La suba de los precios de las commodities más la revolución tecnológica a la que asistimos modificaron la teoría del deterioro de los términos del intercambios, dado que actualmente con una tonelada de trigo o de soja se pueden comprar más bienes industriales y de mejor calidad.
Más allá de que este fenomenal cambio en los precios relativos sorprendió a los defensores del tipo de cambio alto, uno de los requisitos fundamentales para poder sostenerlo en el tiempo, dejando de lado el debate sobre su eficiencia, consistía en tener un superávit fiscal lo suficientemente alto como para que el Estado pudiera comprar con recursos genuinos todos las divisas que fueran necesarias para sostener el tipo de cambio en el nivel deseado sin generar inflación.
Para entender la dinámica del modelo es importante recordar que los oferentes de dólares en el mercado de cambios son: a) los exportadores y b) los que ingresan capitales y que los demandantes de divisas son a) los importadores y b) los que egresan capitales.
Supongamos que no hay ni ingreso ni egreso de capitales. En ese caso, bajo un modelo de sustitución de importaciones, las exportaciones siempre van a ser mayores que las importaciones, de manera que la oferta de dólares será mayor que la demanda y el tipo de cambio tenderá a bajar. ¿Cómo se soluciona este problema en el modelo del gobierno? Con un superávit fiscal por lo menos equivalente al saldo positivo de la balanza comercial (diferencia entre exportaciones e importaciones). Esta condición nunca se dio dado que el superávit fiscal jamás alcanzó el equivalente al superávit de balance comercial. Por el contrario, a medida que aumentaba la recaudación el gobierno incrementaba el gasto público hasta niveles superiores a los que regían durante la convertibilidad. Los crecientes subsidios para mantener artificialmente bajas las tarifas de los servicios públicos más las reformas en el sistema previsional y los fondos para obras públicas fueron algunas de las causas que dispararon el gasto público. De manera que el superávit fiscal, a pesar de la feroz presión impositiva que el Estado les impuso a los contribuyentes, nunca alcanzó para sostener, con recursos genuinos, el eufemismo de tipo de cambio competitivo.
Fue la activa participación del BCRA al comprar dólares contra emisión monetaria la que sostuvo el tipo de cambio en niveles cercanos a los tres pesos. Por lo tanto, el tipo de cambio alto se sostuvo con el impuesto inflacionario. Bajo esta condición, el modelo estaba destinado al fracaso al que estamos asistiendo, porque el impuesto inflacionario se comió el tipo de cambio alto o competitivo, con la agravante que ya no queda margen para seguir aplicando el impuesto inflacionario.
Y es en este punto en el cual llegan las complicaciones del modelo. Con una tasa de inflación anualizada que se ubica entre el 25 y el 30% y huida del dinero por parte de los agentes económicos, seguir expandiendo moneda no sólo terminará de liquidar el tipo de real sino que, además, una política monetaria más expansiva puede llevar a una megainflación.
Antes de continuar con las complicaciones por enfrentar, vale la pena insistir en que el problema cambiario sería aún mayor para el Gobierno si, por alguna razón insospechada, ingresaran capitales. En efecto, si al saldo positivo del balance comercial se le agregara el ingreso de capitales, el esfuerzo que tendría que hacer el Gobierno para sostener alto el dólar sería inalcanzable. Por eso siempre sostuve que este modelo, curiosamente, cerraba con fuga de capitales. ¡Todo un hallazgo del kirchnerismo en materia de teoría económica!
Pero volvamos a los problemas que hay que enfrentar. Por un lado el tipo de cambio real quedó licuado por el impuesto inflacionario de todos estos años, de manera que el modelo de sustitución de importaciones quedó destrozado. Al mismo tiempo, los fondos destinados a subsidiar tarifas artificialmente bajas se proyectan a los 25.000 o 30.000 millones de pesos para este año. Si el Gobierno no corrige este problema no tendrá recursos para enfrentar la deuda y sus intereses que vencen en 2009. Número que, siendo optimistas, puede llegar a los US$ 14.000 millones si se da por supuesto que parte de la deuda es refinanciable y recordando que no tenemos acceso al mercado voluntario de deuda para refinanciar los vencimientos.
El único salvavidas lo puede aportar Chávez y mejor no usarlo porque está lleno de plomo. Si el Gobierno decide ajustar las tarifas para bajar los subsidios, dispara los costos internos y deteriora aún más el tipo de cambio real, afectando el modelo de sustitución de importaciones.
El columnista invitadoUn modelo sin margen de maniobra
Para LA NACION
lanacion.com | Economía | Domingo 24 de agosto de 2008

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