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jueves, 21 de junio de 2012

El nuevo equilibrio de poder mundial, al desnudo en el G-20

LOS CABOS, México.- La escena en la cumbre del G-20 que acaba de concluir en este balneario habría sido impensable hace una década: Cientos de mandatarios reunidos en opulentos hoteles mexicanos con el propósito de negociar un plan para salvar a Europa, mientras los líderes de Brasil y China inyectan miles de millones de dólares al FMI para rescatar a España y a Grecia. Aunque la reunión no alcanzó una solución para la crisis de la eurozona, sí esbozó el nuevo equilibrio de poder mundial. Los países en desarrollo proyectaron optimismo y riqueza a lo largo de los dos días de la cumbre, mientras que los líderes de Europa y Estados Unidos luchaban sólo para mantener su solvencia. Muchas cosas evidentemente cambiaron desde los 90, cuando las economías asiáticas y latinoamericanas atravesaban agotadoras recesiones mientras que los influyentes organismos financieros con sede en Washington ordenaban el mismo tipo de recetas de austeridad que ahora desatan protestas en las calles del Viejo Continente. Incluso durante las recientes crisis económicas en Estados Unidos y en Europa, China registró tasas de crecimiento anual del 8%. Los países con un comercio en auge con el gigante asiático, como la Argentina y Etiopía, también crecieron. La economía china superó a Japón el año pasado para convertirse en la segunda del mundo, mientras que Brasil superó a Gran Bretaña para ocupar el sexto lugar. "Es una foto diferente y refleja el hecho de que las economías en desarrollo son no sólo las de más amplio y rápido crecimiento, sino que se encuentran entre las mayores economías del mundo'', dijo Uri Dadush, director del programa de economía internacional en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional. "Es evidente que ni los norteamericanos ni los europeos están en posición de decir a las economías más grandes lo que deben hacer." El presidente mexicano, Felipe Calderón, se refirió a ese punto mientras hablaba con periodistas anteayer por la tarde, cuando destacó las contribuciones del mundo en desarrollo al FMI para un posible rescate europeo. Aunque estos países aún tienen menores niveles de vida, sus economías están creciendo y muchos acumularon grandes reservas de divisas. CONTRASTE China prometió 43.000 millones de dólares al fondo, mientras que India, México, Brasil y Rusia aportaron cada uno 10.000 millones. Estados Unidos, señaló Calderón, no ponía un solo centavo, debido a "serias restricciones de carácter jurídico y político". En otras palabras, desembolsar miles de millones de dólares para salvar a Europa era imposible para los políticos norteamericanos, enfrentados en un punto muerto, especialmente en un año electoral y en momentos en que el país batalla con sus propios déficits presupuestarios, dijeron analistas económicos. El economista Phillip Swagel, ex funcionario del Tesoro durante el gobierno de George W. Bush, dijo que el nuevo poder económico de los países en desarrollo ya se traduce en una creciente fuerza política. De hecho, los Brics hicieron exigencias a Europa durante la cumbre, al señalar que les deben dar un mayor papel en la gobernanza del FMI si van a aportar miles de millones de dólares. Los europeos encabezaron tradicionalmente el organismo desde que fue fundado. "Con sus recursos llega una voz más fuerte", dijo Swagel. "Es un gran cambio. En otro tiempo les decíamos a los países asiáticos lo que tenían que hacer.'' El cambio de poder era evidente en los pasillos con aire acondicionado y agradables salones al aire libre del G-20, donde mandatarios y periodistas se mezclaban. Equipos de noticias de Etiopía y de China llenaban las conferencias de prensa, mientras que los gobernantes de Brasil y de Rusia eran los que más atención atraían. Con humildad, jefes de Estado europeos se paraban frente a las cámaras de televisión para agradecer a China por su ayuda al tiempo que prometían que sus países se comportarían mejor.

viernes, 25 de mayo de 2012

El divorcio será millonario y vertiginoso

Por Luisa Corradini | LA NACION PARIS.- ¿Cuánto costará el "Grexit", es decir la salida de Grecia de la zona euro? La respuesta a esa pregunta es: entre 150.000 y 350.000 millones de euros, según estimaciones realizadas por economistas especializados y gobiernos de la región. Pero no es todo. Si Atenas abandona el euro para reemplazarlo por el dracma, que sufriría una devaluación de 50% a 60%, el país experimentaría una brutal recesión con una abrupta caída del PBI de 15% y una inflación de 30%. Un golpe de esa naturaleza desangraría a las instituciones multilaterales que financiaron los planes de rescate acordados desde 2010, pero sobre todo sería un mazazo para los otros 16 países de la zona euro, teniendo en cuenta la feroz desaceleración económica que afecta a toda Europa (ver aparte). Las simulaciones que circulan en gobiernos, ministerios, bancos y fondos de inversiones muestran que todos los actores políticos y económicos se preparan febrilmente para un posible big one de la zona euro provocado por la salida de Grecia. A pesar de las instrucciones de secreto impartidas por Bruselas, la Unión Europea (UE) también terminó por admitir que los países de la unión monetaria preparan planes de emergencia para el caso de que Grecia abandone la moneda única. El Banco Central Europeo (BCE), por su parte, puso en funcionamiento una célula encargada de estudiar los diversos escenarios de crisis. Esa war room, que funciona en la sede de vidrio y cemento del BCE, en Fráncfort, fue confiada al alemán Jörg Asmussen, miembro del directorio y ex consejero del ministro de Finanzas germano, Wolfgang Schäuble. Alemania y Finlandia reconocieron que trabajaban en un escenario de esa índole y hasta el Bundesbank consideró en su último informe mensual que la salida de Grecia era una hipótesis "manejable". Esta es la primera vez que los planes de contingencia incluyen estimaciones cifradas sobre el costo que tendría el "Armagedón", como empiezan a decir los analistas cuando aluden a la salida de Grecia. La alternativa ideal sería un "divorcio de común acuerdo", que tendría un costo de 50.000 millones de euros, sobre todo para la UE y el FMI. Pero esa hipótesis no entusiasma demasiado a los actores políticos griegos que son partidarios de una "ruptura completa". En la práctica, el cambio de signo monetario equivaldrá a un default. Eso significa que -en el mejor de los casos- Grecia suspenderá sine die el pago de la deuda y, en la peor de las hipótesis, dejará de "honrar su firma", como se dice en la jerga bancaria. Los primeros afectados por la Grexit serían la Comisión Europea, órgano ejecutivo de la UE, y el FMI, que entre ambos prestaron 73.000 millones de euros en los diferentes programas de rescate acordados al gobierno de Atenas de 2010. El Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF), creado especialmente en 2010 para acudir en ayuda de Grecia, perdería en ese huracán financiero 40.000 millones de euros. EL COSTO PISCOLÓGICO El BCE atesora en sus arcas títulos de la deuda griega, comprados sobre todo en el mercado secundario, por valor de 45.000 millones de euros. Esos bonos probablemente se convertirán en papeles tan valiosos como los títulos del empréstito ruso de 1906, repudiado por los bolcheviques en 1918. Otros bancos centrales, incluyendo el de China, acumularon bonos por 11.000 millones. A esa cifra es preciso agregar los 62.000 millones de euros que poseen todavía los bancos privados y que, en caso de default, deberán pasar a "pérdidas y ganancias" o reducir su valor a una suma insignificante. El costo total de la salida de Grecia sumaría unos 335.000 millones de euros, cifra equivalente al PBI de Bélgica. Las simulaciones preparadas hasta ahora son incapaces de cifrar los daños colaterales que causaría esa decisión: la repercusión psicológica que tendría para los 311 millones de habitantes que quedan en la zona euro, el riesgo de un auténtico efecto dominó sobre los países más endeudados -España, Portugal, Irlanda, Italia e incluso Francia- y, sobre todo, la posibilidad de una corrida bancaria. DOBLE SUICIDIO EN GRECIA ATENAS (EFE).- Una llamativa nota apareció anteayer en un sitio web para músicos griegos. Era un mensaje de despedida, el anticipo de un doble suicidio que conmovió a toda Grecia. Una nueva postal en un país donde, por día, entre dos y tres personas se quitan la vida como consecuencia de la crisis económica. Antonio Perris, un músico de 60 años, se tiró de la terraza de su edificio agarrado de la mano de su madre, de 90. Ambos, que vivían juntos allí, perdieron la vida. Perris contaba en la nota que su madre sufría de Alzheimer, esquizofrenia y otros problemas de salud. "El problema es que yo no estaba preparado y no tenía efectivo cuando se produjo de repente la crisis económica. A pesar de tener propiedades y haber vendido todo lo que pude, me quedé sin dinero y ya no tengo para comer", expresó en la página Stixoi.info. "¿Alguien conoce alguna solución?", se preguntó.

martes, 22 de mayo de 2012

Temen en Grecia un caos sin el euro

Es otro día gris en Atenas, gris como el humor de los griegos. No hay corridas bancarias ni pánico, pero en el ambiente reina un clima de gran tensión. El fantasma del tan temido "Grexit", la salida de Grecia de la eurozona , que podría darse si en las elecciones del 17 de junio triunfa la izquierda radical que rechaza el plan de ajuste acordado con la Unión Europea (UE) y el FMI, está más presente que nunca. Y el denominado "dracmageddon" -término acuñado hace unos meses por una radio local que trata de tomar con humor esta crisis que ya lleva dos años- sintetiza el temor de la gente a caer en esa apocalíptica dimensión desconocida. Cuando falta menos de un mes para las cruciales elecciones parlamentarias que se han transformado en un virtual referendo a favor o en contra de la permanencia de Grecia en la eurozona, la incertidumbre es total. Algunas encuestas dan por vencedor, con más del 21%, al partido a izquierda radical Syriza, del joven Alexis Tsipras, la gran revelación del momento. Otros indican que ganará por un punto el partido de centroderecha Nueva Democracia, de Antonis Samaras, que sería votado no por convicción, sino por descarte, por quienes temen un "Grexit" si triunfa la izquierda. En ese caso, una salida de Grecia del euro para muchos sería devastadora, sobre todo para un país como Grecia, que no tiene materias primas y es muy dependiente de las importaciones (entre el 80 y el 90% de la energía y de los bienes alimenticios llegan desde afuera) y que arrastra una deuda inmensa. El primer problema sería un derrumbe de la nueva y vieja moneda, el dracma. Tomando como referencia el default argentino, se habla de una devaluación de entre el 60 y el 70%. Y el gobierno se vería obligado a un inmediato bloqueo de los capitales para frenar el colapso. Aunque hay quienes, además, avizoran algo mucho peor: caos, anarquía, saqueos, violencia social, al mejor estilo de la Argentina en 2001. Con tropas en la calle, fronteras cerradas y con la policía sin la nafta suficiente como para salir a patrullar... "Tengo miedo. Si Grecia sale del euro, voy a tratar de irme de la eurozona", confiesa a LA NACION María Topalova, una periodista búlgara que vive hace más de diez años en Grecia, directora ejecutiva del sitio web GreekReporter, con diez empleados. "Tengo miedo a un aumento de la criminalidad que ya existe, de no poder mandar más a mi hijo de diez años a un colegio internacional, porque mucha gente ya no podría pagar la cuota. Miedo a estallidos de violencia", afirma esta mujer separada, que vio reducir drásticamente sus ingresos por el aumento de los impuestos. "Por eso estoy pensando en irme del país, donde nació mi hijo y donde en 2005 me compré una casa gracias a los créditos que otorgaban en la época de optimismo de los Juegos Olímpicos... Pero ahora no hay futuro", dice Topalova. Anastasia Stadoris, docente de 40 años, también cree que puede pasar cualquier cosa. "La bronca que tienen los griegos se está canalizando con las elecciones del 6 de mayo y con las que vamos a volver a tener el 17 de junio, así que no creo que va a haber estallidos sociales graves. Pero si llega a haber un corralito como tuvieron en la Argentina, si a los griegos no nos dejan sacar el poco dinero que nos queda del banco, seguro va a haber caos", vaticina. Dennis Sofianopulos, un desempleado como el 21% de los 11 millones de griegos, no tiene dudas. "Si volvemos al dracma, estamos muertos, sería el desastre", afirma. De 45 años, ex camionero y ex dueño de una tienda de música, Dennis se las rebusca haciendo changas. Vive en un hospedaje comunal para los sin techo porque perdió la casa de su familia. "Mi hermano la vendió y se fue a vivir al exterior, dejándome sin nada", cuenta. CLIMA DE MIEDO Para Evel Setomakis, profesor en una escuela norteamericana, de 52 años, el término "dracmageddon" tiene sentido. "Mucha gente estaría shockeada por una vuelta al dracma, muy alterada, pero creo que todavía nos quedan dos o tres años para que haya un estallido social violento... Estamos mal, pero todavía no tocamos fondo. Sí, hay jóvenes que tiran piedras en las manifestaciones, pero nadie quiere salir a pelear. No veo escenarios de guerra civil", opina. "Es más, me parece que es la troika la que crea este clima de miedo ante una posible salida del euro, para dañar a la izquierda radical que rechaza los planes de ajustes y para favorecer a los partidos de derecha y centro -acusa Setomakis-. No se puede predecir el futuro, pero si dejamos la UE, no me sorprendería, y si nos quedamos, tampoco. En cualquier caso, los griegos vamos a estar mucho peor." Dimitris Catisis, un pequeño empresario de 37 años, dueño de un hotel, una cafetería y un restaurante, no les teme ni al "dracmageddon" ni al "Grexit". "Con dos millones de desocupados, nueve de cada diez empresas cerradas, 1800 suicidios por la crisis, los jóvenes que sobreviven gracias a sus familias y que apenas terminan la universidad enseguida sacan su pasaporte para irse, el 30% de los griegos viviendo debajo del umbral de la pobreza ¿qué otro caos podría venir?", pregunta. "Salir del euro sería mejor para los griegos", agrega, al contar que por culpa de la moneda única pronto deberá cerrar uno o dos locales, porque tiene deudas por 40.000 euros. Frente al árbol de la plaza Syntagma que se convirtió en un monumento-símbolo de esta crisis (el 3 de abril pasado se suicidó allí Dimitris Christoulas, un jubilado de 77 años), Vasilis, un estudiante de economía de 22 años, es el fiel reflejo del escepticismo total de muchos jóvenes. Un anarquista, no votó en las últimas elecciones ni va a votar porque, según cree, "nada va a cambiar". Mientras le muestra a su novia ese "árbol del suicidio", destino de peregrinación para muchos griegos, admite que lo único que lo asusta de una vuelta al dracma es que le falten medicamentos. "Soy diabético y tengo que darme cuatro inyecciones por día. La comida la podemos robar en los supermercados, pero necesito de mis medicamentos... Y si no los consigo, entonces sí, sería un «dracmageddon»", dice Vasilis

