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sábado, 10 de septiembre de 2011

Los infieles virtuales: casados aburridos usan la Web como escape

A la gama casi infinita de posibilidades de infidelidad que genera la vida contemporánea se ha sumado una extraña variedad gracias a las computadoras: la infidelidad virtual. Y es virtual por partida doble, ya que se genera en las computadoras y en contadas excepciones (o, digamos, nunca) llega al encuentro carnal. Se limita a relaciones intensas, con (verdadero) amor, pero confinadas al teclado. Los expertos dicen que ven cada vez más casos en la consulta y este diario obtuvo testimonios de quienes han incurrido en ella, bajo el pedido de reserva de identidad. Por regla general, son adultos con muchos años de casados o en pareja (con hijos, nietos) para los que Facebook (o incluso Twitter) resultan toda una revelación para su forma de relación social.
Por ejemplo, el caso de una ingeniera (Valeria) con diez años de casada que tuvo durante seis meses un intenso intercambio por chat y por correos electrónicos. “Me enamoré, pensé en dejar a mi marido, mis hijos, mi casa, todo. Teníamos una relación hermosa con él, aunque nunca le había visto la cara”, contó. Llegó incluso una noche a tener sexo a través de la computadora. Un día no lo soportó más; le contó todo a su marido. Después de una crisis, recompuso su relación originaria. Nunca conoció al “otro”.

O como Mariana, que comenzó a sospechar de su pareja, que pasaba largas horas delante de su computadora e incluso se levantaba de madrugada para usarla. Puso un programa para detectar qué escribía y vio el alto contenido erótico del intercambio de su novio. Mariana enfrentó la situación y él terminó confesando que tenía una relación paralela y virtual. Al revés que en la mayoría de los casos, Mariana terminó su relación.

Expertos. Los psicólogos y sexólogos que habitualmente tratan casos como estos, los diferencian de la infidelidad clásica, es decir, aquella que se concreta carnalmente luego de, quizás, unos primeros contactos virtuales. Ahora incluso tienen mucho éxito un par de empresas de Internet recientemente desembarcadas en el país que ofrecen affaires a personas casadas (ver recuadro). Pero la infidelidad virtual es otra cosa. “Es algo que veo con bastante frecuencia. Por una cuestión inconsciente, o no, es gente que deja abierto el chat o huellas en el historial de Internet y la pareja encuentra algo que viene de mucho tiempo”, afirmó el psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin. ¿Quién puede caer en esta tentación? “Son personalidades de características histéricas”, dice Ghedin. “Hombres y mujeres que necesitan la constante atención del otro, le dan prioridad a la seducción, más que al encuentro en sí, y así es que prueban distintas estrategias de conquista. Son bien zafados, con chats con mucho contenido erótico”, agregó.

Ghedin –autor de varios libros sobre la sexología humana contemporánea– cree que las parejas originales perdonan estos casos más porque no hay contacto carnal, aunque la desconfianza queda. El riesgo es siempre enamorarse. “Al estar en otra situación, la relación original se deteriora. Una paciente mía estaba en esa situación, pero no se animaba a concretar el encuentro. En un momento, llegó a darle la dirección de donde vívia a su amor virtual, cosas muy locas; por un lado, temía que su esposo se enterara y por otro, le da la dirección. Todo terminó en que el señor la fue a buscar; se plantó en la esquina y como no la vio, tocó el portero y se armó un gran conflicto familiar porque estaba el marido. No terminó en ruptura, pero igual ella se preguntaba cómo llegó a tanto, a semejante irracionalidad. Y es que son enamoramientos que obnubilan la razón. Cosas absurdas y peligrosas”, concluyó.

