero también lo es ser niño/adolescente. ¿Alguien pensó, por ventura, qué puede sentir en estos momentos un menor cuando sus referentes mayores tiemblan al ritmo de la economía global, se percibe una sensación similar a la del fin de los tiempos, y ellos tienen todavía un futuro por delante?

Indudablemente, no estamos dando un mensaje muy esperanzador. Una vez más, la clave es la prevención, qué se hace en la casa, en la escuela, en el trabajo y en el medio social, con herramientas como más centros de atención en salud mental y una política más eficaz en el control de armas.
OpiniónEl resultado de un cóctel con efectos devastadores

Andrés Mega

lanacion.com | Exterior | Jueves 12 de marzo de 2009

miércoles, 29 de octubre de 2008

El poder económico de los grandes empresarios del juego y sus alianzas con los poderes políticos son enormes.

A sus veladas aunque concretas intenciones para habilitar máquinas tragamonedas en dos de los principales hipódromos de la provincia de Buenos Aires, como los de La Plata y San Isidro, el empresario del juego, Cristóbal López, de estrecha relación con el ex presidente Néstor Kirchner, agrega ahora un desembarco aún mayor: llevar sus máquinas de resolución inmediata a los municipios de Vicente López y San Isidro. Aunque en el texto del proyecto para habilitar la expansión del juego en el territorio bonaerense no se menciona ninguna ubicación, está claro que los partidos más atractivos, por el nivel socioeconómico de su población, son precisamente esos dos distritos, en los que, al menos hasta ahora, no pudieron entrar bingos, casinos ni tragamonedas.

Si bien ninguna de las bancadas oficialistas de la Legislatura bonaerense asume como propia la propuesta, los indicios apuntan como impulsor de ésta al Ejecutivo provincial, a través del Instituto Provincial de Lotería y Casinos (Iplyc), presidido por Luis Alberto Peluso, que, además, tendrá a su cargo elegir las ubicaciones de las ocho nuevas salas de juego, sin tener la obligación de justificar su elección. El proyecto de ley para habilitar estas nuevas salas deja de lado algunas exigencias, hoy vigentes, que regulan el crecimiento de la actividad lúdica. Así, por ejemplo, la propuesta no menciona, y por consiguiente deja de exigir, la obligación de tener un empleado por cada máquina tragamonedas, también conocidas bajo el nombre de slots.

Por otra parte, la reforma deja de lado la relación obligatoria entre el número de sillas de bingos y máquinas de resolución automática, que se tuvo en cuenta en la ley actual, bajo la premisa de que el bingo es una modalidad menos adictiva que la de los slots . Además, la nueva propuesta elimina el requisito que limita el número de salas que se pueden abrir por distrito, lo que significa que si se reforma la ley quedaría allanado el camino para que en los partidos con mayor poder adquisitivo, como Vicente López y San Isidro, o los más poblados, como La Matanza, se multiplique la oferta de juego legal. Asimismo, y para hacer de todo el territorio bonaerense un gran garito, el proyecto habilita al Poder Ejecutivo a trasladar los diez casinos que funcionan en la provincia a otros partidos, en forma temporaria o permanente.

La difusión excesiva de la industria del juego tiene en la Iglesia argentina una férrea resistencia y en el presidente de la Comisión de Pastoral Social, monseñor Jorge Casaretto, una de las voces más enérgicas y autorizadas. El prelado identificó esta desmedida expansión de las casas de juego con la adicción y el consumo cada vez más precoz de drogas y alcohol, y tiene razón.

Asimismo, Casaretto denunció que el fenómeno de la exclusión está alimentado en el conurbano bonaerense por el juego, la cultura de la dádiva, el alcoholismo y cuestiones vinculadas al narcotráfico. El pasado 29 de septiembre, monseñor Casaretto escribió una carta pastoral titulada "Un mal que nos está matando: la adicción a la droga y el juego". En ella concluye que "aunque parezca lo más difícil, hay que tratar de influir sobre nuestros representantes (concejales, legisladores, etcétera), para concertar en el orden municipal, provincial y nacional políticas públicas con las que se pueda enfrentar estos flagelos, legalmente y con eficacia".

Señala, además, que "junto con la droga, nos preocupa la proliferación de las casas de juego que han favorecido en la sociedad la adicción a éste, con consecuencias fatales para muchas familias. El poder económico de los grandes empresarios del juego y sus alianzas con los poderes políticos son enormes. La compra de voluntades y de apoyo no reconoce límites. Los bingos, difundidos en principio como inocentes salones de encuentro familiar, unidos al fabuloso negocio de las tragamonedas, al alcance de todos los estratos sociales, se han ido convirtiendo en importantes centros de juego y, como tales, en destructores de vida y ruina de una enorme cantidad de familias".
Editorial IObscena expansión del juego
lanacion.com | Opinión | Mi?oles 29 de octubre de 2008

domingo, 21 de septiembre de 2008

El argentino es "muy amiguero", característica de la que carecen otros pueblos del mundo.

Liliana Verón es soltera, tiene 30 años y dos trabajos para poder mantenerse. Dice que no entiende de política, pero que sabe que las cosas no andan bien. En momentos de incertidumbre, su refugio son los afectos. "Lo que más placer me da en la vida es juntarme con mi familia y mis amigos. Soy muy pegota y ellos me ayudan a sobrellevar los trances difíciles", cuenta, recién llegada a su casa de Belgrano, después de 12 horas de trabajo. También le gusta leer, dice que la relaja y la saca de contexto. "Voy al gimnasio y ando en bicicleta con amigos los fines de semana. Me gusta sentirme bien, hago deportes, como sano y medito."

El argentino es un eterno Ave Fénix. Es que las sucesivas crisis del país lo ponen a prueba todo el tiempo. Como una profecía, cada tanto, una descomunal avalancha ensombrece a la sociedad en su conjunto, sumergiéndola en las turbias aguas del de­sasosiego, la angustia y la desesperanza. Aunque al cabo de un corto tiempo los argentinos comienzan a emerger de las profundidades para ponerse nuevamente de pie. Y así, década tras década.

Sin ir más lejos, desde el comienzo de este año los habitantes de este bendito país no tuvieron paz: 128 días del conflicto del campo, la quema de pastizales y el humo que no dejaba respirar, la inflación real versus las cifras del Indec, las corridas bancarias, las demoras y cancelaciones de vuelos de Aerolíneas Argentinas... En otras sociedades, esos sucesos desequilibrarían al mejor plantado. Pero los argentinos, más allá de la fama de fanfarrones y de atarlo todo con alambre, se esfuerzan día a día por sentirse bien, vivir lo mejor posible el ¿destino? de una tierra que no da tregua.

"Los argentinos somos como un perfume en extracto: nuestra historia es bastante corta en años si se la compara con la de gran parte de los pueblos del mundo. Pero nos encargamos, con una extraordinaria habilidad, de que en apenas 200 años pasaran unas cuantas cosas", ironiza Guillermo Oliveto, analista de mercado, autor de No son extraterrestres. Aunque a veces lo parezcan. Argentinos hoy.