lunes, 23 de enero de 2012

El gran desafío global del año: la desigualdad

Por Moises Naim | Para LA NACION
El principal tema político de 2012 será la desigualdad económica. Este pronóstico es aún más relevante cuando se toma en cuenta que este año habrá elecciones y cambios de liderazgo en países que concentran el 50% de la economía mundial. En todos ellos, las protestas contra la desigualdad y las promesas de reducirla agudizarán un ya muy encendido debate global.

La desigualdad no es algo nuevo. Lo nuevo es la recién adquirida intolerancia hacia ella. Esta intolerancia está apareciendo con fuerza en los países más ricos y más golpeados por la crisis y de allí se ha ido esparciendo por el mundo.

Las grandes masas -abrumadas por el desempleo, la austeridad y los sacrificios- han comenzado a interesarse en cómo se distribuyen los ingresos y la riqueza en su país. Durante mucho tiempo, el mundo había vivido en pacífica coexistencia con la desigualdad, aunque estos períodos de pasividad siempre son interrumpidos por revoluciones en nombre de la igualdad.

Mientras en los países con regímenes autoritarios los gobiernos hacen lo posible por ocultar la desigualdad económica, en Africa o en América latina, la desigualdad, en cambio, es muy visible, constantemente denunciada por los políticos y estoicamente soportada por el pueblo.

En otros países es celebrada. En Estados Unidos, por ejemplo, los artistas, deportistas o inventores cuyo éxito se traduce en una inconmensurable riqueza son admirados y vistos como modelos para emular.

Esto está cambiando. En todas partes, la idea de que la lucha contra la desigualdad es fútil o innecesaria se ha hecho indefendible. Se acepta que la desigual distribución de la riqueza, o de los ingresos, seguramente será difícil de alterar, pero ya no es tan fácil como antes ignorar el tema o defender la idea de que no hay que hacer nada al respecto.

También hay desigualdad buena y mala. El truco está en contener la segunda al nivel más bajo posible.

El escrutinio de la vida y de las acciones del "uno por ciento" más rico se ha vuelto obsesivo. Titulares como el de Los Angeles Times -"Los seis herederos de Walmart son más ricos que la suma del 30% de los estadounidenses con menos ingresos"- son un buen ejemplo de esta tendencia.

ROMNEY, EN LA MIRA

También lo es que los más feroces exponentes de la derecha radical de Estados Unidos ataquen a Mitt Romney por ser rico y pagar pocos impuestos. O que en Rusia, una de las principales quejas contra Vladimir Putin sea el bochornoso espectáculo que ofrecen los oligarcas que engordan sus inimaginables fortunas en el Kremlin, mientras la mayoría de los rusos sufre penalidades.

No todos, claro está, están en la onda de criticar a los más ricos. Jamie Dimon, el presidente de JP Morgan Chase, declaró exasperado: "No entiendo ni acepto esto de criticar el éxito o actuar como si todos los que tienen éxito fueran malos. Simplemente no lo entiendo".

LA RECOMPENSA

La perplejidad de Dimon se basa en la suposición de que la riqueza es la manera en que la sociedad estimula y recompensa la innovación, el talento y el esfuerzo. Quienes son ricos se lo merecen.

Pero no siempre. Las grandes riquezas y la desigualdad también pueden provenir de la corrupción, la discriminación, los monopolios, el comportamiento empresarial abusivo o crasos actos delictivos, como los del estafador Bernard Madoff. En la lista de los más ricos del mundo hay muchos multimillonarios que deben su fortuna más al Estado que al mercado.

Por eso, los estudiosos de la desigualdad suelen compararla con el colesterol: hay desigualdad buena y mala, y el truco está en impulsar la buena, mientras la mala se contiene al nivel más bajo posible.

Y ése es precisamente el principal riesgo de estos tiempos: cómo reducir la desigualdad sin desestimular otros objetivos (inversión, innovación, toma de riesgos, esfuerzos, productividad...). Sabemos que lograr una sociedad más igualitaria ha sido el objetivo de innumerables experimentos que han provocado más desigualdad, pobreza, atraso, pérdida de libertades y hasta genocidios.

Por otro lado, la desigualdad también tiene efectos tóxicos. Además de las consideraciones morales obvias, también hay muchas evidencias de que una alta desigualdad económica es mala para la salud de una nación: conlleva una mayor inestabilidad política, más violencia y también perjudica la competitividad y, a largo plazo, el crecimiento.

Este año veremos innumerables propuestas para corregir las inequidades económicas que se han agudizado en las últimas décadas. Algunas serán viejas -y probablemente malas- ideas desempolvadas y presentadas como nuevas. Pero seguramente también aparecerán algunas nuevas y muy buenas.

El reto para los votantes -y para quienes puedan incidir sobre cuáles se adoptan y cuáles se rechazan- será aprender de la historia. Como sabemos, no repetir los errores del pasado suele ser más difícil de lo que parece.

EL PAIS, SL

viernes, 13 de enero de 2012

Los italianos vuelven a los trabajos duros

Por Elisabetta Piqué | LA NACION
Barajar y dar de nuevo. La crisis económica , cada vez más dramática en Italia, comenzó a cambiar las cartas sobre la mesa. Agobiados por la recesión , cierres de empresas y un desempleo juvenil que superó el 30%, los italianos se ven obligados a retomar esos trabajos humildes que ya no hacían y que quedaban en manos de inmigrantes.

Fiel reflejo de esta vuelta de página, en el sector de la agricultura, donde antes sólo se veían africanos o asiáticos doblados en dos cosechando, o en el de la construcción, donde sólo se oían lenguas eslavas entre andamios y obras, vuelven a verse los italianos.

"Hoy los italianos ya no desprecian el cemento y la pala de albañil. Aunque es demasiado temprano para hablar con estadísticas de este fenómeno, la tendencia al retorno a los trabajos que los italianos ya no querían hacer es evidente. El problema es que hay pocos puestos", explicó al Corriere della Sera Domenico Pesenti, líder de Filca Cisl, el principal sindicato de los trabajadores de la construcción.

Los italianos también vuelven a los establos para ocuparse de los tambos -empleos antes rechazados por ser demasiado sacrificados, ya que tienen una disponibilidad de 7 días por semana, levantándose de madrugada-, o a trabajar como enfermeros.

"Desde hace un par de años, la cuota de enfermeros extranjeros se detuvo en el 30% porque los italianos volvieron a ponerse el guardapolvo. Antes no lográbamos llenar los cursos. Ahora hay lista de espera", contó Giovanni Mutillo, presidente de la asociación de enfermeros de Milán.

Los trabajos pesados, que requieren amplia carga horaria, también vuelven a ser requeridos. "Antes, los únicos dispuestos a manejar las camionetas de mi empresa los siete días de la semana, incluso de noche, eran indios y marroquíes. Ahora me llueven currículums de italianos, incluso dispuestos a trabajar sábado y domingo", dijo Patrizio Ricci, dueño de una empresa de transporte que retira leche de granjas de Lombardía, en el norte de Italia. "Hay también quien empieza a decirme «basta, ahora dejalos en casa a estos extranjeros, tomanos a nosotros que hablamos la misma lengua». Pero la verdad es que durante años fueron ellos quienes mantuvieron de pie a mi empresa", agregó.

Estudiantes y cassintegrati -los despedidos por cierre de actividad que se benefician de un porcentaje de su sueldo- volvieron a presentarse para hacer la vendimia, hasta hace poco despreciada por los italianos. "Este año registramos muchísimas candidaturas de italianos, muchas más que lo normal", indicó Anna Bogatto, que dirige una empresa de empleo.

También las italianas vuelvan a ser empleadas domésticas, niñeras o badante (cuidadoras de ancianos), un sector hasta hace poco copado por latinoamericanas y filipinas.

"Después de la llegada de tantas extranjeras, volvemos a ocuparnos también de las italianas, que buscan trabajar por horas para poder llegar a fin de mes, después de haber perdido el trabajo en una peluquería o en una fábrica. Las cifras oficiales hablan de una relación de 1 a 10 entre empleadas domésticas italianas y extranjeras, pero como se trata de un sector donde hay mucho trabajo en negro, el porcentaje sube a un 23%", indicó Pina Brustolin, experta en el tema.

"Se trata de una inversión de tendencia que comenzó hace menos de un año, que refleja claramente la crisis económica", añadió.

La marcha de la bronca

Por Hector M. Guyot | LA NACION
A sus 94 años, hay que concederle a Stéphane Hessel el don de la paciencia. También, un sentido de la oportunidad prodigioso. Alzó la voz en el momento preciso: con su obrita Indígnense , un libro de sólo 32 páginas que una pequeña editorial parisina lanzó a tres euros y que en unas pocas semanas vendió más de 650.000 ejemplares, Hessel encendió la mecha de una ola de protestas sociales que recorrió el mundo y marcó el año que acaba de terminar.

Su libro no contiene enrevesados alegatos ideológicos ni retóricos llamados a la lucha revolucionaria. La pólvora de la explosión se redujo a algo más elemental, un sentimiento que las antenas sensibles de Hessel supieron captar, como diría Dylan, soplando en el viento: la indignación.

En 2011, la indignación ha expresado, de Madrid a Londres, de Atenas a Nueva York, de París a Moscú, el descontento con la hipocresía o la impotencia de los que gobiernan, la injusticia de una economía global que acumula riqueza provocando el vacío alrededor y el agotamiento de un sistema que convierte a los ciudadanos en obedientes consumidores.