Por su parte, la psicóloga y sexóloga clínica Diana Resnicoff dijo que este tipo de relaciones vía Web “tienen muchas implicancias en términos de emociones y pensamientos, ya que permiten que algunas personas jueguen con un ideal. Alguien con quien uno siempre imaginó que tenía ganas de estar. Así como algunos tratan de salir de algo que definen como aburrido, monótono”. Y coincide con su colega en que, por lo general, causa graves crisis de pareja, pero raras veces las rompe. “Es más, sirve para retomar con más fuerza el vínculo”, dijo.

“Cuando en una pareja hay infidelidad virtual o real es una crisis, pero es lo que destapó algo que ya existía. Y los encuentros pueden ser muy desilusionantes, por las fantasías e idealizaciones.” ¿Más varones o más mujeres incurren en esto? “Es igual.

Pasa que las mujeres son más discretas, pasa con todas las infidelidades. La infidelidad masculina se sabe rápido, pero los dos lo son por igual”, remató Resnicoff.



Las páginas que conectan a quienes buscan engañar.
Second Love (secondlove.com.ar) y Ohhtel (ohhtel.com), dos de las páginas webs más importantes para la búsqueda de infidelidad, ya están disponibles en la Argentina. Y, según sus voceros, con singular éxito. Lo que proponen es que se anoten quienes están casados o tienen pareja y quieren tener encuentros furtivos, de alto contenido sexual y baja posibilidad de deschave. Está hecha para quienes creen en el matrimonio, pero no agotan allí sus posibilidades sexuales.
En ambos casos, el mecanismo es sencillo: crear un perfil y luego ponerse en relación con los otros hasta congeniar un encuentro discreto.
Second Love fue creada hace tres años en Holanda; recientemente llegada a América latina, en Brasil logró cien mil usuarios en su primer mes de vida. En la Argentina ya se pueden crear los perfiles, pero la red social como tal comenzará a funcionar en octubre; tiene dos cuentas, una de las cuales será gratuita.
Por su parte, y ya funcionando desde mayo, Ohhtel logró 30 mil inscriptos en su primera semana de funcionamiento en el país. Creen que a fin de año llegarán a 100 mil. Según las estadísticas, el 68% de los usuarios son hombres; casi el 80% son de Buenos Aires y su área metropolitana. En los EE.UU. cuenta con 1,3 millones de miembros. El argumento: “Argentina es un país muy devoto y en EE.UU., las zonas más devotas son donde mejor funciona este servicio” (sic). Es gratis para mujeres. La precursora es Ashley Madison (ashleymadison.com) todavía sin sucursal nacional, que tiene un eslogan: “La vida es corta, tenga un affaire”. Tiene 10 millones de adherentes.

Perfil

lunes, 21 de febrero de 2011

No todo es privado

Que WikiLeaks, el sitio de Internet que puso en jaque a la diplomacia norteamericana, se haya refugiado en un búnker nuclear de Estocolmo es altamente simbólico. Einstein afirmó que el estallido de tres bombas cambiaría la historia de la especie humana en un futuro cercano: la bomba atómica, que hizo brotar sus hongos grises y anaranjados en varios puntos del globo; la bomba demográfica, que vimos explotar por doquier, y la bomba electrónica, que hoy llamamos "informática" y también "cibernética", cuya amenaza no es la radiación ni la superpoblación de datos sin sustento, sino la "filtración", según venimos a saber recientemente a raíz del caso WikiLeaks. Y he aquí que de pronto, en Estocolmo, vinieron a estar representadas dos de las tres bombas anunciadas por el gran físico alemán: la atómica y la cibernética.

En efecto, no es el exceso de información -que al cabo es desinformación- el daño que provoca la bomba electrónica, sino el arrasamiento de la privacidad de entidades e instituciones, de naciones y personas, sin distinción de rango, raza o edad. La bomba electrónica, que ya explotó en millones de hogares y otros recintos del planeta Tierra (plasmas y monitores tiñen de un azul pálido rostros y paredes con sus radiaciones electromagnéticas), no mata ni altera los códigos genéticos, sino que vuelve traslúcidos los pensamientos de los cibernautas.