Con el tango como bandera, los argentinos vuelven a renacer de entre las cenizas. "Somos versátiles y vertiginosos; el humor social y la forma de entender la realidad se mueven a una velocidad terrible. Cambiamos rápido como sociedad y tenemos mucha capacidad para recomponernos desde las propias fortalezas -analiza Daniel Castejón, máster en Sociología, director de BMC Innovation Company-. Con la crisis de 2002, que al cabo de tres años Argentina se haya recuperado y crecido a una tasa del siete por ciento anual es un fenómeno no tan visto en el mundo." Y agrega: "El conflicto del campo produjo mucha tensión, pero el argentino se asimila mucho más maduro social e institucionalmente".

Huir para adelante. Pese al contexto (país), los argentinos no abandonan la lucha; cada uno se para frente a la adversidad como un guerrero con herramientas construidas a fuerza de magullones. "La impresión de que el Gobierno no acierta en el manejo de la crisis produce un sentimiento de de­samparo que acentúa más la búsqueda de soluciones personales", sostiene el doctor Pedro Horvat, médico psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Para explicar esta capacidad argentina, la psicoanalista Lía Ricón pone en juego un término reciente: resiliencia. "No está en los diccionarios, pero sabemos que su definición fue tomada de la aptitud de los materiales inertes para volver al estado del que partieron. Aunque también se entiende como el talento de salir de un problema no por los mismos caminos que nos llevaron a él, sino con un salto, como el que da un náufrago al bote que viene a salvarlo -explica Ricón, miembro de APA-. Poder dar ese salto implica poseer energía y esperanza en la posibilidad de éxito." El humor es, dice, de gran utilidad para dar el salto, ya que permite mirar desde afuera una situación y encontrarle aspectos graciosos.

Según Mario Pecheny, doctor en Ciencia Política, investigador del Conicet, "una parte de los argentinos intenta sobrevivir, pero otros, con más posibilidades de decidir, cuentan con dos opciones: algunos salen a la esfera pública para intentar cambiar y otros se repliegan hacia lo suyo, a compartir con sus seres queridos".

Revalorizar afectos

Lazos más fuertes. Refugiarse en los vínculos. "Hay una revalorización muy fuerte de los afectos a partir de la última crisis. Se podría decir que hay una transición de valores en comparación con los 90, cuando tenía que ver con algo más vinculado al crecimiento económico y al éxito profesional -justifica Castejón-. Hoy se revalorizan la intimidad, la familia, los amigos; una constante argentina."

Guillermo Oliveto, en su libro, se refiere al valor de la amistad para los argentinos. "El 20 de julio las ciudades respiran alegría. Los restaurantes y pubs arman mesas más largas y el clima de festejo hace olvidar, al menos por un rato, el trajín cotidiano."

La doctora María Teresa Calabrese, psiquiatra, psicoanalista, miembro de APA y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, acuerda: "La elección de los argentinos son las charlas y las discusiones entre amigos, vecinos y compañeros; en la peluquería, en la cola del súper, donde haya una oreja receptora y una boca emisora". Siempre se dice que el argentino es "muy amiguero", característica de la que carecen otros pueblos del mundo. "Lo que nos diferencia es la importancia del encuentro, aunque sea para pelearnos -grafica Pecheny-. Esto no pasa en Estados Unidos ni en Europa. Y, aunque nadie puede abstraerse de la realidad, poder encontrarse con otros para compartir momentos hace a la calidad de vida, aun en épocas de caos."

Lía Ricón, por su parte, sostiene que la frase ¿tomamos un cafecito? "es la pregunta que habla de nuestra posibilidad de contar con una red emocional que nos sostiene. En otros países, el relato de esta costumbre argentina produce extrañeza".

La buena mesa
Sebastián Tomassini, de 36 años, licenciado en publicidad, trabaja en una empresa mayorista de turismo, está casado y tiene una hija de un año y medio. Sebastián, optimista de raza, intenta ser feliz con lo que tiene: "Desde que me levanto hasta que me acuesto trato de pasarla bien. Me gusta mi trabajo, y eso hace que venga bien predispuesto. Trato de gratificarme todo el tiempo". Los jueves juega al fútbol con sus amigos, y el asado, después del "vestuario", es impostergable. "Es terapia para todos. También organizamos after office con mis compañeros -comenta-. Me cuido el físico y la salud: juego al tenis y trato de estar al aire libre con mi mujer y mi hija."

La mesa está servida. Las empresas, ávidas por conocer el humor de los consumidores, hacen estudios que revelan las condiciones del mercado. La marca Knorr quiso conocer la situación actual de los hogares con relación a compartir las comidas en familia y para ello se internó en la plaza global con una investigación en siete países (Estados Unidos, Canadá, México, Francia, Alemania, Rusia y la Argentina) y más de 3500 entrevistas. "Las conclusiones fueron contundentes. Compartir la mesa impacta de manera positiva en el desarrollo físico, social y emocional", sostiene el estudio. La psicóloga Barbara Fiese, profesora de la Syracuse University, de los Estados Unidos, sostiene que "compartir las comidas en forma habitual promueve la autoestima y el bienestar". De la investigación surge que "ocho de cada 10 argentinos afirman que sentarse a la mesa con la familia es lo que mayor bienestar produce", práctica que se ubica por encima de "hacer actividad física, mirar televisión y pasar tiempo con los amigos". La investigación también difunde que "el ideal de una mesa familiar, para el 42 por ciento, está asociada al asado con amigos y familia, y el 37 por ciento, al almuerzo de los domingos". Respecto de la alimentación, el estudio afirma que "el 74 por ciento de los argentinos consume al menos dos porciones de frutas por día y alimentos con bajo contenido de grasa, mientras que el 71 por ciento dice evitar las frituras".

En la misma sintonía, un estudio realizado por American Express sobre las actuales preferencias de los jóvenes de 30 a 40 años, indicó que el 42 por ciento cree que vivir bien "es tener tiempo libre y saber aprovecharlo para disfrutarlo con la familia y los amigos. El 68 por ciento, en cambio, opina que salir a comer es la actividad que brinda mayor placer".

El doctor Horvat se explaya sobre la tradición argentina de reunirse: "Somos gregarios; nos juntamos para todo. Formamos grupos de pares con las excusas y los intereses más diversos; no importa que sea de truco, de cocina, de estudio, de cine o de aerobismo: uno siente que el grupo lo reconoce y lo contiene. Los argentinos somos incansables generadores de vínculos, coleccionistas de agendas con listas de contactos interminables".

La eterna búsqueda
"Lo nuevo es que el argentino busca un espacio en la agenda para dedicarse a lo que siempre quiso, a darse los gustos con lo que da sano placer. Y en este sentido, el consumo cultural no para de crecer -asevera Castejón-. Hace algunos años se escuchaba «no tengo tiempo para nada»; hoy pasa lo mismo, pero se trata de acomodar los tiempos para hacer actividades placenteras", dice Horvat.