Publicado en octubre de 2010, el libro de Hessel alimentó a los jóvenes españoles que en marzo pasado ocuparon la Puerta del Sol. Fueron los primeros indignados, si exceptuamos a los jóvenes árabes que poco antes se sacudían de encima a sus viejos tiranos en Túnez y Egipto (en una "primavera árabe" también encendida por la indignación pero de naturaleza distinta a la ola de protesta que recorre Occidente). De manera viral, el clamor pasó de Madrid a distintas capitales del mundo y creció a tal punto que la figura del manifestante fue elegida "personalidad del año" por la revista Time , en reconocimiento a las protestas "que están remodelando y redefiniendo la política y el poder globales".

A medida que las protestas crecían, se alzaron las voces críticas o escépticas. A los jóvenes de la Puerta del Sol se los descalificó de la misma forma que hoy se descalifica al movimiento Ocupa Wall Street: son chicos caprichosos que no valoran lo que tienen y que quieren desecharlo sin proponer nada a cambio. La falta de propuestas pone en evidencia, dicen los reproches, la inmadurez de estas revueltas inorgánicas que pasarán sin dejar huella. Sin embargo, resulta difícil obviar una pregunta simple: ¿por qué pedirles a los indignados un programa o un proyecto político?

Los jóvenes que protestan en tantos idiomas y en plazas y calles de los cuatro puntos cardinales vienen a decir lo mismo: algo cruje en las sociedades occidentales, y la falla parece estar en los cimientos del sistema que tan laboriosamente hemos construido. Los indignados, al menos hasta ahora, no son una alternativa política. Son, antes que nada, un síntoma.

El detonante de las protestas en los países centrales fue la crisis económica, que en Estados Unidos estalló con la debacle de gigantes de las finanzas como Lehman Brothers, a fines de 2008, y en Europa, un poco más tarde, con las crisis de las deudas y la caída del euro. Tal vez por eso, ante la inevitable comparación con las revueltas de Mayo del 68, la primera tentación fue marcar las diferencias. Si aquellos jóvenes reaccionaron contra el consumo burgués que la sociedad de entonces les proponía, éstos reclamarían, por el contrario, no ser excluidos de ese consumo que les arrebató la crisis. Si los estudiantes franceses -y sus pares de algunas universidades norteamericanas y hasta los yippies de Abbie Hoffman- estaban contra el Estado, los indignados de hoy claman en cambio por el retorno del Estado protector.

Es un diagnóstico tranquilizador. Pero tal vez la indignación sea el síntoma de algo más complejo. "Nosotros no somos antisistema, el sistema es antinosotros", rezaba un eslogan que surgió en la Puerta del Sol y que, en espíritu, emigró a las protestas del otro lado del océano. La frase parece avalar la interpretación que se describe en el párrafo anterior, pero al mismo tiempo, paradójicamente, la desmiente.

Octavio Paz vio en las revueltas del 68 una crítica del progreso. "En Occidente, los jóvenes se rebelan contra los mecanismos de la sociedad tecnológica, contra su mundo tantálico de objetos que se gastan y disipan", dice en Posdata , un libro que escribió en 1969, en el que recuerda que 1968 fue un año "axial", con protestas y tumultos en París, Chicago, Praga, Tokio, Belgrado, Roma, México. "El progreso ha poblado la historia de las maravillas y los monstruos de la técnica -escribe el Nobel mexicano-, pero ha deshabitado la vida de los hombres." Es posible oír un eco de las protestas de 1968 en los indignados de la actualidad: de algún modo, protestan también por el grado de desposesión en el que se ven sumidos. En medio de una globalización empujada por los avances tecnológicos, se sienten despojados del manejo de los resortes que hacen al desarrollo de sus propias existencias.

"Poco a poco se nos va depauperando la vida", le decía al diario El País en noviembre pasado Carlos Macedo, empleado del metro, en medio de miles de portugueses que ganaban las calles de Lisboa en protesta contra el ajuste. Para poder pagar un préstamo de 78.000 millones de euros recibido en mayo a fin salvar al país del default, el gobierno había anunciado, entre otros recortes, que a fin de año no habría pagos extras de Navidad y que en 2012 todos los trabajadores portugueses trabajarían media hora más, gratis. "La misma agencia que nos pide recortes nos baja la nota cuando hacemos los recortes y así serán necesarios más recortes", se quejaba otro manifestante: ese día, la agencia Fitch bajaba la nota de los bonos portugueses hasta ubicarlos en el nivel de los bonos basura.

Aquí está el nudo de la indignación: cuando todo se cae a pedazos por motivos que le son ajenos a la gente común, los únicos que flotan y hasta se van para arriba son los que tienen poder (económico y político). Y, lo más grave, prosperan gracias al deterioro de aquellos que no lo tienen. Porque la receta de los gobiernos ha sido siempre la misma: los costos recaen en los ciudadanos de a pie, mientras que las grandes entidades financieras en apuros reciben el oxígeno de miles de millones de dólares de los contribuyentes para evitar su quiebra. Y eso, después de que sus ejecutivos embolsaran decenas de millones durante la ficción financiera que llevó a la crisis. Esto fue lo que pasó en Estados Unidos, con la crisis de la burbuja inmobiliaria, y se replicó a su modo en Irlanda y otros países cuyo sistema financiero colapsó. También esto ocurrió con el corralito en la Argentina de 2001, que en el cacerolazo del 19 de diciembre produjo la primera horneada de indignados. Como hoy, se protestó contra la injusticia y el poder. O contra las injusticias del poder. Y sin el empujón de un Hessel.

Ahora, para "democratizar" los costos de la crisis, se apela al sentimiento de culpa, una forma eficaz de trasladar responsabilidades. Cuando todo se resquebraja, se le dice a la gente que se acabó la música y que llegó el momento de pagar la fiesta. ¿Qué fiesta, se preguntan algunos? Otros, quizá más afortunados, se dicen que no han hecho más que aceptar una invitación. Porque la fiesta la montan los que se benefician de ella. Son los bancos y las entidades de crédito, finalmente, los que apuestan con los hedge funds (inversiones de alto riesgo), los que aquí o allá inundan a la gente de folletos o llamadas telefónicas con ofertas de créditos a sola firma, de préstamos de todo tipo, de tarjetas que llegan a domicilio sin que nadie las haya pedido y de beneficios cada vez más osados y atractivos, en una puja a todo o nada por los clientes y los réditos, mientras el gobierno se solaza en los extraordinarios niveles de consumo alcanzados. El de la culpa es un mecanismo sutil que a los argentinos, en estos días en que empezarán a llegar las facturas de los servicios sin los subsidios, nos debería resultar familiar: el supuesto amigo que te llenó el vaso de whisky toda la noche (sin que se lo pidieras) es el mismo que al día siguiente, en medio de la terrible resaca, te recrimina que hayas bebido mientras te hace pagar las consumiciones.

Por último, y más allá de lo que señalan algunos expertos apoyados en grandes índices de crecimiento, la sociedad tecnológica de mercado global -por llamarla de alguna manera- ensancha cada vez más la brecha entre ricos y pobres. Las diferencias abismales entre lo que ganan los ejecutivos encumbrados y los simples empleados echan por tierra, en Estados Unidos y en buena parte de Europa, el hasta ayer vigente sueño de la movilidad social, mientras el mercado de los bienes de lujo alcanza picos insospechados. De acuerdo a datos oficiales, el 48% de la población norteamericana es considerada pobre o de bajos ingresos, en tanto alrededor de 56 millones de personas viven por debajo de la línea de pobreza en la Unión Europea. Según informó este diario hace unos días, la tasa de mortalidad de las regiones más pobres de Inglaterra supera a la media de países africanos menos desarrollados, como Botswana y Ruanda.

"Los indignados de Wall Street no sólo protestan por la desigualdad -señala el analista político Moisés Naim-. Ahora prestan más atención al hecho de que otros están avanzando gracias a lo que ellos perciben como trucos, trampas y privilegios."

Nadie, ni el propio Hessel, puede anticipar qué ocurrirá con el movimiento de los indignados. Pero después de un año como el que pasó, los gobiernos deberían tomar nota de que el límite de tolerancia a la hipocresía de los que mandan ha descendido de manera drástica. Esto es algo que les cuesta percibir, y en este país lo sabemos muy bien: el acto de contrición de los políticos argentinos tras el indignado "que se vayan todos" de 2001 fue tan breve y fugaz como el de los banqueros y financistas que, tras el derrumbe de 2008, se mantuvieron aferrados a sus pródigas bonificaciones como si nada hubiera pasado.

© La Nacion.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Se necesita un sistema político global

Por Fernando A. Iglesias | Para LA NACION
Miles de académicos serios de todo el mundo parecen creer aún que el mundo keynesiano de posguerra, que por 30 años había permitido armonizar crecimiento económico y distribución social, cambió porque un día Margaret Thatcher se levantó con jaqueca, llamó a Ronald Reagan, y le dijo: "Ronnie, ¡empecemos ya mismo un ciclo neoliberal!".

Pero el fin del consenso keynesiano no comenzó con esa hipotética llamada, sino con el fracaso de François Mitterrand, quien al aplicar en 1981 la receta keynesiana a la economía francesa -que ya era parte de la economía europea- provocó fuga de capitales, inflación, desempleo y, finalmente, devaluación del franco.

Tan penosas circunstancias marcaron el fin de los keynesianismos nacionales, fijaron el patrón de sus debacles futuras (como la de Alfonsín), anticiparon el viraje al centro de la socialdemocracia (la Tercera Vía) y sancionaron una regla que los keynesianos-nacionales siguen sin comprender: en un mercado económico unificado con amplia circulación de capitales y bienes, las inversiones y las tecnologías fluyen hacia donde las regulaciones financieras y ecológicas -y los salarios e impuestos- son menores, haciendo que todas las variables que obstaculizan la maximización de sus ganancias operen a la baja. Como "demostró" Mitterrand, no puede haber keynesianismos exitosos a nivel nacional en economías de escala regional. Fin del primer episodio.

Desde aquella debacle, el único espacio unificado que logró compatibilizar el crecimiento económico con estrictas regulaciones ambientales, altos impuestos y elevados estándares de bienestar fue la Unión Europea, hoy condenada a retroceder o volar por los aires, ya que tampoco puede haber keynesianismos regionales exitosos en una economía globalizada. Fin del segundo episodio.

Quienes se llenaron los bolsillos durante el auge económico mundial de los últimos años están logrando hoy que el resto pague las cuentas en la hora de la crisis. Lo que demuestra que, lejos de haberse agotado, el ciclo neoliberal sigue vigente mundialmente, y que el neoliberalismo no es producto de la avidez capitalista, existente desde siempre, sino el resultado inevitable de la globalización de la tecnología, la economía y las finanzas sin una simultánea globalización de la política. De allí que en un mundo global el keynesianismo sólo pueda ser global y que toda política nacional-regional tienda a ser -ya sea por su orientación inicial o su fracaso final- procíclica y antikeynesiana. Fin del tercer episodio.

¡Es la política global, estúpido! Es la ausencia de un sistema político global capaz de cumplir funciones redistributivas y de planificación e inversión a largo plazo similares a las que los Estados nacionales desempeñaron en las naciones de antaño la que hace inviable cualquier receta anticíclica y está llevando a una recesión planetarizada. Y el problema de la Unión Europea no es que sea muy grande -como creen los keynesianos nacionales que piden la demolición del euro-, sino que ha quedado muy chica, ya que no es posible sostener salarios y jubilaciones de miles de euros cuando millones de personas se incorporan cada día al mercado de trabajo global con salarios de unos pocos cientos. Sólo en países relativamente pobres y de dimensiones continentales, como los del BRIC, y en aquellos beneficiados por algún tipo de bendición mineral, energética o sojera que les permita crecer por encima del 5% anual, es posible todavía algún tipo de ampliación del mercado nacional alla Keynes. Y será así sólo hasta que el gap tecnológico con los países avanzados se achique, crezcan las expectativas sociales en ellos o la recesión en el Primer Mundo haga retroceder los precios de las commodities . O, más probablemente, por una combinación de estos factores.

