Según el entrevistado, los hijos de este país nos mostramos dispuestos a celebrar el Bicentenario de nuestro nacimiento a la vida independiente a través de un ruidoso merchandising electoral, pero no parecemos darnos cuenta de que lo fundamental es reflexionar en profundidad sobre el trascendental aniversario que se avecina. Los argentinos deberíamos tratar de establecer qué hitos fundamentales de nuestra organización institucional no hemos podido resolver todavía positivamente. Por qué razón, por ejemplo, no hemos logrado construir la república democrática y auténticamente federal que en el siglo XIX nos propusimos crear. Si comprendiéramos que la solución a ese problema esencial consiste en aplicar rigurosamente los textos legales en vigor, tal vez no nos sentiríamos tan desorientados ni tan perdidos, ni incurriríamos con tanta frecuencia en el error de suponer que es necesario o aconsejable empezar a construir todo de nuevo.
Lo que el dirigente religioso propone es un cambio desde la "espiritualidad cívica", no desde lo confesional o desde lo dogmático. Es necesario, antes que nada, dejar de hablar de "ellos" y empezar a hablar de "nosotros". El problema que enfrentamos es básicamente moral y, en cierta medida, individual. No tiene sentido que les sigamos demandando a las instituciones lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a sostener con nuestro propio ejemplo.
Acierta el rabino Bergman cuando afirma que en una construcción social "los tiempos son más largos que en los calendarios electorales".O cuando habla de la necesidad de refundar la República o aconseja releer la Constitución, porque allí, en ese texto fundamental, "están los valores que todos juntos acordamos". Sería difícil no compartir con él la opinión de que el país está quebrado por "evasión cívica". Si una nación básicamente rica, como es la Argentina, está llena de pobres, lo que se necesita de inmediato es restablecer la equidad. Y eso no habrá de lograrse jamás, como parece entenderlo cierta dirigencia actual, con la demagogia, el clientelismo o la esclavitud electoral, sino con el pleno restablecimiento de los valores republicanos y con dirigentes públicos idóneos y preparados que sirvan efectivamente a políticas de Estado de largo plazo. De ahí la necesidad de terminar con la autocracia hegemónica y ejecutiva en la que un único caudillo maneja todo con la caja, no con la prédica honesta y basada en principios.
También merece ser rescatada la afirmación del mencionado dirigente religioso acerca de que ciertos ideólogos seudoprogresistas confunden "orden con represión". O su idea de que en un estado de derecho con plena vigencia de la democracia, los derechos humanos no se reivindican: se cumplen. Y si la ley está equivocada, lo que corresponde es reivindicar esos derechos con toda la verdad, y no con verdades a medias. La verdad a medias termina siendo siempre una mentira. Por otra parte, los derechos humanos que hoy carecen de reconocimiento en la Argentina son el pan, el trabajo, el techo, la salud y la educación. Y ésa no es una idea de izquierda o de derecha. Es, simplemente, lo que dice y prescribe nuestra Constitución.
Editorial IILos principios olvidados
En la Argentina los derechos humanos no reconocidos son los que dice la Constitución: pan, trabajo, techo, salud y educación
lanacion.com | Opinión | Domingo 15 de marzo de 2009

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