Y agrega: "Uno de los recursos es la creatividad como mecanismo elaborador: esta sociedad produce y consume enormes cantidades de productos culturales: teatro, cine, artes plásticas, literatura, y hasta el pintoresquismo futbolero, son formas que reflejan las emociones que nuestra realidad produce. La expresión artística en todas sus formas pone a través de palabras, sonidos o imágenes lo que sentimos, y cumple un papel terapéutico", sostiene Horvat. Para Ricón, "todo acto creativo nos lleva a una gratificación". Y sentencia: "Aun en las peores condiciones, hay conductas que se pueden implementar para sentirse mejor".

Con más frecuencia se escucha "una mejor calidad de vida". Pero, ¿está cambiando el concepto de calidad de vida? ¿Cohabitan dos interpretaciones distantes entre sí? "Hay un nuevo discurso que supone un proceso de cambio de valores. Hoy, el placer tiene que estar instalado en el día a día, y viene a reemplazar la idea del esfuerzo, centrada en el trabajo, por la significación de la estética. Hay una estetización de la vida cotidiana en esta nueva clase media que aparece. No es lo mismo ir a un bodegón cool en Las Cañitas que a un bodegón de Villa Soldati -refiere Cecilia Arizaga, socióloga, coordinadora académica de Sociología de la UCES, investigadora del Observatorio Argentino de Drogas del Sedronar-. El concepto del nuevo buen vivir se representa con el ambiente y el clima de un lugar, el spa, un restaurante étnico, el reiki, un libro de autoayuda, comprar una nueva casa... Estas prácticas que tienen que ver con el placer y el hedonismo ayudan a marcar la fractura en el interior de la clase media, la novedad en términos sociales."

Los argentinos, dice Arizaga, ya no tienen una diferencia marcada entre tiempo libre y trabajo. "Se busca que el placer no se limite al ocio, sino también generar goce en lo laboral: se demanda motivación, proactividad, que entusiasme, que dé espacio para la familia, los deportes y la vida social. El placer aparece como un valor esencial", apunta la socióloga.

Horvat es contundente: "Tal vez porque las reiteradas épocas de inflación nos llevaron a desconfiar, nos volcamos a consumir. Cada vez que podemos, hacemos fiestas, viajes, compramos equipamiento y electrónica. Desafiando cualquier teoría económica, se busca el placer inmediato, lo que nos vuelve hedonistas y poco previsores". Y suma: "No cabe duda de que las colas en los restaurantes, las multitudes en Ezeiza, el uso y abuso de la tarjeta de crédito, son muestras de una manera colectiva de pensar la vida: vamos para adelante, disfrutemos mientras se pueda".

El otro lado de la cuestión es una tendencia al uso de psicotrópicos como medicamentos para sostener un estilo de vida cada vez más exigente. "Ante un retraimiento de los marcos institucionales tradicionales, que "orientaban" la acción personal y la individualización, la persona se ve exigida a "hacerse cargo". La autoconstrucción y la iniciativa individual, ejes de los discursos de calidad de vida, van de la mano de una creciente vulnerabilidad e incertidumbre - afirma la socióloga Alicia Arizaga, de Sedronar-. Allí es donde el psicotrópico actúa como herramienta para lograr confort, bie­nestar y desempeño social. La instauración de ciertos malestares que atentan contra el precepto de la felicidad, el bienestar y la calidad de vida, junto a una sociedad impaciente que no soporta el malestar, se suman a la idea de que pueden resolverse rápida y químicamente atendiendo -sólo- al síntoma".

Género y bienestar
La tendencia al placer es tan antigua como la existencia; lo novedoso -dicen los especialistas- es la poca tolerancia a la frustración, a la postergación del goce, a la cultura de obtener logros con esfuerzo. Todo tiene que ser rápido y con el menor costo posible, tanto para hombres como para mujeres. "Ellas se sienten bien cuando se ven jóvenes, delgadas y bonitas, respondiendo a un ideal cultural del que terminan siendo prisioneras -apunta la doctora Calabrese-. Los varones, en cambio, buscan el placer a través de logros laborales y económicos y en las conquistas amorosas."

Sin embargo, una investigación de la marca Biotherm revela que los hombres se acercan al supuesto ideal femenino. Según el estudio, "en línea con una tendencia creciente a considerar el bienestar y la calidad de vida como factores prioritarios, el 98% de los encuestados asegura que sentirse bien y lucir mejor contribuye a una mejor calidad de vida. Y el 73% considera el cuidado personal como una actividad placentera y cotidiana".
Extra salud / Primavera¿Qué podemos hacer para sentirnos bien?

Compartir, estar con los afectos, disfrutar a pleno del escaso tiempo libre, salir a correr... Qué eligen los argentinos (y qué dicen los especialistas) a la hora de procurar ser más felices

lanacion.com | Revista | Domingo 21 de setiembre de 2008

domingo, 14 de septiembre de 2008

Hablemos de andamios

Por Sergio Sinay
El filósofo alemán Federico Nietzsche (1844-1900), uno de los pensadores más vigorosos y cuestionadores que han dejado huella en el pensamiento contemporáneo, sostenía: "Cuando tu obra abre la boca, tú debes cerrar el pico. Hay que retirar los andamios cuando la casa está construida". Acaso en eso consista el arte de ser padres: en saber poner los andamios y en saber cuándo y cómo quitarlos. Ponerlos significa establecer límites, sostenerlos, mantenerse presente emocional, física, espiritual y moralmente en la vida de los hijos, ser su guía y su referente. Y, sobre todo, serlo a través de las conductas más que de los discursos. Significa saber que seremos confrontados por nuestros hijos, pues no se crece sin cuestionar. Y que deberemos responder a la confrontación con serenidad, con constancia, con firmeza y con ternura. Parece difícil, y lo es. Pero criar hijos no es jugar a las muñecas. Es responder a las vidas que hemos creado o adoptado. Es respetar y hacerse responsable de la conservación de una asimetría inevitable, plástica, fluyente. Nuestros hijos no necesitan dictadores ni cómplices. Tanto el dictador como el cómplice (el padre "amigo") desaparecen como padres, eliminan al adulto significativo, que guía. La dictadura y la complicidad (falso nombre de la amistad) son dos vías de escape que, por comodidad o por desconocimiento, los padres suelen tomar. Desde un aspecto funcional, los hijos quedan entonces huérfanos.

Quitar los andamios equivale a reconocer que nuestros hijos ya no son las semillas que plantamos una vez, sino los árboles que esas semillas contenían. Es reconocerlos como personas autónomas, como seres únicos, diferentes de nosotros, que no vinieron a cumplir nuestros sueños, sino los propios.