Por eso Europa debe avanzar hacia la unidad de sus políticas económicas y fiscales, emitiendo bonos desde el BCE y siguiendo el modelo federal spinelliano. Pero eso no basta. Por eso la ampliación del Mercosur y un acuerdo comercial con la UE son urgentes, pero no bastan. Tampoco basta la reconstitución y empoderamiento del G-20, que logró contener la crisis de 2008, ni las ocasionales cumbres internacionales a las que todos concurren con la preocupación de hacer que los platos rotos los paguen los vecinos. Ya es hora de que los líderes políticos nacionales dejen de hacer el ridículo corriendo detrás de los acontecimientos globales. Se terminó el tiempo de la gestión internacional de los asuntos globales. Los problemas globales requieren soluciones globales, que sólo pueden ser discutidas, decididas y aplicadas desde instituciones globales democráticas y permanentes.

Es la política global, ¡no seamos estúpidos! Necesitamos agencias permanentes de prevención y resolución de las crisis del cambio climático, la proliferación nuclear y la volatilidad financiera. Necesitamos empoderar la Corte Penal Internacional, reformar el Consejo de Seguridad, democratizar la ONU y crear una asamblea parlamentaria permanente en su seno, que dirija las iniciativas para crear un orden institucional global más justo, eficiente y democrático. Necesitamos leyes que armonicen paulatinamente las legislaciones laborales, ambientales y financieras en todo el mundo, aboliendo los paraísos fiscales y laborales, impidiendo el dumping global y mejorando las condiciones de vida en los países emergentes. Necesitamos regulaciones globales al sistema financiero global, ya que las internacionales del FMI, el Banco Mundial y el G-20 han demostrado su incapacidad. Necesitamos un nuevo modelo de crecimiento que sea mundial y que no se base ya en los consumos privados del 20% más rico de la humanidad, sino en la producción de bienes públicos para el restante 80%: agua, cloacas, viviendas, caminos, hospitales y escuelas para todos; mejores medios de comunicación y transporte en todo el mundo; una computadora por alumno y una pantalla de TV global en cada aula del planeta. Necesitamos poner el interés común de largo plazo por delante de los egoísmos nacionales y corporativos de corto alcance. Necesitamos que el capital, que hoy sobra, deje de evaporarse y encuentre otra vez una aplicación fructífera que coincida con los intereses generales.

Y para todo ello necesitamos un ámbito pacífico y democrático de discusión global que disminuya las tensiones internacionales, elabore un plan de desarme global consensuado y permita redireccionar los enormes recursos que se gastan en armamentos hacia un plan global de defensa de bienes públicos como la paz internacional, la estabilidad financiera mundial y la protección del medio ambiente. ¿Cómo vamos a lograrlo en un mundo tecno-económicamente unificado por los mercados y las corporaciones, y dividido políticamente por los egoísmos y rivalidades de 194 Estados nacionales que en el cenit de su estupidez siguen pretendiéndose soberanos?

Una ONU paulatinamente democratizada y una asamblea parlamentaria del organismo, embrión de un futuro Parlamento Mundial. Cuanto antes, mejor. Ya sé que es difícil. Mucho más fáciles son la recesión, la degradación y la guerra. © LA NACION

El autor es diputado nacional de la Coalición Cívica por la ciudad de Buenos Aires

domingo, 13 de noviembre de 2011

La próxima pesadilla de una Europa dividida

Por Dani Rodrik | LA NACION
CAMBRIDGE, Estados Unidos.- Como si las derivaciones económicas de una total cesación de pagos de Grecia no fueran pavorosas, las consecuencias políticas pueden ser peores. Una ruptura de la eurozona provocaría un daño irreparable al proyecto de integración europea, que es la columna central sobre la que se sustenta la estabilidad política de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. No sólo desestabilizaría la periferia más endeudada, sino también a países centrales como Francia y Alemania, que fueron los arquitectos del proyecto.

Este escenario sería una victoria para el extremismo político, similar a lo ocurrido en la década de 1930. El fascismo, el nazismo y el comunismo fueron hijos de un rechazo contra la globalización que venía gestándose desde fines del siglo XIX, alimentado por los temores de grupos que se sintieron despojados por el avance del mercado y las elites cosmopolitas.

El libre comercio y el patrón oro habían obligado a descuidar prioridades internas, como la reforma social, la construcción nacional y la reafirmación cultural. La crisis económica y el fracaso de la cooperación internacional no sólo debilitaron la globalización, sino también a las elites. Como señala un colega mío en Harvard, Jeff Frieden, esta situación sentó las bases para el surgimiento de dos formas de extremismo distintas. Los comunistas optaron por un programa de reforma social radical y autosuficiencia económica. Fascistas, nazis y nacionalistas eligieron la construcción nacional.

El fascismo, el comunismo y otros movimientos dictatoriales están pasados de moda. Pero existen tensiones similares. El mercado único europeo se formó más rápido que la unidad política. La preocupación por el deterioro de la seguridad económica, la estabilidad social y la identidad cultural no se pudo resolver por canales políticos oficiales.

Los principales beneficiarios del fracaso de las políticas de centro han sido los partidos de extrema derecha. En Finlandia, un hasta entonces ignoto Partido de los Verdaderos Finlandeses pudo capitalizar el resentimiento provocado por los paquetes de rescate implementados en la eurozona y terminó tercero en la elección general de abril. En Holanda, el Partido por la Libertad cuenta con suficiente poder para intervenir en la formación de gobierno. En Francia, el Frente Nacional terminó segundo en la elección presidencial de 2002 y está recuperando bríos con Marine Le Pen.

Este retroceso tampoco es exclusivo de los países de la eurozona. Yendo a Escandinavia, vemos que el año pasado un partido con raíces neonazis, Demócratas de Suecia, entró al Parlamento con casi el 6% del voto popular. En Gran Bretaña, según una encuesta, no menos de dos tercios de los conservadores desean que el país abandone la Unión Europea.

Aunque los movimientos políticos de extrema derecha siempre se han valido del rechazo a la inmigración, ahora encuentran argumentos en los paquetes de rescate a Grecia, Irlanda y Portugal y en los problemas del euro. Como en la década de 1930, el fracaso de la cooperación internacional agravó la incapacidad de los políticos de centro para responder a las demandas económicas, sociales y culturales de sus votantes.

Los dirigentes europeos de centro siguen una estrategia de abogar por "más Europa"; pero aunque con ella se apresuran a calmar los temores internos, en lo referido a crear una auténtica comunidad política europea no muestran prisa. Llevan demasiado tiempo apegados a una ruta intermedia que es inestable.

En términos económicos, la opción menos mala es la de garantizar que las cesaciones de pago y los abandonos de la eurozona, que son inevitables, se realicen en forma ordenada. En términos políticos, será necesaria una vuelta a la realidad. La crisis exige reorientar las prioridades para prestar más atención a las preocupaciones y aspiraciones internas de cada país, en desmedro de las obligaciones financieras externas y las medidas de austeridad. Así como un buen funcionamiento de las economías locales es la mejor garantía de una economía mundial abierta, el buen funcionamiento de las políticas locales es la mejor garantía de un orden internacional estable.

El desafío está en dar forma a una nueva narrativa política que enfatice los intereses y valores nacionales, sin llegar a los extremos de la xenofobia. Si las elites de centro no demuestran que están a la altura de la tarea, la extrema derecha ocupará gustosa su lugar.

No estaba errado el primer ministro saliente de Grecia, Giorgios Papandreu, con su fallida convocatoria a un referendo. Esa jugada fue un intento tardío de reconocer la supremacía de la política interna, aunque los inversores la hayan visto como (según palabras de un editor del Financial Times) "jugar con fuego". Lo único que se ha conseguido con el retiro de esa convocatoria es demorar el momento de la verdad y aumentar los costos que en última instancia deberá pagar el nuevo gobierno griego.

Parece que en Europa no quedan alternativas de las buenas, sólo de las menos malas.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La bronca de los indignados

Por José Nun | Para LA NACION
Este año pasará a la historia como el año en que adquirió una fuerza arrolladora la ola de descontento que recorre buena parte del mundo. Varían sus escenarios y también sus causas inmediatas. A fines de 2010 comenzó la "primavera árabe". Después, las movilizaciones se extendieron desde Grecia hasta Alemania y desde Jerusalén hasta Nueva Delhi. El 15 de mayo aparecieron los "indignados" españoles. En septiembre se inició el sitio simbólico a Wall Street. Y en octubre, el proclamado "Día de la Revolución Mundial" suscitó adhesiones multitudinarias en casi 1000 ciudades de 82 países. ¿Qué está pasando? Las demandas de igualdad y de justicia social aparecen como los denominadores comunes del fenómeno. Pero sus desencadenantes son diversos y aquí me ocuparé del que más puede afectarnos. Por eso elijo hablar, en especial, de Estados Unidos.

Hay un primer nivel de análisis que es lisa y llanamente el del escándalo. En 2008, el año en que estalló la crisis económica mundial, los directivos de las principales empresas que la provocaron recibieron las mayores bonificaciones de la historia. Más aún, usaron para ello una parte de los cuantiosos fondos de rescate que obtuvieron del gobierno. Hasta The Economist , la muy flemática y conservadora publicación inglesa, expresó su desagrado y no se privó de hablar de "saqueo" y de "extorsión" (31/01/2009). Tampoco logró contenerse Dick Durbin, encumbrado senador demócrata: "Francamente, los bancos son los dueños de este lugar".

Avancemos un paso más. Desde la Gran Depresión, nunca hubo en Estados Unidos una desigualdad de ingresos y de riqueza tan alta como la actual. Entre 1979 y 2007 (antes de la crisis), el 1% de las familias más ricas se apropió del 60% del crecimiento total de la riqueza. Inversamente, el 90% de los hogares recibió menos del 9%. Como se desprende de estos datos, se trata de un proceso sostenido que cubrió casi tres décadas. ¿Por qué, entonces, la protesta surge recién ahora?

Han operado dos factores en particular que se volvieron muy evidentes. Desde la Segunda Guerra Mundial, una de las grandes diferencias entre los modelos de desarrollo norteamericano y europeo fue que aquél fincó el bienestar colectivo en el crecimiento del empleo, mientras que el segundo le dio especial énfasis a la protección social. De ahí que, comparativamente, las tasas de desocupación de Estados Unidos hayan sido siempre más bajas y los Estados de Bienestar europeos, mucho más potentes. También fue distinta la tolerancia respectiva ante la desigualdad. Según el credo norteamericano, el capitalismo se encarga de dar trabajo, y si las leyes y las oportunidades son iguales para todos, es legítimo que haya quienes se enriquezcan más que otros. From rags to riches (de los harapos a las riquezas) gracias al esfuerzo personal sigue siendo uno de sus mitos constitutivos.

Estos son precisamente los dos factores que se derrumbaron en forma estrepitosa. La tasa de desocupación de Estados Unidos es hoy semejante a la de 1929/30, dejando a un lado las manipulaciones estadísticas. Sucede que, desde 1994, se decidió que el desempleo superior a un año fuera excluido del cálculo; si se lo incluyese, su volumen superaría ahora el 22% (y el 40% entre los jóvenes). Esto es, hace rato que el sistema en su conjunto ya casi no crea puestos de trabajo. Por si fuera poco, la crisis hizo variar también las percepciones de la gente acerca de cómo acumularon realmente su fortuna muchos de los ricos. Se explica la indignación general cuando quedaron al descubierto los fraudes masivos de los poderosos, protegidos por los políticos. La desigualdad se volvió intolerable y la protesta sentó sus reales frente a Wall Street, para esparcirse enseguida por el resto del país. Tres semanas después, el propio presidente Obama declaraba que "entendía a los manifestantes" y el economista Paul Krugman calificaba a Wall Street como "una fuerza destructiva, económica y políticamente". (A su vez, los presidentes de la Comisión Europea y del Consejo de Europa consideraron "legítimas" y "comprensibles" las movilizaciones similares que tenían lugar en sus países.) En cambio, Mitt Romney, precandidato republicano a la presidencia, anunció que había comenzado la "guerra de clases". (La historia se repite pero sus lecciones no se aprenden. En 1919, cuando se inició en Turín el movimiento de los consejos de fábrica, Giovanni Agnelli, presidente de la Fiat, usó exactamente las mismas palabras que Romney. Claro que el final no fue el socialismo sino el ascenso al poder de Mussolini, que había fundado ese año los fascios italianos. Conviene no olvidar que en Estados Unidos viene creciendo desde 2009 el Tea Party.)