El estallido de esta bomba no extermina ni enferma como la atómica, no estresa ni causa hambrunas como la demográfica, sino que simple y escandalosamente? desnuda. Arranca máscaras. Volatiliza disfraces. Muestra el hueso de la realidad sin pudor ni temblor, dejando al descubierto lo que las personas verdaderamente son o quisieran ser, piensan o desean, más allá de las debidas formalidades y las diplomáticas convenciones.

Pero lo más curioso del fenómeno cibernético es que la bomba electrónica desnuda no sólo a los nudistas voluntarios, valga la redundancia, sino incluso a los tímidos y los reservados, los herméticos y los puritanos, los celosos de la privacidad y los fugitivos de la moralidad. Entonces, los amantes clandestinos son descubiertos por un descuido en el uso del mail traicionero, los empleados pierden sus empleos por chatear de modo indebido con sus compañeros de trabajo, criticando a sus jefes o quejándose de sus condiciones laborales (el chat no es una conexión encriptada, y cualquier auditor de seguridad de sistemas puede rastrear en el disco rígido de una computadora la conversación del desprevenido usuario con sus pares, así como sus habituales rutas de navegación, y de ese modo conocer sus gustos y preferencias, ideas y debilidades).

En la era de Internet nadie puede permanecer oculto, anónimo o enmascarado. La bomba informática arrasa con los velos del disimulo y la decencia, dejando a los internautas más expuestos que Adán en un día de pleno otoño. Ni siquiera los diplomáticos, cuyo oficio radica en gran parte en honrar las formas del protocolo, sonreír en los cócteles, conciliar a las naciones, agasajar y ser agasajados, logran ser inmunes a las ondas electronudistas de la bomba cibernética, y sus verdaderas opiniones personales y políticas terminan quedando al descubierto ante el mundo entero porque unos hackers filtraron sus cables "ultrasecretos" con la misma facilidad con que un niño rasga el sello de un sobre lacrado.

Entonces, para escándalo del mundo, en los mensajes privados que cruzaron los diplomáticos norteamericanos con el Departamento de Estado de su país, en vez de leerse, como se esperaría, "excelentísimo presidente" cuando se alude a un primer mandatario de una nación, se lee "fiestero salvaje", "monstruo perverso", "inepto", "paranoico del poder" y otros calificativos por el estilo. Y en vez de encontrarse en esos cables algo esperable de parte de Hillary Clinton, como un pedido de informe sobre la situación económica de la Argentina, se descubre un pedido de informe sobre la salud mental de la presidenta Cristina Kirchner. Téngase en cuenta que unos pocos meses antes, luego de una reunión de 45 minutos que habían mantenido ambas funcionarias en la Casa Rosada, Hillary había agradecido "la discusión cálida, amplia e integral" mantenida en esa ocasión con la presidenta argentina, y ésta a su vez había celebrado la "reunión fructífera" con la secretaria de Estado norteamericana, la cual, supuestamente, recibió con beneplácito un pedido de intermediación ante el Reino Unido por la soberanía de nuestro país sobre las islas Malvinas, así como la desclasificación de documentos de la última dictadura militar por parte del Departamento de Estado norteamericano. Pero lo cierto fue que después de que Hillary regalara sonrisas y amistosos apretones de mano a la mandataria argentina, sus funcionarios en Washington solicitaron un informe detallado sobre la salud mental de Cristina Kirchner. Y esto lo sabemos porque Internet es un laberinto traslúcido, sólo hermético en apariencia, lleno de fisuras y de ventanas abiertas por las que la información -cual materia sutil- se filtra, y es capaz de manchar las albas paredes de la Casa Blanca, las impolutas credenciales de los diplomáticos, así como el buen nombre tanto de adolescentes como de adultos, devenidos por causa de una filtración imprevista, respectivamente, en jóvenes de moral delictuosa y en adúlteros hallados en flagrante amorío.