El mayor éxito de la paternidad y de la maternidad, decía una persona de la que mucho aprendí, es haber criado personas autónomas, con capacidad de autoapoyo, responsables de sus acciones, personas que saben convivir con los límites lógicos de la vida y, al hacerlo, eligen, son libres. Cuando les exigimos que sean lo que nosotros queremos que sean o creemos que deben ser, ponemos un dique que interfiere, desvía y distorsiona el fluir de la corriente existencial. Esa exigencia tiene que ver con nosotros, no con ellos. Nos exigimos cumplir una meta a través de ellos ("Si mi hijo no obtiene un título, yo habré fracasado").

En La sabiduría de las emociones, un compendio de sensibilidad y sapiencia, el doctor Norberto Levy describe la exigencia como el lazo que existe entre un exigidor y un exigido. Entre alguien que reclama, por sobre todo, resultados, que sólo plantea metas, y alguien que es conminado a obtenerlas. El exigidor no escucha al exigido, no lo registra, no lo toma en cuenta. Está centrado en la meta. Y el exigido se siente cada vez más ignorado y desvalorizado. Acaso cumpla las metas, pero no será feliz: simplemente habrá pagado un precio, a veces doloroso en términos psíquicos y emocionales, para ser registrado. Es un error, dice Levy, creer que la exigencia conduce a la excelencia. Diferente es proponer, pedir o preguntar. Esto le permite al otro decir que no, argumentar, pensar. En definitiva, existir. Cuando desaparece la ecuación exigidor-exigido, se instala el diálogo. Y aunque ese diálogo sea asimétrico (y en la relación de padres e hijos, adultos y jóvenes, debe serlo), puede dar lugar a nuevas propuestas, a metas significativas y, sobre todo, compartidas. Un viejo dicho de autor anónimo lo expresa así: "Con el tiempo aprendes la diferencia entre tomar la mano de alguien y encadenar su alma". La exigencia es una cadena que deja marcas a veces indelebles.

jueves, 14 de agosto de 2008

Podríamos afirmar que el valor que le damos aquí en la Argentina a la comida en familia, con amigos o al asado de los domingos, es muy alto.

A pesar de la gran comodidad a la que nos acostumbró la aparición del delivery, la Argentina es el país que aún más disfruta del aroma a comida recién preparada en casa.

Una encuesta mundial presentada ayer asegura que siete de cada diez argentinos preparan comida casera más de seis veces por semana, lo que deja atrás a Europa, los Estados Unidos y el resto de América latina. Lo mismo ocurre con la frecuencia con la que padres e hijos comparten la mesa: el 95% de las comidas del día se disfrutan alrededor de la mesa hogareña.

Una revisión de estudios publicados realizada antes de la encuesta, que luego se utilizó justamente para validar sus resultados, confirmó que comer en familia fomenta la alimentación saludable porque aumenta un 45% la posibilidad de que los chicos ingieran por día los 400 gramos de frutas y verduras que, como mínimo, recomienda la Organización Mundial de la Salud.

"Empíricamente, y sin conocer cifras, podríamos afirmar que el valor que le damos aquí a la comida en familia, con amigos o al asado de los domingos, es muy alto. Esta encuesta muestra que la valorización, la frecuencia y la duración de nuestras comidas semanales en familia son mayores que en otros países del mundo", opinó la doctora María del Carmen Hiebra, jefa del Servicio de Adolescencia del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez.

En una sala dentro del Jardín Japonés, al término de la presentación del llamado "Estudio global sobre la importancia de comer en familia", la doctora Hiebra señaló a LA NACION: "No cabe duda de que, en cuanto a la salud física, (los adultos) nos tenemos que ocupar de qué comen los chicos, si respetan la variedad adecuada de alimentos y si reciben los nutrientes adecuados, lo que es un problema importante en la Argentina, donde muchas familias están viviendo bajo el índice de pobreza y de indigencia".

El relevamiento incluyó 3500 entrevistas a mayores de 18 años en Estados Unidos, Canadá, México, Francia, Alemania, Rusia y la Argentina, entre junio y julio últimos. Pero la encuesta fue la segunda etapa del estudio realizado por la empresa Knorr.
Según una encuesta internacionalLa Argentina es el país con más hábito de comer en familia

Esto fomenta la alimentación saludable y hasta ayuda a un buen desarrollo cognitivo

lanacion.com | Ciencia/Salud | Jueves 14 de agosto de 2008

martes, 22 de abril de 2008

“Nuestros chicos son los hijos del piquete y del cacerolazo.”

“Nuestros chicos son los hijos del piquete y del cacerolazo.” Clarisa Rueda de Morrone, madre de dos alumnos del colegio San Martín de Tours, de Palermo, cree que el clima social es el detonante de la creciente violencia juvenil en las escuelas.

“Las conductas violentas las aprenden en la casa, pero también en la televisión, en la calle, en el deporte, en la agresividad de los dirigentes y en la situación de conflicto diario que vive nuestro país”, dijo, al responder a la visión transmitida por el ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, que hace dos semanas había atribuido a los adultos, especialmente a los padres, la responsabilidad por los episodios de violencia escolar.

La opinión de Morrone es compartida por muchos padres, según testimonios recogidos por La Nacion. Se trata de un problema que todos reconocen como creciente y que tiene vinculación directa, dicen, con el relajamiento en las normas de conducta, la falta de límites y la influencia de los medios, especialmente la TV, en los chicos.

“Los padres son los que tienen la mayor responsabilidad, pero no son los que más tiempo están con los chicos. En las escuelas pasan entre cuatro y cinco horas, y es muy difícil encontrar una familia en nuestros barrios que pase tanto tiempo con los hijos", dijo Héctor Hugo Salatino, profesor de institutos superiores de formación docente desde hace 26 años, al admitir la misma preocupación.

En una entrevista con LA NACION, Tedesco había dicho que la raíz del grave problema no está en los colegios ni tampoco en los chicos. Y se preguntaba: "¿Dónde aprenden los chicos estas conductas y quién se las está enseñando? No es la escuela ni son los maestros".

"El argentino, en general, es transgresor. Pero la responsabilidad es propia de los que dan el ejemplo, que son todos aquellos que asumen algún liderazgo. No se piensa que uno es el primero en dar el ejemplo. Esto no es de ahora: lleva décadas", dijo Alicia Carballo, madre de un alumno de secundaria de un colegio bilingüe de la zona norte. "Desgraciadamente, la violencia se arraiga cada vez más en la sociedad", advirtió.

"Las sucesivas crisis del país han minado el espíritu de muchos. Un país sin meritocracia, donde está generalizada la idea de que no ganan más quienes más se esfuerzan, lleva a la desazón y al desánimo. Eso lo perciben los hijos", dijo Carballo.

"Los niños son lo que ven y escuchan. Y vivimos en una sociedad que cada vez respeta menos al otro y donde los medios de comunicación transmiten mensajes que hacen creer que lo correcto es lo incorrecto. Eso influye en la pérdida y la degradación de valores fundamentales", opinó Clarisa Rueda.