Existe un tercer factor, que es estructural y requiere alguna elaboración. Desde el fin de la guerra, a ambos lados del océano, la principal preocupación macroeconómica había sido el empleo, que, de la mano de Keynes, se consideraba una inversión y no un gasto. Fue uno de los soportes de los llamados "30 años gloriosos", cuando en la agenda empresaria tenían mucho menos relevancia los accionistas que los trabajadores, los clientes y la competencia. Esto dejó de ser así en la década del 70, con el fulgurante ascenso del capital financiero y una globalización fogoneada por la llamada libertad de comercio y el movimiento internacional de los capitales. El neoliberalismo sepultaba a Keynes y, no casualmente, la inflación se convertía en la máxima prioridad. Ahora, el papel protagónico lo tenían los accionistas, escasamente interesados en el crecimiento mismo de las empresas del sector productivo y siempre ansiosos por un rápido reparto de utilidades, en desmedro de la inversión. El "capital impaciente" generó así una burbuja bursátil cuyas consecuencias están a la vista. Declinó fuertemente la tasa de inversión en esas empresas y se expandieron los consumos de las clases altas más allá de lo sostenible. La secuela fue un déficit enorme de la balanza comercial, financiado por una deuda externa que, en 2007, equivalía al 370% del PBI.

Paralelamente, se desató una orgía desregulatoria que, entre otras cosas, derogó la ley Glass-Steagall, de 1933, que prohibía a los bancos con depósitos asegurados embarcarse en inversiones de riesgo. Pareció la gran solución. Entre 1979 y 2007, el ingreso del 0,1% de los hogares más ricos había aumentado un 390%, mientras que el del 90% de las familias subió apenas un 5. Más aún: el salario real de los trabajadores permaneció estancado. ¿Cómo alimentar entonces la demanda del mercado interno? Sencillo: entre 2000 y 2006 se triplicaron los préstamos hipotecarios de mala calidad, se los usó tramposamente como garantías de un sinnúmero de "derivados" y se armó una nueva e impresionante burbuja que condujo a la gran crisis actual. Sus responsables, por un lado, dejaron en la calle a millones de trabajadores y de pequeños y medianos propietarios, y, por el otro, no tuvieron ningún pudor en exigir que el gobierno destinase cuantiosos fondos públicos para salvarlos a ellos. ¿Y su tan declamado antiestatismo? En un excelente libro sobre el tema, Gérard Duménil y Dominique Lévy dan una respuesta rotunda: "El neoliberalismo no tiene nada que ver con los principios o la ideología. Es un orden social dirigido a sostener el poder y el ingreso de las clases altas".

Se sigue de lo dicho que en Estados Unidos (y en Europa) no basta hoy con barajar y dar de nuevo para salir de la crisis. Se necesita cambiar las reglas del juego. La Gran Depresión desembocó en el New Deal, que en su segunda fase protegió a los más débiles, creó el seguro de desempleo, fortaleció a los sindicatos, reformó los mercados financieros y le dio una nueva dinámica a la economía.

Es improbable pero no imposible que vuelva a ocurrir algo parecido. Mucho depende, precisamente, de que prospere y se amplíe el movimiento de los indignados. Y aquí entra en escena la Argentina. Porque los planes de ajuste y de recorte del gasto que anuncia la derecha amenazan llevar a Estados Unidos (y a Europa) a un largo período de estancamiento y de eventual colapso, sin perjuicio del simultáneo y peligroso ascenso de un belicismo expansionista que se halla en pleno avance. Los efectos sobre nuestro país no por indirectos serían menos graves.

Basten dos menciones. China, uno de nuestros grandes mercados, resultaría muy afectada tanto en el plano financiero (es acreedora de casi un 10% de la deuda nacional norteamericana) como en el productivo (1/3 de sus trabajadores industriales están empleados en el sector exportador). Además, se encuentra muy ligado a Estados Unidos nuestro vecino Brasil, país al que se dirigen el 20% del total de nuestras exportaciones y el 40% de nuestras exportaciones industriales, que ya empezaron a desacelerarse. Es decir que hasta por motivos puramente egoístas los indignados del Norte son también un asunto nuestro.

© La Nacion

martes, 1 de noviembre de 2011

Europa necesita liquidez

Por Roberto Bouzas | Para LA NACION
Cuando el euro se puso en marcha, una discusión frecuente era si una moneda única (y, por lo tanto, una única política monetaria) sería factible sin una política fiscal unificada. La ausencia de una política fiscal unificada impediría las transferencias de recursos entre regiones (en este caso países) propias de los sistemas fiscales nacionales, pero, además, permitiría a cada país emitir deuda pública denominada en una moneda cuya creación no controlaba. De hecho, el nuevo Banco Central Europeo había sido creado a imagen y semejanza del Bundesbank: absoluta independencia de los gobiernos y un único objetivo de política (mantener el valor de la moneda).

Para los países más débiles, los principales costos fueron renunciar a la posibilidad de usar el tipo de cambio como mecanismo de ajuste y la fijación de la paridad con el euro a niveles que, en varios casos, estuvieron lejos de sus valores de equilibrio. Estos costos, sin embargo, fueron más que compensados por los beneficios de la moneda única: en particular, la posibilidad de endeudarse a menores tasas de interés debido a la caída en la prima de riesgo de la nueva deuda denominada en euros. Este gran beneficio fue el resultado de la "importación" de la credibilidad de la política monetaria alemana que vino junto con el abandono de las monedas nacionales y la adopción del euro.

Como modo de desalentar las conductas oportunistas (estimuladas por la posibilidad de emitir deuda a bajas tasas de interés), el Pacto de Estabilidad y Crecimiento estableció límites a la deuda pública y el déficit fiscal. Esos límites, sin embargo, fueron sistemáticamente incumplidos. Los primeros países en hacerlo no fueron Grecia o Portugal, sino Francia y Alemania. Algunos gobiernos, además, optaron por maquillar sus estadísticas para que los resultados no lucieran tan negativos. Ocurrió lo previsible: en un contexto de políticas fiscales descentralizadas y fracaso de las limitaciones autoimpuestas, los sectores públicos y privados de varios países aprovecharon la bonanza para vivir de prestado. La crisis de 2008 agravó la situación debido a la deflación en el precio de los activos (como los inmobiliarios) y a la necesidad de los gobiernos de salir al rescate de sus bancos. Estos factores deterioraron la situación patrimonial de los sectores privado y público, incrementando los déficits fiscales a niveles sin precedentes.

El dilema europeo frente a la crisis griega puede resumirse en tres hechos: los gobiernos de la eurozona no cuentan con instrumentos adecuados para frenar el contagio, no existe consenso político acerca de cuáles deberían ser esos instrumentos y, aun cuando éste existiera, en varios casos sería imposible ponerlos en marcha rápidamente. La única alternativa viable en el corto plazo es que la única institución en condiciones de intervenir (el Banco Central Europeo) cumpla con una de las funciones clave de la banca central: la de prestamista de última instancia. Si la crisis de la eurozona tiene alguna perspectiva de no agravarse es a través de una acción del BCE que complemente su histórico compromiso con la estabilidad de precios con otra función para la cual fueron creados los bancos centrales en primer lugar: hacer frente a las corridas bancarias y prevenir que éstas ocurran poniendo a disposición de los agentes económicos tanta liquidez como haga falta para convencerlos de que no hay riesgo de evaporación de sus activos. En la mayoría de los casos, es justamente esta disposición la que hace innecesario intervenir. Esa convicción fue testeada con éxito en relación con la Reserva Federal de Estados Unidos en 2008, pero no existe en el caso del BCE.

Pero el problema griego y europeo va un paso más allá. Se trata de enfrentar la insolvencia griega, que amenaza con extenderse a otros países de la región. Así, la búsqueda de una solución es equivalente al intento de frenar una corrida bancaria. Alguien debe garantizar que la deuda pública griega y de otros países de la eurozona no se evaporará en medio de una corrida donde los límites entre la iliquidez y la insolvencia desaparezcan por completo. Otra vez, la única institución en condiciones de hacerlo es el Banco Central Europeo. Esto no resolverá el problema de solvencia de las finanzas nacionales, pero detendrá una extensión de la crisis con consecuencias imprevisibles.

Es posible que la reticencia alemana y de otros gobiernos haga esto imposible salvo cuando, paradójicamente, ya sea demasiado tarde. Pero no distinguir la naturaleza de los problemas puede tener consecuencias catastróficas. Enfrentar la insolvencia fiscal en Grecia y otros países trae de vuelta la pregunta original: ¿es factible gestionar una moneda única sin una autoridad fiscal también unificada? Este interrogante tuvo una respuesta afirmativa hace más de una década. Los líderes europeos están haciéndoselo nuevamente y lucen abrumados por la necesidad de responder a la emergencia y por las implicaciones de mediano plazo de encontrar, esta vez, que la respuesta es negativa.

© La Nacion

El autor es profesor de la Universidad de San Andrés e investigador principal del Conicet

domingo, 30 de octubre de 2011

Incertidumbre

Por Dante Caputo
La incertidumbre no es un estado excepcional en la vida política de las sociedades y de las naciones. Sin embargo, solemos pensar que lo incierto es un momento transitorio y que las cosas volverán a ordenarse. Aunque vivimos en la incertidumbre, no creemos que su compañía sea permanente.

La toma de decisiones políticas, en especial la internacional, debería evitar el supuesto de que el futuro es único y cierto, que se parecerá a lo que ya pasó. Es difícil imaginar lo nuevo en la historia.

Hay naciones que pueden modificar las grandes tendencias mundiales, otras poco y muchas nada. Cuanto más periférica sea una posición con respecto de los centros mundiales de decisión, tanto más hay que indagar, imaginar y construir los futuros posibles que otros decidirán.

Entre 1947 y 1990 tuvimos un período de baja incertidumbre político-militar. Era el mundo bipolar. Se podía, por lo general, proyectar linealmente en el futuro el comportamiento de las grandes potencias mundiales. Aunque existía también una incertidumbre incómoda: la humanidad podía desaparecer en cualquier momento.

Entre 1944 y 1971, esta baja incertidumbre político-militar coincidió en lo económico con el sistema de Bretton Woods, articulado en la paridad fija del dólar con el oro. Fue un período de estabilidad en las relaciones comerciales y financieras entre países. Tras los gastos incurridos por la Guerra de Vietnam, en 1971 Estados Unidos terminó la convertibilidad del dólar con el oro y devaluó.

La promesa de un nuevo orden mundial después de los noventa se diluyó rápidamente. La volatilidad del sistema económico internacional ha aumentado. Poco a poco ingresamos a este tiempo en el que vivimos la probabilidad de un lento traslado del centro hegemónico mundial. Esto representa un cambio fundamental en la ordenación del sistema mundial y abre una multiplicidad de escenarios futuros.

Las crisis convergentes de Estados Unidos y la Unión Europea junto a la expansión china son episodios mayores en nuestro mundo incierto. Veamos un editorial publicado en el Washington Post, hace pocos días: “Si ‘patear la pelota afuera’ fuera una disciplina olímpica, los políticos estadounidenses ganarían una medalla. Han pospuesto la solución del problema de este país que interconecta impuestos, déficit fiscal y deuda por quien sabe cuántos años. Pero la medalla de oro la ganaría Europa por sus reacciones inconclusas a su crisis económica y financiera que en rigor plantean peligros más graves e inmediatos que los que provoca Estados Unidos”.

El editorialista del Washington Post concluye: “Los líderes tienen que encontrar un terreno común, la señora Merkel, el señor Sarkozy y sus colegas, a menos que quieran pasar a la historia como los que llevaron a Europa y al mundo al borde del precipicio del desastre económico”.

