Sólo ese miedo probable y la soledad política pueden explicar, al mismo tiempo, que el Gobierno le haya ordenado a Luís D’Elía salir con su fuerza de choque para enfrentar la rebelión de las cacerolas. D’Elía no haría nunca lo que hizo –ir de la provocación de las palabras a la violencia de los hechos– sin una indicación precisa del vértice mismo del poder. Pero la imagen del líder piquetero que daba puñetazos de ciego, con el pecho descubierto, fue también una imagen patética de la soledad política del Gobierno. La administración carecerá siempre de aliados posibles, políticos o sociales, si sus defensores son D’Elía y el jefe cegetista, Hugo Moyano. Y los dos han rodeado al Gobierno en los últimos días para protegerlo de la mayor sublevación social que haya vivido el poder desde la Navidad de 2001.
¿Qué llevó a la gente común a salir a la calle? ¿Acaso sólo la adhesión a la protesta de los productores por el inconsulto y vasto aumento de las retenciones a las exportaciones? ¿Fue la oligarquía argentina la que se congregó en Villa Crespo, en la provincia de Misiones o en el Monumento a la Bandera, en Rosario? ¿Pertenecen a ese exclusivo club los campesinos que llevaron sus tractores a las rutas? La lectura de lo que está sucediendo merece una mirada más fina y penetrante que la que surge de las opiniones públicas de los gobernantes.
El Gobierno cometería un error político imperdonable si buscara líderes o guías del fenómeno de las cacerolas en la calle. No se puede negar, por otro lado, que los dirigentes rurales están desbordados. También lo están muchos gobernadores, presionados a su vez por los intendentes de sus provincias, que son, al fin y al cabo, los que conviven todos los días con los productores indisciplinados. Una suerte de decapitación colectiva sucedió en el interior e involucra tanto a funcionarios políticos como a dirigentes sociales.
El malhumor de los centros urbanos encontró -es cierto- un eje en la protesta del campo, el único sector social en condiciones de sublevarse a un gobierno que hizo de la obediencia política un dogma. Pero aquel malhumor no se había fundado en las retenciones a las exportaciones. Reconoce otras razones: la inflación, las mentiras sobre la inflación, el incipiente desabastecimiento, la inseguridad colectiva y, acaso lo más novedoso, el rechazo a un método arrogante de gobernar, agravado por el atropello y la prepotencia de las últimas horas. También pudo haber influido la noción, tal vez inscripta en el inconsciente social, de que desde el campo se construyó la Argentina y que los campesinos reconstruyeron el país cada vez que éste fue destruido. Es lo que sucedió tras la gran crisis de principios de siglo. Sin partidos y casi sin instituciones, la política ha edificado, en síntesis, una sociedad de partisanos.
El análisis
El verdadero mensaje de las cacerolas
Por Joaquín Morales Solá
LANACION.com | Política | Jueves 27 de marzo de 2008

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