Creciente preocupación
Para los padres, el clima social influye en la violencia escolar

No se sienten los únicos responsables


LANACION.com | Cultura | Martes 22 de abril de 2008

lunes, 7 de abril de 2008

Una especie de vida

"¿Quién inventó las escaleras mecánicas? Escalones que se mueven. La gente sube y baja por escaleras mecánicas o en ascensores, conduce coches, tiene garajes con puertas que se abren tocando un botón. Luego van al gimnasio a quitarse la grasa. Dentro de cuatro mil años, no tendremos piernas, nos menearemos hacia adelante o quizá simplemente rodemos como rastrojos que lleva el viento. Cada especie se destruye a sí misma." El poeta y narrador Charles Bukowski, un escritor duro, filoso, a menudo más lúcido en sus textos (muchos memorables, como Cartero, Mujeres y La senda del perdedor ) que en sus actitudes, murió en 1994. Poco después, se conoció un tomo con sus peculiares memorias: El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco . A ese libro pertenece la reflexión con que se inicia este texto.

Casi tres lustros después de la muerte de Bukowski, el 10 de marzo de 2008, LA NACION publicaba en primera plana un inquietante estudio realizado por el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni) entre chicos de edad escolar de todos los estratos sociales. El doctor Sergio Britos, director asociado del Cesni, le decía allí a la periodista Nora Bär: "Se conoce bien qué y cuánto comen los chicos, pero se sabe muy poco sobre cuánto se mueven". Lo que se sabe, sin embargo, asusta. El 50% de los chicos son sedentarios durante la semana y el porcentaje asciende a 83% los fines de semana. El 19% de los estudiados tienen sobrepeso y el 11% es obeso.

En la misma nota, el doctor Héctor Kunik, presidente de la Asociación Metropolitana de Medicina del Deporte, dice que el panorama es "catastrófico". Señala el creciente sedentarismo de chicos y chicas, niños y adolescentes. "Pasan una enorme cantidad de horas con la TV y los jueguitos electrónicos. Ya no juegan a la pelota, hacen como que juegan "

¿Anticipan estos chicos el escenario que describía Bukowski? ¿No será necesario esperar cuatro mil años, entonces, para asistir a la sociedad de personas sin piernas, de humanos atrofiados y rodantes? Quizá lo más importante no sean las cifras, sino la frase de Kunik: "Ya no juegan, hacen como que juegan". La experiencia es reemplazada por un simulacro. Hay cada vez menos confrontación con las situaciones reales de la vida y, a cambio, vivir se reduce, cada vez más, a estar frente a una pantalla (de computadora, de televisión, de teléfono celular, de reproductor portátil de videodiscos). Ya no importa desarrollar habilidad con la pelota, agilidad en las carreras, plasticidad en la trepada de árboles, ingenio en la creación de instrumentos de juego a partir de elementos simples. Basta con tener pulgares veloces (un patético aviso de televisión glorificaba hace poco a un campeoncito en estas artes). El resto del cuerpo es un depósito de calorías no empleadas. La mente cada vez imagina menos, los ojos se limitan a seguir las instrucciones del panel electrónico. Recluidos en sus cuartos (a los que sus padres no se atreven a entrar para fijar reglas y límites), refugiados en "cibercafés" invariablemente tapiados con ventanales polarizados, los ojos de estos chicos ignoran las amplitudes, las distancias, la diversidad cromática de la luz natural, los aromas cambiantes del aire, la aventura de explorar el planeta al que pertenecen.

En la misma semana en que este diario publicaba el informe de Cesni y la reflexión de Kunik, en La Mañana, el programa radial que conduce Víctor Hugo Morales, varios chicos de entre ocho y diez años entrevistados en los "ciber" contaban que pasaban allí dos o tres horas a la mañana y otro tanto a la tarde. La escuela queda para los ratos libres, casi como un estorbo, una interrupción en su "vivir". Una confesión se repetía en esos labios infantiles: "Antes de ir al trabajo, mi papá [o mi mamá] me dejan acá".

Por supuesto, los chicos no manejan sus vidas a voluntad. Lo hacen sobre las autopistas que les trazan los adultos, en especial sus padres. Los chicos no crean realidades: las replican, las reproducen, operan como eco de ellas. Y éstos son los hijos de una sociedad en la que, cada vez más, se reemplaza la vida por un símil. Son los adultos los que empiezan por sustituir las experiencias vitales por una reproducción de esas experiencias. Prestemos atención a los cientos de impactos visuales y auditivos que recibimos a lo largo del día y registremos cuántas veces se repiten estas invocaciones: "¡Sentí!" "¡Vibrá!" "Conocé sin moverte de tu casa." "¡Alcanzá!" Lo haremos siempre desde la pasividad, sentados, pendientes de una tecla o un botón. El aviso del programa Policías en acción dice: "Tu cuerpo te pide acción, y vos se la das". ¿Cómo? Mirando el programa, atrapado en un sillón, con brazos y piernas inertes. La única acción es la de los ojos desgastados por la pantalla.

Nos ametrallan apelaciones que nos proponen reemplazar la experiencia por algún artefacto que, según la promesa, nos proporcionará las mismas sensaciones que la vida, o aún más (en 60 pulgadas o con una velocidad de varios megas o gracias a miles y miles de pixeles). No es necesario vivir, nos dicen. Hay formas más cómodas y menos riesgosas de desandar el carretel de nuestra existencia. No salgamos al mundo, no experimentemos la diversidad, no afrontemos lo desconocido, no desarrollemos nuestras habilidades, no seamos parte activa del universo al que pertenecemos, no exploremos, no arriesguemos, no tengamos sueños, utopías ni proyectos que vayan más allá de la pantalla más próxima. Evitemos el temor y el sudor, la incomodidad de la búsqueda, el misterio de la vida. Quedémonos quietos y cómodos, pidamos y nos lo traerán. Es mejor chatear que encontrarse con un humano de carne y hueso. Es preferible mirar reality shows de deportes extremos realizados por otros, antes que practicar el extremo deporte de salir a la vida. Es más cómodo espiar la gris existencia de otros a través de los ojos artificiales de un "gran hermano" que construir una vida propia, con sentido y trascendencia. En este delivery existencial, pedimos y nos lo traen hecho. Ignoramos los componentes. Simplemente, pagamos y consumimos, ausentes de la experiencia de prepararlo con nuestros recursos, de celebrar la alquimia que integra ingredientes, ajenos a la ceremonia de la cocción y a la celebración de compartir lo creado.

"Entre el buscar y el encontrar reside la tensión de la vida humana", decía el filósofo existencialista israelí Martín Buber. Es una tensión creativa, es la búsqueda de un sentido.

Esa búsqueda necesita movimiento, necesita multiplicidad de experiencias, diversidad de contactos con lo real. ¿Cómo lograrlo hundido en un sillón y pegado a una pantalla? ¿Cómo pretender que los chicos sientan sed de vivir, hambre de conocer y ansias de explorar el mundo en el que viven, si los primeros sedentarios (físicos y espirituales) son los adultos que los preceden y que les transmiten mapas y modelos?