La crisis europea, iniciada en Grecia, puede continuar con España e Italia y puede llevar a la desaparición del euro. El sistema de decisiones europeo, basado en la unanimidad, es tan frágil que un pequeño estado como Eslovaquia detuvo el acuerdo entre Francia y Alemania. Cierto, luego se ejercieron las presiones del caso para cambiar la posición de ese país. Pero quedó clara la baja eficacia de este sistema con 27 miembros, todos con derecho a veto.

Esta semana, los líderes europeos acordaron tres decisiones sobre el caso griego: la quita de 50% de las acreencias de los inversores privados, la recapitalización de la banca y la creación de un fondo de estabilización para los países en problemas de un billón de euros.

Los problemas están lejos de resolverse. Según reconoció el propio primer ministro griego, George Papandreou, una década puede transcurrir hasta que su país vuelva a los mercados financieros. Durante este tiempo, una delegación de representantes del FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea se instalará permanentemente en Atenas para supervisar las reformas. Esto significa que durante la próxima década, en la que se distribuirán los costos de esta crisis, el presupuesto griego será decidido por funcionarios que los griegos no votaron.

Por otro lado, parte del financiamiento del fondo de estabilización provendrá de China. El candidato presidencial socialista, François Hollande, criticó la creciente dependencia que esto implica. Al ser ya uno de los principales inversores en los bonos de la deuda externa de Estados Unidos, los chinos pasarán a tener un rol clave en la estabilidad económica de los dos centros de poder occidentales. Creer que este rol económico no tendrá consecuencias políticas sería un grave error. Cierto, puede suceder que todo tienda al orden y estos inmensos desajustes se acomoden. Pero esa es sólo una probabilidad.

A la vez que se desenvuelven estas situaciones en los países centrales, los sudamericanos vivimos un período de bonanza económica, en gran parte debido al aumento de los precios internacionales de nuestros productos de exportación, como petróleo, cobre o soja. La gran cantidad de dinero ingresado en las arcas públicas permitió a los gobiernos mayor margen de autonomía con respecto a los organismos multilaterales de crédito y las potencias centrales. El alza de los precios de exportación se debe a la demanda de India y China. Los expertos sostienen que esa demanda continuará por un tiempo.

En definitiva, lector, la combinación de una demanda sostenida de nuestros productos y mayor autonomía política puede hacernos creer que gozamos de mayor certidumbre. Pero si ignorásemos los cambios mayores que podría originar el traslado del centro hegemónico, cometeríamos un error peligroso.

Usted acordará que es sensato usar la bonanza para introducir cambios que no la hagan depender indefinidamente de lo que hacen otras naciones. Creo que la historia muestra que ningún pueblo se ocupa de la felicidad de otro pueblo. Es un desafío para Sudamérica usar la prosperidad actual para bajar la incertidumbre del futuro. Podemos incidir muy poco en el mundo pero bastante más en evitar que los desajustes mundiales cambien nuestras vidas.

La palabra de los indignados

Este año nació en España el movimiento de los indignados, que más tarde se replicó con el Ocuppy Wall Street en Estados Unidos y en otros países. Piden que se termine con el endiosamiento de los bancos, que haya trabajo digno, en especial para los jóvenes que sufren la desocupación, y también por el cuidado del planeta y la justicia social.

En la Argentina este movimiento no tiene alcance, aunque en Facebook se establecieron dos grupos con más de 1000 adeptos en total. Un informe del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (Iaraf) muestra que hay 323.500 jóvenes desocupados en este país, que representan 37% del total de 858.000 personas sin empleo.

ESPAÑA

MADRID.- En España, cuna mundial de los indignados, el fenómeno sufrió varias mutaciones desde su surgimiento masivo el 15 de mayo último, fecha que hizo conocido el movimiento de protesta como 15-M.

Tras haber revolucionado el ambiente social y político con su irrupción multitudinaria en las calles céntricas de Madrid, la primera etapa del 15-M se caracterizó por tomar espacios públicos en varias de las grandes ciudades españolas (como la madrileña plaza Puerta del Sol y la plaza de Cataluña en Barcelona), donde muchos de los manifestantes lograron permanecer en acampadas durante un mes y medio. Los participantes de la protesta, jóvenes en su mayoría, se autoconvocaron a través de Internet con el objetivo de base de exigirles a las autoridades la reforma del sistema político y la transformación del sistema bancario, en pos de lograr instituciones con mayor acceso a los intereses de una clase media española castigada por una tasa de desempleo récord, de más del 20%, y un mercado laboral precarizado.

Aquella modalidad de ocupación de predios públicos, al perder apoyo popular por su carácter invasivo, fue abandonada en agosto y reemplazada por la organización de asambleas periódicas, que están abiertas a la participación popular. De esas reuniones, a principios de octubre, surgió la idea de pasar a la actual "tercera fase" del 15-M, que consiste en tomar edificios inhabitados en dudosa situación judicial para dejarlos a disposición de las cientos de víctimas de las ejecuciones inmobiliarias producidas por las crisis en los últimos meses.

"Nuestra asociación existe desde hace tres años, pero con la aparición del 15-M nuestra lucha se ha expandido y hoy todos formamos parte de esa explosión que busca un trato más justo y condiciones de igualdad para todos en las instituciones", dice Oscar, de 32 años, integrante de la Plataforma de los Afectados por las Hipotecas, que al igual que todos en España, no sabría precisar cuántos indignados existen actualmente. "En las reuniones somos 40, pero los indignados aparecen cada vez que hay marchas..., y pueden ser desde 60 hasta contarse por miles, porque la espontaneidad es parte de la naturaleza del 15-M", dice.

Adrián Sack

IRLANDA

LONDRES.- La tasa de desempleo en Irlanda asciende actualmente al 14,3 por ciento, es decir, a un nivel que se acerca peligrosamente al récord histórico del 17,3 por ciento alcanzado en 1985, y que se distancia amargamente del 3,7 por ciento que había alcanzado el Tigre Celta de hace una década.

Dos recientes manifestaciones realizadas en Dublín y Cork apenas atrajeron entre 400 y 2000 personas. "¿Por qué los irlandeses no son como los indignados españoles?", se preguntaba en tapa hace unos días el matutino The Irish Times.

Brian O'Leary, miembro de Occupy Dame Street, dice tener la respuesta. "No hace falta poner mucha gente en la calle. Nosotros representamos al 99% de los irlandeses que están pagando por los errores del 1% de la élite irlandesa", sostiene este experto en computación de 32 años, recientemente despedido por una multinacional.

Graciela Iglesias

ITALIA

ROMA.- Nadie sabe exactamente cuántos son. Pero si se considera que Italia ostenta, con el 27,9%, una de las tasas de desocupación juvenil más altas de Europa, se entiende por qué son muchos los jóvenes italianos indignados en la península.

Se trata de un país estancado, que no crece prácticamente desde hace diez años y donde reina la gerontocracia. Si en Italia un joven consigue empleo, algo así como una quimera, es para trabajar en negro o en forma precaria. Por eso, el que puede lo primero que hace es irse del país porque en cualquier otro lugar encontrará más oportunidades que en Italia. Algo que se nota al viajar a Londres, París o Berlín, donde es más que normal encontrarse en restaurantes con mozos italianos, en muchos casos estudiantes universitarios.

Entre los indignados italianos hay de todo. Desde gente de hasta 67 años, jubilados, hasta amas de casa, profesionales, artistas y estudiantes. No sólo jóvenes desempleados.

Uno encuentra, por ejemplo, a Mirko Manfredi, un chico de 17 años a punto de terminar el secundario en Roma, que se acercó al movimiento por curiosidad. "Un pueblo que sabe indignarse es un pueblo que piensa. No creo que todos los políticos son iguales y todos incompetentes. Todavía confío en la política, esa que hace la gente honesta", afirma Mirko.

Elisabetta Piqué

ALEMANIA

BERLIN.- La alta tasa de empleo en Alemania es uno de los logros que le gusta atribuirse a sí misma a la canciller Angela Merkel. Lo hace en cada ocasión para destacar los resultados de su gestión. Según los últimos datos, sólo el 6,6% de la población está sin trabajar. Sus detractores, sin embargo, la acusan de que estos datos están falseados por la introducción de los minijob, es decir, unos contratos de trabajo de 400 euros por mes, con horarios reducidos. Según las últimas encuestas, un tercio de los alemanes trabaja por jornadas incompletas, lo que es el dato más alto de toda la Unión Europea.

Frank Stegmaier, de 42 años, de Fráncfort, llegó a la protesta frente al Banco Central Europeo (BCE) así como muchos otros. Simplemente respondió a la convocatoria en Internet del 15 de octubre, buscó su carpa y la instaló en la capital financiera de Europa, su ciudad, frente a la sede del BCE.

Alrededor de 40.000 personas marcharon aquel día en esta ciudad, y otros cientos de miles protestaron en los centros financieros de varias capitales del mundo. Stegmaier, que trabaja como freelance en relaciones publicas, dice: "Tuve que pedir el subsidio social para alimentar a mi familia. Estoy casado. Mi hija tiene un año". Acude cada día a las asambleas públicas, que se desarrollan según el modelo de las de los indignados de la Puerta del Sol en Madrid, y ofrece su ayuda para la comunicación y la organización logística.

Occupy Frankfürt tomó iniciativa desde la protesta frente a Wall Street en Nueva York. Denuncia que en Alemania "hay déficit en la participación democrática", que se hizo particularmente evidente ahora, en la gestión de la crisis del euro. Cada día, pues, frente al BCE se organizan dos asambleas, donde "todos están invitados a participar".

Laura Lucchini

CHILE

SANTIAGO.- Las últimas estadísticas de empleo en Chile no son nada malas. De hecho, el 7,3% registrado en el último trimestre de julio a septiembre es el más bajo desde la crisis asiática de fines de la década de los 90.

Informes bancarios hablan de un crecimiento del 4,4% en el último año, esto es, de unos 315.000 nuevos empleos.

Pese a eso, una fuerte sensación de molestia recorre el país. La misma se grafica en marchas, protestas y tomas de recintos privados. ¿Las causas? Los empleos y sueldos no crecen al mismo ritmo que el país.

Juan Carlos Saldivia, de 42 años, perdió su empleo hace dos como comerciante en el centro de Valparaíso. Por estos meses ha intentado probar suerte manejando un taxi colectivo, pero los números no cuadran.

"Hace un año que ya perdí la esperanza de llegar a fin de mes. Estoy ahorcado por todas partes. Tengo una hija en la universidad, con crédito, y encima no tiene clases desde hace seis meses", dice, refiriéndose al paro de estudiantes que tiene congelada la educación chilena desde fines de abril. Lo que no se ha congelado, sin embargo, son las cuentas. El crédito de su hija mayor, firmado en letras a comienzos de año, conlleva un pago mensual de US$ 400. A eso se suma la manutención de sus dos hijos menores.

"Vivo en una casa alquilada. No es cara, pero hay que pagar a tiempo (350 dólares). Mi mujer hace algunos pitutos (trabajos esporádicos) limpiando casas, pero el futuro lo veo más que negro", agrega, reconociendo, asimismo, un puñado de deudas con casas comerciales.

Las ferias de empleo y los planes de contingencia laboral establecidos por el gobierno tampoco han sido solución alguna para Saldivia, que explica: "Fui a un par de ellas, pero no he tenido noticias al respecto".

Carlos Vergara

ESTADOS UNIDOS

WASHINGTON.- En Estados Unidos el movimiento de indignados crece sobre un escenario de desempleo del 9,1 por ciento, economía planchada y decepción porque las enormes expectativas que generó la llegada de Barack Obama al poder no condicen con el horizonte de dificultad que asoma por donde se mire.

"Todos tenemos problemas, con excepción del 1% que se está quedando con el dinero del 99%", dice Benjamin Kitley, un empleado de farmacia que desde hace semanas pasa alguna de sus tardes en el campamento de McPherson Square, una de las dos plazas en las que acampa aquí un puñado de indignados.

