jueves, 4 de junio de 2009

La inseguridad figura como el principal problema del país para los argentinos.

El problema de la inseguridad prácticamente no forma parte de los discursos de la Presidenta y de su marido en campaña, quien ha pretendido desviar hacia el comportamiento de la Justicia las culpas por el negativo balance imperante.

Cada afirmación oficial enfrenta, de modo inevitable, la prueba del monumental prisma moral que filtra las estadísticas del Indec. En cuanto a desviar responsabilidades de gravedad hacia la conducta de los jueces, que en algunas situaciones han sido notorias, la Corte Suprema de Justicia de la Nación y centenares de magistrados de todo el país han sido más que claros: un gobierno que ha hecho subir en términos extraordinarios el gasto público mal puede ser lo reticente que es con la atención de las urgencias presupuestarias de la Justicia.

Con la confusión de lenguaje aportada por el populismo pseudoprogresista a las cuestiones públicas, hoy se habla de "garantismo" sin recordar que esta doctrina penal provenía, para disgusto de las corrientes anárquicas, de la esencia del liberalismo de mediados del siglo XVIII. El justo proceso, por el que se batieron en los ámbitos académicos y políticos Cesare Beccaria y sus discípulos, no lleva a la desprotección de la sociedad, sino a la afirmación de los derechos humanos de todos y a poner barreras a la discrecionalidad de los gobernantes en la utilización de las cuestiones penales para abatir a los adversarios y privilegiar a los amigos.

El "garantismo" que ha estado de moda en la Argentina, y ahora comienza a sentir la reacción colectiva por los efectos del daño inferido, ha pretendido, en cambio, llevar a la trampa ideológica por la que se niega la posibilidad de un orden social eficaz para defender la vida, la propiedad y hasta el honor de los habitantes del país. El desparpajo con el cual delincuentes peligrosos entran y salen de las cárceles y la absurda idea de que en la temprana adolescencia se es incapaz de discernir qué es matar, qué es violar o qué es robar, han conducido no sólo a la existencia de un número asombroso de jóvenes criminales, sino a que los mayores -incluso, a menudo los propios padres y familiares- los empujen al delito sabedores de la impunidad que ha de protegerlos.

Por cierto que ambas puntualizaciones son apenas parte de un conjunto de causas mucho más amplias. La pobreza y la exclusión, con la marginalidad que suscitan, y sumadas ambas al consumo masivo de drogas, sirven de piso de un cuadro aterrador. Pero no puede pensarse, como con demagogia extrema se afirma, que hay un orden de prioridades para resolver el problema de la inseguridad. La lógica más elemental está diciendo que no hay tiempo que perder y que tanto el delito y el delincuente como las causas individuales y sociales que los generan deben atenderse de manera simultánea.
Editorial IIInseguridad, el principal problema

Pese al desolador panorama en materia de seguridad, el tema casi no forma parte de los discursos del matrimonio presidencial

lanacion.com | Opinión | Jueves 4 de junio de 2009

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