En realidad, las duras cifras del informe de Cesni, aunque se basan en chicos, hablan del mundo de los adultos. El psicoterapeuta y filósofo Sheldon Kopp (autor, entre otras, de la célebre obra El ahorcado ) sostenía: "Para vivir tu propia vida tienes que crear tu propia historia". Y esa historia no se construye en la pasividad, en el sedentarismo orgánico y emocional. Hay que salir al mundo a buscar los ladrillos. De lo contrario, no nos espera (y menos a nuestros hijos) una vida, sino apenas una especie de vida.

El último libro de Sergio Sinay es La sociedad de los hijos huérfanos .

martes, 19 de febrero de 2008

La misión de los educadores consiste en formar personas íntegras, capaces de autodeterminación y de generar vínculos sólidos con los otros.

Una de las fuertes convicciones que ha calado en nuestra conciencia colectiva y de la que debemos estar agradecidos a Dios y a nosotros mismos es que nuestra sociedad encontrará un camino de realización más pleno sólo desde la dimensión educativa.

A veces, esta convicción nos lleva a delegar en el sistema escolar toda la responsabilidad de este camino. Sin duda, la mayor capacitación de nuestros educadores y la perfección del sistema educativo, que no se soluciona tan sólo con la sanción de leyes, es algo fundamental.

Pero una visión reduccionista de esta cuestión nos lleva muchas veces a delegar en los maestros las misiones de dar de comer, de contener psicológicamente, de prevenir de abusos, de desarticular las violencias... En una palabra, a convertirlos en padres, madres, psicólogos, animadores socioculturales, deportivos, etc. Una delegación de funciones exagerada que, como tal, es la expresión de renuncia de responsabilidades, en primer lugar de los padres, pero también de muchas instituciones de la sociedad.

Pero no es ésta la cuestión clave por abordar en estas líneas. Más bien, alegrándome por el progreso de nuestra conciencia colectiva de priorizar la educación, lo que deseo es mostrar una dimensión fuertemente contradictoria de esa conciencia.

Porque desde siempre la tarea educativa ha consistido en transmitir ideas y conocimientos y, a la vez, generar hábitos de vida. Simplificando, podríamos decir: sembrar la verdad y destruir el error, generar virtudes y desterrar vicios. La misión de los educadores consiste en formar personas íntegras, capaces de autodeterminación y de generar vínculos sólidos con los otros. En una palabra: educar es humanizar.

Sin embargo, todos somos conscientes de que hay situaciones profundamente deshumanizantes que crecen aceleradamente en la sociedad, sin reconocer límites y sin que el Estado y la sociedad civil las enfrenten con acciones y medidas eficaces.

En este artículo, deseo referirme a tres presencias fuertemente deshumanizantes que se han instalado en la vida de la sociedad y que, lamentablemente, cuentan con cierto consentimiento o aceptación social y con estructuras difíciles de modificar: la cultura del alcohol, la del juego y la de la droga.
Por Jorge Casaretto
LANACION.com | Opinión | Martes 19 de febrero de 2008

sábado, 16 de febrero de 2008

"¿Qué es lo que está pasando con nuestros sueños, nuestros ideales y búsquedas? "

Sus palabras interpelan a grandes y chicos. Pero no acusan, sino que invitan: llaman a buscar una solución porque esa salida es posible.

Es que Juan Pablo Berra está convencido de que el abuso de alcohol y drogas, que gana terreno entre los adolescentes, tiene responsables y protagonistas de su prevención: los adultos. "El problema más grave, en esta hora difícil que le toca vivir a los adolescentes, son los padres, no son los chicos. Uno hace foco en el descontrol de los pibes, pero la causa son los padres... Muchísimos padres no están preparados para poder aceptar este desafío que significa el abuso de alcohol y drogas, simplemente porque el paisaje de la adolescencia que ellos vivieron no se parece en casi nada a lo que les toca vivir a los adolescentes de hoy", afirma.

Berra es profesor en Filosofía y licenciado en Teología. Su gran capital consiste en la experiencia: comenzó hace casi dos décadas trabajando en la rehabilitación de adictos. Y por eso ahora apuesta todas sus fichas a la prevención.

"Hicimos una investigación que demostró que sólo recibe algún tipo de tratamiento el 2% de los adictos en alguna comunidad terapéutica, en granjas, con psicólogo o grupos de autoayuda. La media de rehabilitación en nuestro país es del 10% de ese 2%. Por lo tanto, una vez que uno entró en la problemática de la adicción, la rehabilitación en el país es del 0,2%. Es decir, casi cero."

-¿Por qué no llegan al tratamiento?

-Un tratamiento serio lleva dos años. Muchas veces los jóvenes desisten porque no pueden, porque no se sienten acompañados, por muchos factores. Esto sucede en otras partes del mundo. Por lo tanto, si los resultados son éstos, es imprescindible hacer una tarea de prevención.

Su mirada está puesta en colegios y clubes, donde encontró a todos los actores que considera indispensables para la prevención: padres, chicos, docentes y entrenadores. Berra es fundador del grupo Equipos Promotores de Prevención de Adicciones (EPPA) que hoy trabajan en 30 colegios de Capital, Gran Buenos Aires, provincia de Buenos Aires, Córdoba, San Juan y pronto, en Chubut.

Su premisa es: cuanto antes, mejor. Hay cosas para las que es preferible no perder tiempo. Por eso su propuesta de prevención arranca desde la sala de 3 en el jardín. "Hemos notado que vivimos en una cultura adicta y adictiva que promueve las adicciones, y hay conductas adictivas que empiezan a manifestarse desde muy chicos. Muchos padres pretenden cosechar donde no han sembrado", dice.

-¿A qué conductas se refiere?

-Las adicciones van mutando en objetos. La televisión con frecuencia se convierte en adicción a las computadoras. Estamos convencidos de que debería haber equipos de prevención en todos los ámbitos de vida: en los colegios, los clubes y también en los trabajos, por la importancia que tiene en la vida de las personas.

-Hay algo que nadie discute: a todas las familias les preocupa el abuso de alcohol en los hijos adolescentes. ¿Pero por dónde arrancar?

-Siendo el tema de las adicciones pluricausal, los padres no pueden tener injerencia en algunas causas, como el poder que tiene el narcotráfico o la aplicación de las leyes que corresponden para el control del consumo de sustancias prohibidas para menores o el tremendo poder que tiene la propaganda en el consumo de los adolescentes. En realidad, habría que trabajar todas las puntas.

Después de tantos años en el tema, Berra afirma: "Para mí la problemática del alcohol y de drogas es una oportunidad que se nos está dando, un desafío enorme para transformar la realidad, para redoblar la apuesta. No hay que estar inspirados por el miedo, sino todo lo contrario. La situación que nos toca vivir no da para ningún optimismo, pero el peor mensaje es el pánico. Está y va a estar... Hay que tomar el guante y ver cómo lo podemos utilizar a favor".