Eso es lo primero que llama la atención en Washington, donde los okupas tienen una interna que no terminan de explicarse y que los llevó a dividirse en dos campamentos. Lo otro que llama la atención es la proximidad de ambos con la Casa Blanca y, por ejemplo, de las oficinas del Fondo Monetario Internacional (FMI). Pero todos parecen convivir en armonía.

"No puede ser que en este país sean unos pocos los que se quedan con la torta", dice Kitley, que pese a las preguntas de La Nacion tampoco sabe explicar por qué unos están en McPherson Square y otros, en la llamada Freedom Plaza.

La desigualdad parece ser el fuerte de su reclamo. Una desigualdad que se manifiesta de muchas maneras. "Los bancos siguen haciendo dinero en este país y se les perdona todo, mientras la gente sigue perdiendo sus casas por la burbuja inmobiliaria y nadie hace nada. Obama tampoco", asegura Kitley.

Están enojados por eso y por mucho más. Están frustrados porque no hay trabajo y porque el que existe está mal pagado, porque no pueden financiarse una educación y porque sienten que el sistema los empuja, crecientemente, a ser los pobres -muy pobres- en un país con muy pocos ricos, muy ricos. De allí su grito contra "el 1% que se queda con el 99 por ciento".

El problema es que, más allá del enojo, no saben qué hacer.

Silvia Pisani

REINO UNIDO

LONDRES.- Frente a las escalinatas de la catedral londinense de San Pablo donde los indignados británicos están apostados desde hace más de dos semanas, no se habla de otra cosa: 2,57 millones de británicos no tienen trabajo.

En términos de porcentajes, la cifra de desocupación, 8,1 por ciento, puede parecer baja en comparación con las de otros países europeos, pero es la más alta en los últimos 15 años. Se estima, además, que un porcentaje aún mayor está semiocupado y ganando salarios inferiores al nivel mínimo de pobreza.

"Yo me postulé a cientos de trabajos y ni siquiera conseguí que me respondieran las solicitudes", sostiene Lili Wallace, de 23 años, estudiante de negocios en Greenwich Community College, una escuela para adultos londinense.

"Ahora estoy tratando de establecer mi propio negocio, pero no encuentro un banco que esté dispuesto a darme un préstamo. Siento que estoy atorada en el fondo del barril y sin perspectivas de salir adelante", agrega la joven estudiante.

Lili fue una de las primeras en establecer su carpa en el corazón de la City londinense, la cual sólo abandona para ir a clases.

"Nos vamos a quedar aquí hasta que acepten nuestras demandas -advierte la joven-. Lo único que queremos es que el gobierno cree empleos en lugar de destruirlos, deje de recortar subsidios y que las empresas paguen salarios dignos", expresa.

Graciela Iglesias

domingo, 23 de octubre de 2011

El domingo, Europa en centro de la atención

Por Rosendo Fraga | Para LA NACION
El domingo, la Argentina vive una elección que se percibe como definida, sin que exista interrogante sobre quien gobernará la Argentina los próximos cuatro años. El mismo día, tiene lugar una Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de Europa, que puede ser decisiva para el escenario económico mundial del futuro.

El surgimiento de China como potencia global y el nuevo paradigma por el cual los emergentes van sustituyendo al G7 como eje de la economía mundial son las causas reales de la crisis europea. Tres décadas atrás, el modelo de bienestar europeo parecía la mejor expresión de conciliación entre el capitalismo y el progreso social armónico. EE.UU. y Japón tenían mejores niveles de productividad con más horas de trabajo, pero era discutible si finalmente era más eficaz el modelo europeo de capitalismo que el norteamericano o el japonés. El régimen comunista de producción, común entonces tanto a la URSS como a China, era decididamente menos eficaz que el capitalismo, tanto en lo económico como en lo social y político. Pero cuando Europa debió entrar a competir con los salarios de China e India, surgió la inviabilidad del modelo europeo en la perspectiva de largo plazo. Es que el estado de bienestar europeo se tornó inevitable frente a esta competencia, acentuada por la globalización. A ello se sumó la revalorización de los recursos naturales como factor determinante de la economía. Europa no es rica en esta materia y esto aumentó su debilidad relativa frente a un mundo globalizado, en el cual se compite con salarios más bajos y con precios crecientes de las materias primas. En el pasado, los países europeos sortearon una encrucijada similar, a la cual enfrentaron con éxito mediante el colonialismo, que los proveyó de materias primas baratas y salarios bajos. Pero esta solución es políticamente inviable en el siglo XXI.

La significación de China para Europa se hace evidente con la crisis de la deuda europea. En 2010 China pasó a ser el primer destino de las exportaciones de Alemania, superando a Francia. Ello permitió a la economía alemana crecer en 2011 y eludir el freno que tuvieron varios países del continente, algo que no va suceder en 2012, cuando la primera economía de Europa está previsto que crezca menos del 1%. Este año China ha desplazado a los EEUU como el primer socio comercial de los 27 países de la Unión Europea (UE) en conjunto y es el segundo destino de sus exportaciones. En la Cumbre del G20 realizada en Francia, China junto con las potencias emergentes requirieron a Europa medidas más eficaces -incluyendo mayores ajustes- para evitar la crisis de deuda que afecta al continente. El reclamo europeo para que la potencia asiática revalúe su moneda frente al euro estuvo presente en esta Cumbre, que volvió a alinear por un lado a las cinco potencias BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y por el otro al G7 (EEUU, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y Canadá). El primer grupo pidió mayor regulación financiera mundial y que no se regulen las materias primas, lo que divide a los países en desarrollo.

Pero la crisis que afecta a Europa estaba subyacente en términos políticos. Entre 2007 y 2009, referéndums realizados en Francia, Holanda, Irlanda y Dinamarca mostraron que el proyecto europeo había perdido el atractivo que tuvo en el pasado. La Constitución Europea fue rechazada, y la necesaria unanimidad para aprobarla generó una fuerte crisis en el avance hacia la unidad política del continente. La dirigencia, siguiendo el mandato de sus predecesores (Kohl, Mitterand, etc.) avanzaron sin atender las señales. El Tratado de Lisboa fue la estrategia utilizada para sancionar una versión light de la Constitución rechazada y no abandonar el objetivo de la unidad política. Pero al precipitarse la crisis de la deuda se hizo evidente la falta de solidez de la unión política. La generación de Kohl y Mitterand había vivido la Segunda Guerra Mundial y la unidad política coronaba el proyecto para evitar futuros conflictos. En cambio, para las nuevas generaciones que no la vivieron dicho conflicto, el objetivo de la unidad política tiene menor prioridad. Esto es lo que hoy se plantea en la opinión pública alemana, reacia a financiar rescates de países europeos que se nieguen a la austeridad que se impuso el propio país. La Cumbre de la OTAN realizada en Bruselas la semana pasada mostró también las limitaciones que hoy enfrenta el proyecto europeo. La operación en Afganistán genera crecientes resistencias. La realizada recientemente en Libia puso en evidencia diferencias políticas importantes entre Francia y Gran Bretaña por un lado, que lideraron la intervención militar, y Alemania por el otro, que rechazó participar. Por su parte, EE.UU. afirmó que los integrantes europeos de la alianza deben hacerse cargo de mayor responsabilidad, al llevarse a cabo una reducción del gasto militar estadounidense, algo que no resulta fácil dada la crisis que vive la economía de Europa. Las tensiones que han reaparecido en los Balcanes (Serbia, Kosovo, Bosnia-Herzegovina) muestran que hay temas a resolver en el propio continente.

En este marco, la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno que se realiza el domingo 23 adquiere importancia no sólo económica sino también política. La afirmación de Merkel de que esta Cumbre no dará una solución definitiva a la crisis surgida en Grecia -que se proyecta al continente- hizo retroceder a los mercados, que habían apostado sin fundamento a una resolución definitiva que en términos reales no es posible en pocos días, pese al acuerdo Berlín-Paris para ampliar el fondo de rescate. La decisión de último momento de Eslovaquia de aprobar dicha ampliación, permite a la Cumbre avanzar en esta línea. Pero no parece clara la cohesión de los principales líderes da la UE para definir un plan concreto, aunque hayan acordado rescatar los bancos en peligro, sobre todo si se produce una reprogramación de la deuda de Grecia, como ya admiten funcionarios alemanes. Mientras tanto, las calificadoras de riesgo van modificando calificaciones de países y empresas en forma negativa y las protestas sociales de todo tipo (indignados, huelgas, etc.) van en aumento en las principales ciudades.

En conclusión: el surgimiento de China como potencia global y la revalorización de las materias primas han tornado inviable el modelo de bienestar europeo de posguerra; la significación de la potencia asiática para Europa se ha hecho evidente con la crisis de la deuda; ya el rechazo a la Constitución europea en los referéndums realizados tres años atrás mostraron el debilitamiento del ideal europeo en las nuevas generaciones y la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la UE que se realiza el 23 puede dar pasos en dirección a resolver la crisis de la deuda, pero todavía no terminar con el problema en forma definitiva como dijo Merkel

La inestabilidad de la desigualdad global

Por Nouriel Roubini | Para LA NACION
NUEVA YORK.- Este año se ha caracterizado por una ola global de descontento e inestabilidad política y social, que ha ocasionado que la gente salga en masa a las calles reales y virtuales: la primavera árabe; los disturbios en Londres; las protestas de las clases medias de Israel por los precios de las viviendas y la presión inflacionaria sobre los estándares de vida; las protestas de los estudiantes chilenos; la destrucción en Alemania de los coches de lujo de los "ricos"; el movimiento en la India contra la corrupción; el creciente descontento por la corrupción y la desigualdad en China, y ahora, el movimiento de los "indignados" de Wall Street en todo Estados Unidos.

Estas protestas expresan las serias preocupaciones por su futuro de las clases medias y trabajadoras del mundo ante la concentración de poder entre las elites económicas, financieras y políticas. El aumento de la desigualdad tiene muchas causas: la suma de 2300 millones de chinos e indios a la fuerza laboral global, que reduce los empleos y salarios de obreros no calificados y trabajadores deslocalizados que ocupan puestos administrativos de las economías avanzadas; un cambio tecnológico que privilegia a las personas calificadas; efectos de concentración; un surgimiento rápido de disparidades en el ingreso y la riqueza en las economías con crecimiento acelerado, pero que antes fueron de bajos ingresos, y una imposición fiscal menos progresiva.

El aumento del apalancamiento de los sectores público y privado y las burbujas de crédito y de activos relacionadas son en parte el resultado de la desigualdad. El crecimiento mediocre del ingreso para todos, excepto los ricos, en las últimas décadas dio lugar a un desfase entre ingresos y aspiraciones de gasto. En los países anglosajones, la respuesta fue democratizar el crédito -mediante la liberalización financiera-, lo que provocó el crecimiento de la deuda privada porque las familias solicitaron créditos para cubrir la diferencia. En Europa, el desfase se cubrió con servicios públicos que no se financiaron del todo con los impuestos, estimulando así la deuda y el déficit público. En ambos casos, los niveles de deuda se volvieron insostenibles.

Las empresas en las economías avanzadas recortan empleos por una demanda final insuficiente, que ha conducido a un exceso de capacidad, y a la incertidumbre sobre el futuro de la demanda. Reducir empleos debilita la demanda final.

Los mercados libres no generan la suficiente demanda final. En Estados Unidos, los recortes espectaculares de los costos laborales han reducido la participación de los ingresos laborales en el PBI. Como el crédito se ha agotado, los efectos sobre la demanda agregada que han tenido décadas de redistribución del ingreso y la riqueza -de pobres a ricos- se han agravado por la menor tendencia marginal de las compañías, capitalistas y hogares ricos a gastar.

Karl Marx promovió el socialismo, pero tenía razón al decir que la globalización, el capitalismo financiero descontrolado y la redistribución del ingreso y de la riqueza, del trabajo al capital, podrían llevar el capitalismo a la autodestrucción. Como él señalaba, el capitalismo desregulado puede originar brotes regulares de exceso de capacidad, un consumo insuficiente y la recurrencia de crisis financieras destructivas que estaban alimentadas por burbujas de crédito y subas y bajas de los precios de los activos.

