Lo que ha pasado es que la política oficial en materia alimentaria se ha basado en un abuso propagandístico y en un error ideológico. El abuso propagandístico quedó al descubierto cuando se supo que el Gobierno buscaba aumentar sus recursos fiscales llevando las retenciones a las exportaciones de soja mediante la famosa resolución 125 a un nivel confiscatorio que, si hubiera prosperado en el Congreso, habría llegado hasta el 90 por ciento. Al perecer por los controles oficiales la rentabilidad del trigo, la carne y la leche, que sí alimentan a nuestro pueblo, el campo se refugió en la soja, pero el proyecto de la resolución 125 dejó al descubierto el propósito fiscalista que lo inspiraba porque la soja, que se exporta casi íntegramente, no forma parte de la mesa de los argentinos.
Sin el aumento de las retenciones a la soja, que quedó "sólo" en el 35 por ciento, la voracidad fiscal de un gobierno que se estaba quedando sin recursos por el aumento desproporcionado del gasto público necesario para alimentar la insaciable "caja" mediante la cual manipula a gobernadores e intendentes quedó demostrada cuando, ya sin los inmensos recursos rurales que pretendía, el kirchnerismo se atrevió a confiscar los ahorros jubilatorios depositados en las AFJP. Nada de todo esto estaba ligado a la mesa de los argentinos. El abuso propagandístico consistió en que el Gobierno quiso quedarse con los recursos del campo en nombre del pueblo, con propósitos que no tenían nada que ver con el consumo del pueblo.
El "juego de suma cero"
El "abuso propagandístico" es el nombre más piadoso que podemos ponerle a la mentira, pero el segundo factor que determinó el fracaso de la política agropecuaria oficial es objetable, más que por razones morales, por razones ideológicas en virtud de las cuales los Kirchner han aceptado premisas erróneas acerca del funcionamiento de la economía moderna.
La raíz de este error reside en suponer que la economía es un "juego de suma cero" en el cual si alguien gana es porque otro pierde. Si se piensa en cambio que la economía moderna es, a partir de un desarrollo económico bien encaminado, un "juego de suma positiva" gracias al cual todos los que participan de él pueden ganar, se llega al enfoque opuesto. Demos el ejemplo del comercio. Si alguien concurre a una concesionaria para comprar un automóvil, tanto el comprador como el vendedor pueden ganar. El vendedor, porque quiere percibir el dinero que le falta a cambio del automóvil que le sobra y el comprador porque desea el automóvil que no tiene más que el dinero que tiene. Si la transacción es honesta, ambos ganan.
A partir de esta comprobación, la actitud del Estado cambia de cuajo. Al que ha ganado en cualquier actividad, le queda un sobrante. Si el Estado desea estimularlo para que reinvierta ese sobrante en el país, le dará la seguridad jurídica de que su ganancia no le será expropiada. Como consecuencia, el ganador reinvertirá su ganancia, sumándose al círculo virtuoso de las ganancias y las reinversiones.
Si el Estado piensa al contrario que el que logró la ganancia lo hizo a expensas de otro porque cuando alguien gana, alguien pierde, lo expropiará al ganador, pero la expropiación dará lugar, en vez de a la inversión multiplicadora de aquel a quien le han respetado su ganancia, al desaliento de los inversores y a la fuga de los capitales. Que la Argentina de hoy sea un país expulsor y no acumulador de capitales es una demostración palpable de que allí donde prevalece la ideología del juego de suma cero lo que hace el candidato a reinvertir lo que ganó es huir hacia otras latitudes.
Esta es la mentalidad que presidió el conflicto del Gobierno con el campo, que había obtenido buenas ganancias de 2002 en adelante. ¿Qué hizo entonces el Gobierno? Pretendió expropiarlo mediante altísimas retenciones.
El resultado fue el conflicto más grave de la era Kirchner, la derrota del Gobierno y el empobrecimiento no sólo del campo, sino también de las ciudades, particularmente de los que menos tienen, cuyo número, a pesar de las fantasías del Indec, está en aumento. Pero la mejor manera de favorecer a los sectores no rurales habría sido que el campo, alentado por sus nuevas ganancias, hubiera podido seguir reinvirtiendo. Con la mayor producción consiguiente, al fin los alimentos habrían llegado a menor precio a la mesa de los argentinos en función de una oferta cada año mayor y, hasta que ello ocurriera, el propio campo estaba dispuesto a derivar subsidios hacia los que menos tienen. Pero ahora que la producción cayó verticalmente y habrá que importar lo que hemos dejado de producir, ¿les podremos pedir a nuestros hermanos brasileños y uruguayos que atiendan a nuestros pobres?
¿Por qué languidece "la mesa de los argentinos"?
Por Mariano Grondona
lanacion.com | Opinión | Domingo 17 de mayo de 2009

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