-¿En qué sentido se puede capitalizar en favor?

-Estamos convencidos de que padres, docentes y los que tenemos alguna responsabilidad con los adolescentes podemos hacer mucho para provocar el cambio. Para esto, se puede mejorar la calidad de la comunicación con ellos y también crear redes de pares, alianzas positivas, de padres con padres, de adolescentes con adolescentes, de docentes con docentes.

Con respecto a la calidad de la comunicación, Berra cree que es un tema vital y decisivo. "Es lo que marca la diferencia, aun cuando en las demás fronteras de batalla vienen perdiendo. Esta es indelegable, es la trinchera que no podemos abandonar. Y es en definitiva, la trinchera más importante de todas. Por eso hay que hacerse de herramientas que permitan mejorar la calidad de comunicación con los adolescentes y ser sus aliados en esta lucha que a veces es despareja."

Sobre las redes, no duda en afirmar que los abusos anidan donde no hay una malla de contención fuerte. "Ante la vía libre, en los adolescentes talla el consumo abusivo y adictivo. Este es un escenario que cambia cada año o cada dos años. Antes el gran cuco eran los viajes de egresados. Hasta hace poco, otra gran preocupación eran las fiestas de egresados. Ya no son problemas porque empiezan a funcionar algunos mecanismos de control. Los grandes agujeros negros hoy son lo que llamamos la previa de los boliches, además de las zonas liberadas donde no se piden documentos y hay consumo irrestricto."

-¿Qué pasa en la previa?

-Se evidencia una desolación absoluta de padres y referentes. De hecho, se hacen en las casas donde no están los padres. Acá hay mucha desidia y una candidez enorme por parte de los padres al creer todo lo que dicen los chicos.

Según una encuesta propia que realizaron en EPPA, los chicos afirman que el 70% de los padres no son conscientes de la cantidad de alcohol que toman sus hijos. "Al preguntar las razones, nos dicen: por comodidad, porque no quieren darse cuenta . No hay ninguna posibilidad de hacer una tarea inteligente de prevención cuando uno está en estado de negación. No hay ni con qué arrancar. Ahí vienen las catástrofes, como cuando te entregan un hijo con coma alcohólico."

-¿Cómo acercarse?

-El eje fuerte donde nosotros hacemos foco es recrear el tejido social que se rompió con la crisis de 2001 y que se venía desmantelando. Está comprobado que en los lugares donde el tejido social está presente, desciende la injerencia del abuso de drogas, alcohol, delincuencia.

-¿Entonces la clave está en la comunicación?

-Es vital dotar a los padres de una serie de herramientas que les permitan aprender a comunicarse. Porque en realidad el grave problema que tenemos de comunicación entre padres e hijos no está en los hijos, el grave problema somos los padres.

Berra enseña en los talleres a comunicarse primero con uno mismo y luego con los otros en siete niveles: la información, el intercambio de opiniones, las experiencias de vida, la revelación de sentimientos, la de las necesidades, el poder llegar adonde habita la inteligencia, la libertad y el entusiasmo.

"Como muchas veces no tenemos las herramientas como para llegar hasta allí, le tenemos que pedir prestado el entusiasmo a niveles más superficiales y como no lo encontramos allí, lo buscaremos en sustancias que, aunque sean migajas, nos ayuden a experimentar algo de placer. Por eso nuestra propuesta de fondo es experimentar el placer de la comunicación: cuando uno logra comunicarse en serio estás en muchísimo menor riesgo de ser un adicto", destaca.

Los padres practican estas herramientas con otros padres. "Apuntamos a dejar capacidad instalada después de dos años de trabajo. Estamos convencidos de que estas cosas necesitan herramientas y práctica, pero no necesitan de ningún gurú. No podemos delegarles a otros algo que nos corresponde por derecho propio: tener la maravillosa aventura de poder comunicarnos a fondo con nuestra pareja, con nuestros hijos, con uno mismo", dice. Son 30 los equipos, algo así como mil padres que se reúnen quincenalmente.

"Acá no hay magia. No es un recetario. Acá hay práctica mientras vamos construyendo la red. Después de cinco años de práctica estamos elaborando claves y acciones de prevención", cuenta. Y ya comenzaron a armar grupos de jóvenes.

-¿Qué le diría a los padres?

-Quiero insistir en que esto que está pasando es una oportunidad. En realidad, los grandes temas de la adolescencia son los grandes temas de la crisis de la mitad de la vida. La adolescencia de nuestros hijos es un motivo formidable para que nosotros, como adultos, produzcamos el proceso de madurez que nos corresponde a nuestra edad. También es una oportunidad para recrear los lazos y mejorar la calidad de vida que fuimos perdiendo. Muchos debieron estar atentos a la supervivencia y han dejado de prestar atención a la diaria de los chicos, pero es ahí donde se está jugando la vida y la muerte de nuestros hijos.


Prevención de adicciones
" Vivimos en una cultura adicta..."

Juan Pablo Berra, fundador del grupo Equipos Promotores de Prevención de Adicciones (EPPA), habla sobre la necesidad de establecer una buena comunicación con los adolescentes


LANACION.com | Comunidad | Sábado 16 de febrero de 2008

martes, 15 de enero de 2008

Lo deseable es seguir atentamente a los grupos con quienes los hijos comparten estudios, deportes, vida cotidiana.

En la vida contemporánea ha ido creciendo el temor por los riesgos que acechan a la adolescencia. Esa preocupación de los mayores se debe, en parte, a que esta edad de transición se ha ido prolongando, porque ahora son más los años dedicados al aprendizaje, a fin de adquirir la preparación requerida para la iniciación laboral.

Otra razón de inquietud responde a las condiciones que tradicionalmente hicieron de la adolescencia "una edad peligrosa", incrementadas, porque se han multiplicado las incitaciones y estímulos que inciden sobre la vida sexoafectiva y las formas del comportamiento social y moral.

La alarma que despiertan las acciones de algunos adolescentes gravitan en el ánimo de los padres, pues la pubertad de los hijos reactiva temores no resueltos de no saber cómo encarar ciertas cuestiones críticas del desarrollo. Conviene observar que, en el proceso de maduración, se presentan situaciones escalonadas que aleccionan para actuar ante otros interrogantes que la vida va planteando. Así, cuando el pequeño deambulador se pone en marcha, el micromundo que lo rodea se torna potencialmente peligroso. Pretender que el niño aprenda a caminar sin tropiezos es un logro imposible. Aún más: no soltarle la mano para que no se caiga demoraría sus progresos en el logro de la marcha. Algo semejante ocurre con el adolescente; no se pueden impedir los riesgos que ha de enfrentar para avanzar en la maduración y en la autonomía. Se trata de prepararlo y transmitirle la seguridad de que cuenta con el apoyo familiar.