Incluso antes de la Gran Depresión, las clases burguesas iluminadas de Europa reconocían que para evitar la revolución había que proteger los derechos de los trabajadores, proteger sus derechos, mejorar las condiciones laborales y salariales y crear un Estado de Bienestar para redistribuir la riqueza y financiar los bienes públicos. El impulso para alcanzar un Estado de Bienestar moderno cobró fuerza después de la Gran Depresión cuando el Estado asumió la responsabilidad de la estabilización macroeconómica.

El surgimiento del Estado de Bienestar social fue una respuesta a la amenaza de las revoluciones populares, el socialismo y el comunismo a medida que aumentó la frecuencia y severidad de las crisis económicas y financieras. Siguieron tres décadas de estabilidad económica y social, desde los 40 hasta los 70, período en el que la desigualdad disminuyó.

Algunas lecciones sobre la necesidad de una reglamentación del sistema financiero se perdieron durante la era de Reagan y Thatcher, cuando se creó la tendencia a la desregulación masiva por fallas del modelo de bienestar social europeo. Pero el modelo anglosajón de laissez-faire ha fracasado. Se requiere recuperar el equilibrio entre mercados y oferta de bienes públicos para estabilizar las economías. Eso significa alejarse del modelo anglosajón de mercados desregulados y del modelo continental europeo de Estados de bienestar basados en el déficit. Ni siquiera el modelo de crecimiento asiático -si es que existe- ha podido evitar que aumente la desigualdad. Cualquier modelo económico que no aborde la desigualdad se enfrentará a una crisis de legitimidad.

El autor es profesor de Economía de la Stern School of Business de la Universidad de Nueva York

martes, 18 de octubre de 2011

Ventajas de Sudamérica

Entre tantas turbulencias mundiales, con hegemonías históricas que tambalean, es bueno que miremos hacia adentro, hacia esta silenciosa región que habitamos. En ella, los sudamericanos vivimos un tiempo excepcional. Entre tantas otras cosas, es una buena ocasión para diferenciar dirigentes de estadistas. El dirigente se preguntará: “¿Cómo hago para fortalecer mi posición de poder?”. El estadista, también interesado por el poder, sin embargo agregará una pregunta más importante para el resto de sus conciudadanos: “¿Cómo hago para que lo que hoy vivimos se prolongue y profundice?”.

Estas preguntas no son sólo válidas para los dirigentes políticos. Un empresario puede interrogarse sobre cómo generará más ingresos mañana o cómo creará las condiciones para obtener ganancias durante mucho tiempo. Algunos, reeditando historias, verán la ocasión de especular; quizás otros, la oportunidad de transformar sus empresas. Cierto, estas preguntas pueden parecer abstractas. Sin embargo, las respuestas definirán nuestro futuro, el de todos, el de cada uno.

El panorama de Sudamérica no tiene antecedentes. Todos sus países son democráticos desde hace más de un cuarto de siglo. De los diez países de la subregión, ocho están gobernados por partidos de centroizquierda. Casi todos viven uno de los períodos económicamente más prósperos del último medio siglo.

Aunque éste no sea el tema que nos ocupa, es curioso que, a pesar de esta bonanza, las instituciones políticas continúen siendo evaluadas negativamente por la opinión pública. Congresos, sistema judicial y partidos políticos están en el fondo de la escala de la estima pública. Esto es comprensible cuando las cosas van mal, pero no lo es después de estos diez años de fuerte crecimiento.

Sólo en parte la respuesta puede encontrase en la evolución de la pobreza y la desigualdad. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la pobreza tuvo una notable mejoría en casi todos los países en la última década. El esfuerzo más sostenido es el de Chile. Logró disminuir el número de pobres de casi 40% en 1990 a 14% en 2008. En los últimos diez años, Venezuela fue el país que más redujo la pobreza, de 49% a 27%. También es el país que más disminuyó la desigualdad. Pero, a nivel regional, los cambios en la distribución de la renta han sido mínimos en la mayoría de los países. América latina continúa siendo la región más desigual del mundo. En pocas palabras, los latinoamericanos vivimos un período de crecimiento económico con reducción de la pobreza y sin cambios importantes en la desigualdad.

Estos datos reflejan los escasos cambios estructurales en la mayoría de nuestras sociedades. Con una década de crecimiento, es normal que los sectores de menores ingresos superen la línea de pobreza. Pero, como no hay modificaciones sustanciales, la diferencia entre los que más y menos ganan se mantiene.

Hoy vivimos un período de bonanza gracias a una situación excepcional de los precios internacionales, que son nuestros productos de exportación. El estadista latinoamericano se estará preguntando: “¿Cómo evitamos que el crecimiento se detenga si esos precios bajan? ¿Cómo lograr hacer que nuestro crecimiento sea sustentable?”.

La sustentabilidad significa dos cosas: que el fenómeno dura en el tiempo y, además, se regenera y amplía. El desafío central está en la regeneración; es decir, en crear las condiciones para que las mejoras que hoy ocurren se reproduzcan en el futuro. Esto es, crear las condiciones para que el crecimiento continúe. Para ello, la bonanza que hoy vivimos debe servir para realizar cambios en nuestras economías y sociedades para que, cuando bajen los precios, el motor del crecimiento siga funcionando.

En el pasado, los latinoamericanos hemos vivido ciclos de expansión que fueron seguidos por estancamiento o recesión. El ciclo actual dura y, según todos los estudios, durará. En su origen está la demanda por nuestros productos desde China y la India. A pesar de la crisis mundial, estos países siguen creciendo y siguen demandando lo que vendemos.

Es útil, lector, que tengamos un par de datos para saber a qué nos referimos. En los veinte años entre 1985 y 2006, las exportaciones mundiales a China se multiplicaron por diez. En la última década se produjo el cambio que más nos interesa: quienes más exportan pasaron a ser los países subdesarrollados (los nuestros), superando a los desarrollados. En los últimos años, América latina, y Sudamérica en particular, capturó la mayor parte de ese cambio. Hoy representamos un cuarto de todo lo que China compra en el mundo. Esto no sólo tiene un gran efecto directo sino también empuja hacia arriba los precios de nuestros productos sean o no los chinos quienes los compren.
Todos los organismos internacionales coinciden en señalar, con distintos matices, que esta tendencia se mantendrá. También los privados, como Goldman Sachs, el gigantesco banco de inversiones, que en su último informe afirma sobre esta nueva realidad latinoamericana: “Definitivamente, ésta puede ser la década de América latina si sus dirigentes aprovechan la oportunidad y adoptan reformas duraderas de largo plazo que lleven a un incremento de la productividad, a la diversificación económica y a un aumento del producto”.

Para Goldman Sachs, se trata de que el crecimiento continúe para tener mayores oportunidades de negocios. Para los latinoamericanos, es una condición necesaria para lograr mejores condiciones de vida. En todo caso, la pregunta es la misma: ¿podremos aprovechar esta circunstancia excepcional?
Un crecimiento sustentable nos dará estabilidad. Esto sería una gran conquista, teniendo en cuenta nuestra historia de ciclos de auge y estancamiento.

Pero no sólo eso. En un mundo que está cambiando aceleradamente, nos dará oportunidades de jugar un nuevo papel en el escenario internacional. Ciertamente, no sería lo más aconsejable que nuestro crecimiento económico dependa de la que será la principal potencia económica y uno de los grandes polos del poder político mundial.
Por Dante Caputo
Perfil

lunes, 17 de octubre de 2011

Ante el inicio de un largo período de descontento

LONDRES.- Mientras el movimiento Ocupa Wall Street se globaliza y la situación en Medio Oriente empieza a agitarse nuevamente, cada vez parece más probable que los próximos meses serán de gran descontento.

En los centros de poder en Londres y en Washington, entre los analistas e incluso en los bancos de inversión de todo el mundo circulan sombríos rumores de que los eventos de este año son apenas una muestra de lo que se viene. Algunos temen que el mundo esté ante un aumento sistémico del enojo, la protesta y la volatilidad política que podría durar años o décadas.

En muchos países, una generación de jóvenes conectados a las redes sociales está perdiendo la confianza en las estructuras tradicionales del gobierno y los negocios, y argumentan que han sido traicionados y que se les niegan oportunidades.

En el mundo desarrollado, la creciente clase media teme que su prosperidad se evapore, y reclama que alguien responsable y la elite mundial encuentren nuevamente el camino del crecimiento. "Esta situación podría prolongarse durante mucho tiempo", dijo Jack Goldstone, un experto en demografía de la George Mason University. "Hay una generación que está harta de que los ricos o los países ricos de Occidente le digan qué hacer. En Egipto, derribaron a un gobierno, pero es probable que tampoco les guste quien lo reemplace y que lo hagan caer también. Va a ser un período difícil."

En Occidente, la crisis produjo inicialmente menos protestas de lo que se esperaba. Pero ahora parecen estar en ascenso. Grecia, España, Italia y Gran Bretaña acaban de atravesar su momento de mayor inestabilidad en décadas.

Anteayer, las protestas contra el sistema financiero mundial que comenzaron en una plaza de Nueva York en septiembre se extendieron a decenas de países en todo el mundo. Muchas de esas manifestaciones fueron pacíficas, pero en Roma hubo quema de autos y la policía se enfrentó con los activistas. En Londres y otras ciudades, los manifestantes instalaron carpas y están dispuestos a quedarse. ¿Aumentará el número de manifestantes?

"Para empezar, alcanza con un pequeño número de manifestantes para inspirar a muchos otros a unírseles", dijo Tim Hardy, fundador del blog de izquierda Beyond Clicktivism.

El viernes, las oficinas de Goldman Sachs en Milán fueron atacadas por una turba enardecida. La mayoría de las protestas han sido pacíficas, pero es probable que logren aumentar la presión sobre la industria de las finanzas. Ya se habla de endurecer las regulaciones y aplicar impuestos específicos, y la prensa presta cada vez mayor atención al funcionamiento de los paraísos fiscales y los secretos bancarios.

"Una palabra: responsabilidad", dijo Hayat Alvi, profesor de estudios de Medio Oriente y seguridad nacional de la Escuela Naval de Guerra de Estados Unidos. "Estamos en una época de reclamo de mayor responsabilidad y de imperio de la ley, especialmente hacia las elites gobernantes y económicas."

Los disturbios que estallaron en Londres en agosto, con jóvenes que utilizaron como plataforma las redes sociales para organizar el vandalismo y los saqueos, mostraron que el malestar poscrisis no siempre es abiertamente político. Con gran parte del mundo en ebullición, algunos creen que esa violencia nihilista también aumentará.

A medida que se aplaca el calor del verano en Medio Oriente, la región también parece encaminada a nuevos disturbios. Los manifestantes egipcios que derrocaron a Hosni Mubarak en febrero expresan su creciente malestar por la permanencia de los militares en el poder, por su manipulación de las elecciones en ciernes y por la falta de cambios. En Túnez, primer país en derrocar a su líder, arrecian las quejas del mismo tenor.

En Siria, los conflictos y la confrontación parecen estar empeorando, con esporádicos informes de que tropas desertoras y otros se alzan en armas contra Bashar al-Assad. En Arabia Saudita, Bahrein y otros países los analistas ven el riesgo de nuevas protestas en los próximos meses.

Otros grupos disidentes también parecen envalentonados. En Israel, la India, Chile y China las protestas callejeras y en la Web muchas veces han logrado obtener concesiones.

Algunos creen que la actual furia contra los autócratas, banqueros y elites es un síntoma de un vuelco fundamental en la estructura de la población mundial.

En Medio Oriente y el norte de Africa, uno de los combustibles del descontento es la enorme masa de jóvenes que no consiguen trabajo.

En Occidente, el envejecimiento poblacional genera tensiones por el aumento del gasto público que implica, así como por la contracción del crecimiento y la imposibilidad de los jóvenes de acceder al empleo. En el peor de los casos, según los expertos, el malestar económico mundial podría durar varias décadas.

"En este contexto, la política se vuelve impredecible. Puede que se produzca una parálisis, pero también pueden producirse vuelcos drásticos hacia la derecha o hacia la izquierda. Tal vez presenciemos el auge de las ideologías de la década de 1930. Esto acaba de empezar", dijo Goldstone.

Traducción de Jaime Arrambide