La información de Internet, a diferencia del agua pesada que es necesaria para la fisión nuclear, es una suerte de agua liviana o de vapor invisible, virtual, que se filtra por doquier, descascarando muros y desprendiendo ropas y máscaras, para dejar al desnudo "el otro lado" de la realidad, y confrontar a las personas y las naciones con su propia "sombra". Esto hizo que, finalmente, en vez de un Watergate tengamos un Wikigate, y que hoy el mundo asista, azorado, al desencadenamiento de la "Primera Guerra Mundial Cibernética" y a la inauguración de una era nueva marcada por tres fenómenos que cambiarán para siempre el modo de entender la realidad y de relacionarse las personas: el riesgoso fin de la dialéctica del ser y el parecer; la conversión de lo virtual en lo más real existente (coincidencia de opuestos), y el paso de la agobiante levedad del ser, propia de la posmodernidad, a la experiencia de la insoportable diafanidad de WikiLeaks, propia de la cibermodernidad.

lunes, 3 de diciembre de 2007

La mujer actual es más infiel.


Con el tiempo, el remordimiento fue dejando de pisarle el acelerador a las pulsaciones. Como quien cumple el paso a paso de un rito ancestral, al menos una vez por semana, se ahuyenta del cuerpo el sudor de la pasión mal habida, recoge su ropa desperdigada por el cuarto de turno y vuelve a casa serena. Los números en su vida dan cuenta de que, a los 34, lleva casi diez años en pareja con el mismo caballero al que engañó con otros seis. "Hubo de todo. Infidelidades de una vez y nunca más y otras que duraron meses -detalla ella, profesora de lengua en dos secundarios privados-. Hasta tuve una historia que duró más de un año." Militante activa del rubro prohibido, para esta chica menuda y nada alta la infidelidad nunca fue una revancha. "Jamás pensé por qué lo hacía. Creo que es sólo porque me gusta darme los gustos. No creo que las mujeres sean infieles en respuesta a un comportamiento machista. Tampoco sé si somos más infieles que antes. Sí creo que las chicas están más desinhibidas y bueno, tal vez ahora se animan a concretar los ratones que antes no salían de la cabeza", es su diagnóstico.

Según una encuesta realizada en la Ciudad de Buenos Aires en septiembre del año pasado por el Centro de Estudios para la Opinión Pública (CEOP), el 70 por ciento de la gente cree que hoy las mujeres son más infieles que antes. "A medida que se fueron produciendo cambios sociales importantes donde a la mujer se le fueron abriendo campos económicos y laborales, la situación se fue tornando de mayor paridad entre hombres y mujeres. Y lo mismo sucedió en el campo de la infidelidad", opina Daniel Waisbrot, psicoanalista y miembro titular de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo. "Pero tengamos en cuenta que la pareja monogámica es una imposición de la cultura, no es algo de la naturaleza, más allá de que esté naturalizada. La idea de la media naranja es un mito cultural y, por lo tanto, deja huecos todo el tiempo, insatisfacciones por donde una infidelidad puede aparecer", agrega Waisbrot.

Como sea, el 30 por ciento de las porteñas confesó haber sido alguna vez infiel, demostró otro estudio del CEOP.

La revista estadounidense Newsweek publicó en una de sus tapas del mes de julio una nota con el título La nueva infidelidad. Así bautizó Newsweek al engaño femenino cuyos porcentajes están alcanzando las cifras históricas que, desde siempre, se adjudicaron a las travesuras de los varones: se estima que entre el 30 y el 40 por ciento de las mujeres es infiel, mientras que entre los hombres, el porcentaje se mantiene en una meseta del 50 por ciento.

La investigación señala que hoy las mujeres tienen más oportunidades que nunca de dar el mal paso; que son más proclives a traicionar a sus parejas; que lo cuentan más a sus amigas y que, a su vez, prestan oídos más permisivos a escuchar historias de trampas tan secretas como ilícitas.

