lunes, 16 de marzo de 2009

La filosofía del dedo atenta no sólo contra la pureza, sino contra la eficacia misma de las instituciones republicanas

El año pasado, durante varios meses, los argentinos y cientos de millones de espectadores en el mundo asistimos a una magnífica muestra de civismo, como lo fueron las elecciones primarias de los Estados Unidos. En esa oportunidad, tal vez más que en otras, los norteamericanos de cada Estado participaron activamente de las internas de su respectivo partido con miras a designar a los candidatos que finalmente enfrentasen al partido opositor. Especialmente en el Partido Demócrata, que siguió el proceso de las primarias hasta el minuto final por los candidatos involucrados, una mujer y un afronorteamericano, la pugna electoral no dio cuartel.

Si la democracia pasa por la mayor participación electoral de los ciudadanos, podría decirse que las últimas elecciones generales en los Estados Unidos han sido un ejemplo de práctica democrática a la luz del día. Vale decir, no sólo en el acto final de los comicios, sino en la transparencia con que se confeccionaron las listas de candidatos, de cara a los electores y pendientes de su apoyo.

Una comparación de esa práctica cívica con nuestros usos y costumbres electorales nos deja muy mal parados. Pero lo curioso es que cuando muchos dirigentes políticos critican nuestros malsanos hábitos comiciales, llegado el momento, no hacen demasiado por cambiarlos ni por introducir la transparencia que aportaría una valiosa cuota de credibilidad a los electores.

Es cierto que en algunas oportunidades, partidos verticalistas como el Justicialista, en el que nadie hubiera osado pedirle "internas" a Perón -aun cuando la imposición de su esposa en la fórmula presidencial no gozó de gran consenso interno- tuvieron alguna vez en su historia elecciones internas que arrojaron resultados insospechados. Tal el caso de la que Carlos Menem ganó contra el aparato oficial, que por entonces manejaba Antonio Cafiero.

Pero en verdad, por diversos motivos, tanto el Gobierno como la oposición no han sido atraídos ni obligados a organizar comicios internos para la selección de sus candidatos.

Todavía se recuerda cuando el entonces presidente Néstor Kirchner, en el apogeo de su popularidad, jugueteaba con dudoso humor con su eventual sucesor: "Será «pingüino» o «pingüina»", decía, frente a entusiastas corifeos que festejaban la ocurrencia presidencial.

Esa, en definitiva, es la "política del dedo": del dedo de Perón y de todos los que, aun en sus antípodas, se sienten dueños de los candidatos y, por extensión, patrones de los electores.

Pero debe decirse con total responsabilidad que esa filosofía del dedo atenta no sólo contra la pureza, sino contra la eficacia misma de las instituciones republicanas. El pueblo, ajeno a esos manejos, en definitiva, está obligado a tener que "optar" entre candidatos seleccionados por ocultos "dedos", tanto en el oficialismo cuanto en la oposición. Y si bien esa práctica de cacicazgo electoral obedece muchas veces al poder del "gran elector", cuya voluntad reemplaza a la de los ciudadanos, otras veces muestra la gran debilidad partidaria de quien recurre al "dedo", pues sabe de sobra que en una interna real y transparente no lograría imponer su propia candidatura.

Hay muchos pasos prudentes y razonables que se pueden dar para comenzar a mejorar nuestro sistema electoral y ponerlo más cerca de lo que nos muestran las mejores democracias del mundo. Para dar esos pasos tiene que haber una manifiesta voluntad concreta por parte de los actores políticos en el sentido de perfeccionar los procedimientos y de abandonar aquellas prácticas reñidas con la más elemental idea de participación que anima a la ciudadanía.

Así como el voto electrónico, la boleta única, la eliminación de las llamadas listas sábana, significan pasos positivos en la modernización electoral, también la elección de los candidatos por internas partidarias transparentes constituiría un avance al que ningún dirigente político republicano debería oponerse.
Editorial ILa transparencia de las internas

La filosofía del dedo atenta no sólo contra la pureza, sino contra la eficacia misma de las instituciones republicanas

lanacion.com | Opinión | Lunes 16 de marzo de 2009

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