martes, 10 de junio de 2008

El problema es no querer entender de qué se trata

Por Félix Sammartino
De la Redacción de LA NACION

Más allá de los tonos que utilice y de las intenciones que la motiven, hay algo invariable en los discursos de la presidenta Cristina Kirchner: no termina de entender qué es el campo.

Por lo que expresa en sus discursos hablados, lo que siempre representa un inconveniente cuando no se domina la materia, el campo es una actividad en la que no se transpira, no se apuesta y siempre se gana. Y siempre se gana mucho, valga la aclaración.

Efectuó la más errónea de las valoraciones de la actividad cuando dijo que "es un sector carente de riesgo, sin necesidad de capital intensivo y con poca ocupación de mano de obra" y que, para colmo de males, "se transforma en uno de los más rentables".

Tienen "renta extraordinaria". ¿Qué dirán, entonces, los agricultores del norte de Santa Fe o del Chaco, con sus sojas escuálidas de 9 quintales, afectadas por la seca, cuando deberían rendir 25? ¿Qué pensarán los tamberos a las cinco de la mañana mientras transcurre el primer ordeño del día?

En esta forma de pensar al campo no existen las subas ni las bajas del mercado; no hay granizos que se llevan las cosechas ni secas ni inundaciones; no hay tampoco fábricas de maquinaria que viven de la actividad ni investigadores que buscan superar los rendimientos ni empresarios que entierran todos los años buena parte de su patrimonio en semillas, herbicidas y fertilizantes.

Y ni que hablar del riesgo de producir con gobiernos que constantemente cambian las reglas de juego. La suba de las retenciones se instrumentó a pocas horas de levantar la actual cosecha gruesa.

A los ganaderos que hace tres años vienen engordando novillos y se encuentran ahora con el cierre de las exportaciones les ocurre otro tanto.

En la visión de la presidenta Kirchner, por lo que dice en sus discursos, parecen sólo existir rentistas que tienen la vaca atada. Este desconocimiento provoca injusticias demasiado gratuitas para los momentos que se viven.

La semana pasada, en Roma, en su presentación en la cumbre de la FAO destinada a resolver el problema del hambre en el mundo ante la suba de los alimentos, pensó al agro en función del pasado y no del futuro. Habló del campo y de la Argentina de principio de siglo y dejó pasar la oportunidad de afirmar que estamos en condiciones de ayudar en el problema del hambre del mundo duplicando casi todas las producciones en el lapso de los próximos cinco años.

El campo necesita tanto la rentabilidad como que le devuelvan la confianza. Así volverá el incurable optimismo del que produce a cielo abierto.

El problema es que, si el Gobierno no conoce el campo, difícilmente lo termine queriendo.

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