Según la sexóloga Susan Barash, en Estados Unidos, seis de cada diez mujeres casadas tienen al menos una experiencia sexual fuera del matrimonio. El camino de la infidelidad está pavimentado con expectativas insatisfechas sobre el sexo y el amor legal, aseguran los especialistas, y aunque ellas quisieran pasar décadas de buen sexo y citas románticas dentro del matrimonio, saben que el arrebato que emboba y nubla los sentidos tiene los minutos contados. Con 20 años de experiencia en terapias de pareja, Waisbrot opina que "es impresionante el descenso del deseo sexual en muchos hombres, por lo tanto la falta de satisfacción en el deseo de las mujeres se torna crucial. Si una mujer se siente insatisfecha, plantea sus reclamos, no obtiene respuesta y se genera una salida para otro lado, eso puede ser menos generador de culpa en la mujer infiel". La culpa, de todos modos, tiene que ver más con el valor social de la fidelidad. "Se espera fidelidad. El contrato es monogámico y la infidelidad es pecaminosa -dice el psiconalista-. Y la condena social es mayor en la mujer. Cuando es traicionado, el varón se siente más herido narcisísticamente que una mujer, pero lo padece por el consenso social de lo que debe ser un hombre".

Aunque no sea indicador de infidelidad, una encuesta de la consultora D´Alessio Irol señaló el año pasado que el 48 por ciento de los varones reconoció haber tenido sexo con más de 10 personas. Sólo el 26 por ciento de las mujeres afirmó lo mismo.

Puede fallar

Todo indicaría que la teoría según la cual los machos aseguran la perpetuación de sus genes copulando con muchas hembras mientras que ellas eligen a un solo compañero que les garantice la inseminación en el momento preciso, se tambalea en los estantes del comportamiento humano. Si no, pregúntenle a ella, una abogada en tránsito por los cincuenta, con hijos grandes y sospechas bien fundadas de que su marido andaba en algo. Mientras él se lo negaba a muerte, ella, una señora de corte carré que asegura haber aumentado sólo dos talles desde los 20, bajó la guardia y se dejó llevar por el arrullo de ese pretendiente por el que nadie apostaba.

Así fue como un día de trampa, en el estacionamiento del albergue transitorio elegido para amar en secreto reconoció el auto de su marido. Nunca pudo decir la verdad. Argumentó que una amiga lo vio salir del albergue, hizo un escándalo y pidió la separación. El se fue de casa, rogó perdón y, al tiempo, volvió. Imperturbable, ella nunca suspendió las citas con su amante. Lo sigue viendo, en la casa de fin de semana.

"Muchas parejas que he atendido por infidelidades de él, atrás del lío hay ocultas infidelidades de ella", dice el psicoanalista Waisbrot. "Aparece mucho el ´vos también tuviste algo, ¿de qué te quejás?´", agrega el especialista que reconoce que las consultas en las terapias de pareja crecieron un 40 por ciento en los últimos tres años, aunque no siempre el motivo es la infidelidad.

¿Lo llevás en la sangre?

Desde su programa de media hora por el canal de cable Cosmopolitan, la sexóloga portorriqueña Alessandra Rampolla, se dedica a responder lo que usted alguna vez quiso saber y nunca se atrevió a preguntar. Según ella, las mujeres ahora se atreven más a confesar su infidelidad. "No sé si ha aumentado. No creo que no haya existido antes pero sí hay un poquito más de libertad. Hoy la gente lo habla con más facilidad que antes", dice Rampolla.

El diario londinense The Sunday Times publicó en junio un estudio según el cual la tendencia de algunas mujeres a ser infieles sería una cuestión hereditaria. La presencia de determinados genes aumentaría la posibilidad de que las mujeres traicionen a sus novios y maridos aunque, por ahora, el estudio no logró identificar al gen responsable de semejante irreverencia. No le vengan con cuestiones genéticas a ella, una ama de casa con poco margen para la coartada. Sin poder enrolarse en las inapelables reuniones de trabajo hasta tarde, cenas de despedida o congresos fuera del país, el único modo de llevar adelante sin riesgo alguno la historia que su marido ni imagina fue a través de Zcuza, una agencia que se encarga de tramar pruebas para traviesos que no quieren despertar sospechas. Por el pago de un arancel anual de 150 dólares más los gastos extras, el ama de casa logró que Zcuza infiltrara un falso amigo en el grupo de pesca de su marido durante tres meses.

