Dice aquí mismo el amigo Emilio que al instalarnos en el silencio nos damos cuenta de nuestra fragilidad. Esa fragilidad, de la que a menudo nada queremos oír, no es una deficiencia de nuestra condición humana. Ella da valor a nuestros logros, potencia nuestras destrezas, nos impele a apreciar la vida, y la vida se aprecia a través de los propósitos con que la enriquecemos. Asustados de nuestra finitud y de nuestra fragilidad, procuramos aturdirnos para soterrarlas. Tratamos de compensarlas de manera compulsiva y disfuncional. El psicoterapeuta jungiano, escritor y ex seminarista Robert Moore lo observa en El cuidado del alma: "Estamos excesivamente ávidos de diversión, poder, satisfacción sexual y cosas materiales. Pero, sin alma, cualquier cosa que encontremos será insatisfactoria, porque lo que verdaderamente anhelamos es el alma. (Si nos falta) intentamos atraer grandes cantidades de seductoras satisfacciones creyendo que la cantidad nos compensará la falta de calidad".
La cantidad de ruido no compensa la necesidad de silencio. Ruido son los sonidos físicos: oídos taponados las 24 horas por audífonos, por celulares que nunca se apagan, por bocinazos evitables, por conversaciones en las que cuanto menos se dice más se grita, por televisores encendidos aunque nadie los mire. Ruido es llenarse de "relaciones" para no estar solo ni un segundo. Ruido es saturar la agenda de actividades y de tareas muchas veces postergables y prescindibles para sentirnos "ocupados" y no vacíos. En todas sus variables, el ruido nos priva del silencio, de ese espacio donde escuchar nuestras necesidades profundas, donde oír el hambre postergado de nuestro ser. Así como la música es también el silencio que separa y armoniza las notas, en el fluir de nuestros días necesitamos instalar el mutis (la quietud, la reflexión, la contemplación) junto a los sonidos (la actividad, los actos exteriores, los encuentros). Instalado así, el silencio no nos aísla. Permite diferenciarnos, tomar contacto con nuestra singularidad, percibir desde allí la totalidad de la que formamos parte indisoluble y volver a integrarnos en ella de una manera consciente.
Por supuesto, en ese silencio interno acaso escuchemos algo que no queremos oír, que nos inquieta. Pero acallarlo con ruido no significa hacerlo desaparecer, sino incrementar la angustia o el malestar que nos provoca. Y, también, paralizar toda posibilidad de atender a ese dolor como merece y necesita. Escribió Pablo Neruda: ... Porque pido silencio/ no crean que voy a morirme./ Me pasa todo lo contrario/sucede que voy a vivirme/ sucede que soy yo y que sigo...
Hay mucha vida en ciertos silencios.
Diálogos del almaEscuchemos el silencio
Por Sergio Sinay
lanacion.com | Revista | Domingo 24 de agosto de 2008

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