Próxima a cumplir 200 años, la buena consigna de mayo de 1810, "el pueblo quiere saber de qué se trata", debe ser honrada. En el nacimiento de nuestra Nación fue una síntesis precursora de lo que es ahora, como derecho a la información, una de las condiciones necesarias e inherentes a las democracias republicanas contemporáneas.
Hemos dicho muchas veces desde esta columna editorial -y lo seguiremos diciendo- que sin un periodismo independiente, comprometido con la misión de informar con rigor y veracidad y de opinar sin cortapisas ni limitaciones, ninguna nación puede avanzar hacia la consolidación de sus instituciones libres y democráticas. Así como el Estado de Derecho garantiza el respeto irrestricto a los derechos individuales y a la dignidad de la persona humana, la prensa libre se proyecta en el horizonte de la historia universal como el gran instrumento que posibilita el progreso de las ideas y el análisis crítico de la realidad en un amplio y gratificante contexto de libertad.
Cuando en los siglos XVIII y XIX se organizó el constitucionalismo moderno, los pueblos más identificados con los mandatos del humanismo civilizador comprendieron que el futuro de los hombres libres dependía de que se crearan las estructuras de un Estado representativo y democrático concebido a la medida del irreductible principio de la división de los poderes.
Pero no bastaba con ese último control que el poder del voto le confería al ciudadano sobre las estructuras del Estado. La experiencia universal demostró que ese control era en muchos casos insuficiente. Dada la frecuente subordinación de los parlamentos al Poder Ejecutivo y el efecto distorsionante que sufren las políticas clientelistas y prebendarias sobre vastos sectores de la población, especialmente sobre los más desprotegidos, se hizo evidente que la sociedad debía contar, en todos los casos, con un amplio y garantizado desarrollo informativo, a fin de que los poderosos de turno -políticos, empresarios, sindicalistas o los que fueren- no se beneficiaran discrecionalmente con un manejo corrupto e interesado de las prácticas políticas.
Para que eso fuera posible, todo país debía contar con un elemento independiente, ajeno a las estructuras del Estado, destinado a posibilitar que los ciudadanos se mantuvieran informados permanentemente sobre los hechos de interés general y se sintieran con fuerza suficiente para ejercer un auténtico control sobre los representantes del poder público.
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