Desde entonces, cada vez que él sale a pescar, ella queda en casa bien acompañada y sin la amenaza de que el temporal que se le pasó por alto al servicio meteorológico le arruine el plan: un ángel de la guarda la mantiene al tanto de los pasos de su marido.

¿Yo señor? No señor

Hasta 1995, el adulterio fue considerado un delito: se castigaba con penas de entre un mes y un año de prisión al marido que "tuviere manceba dentro o fuera de la casa conyugal" o a la esposa que mantuviera una relación sexual con otro que no fuera el hombre con el que se había casado.

"Había una diferencia sustancial en la apreciación, una desventaja grande para la mujer -señala Nelly Minyersky, directora del Instituto de Derecho de Familia del Colegio Público de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires-. En mi experiencia profesional es más frecuente la infidelidad masculina aunque les es más difícil asumirla y enfrentarla. Observé en los pocos casos de infidelidad femenina una tendencia a no ocultarla. Una necesidad de comunicarla, aunque traiga aparejada una situación de mayor escándalo."

El surtido de tipos de pareja que conviven hoy -desde las tradicionales hasta los swingers-, sin embargo, no ha encontrado antídoto contra la infidelidad. "Hoy muchas parejas están juntas si lo que les pasa da para seguir juntos y eso crea un ámbito más propicio para salir hacia otros vínculos -dice el psicoanalista Waisbrot-. Pareciera tener menos sentido la infidelidad pero persiste. Es posible que no refleje un conflicto de pareja sino la crisis de la monogamia como ideal social."

Aunque más verbalizada que nunca, la traición con faldas no llegó por e-mail ni la bajaron de Internet por MP3. En la civilización hindú, unos 2.000 años antes de Cristo, a las infieles se las castigaba con la amputación de la nariz, mutilación que dio origen a los primeros cirujanos plásticos. Más próximo en espacio y tiempo, cuatro décadas atrás, el temerario comisario Luis Margaride, segundo de la Policía Federal durante el último gobierno de Perón, perseguía adúlteros por la ciudad de Buenos Aires. Hacía procedimientos en albergues transitorios -que entonces, en la Capital Federal se llamaban hoteles alojamiento-, sorprendía a parejas de amantes y los detenía de 24 a 48 horas. "No es cierto que enfrentamos a esposas y maridos adúlteros", había dicho Margaride, quien se hizo cargo de la Federal en 1974, después del asesinato del comisario Alberto Villar. Los detenidos, sin embargo, debían firmar un acta en la que reconocían que habían sido hallados en habitaciones de hotel. O arreglar con el comisario, como asegura que le ocurrió en tiempos de Onganía a ella, una mujer que hoy reposa en los sesenta. Lanzada a su primera aventura, un día dejó el albergue transitorio y entró a su casa aliviada porque su marido aún no había llegado. Pero sonó el timbre: Margaride, al tanto del romance por izquierda que ella escondía, la habría seguido desde el hotel. Ella, una mujer de clase media alta que prefiere no disimular las canas jura que pagó por el silencio del comisario.

Fuente: Clarin.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Mujeres infieles

Tu investigación comenzó a partir de tres casos de mujeres que quisieron suicidarse después de que sus maridos las dejaran por otras...