Es indispensable considerar, además, otras variables que obran en las conductas de los jóvenes años. Una, bien conocida y de fuerte influencia, es la relación con los coetáneos, que pasan a ser muy dominantes en sus comportamientos, a través de los objetivos que los unen, las reglas de acción que respetan, los liderazgos que emergen y las sanciones que aplican. Precisamente, lo que más afecta a un adolescente es la sanción de sus pares y, para evitarlo, acepta las exigencias y patrones de conducta del grupo, aunque las rechace en su intimidad (por ejemplo, fumar, ingerir alcohol, probar drogas, conducir a velocidades no permitidas, iniciarse sexualmente). Por ende, lo deseable es seguir atentamente a los grupos con quienes los hijos comparten estudios, deportes, vida cotidiana.
LANACION.com | Opinión | Martes 15 de enero de 2008

lunes, 14 de enero de 2008

Estamos formando una generación cuyas expectativas son muy pobres, precisamente porque está saturada de objetos, de cosas y de bienes.

El concepto de "juventud" se ha vuelto complejo y con códigos difíciles de descifrar. En la actualidad, los jóvenes tienen otros valores, otra forma de pensar, de comunicarse y de vivir. En general, tienen más estudios que los que tuvieron sus padres, pero, sin embargo, en un importante número están desempleados. Se relacionan mejor con la tecnología que los adultos, pero les siguen cerrando las puertas laborales porque no tienen experiencia. Les cuesta más independizarse y permanecen con los padres. Además, son la población que se enfrenta a más situaciones de alto riesgo: accidentes, violencia, drogas, tabaco y alcohol, infecciones de transmisión sexual, embarazos no deseados y trastornos alimentarios.

Por otra parte, y como consecuencia del vértigo en que se vive, nada parece estable, lo que añade más complejidad al asunto. Al respecto, y como bien lo ha señalado el escritor Javier Abad Gómez, las verdades permanentes, la dignidad de la persona y la importancia de la familia parecen perder valor. Algo de culpa tienen los que promueven una cultura sin esfuerzo, el materialismo y el relativismo, los que persiguen la búsqueda del placer sin límites y el facilismo. Influyen también el consumismo, la cultura de comprar y tener cada vez más. El problema es que cuantas más cosas se tienen, muchas de ellas inútiles, mayor es la tendencia a la decepción. El consumo produce una saturación muy rápida. Estamos formando una generación cuyas expectativas son muy pobres, precisamente porque está saturada de objetos, de cosas y de bienes. Llegamos al punto en que surgen el desinterés y la apatía.

La ética ha quedado relegada y los valores se han subvertido. El jefe de familia parece haber perdido la autoridad sobre sus hijos. Muchos jóvenes dicen no necesitar consejos ni recomendaciones; se consideran aptos para todo. Desconocen la autoridad y se otorgan una libertad que asumen como derecho, cuando en realidad tendría que ser un deber para con ellos mismos. La familia es la primera escuela que tiene la persona. De ella toma elementos para sus patrones de conducta. Los padres son los responsables iniciales en la educación y formación de los hijos, y para cumplir con su cometido necesitan comunicarse con ellos y entre sí, sobre la base de la confianza y el entendimiento.

Por consiguiente, hay que fortalecer el núcleo familiar como espacio fundamental del desarrollo de las personas. La familia natural, basada en la unión de marido y mujer, es la unidad fundamental de la sociedad y muchos males sociales modernos provienen de su fractura, causada, por ejemplo, por la inestabilidad conyugal y el devaluado vínculo entre padres e hijos. A ello debe sumarse la acción de agentes externos. Nos estamos refiriendo, entre otros, a sitios inadecuados en Internet, a la procacidad y vulgaridad de muchos programas de radio y televisión, a la deformación del lenguaje y a la ausencia de políticas para cultivar valores esenciales en la niñez.
LANACION.com | Opinión | Lunes 14 de enero de 2008

lunes, 31 de diciembre de 2007

798 chicos viven en la calle.

Cómo lo consignamos días atrás en esta columna editorial, una de las primeras medidas del nuevo jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue la de realizar un censo para determinar la cantidad de chicos que viven en la calle.

El relevamiento estuvo a cargo del Ministerio de Desarrollo Social y del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes. La ciudad fue dividida en 44 zonas y durante ocho horas, las calles fueron recorridas palmo a palmo por 180 operadores de calle y voluntarios de Cáritas, los scouts, la AMIA y la Iglesia Evangelista, entre otras organizaciones no gubernamentales (ONG). Por no haber ingresado en las villas, funcionarios del Ejecutivo porteño reconocen que no se incluyó en el censo a una importante cantidad de chicos que deberían haber sido contemplados en él. Tal vez por ese motivo, datos preexistentes, elaborados por otras ONG, revelan la existencia de una cantidad sensiblemente más cuantiosa de chicos de la calle.

Los censistas encontraron 798 chicos y adolescentes durmiendo o trabajando en la calles y pudieron entrevistar a 573. El 67 por ciento son varones; el 29 por ciento tiene entre 13 y 15 años, y el 32 por ciento de los chicos es menor de 9 años. Sólo 83 de los chicos encuestados, es decir, el 14 por ciento, vive en la calle en forma permanente. Otro 14 por ciento alterna entre su casa y la calle. Y el 68 por ciento, tiene una casa, aunque pasa gran parte del día desarrollando actividades en la calle. El 76 por ciento mantiene contacto diario con su familia. Por otra parte, el 53 por ciento de los censados estaba cartoneando, el 10 por ciento durmiendo y treinta (un 5 por ciento) fueron observados mientras consumían sustancias adictivas. El 15 por ciento subsiste pidiendo limosna y el 1,5 por ciento haciendo malabares en los semáforos. El 82 por ciento de los chicos de la calle son del Gran Buenos Aires. Se impone trabajar en conjunto con las autoridades bonaerenses, como señaló el jefe del gobierno local, Mauricio Macri: "La provincia es parte de este tema, es una única realidad".

Los datos obtenidos en el censo serán utilizados en el Programa de Fortalecimiento de Vínculos que en una primera etapa comprenderá el trabajo de calle; en la segunda fase se llevarán a los chicos a hogares de contención ya existentes en la ciudad o a otros tercerizados a través de ONG, y en la tercera se trabajará sobre la realidad particular de cada chico y desu grupo familiar. Hay muchas razones por las cuales los niños terminan en las calles: el fallecimiento de los padres, la violencia o el abuso familiar, y la imposición de trabajar para apoyar económicamente a la familias. Además, muchos padres no están en condiciones de alimentar a sus hijos adecuadamente.

El problema esencial reside en la falta de contención en sus hogares: estructuras familiares numerosas, desmembradas, violentas, en condiciones económicas paupérrimas, con padres desocupados casi endémicamente. La falta de garantía de condiciones mínimas de salud, educación y vivienda que padecen son los puntos más críticos en este sentido. Las carencias en términos de salubridad y de prácticas elementales de higiene así como las deficiencias del acceso a la enseñanza elemental, retroalimentan un círculo vicioso que excluye a niños y jóvenes.
LANACION.com | Opinión | Lunes 31 de diciembre de 2007