Sí, a dos de ellas las acompañé durante la hospitalización. Es impresionante cómo cambia la mirada cuando uno se acerca a estas vivencias: una cosa es ver una infidelidad en el cine o leerlo en una novela y otra cosa es vivirla tan de cerca, palpar sus consecuencias. Las personas engañadas sufren muchísimo, su mundo se pone patas para arriba. Y duele aún más porque ese daño lo genera la persona que más querés: no es un extraño; el puñal viene de adentro.
¿Qué pasa después del descubrimiento de la infidelidad?
Algunos psiquiatras lo llaman "stress", otros lo llaman"duelo". Lo cierto es que es una sensación de angustia fuerte, que dura por lo menos dos años. En muchas personas que entrevisté duró más tiempo aún. Los síntomas más comunes son el decaimiento de la autoestima y la duda acerca de la propia capacidad para pensar: "Si yo me equivoqué confiando en esta persona que vive conmigo hace tantos años, debo pensar que mi juicio está totalmente falseado".
¿A qué lectores apuntás con tu investigación?
A las mujeres, mucho más que a los hombres. Porque ellas están más interesadas en el tema y abiertas a la eventualidad de que esto pase en su matrimonio o en su noviazgo.
¿Hay más mujeres infieles que antes?
¡Infinitamente más! Ellas ahora tienen las mismas oportunidades que los varones. Muchas mujeres trabajan, y el lugar por excelencia para que se genere un engaño siempre fue el trabajo. Es así de simple: cuantas más oportunidades de moverse por el trabajo haya, más oportunidades de conocer gente se generarán y por ende, más posibilidades de engañar. Las mujeres de hoy engañan casi a la par de sus maridos.
¿Puede establecerse una tipología de la mujer infiel?
Sí, hay diferentes causas que llevan a una mujer al adulterio. Está, por un lado, la "mujer desatendida": aquella que tiene un marido que no la escucha, no la mira y no se ocupa de ella: no la lleva a comer y no la invita a pasear. Y está probado que si un hombre no le concede a su mujer al menos 15 horas por semana –que es, en promedio, el tiempo que le dedica a su relación durante el noviazgo-, la pierde. Y el otro patrón que encontré es el de la "mujer sola". Aquella que estuvo sola en su niñez y en su juventud o ha atravesado grandes desgracias (la muerte de un padre o una relación complicada con su padrastro, hermanos con discapacidades o que requerían por alguna razón mayor atención de sus padres). En conclusión: aquellas mujeres que tuvieron que sobrevivir solas. Ellas por lo general no sienten la sensación de engaño cuando son infieles, porque 'son solas' por naturaleza. Tienen marido, tienen hijos, tienen amigos, pero en el fondo del corazón están solas. Y otro gran factor que hace a la infidelidad es la falta de autoestima. La necesidad de ser valorado ante los ojos de otra persona, ser admirado y festejado, hace que se busque la felicidad afuera.
Una persona que engaña, ¿es infiel por naturaleza o porque su situación de pareja lo lleva a eso?
Muchos se sorprenden al enterarse de que las mujeres tienen un gen que las lleva a ser infieles. La antropóloga Helen Fisher lo describe fantásticamente en uno de sus libros: en muchas razas de animales (entre ellas varias clases de monos), las hembras dejan su núcleo para escabullirse por los matorrales con el más joven. Y las mujeres heredamos ese gen.
El crecimiento de la infidelidad, ¿está relacionado con las nuevas tecnologías, como los mensajes de textos, el chateo, o las cámaras web?
Claro, por eso entrevisté también a Federico Oporto, un especialista en tecnología. Hay un pequeño dato que ilustra el caso: el 40% de las webcams que se prenden de noche se usan con fines pornográficos y muchos de esos usuarios son infieles.
Por último, ¿hay algún secreto para evitar los engaños?
No hay fórmulas exactas ni secretos: la clave está en la honestidad, en no mentir en la pareja. Cuando vos le contás una tentación a tu cónyuge, la estás exorcizando. Por eso, lo importante es que haya mucho diálogo. Así, desaparecen los fantasmas.

Libro: Infidelidad (Ed. Del Umbral), de Janick de Oliveira Cézar