La doctora en filosofía, psicóloga y logoterapeuta Elisabeth Lukas alude a este experimento en su libro Paz vital, plenitud y placer de vivir y se pregunta cuánto puede esperarse del potencial espiritual del ser humano si eso ocurre con los pequeños mamíferos. "En la vida de cada persona, reflexiona Lukas, hay períodos que sólo se pueden soportar con la esperanza de que un día se verá la luz del sentido brillar en el horizonte. Nadie es capaz de subsistir sin esta esperanza." Ni individual ni colectivamente. Eso lo intuían los miles de desempleados de Amsterdam que, en plena catástrofe económica en los años treinta, plantaron por propia iniciativa los árboles que hoy constituyen uno de los pulmones vitales de la ciudad. Nadie planta árboles si no cree en el futuro, dice Lukas al respecto.
El emergente, el que intuye o percibe que hay otros paradigmas posibles y realizables, suele tener momentos de decepción, de desconcierto, en los que llega a preguntarse si está solo o, incluso, si está loco. Pero, si sigue nadando, suele encontrarse con otros emergentes como él que acaso también desesperaron y también perseveraron.
Aunque hay períodos históricos en los que socialmente prevalecen intereses egoístas, apetencias materiales de dimensiones bulímicas, y la inmediatez por sobre lo trascendente (son Edades Oscuras, como las llama Tolkien en su impresionante alegoría El señor de los anillos ), en nuestro inconsciente colectivo está la perenne noción de que somos parte de un todo y que sólo cuando nos integramos activamente en esta totalidad sentimos que vivimos con sentido (es decir, con valores que se reflejan en lo que hacemos, en cómo nos vinculamos, en cómo nos instalamos en el mundo). Es una buena razón para plantar árboles. Acaso cada acción de ese tipo ayude a alguien a nadar ochenta horas, pese a todo.
Diálogos del almaEl poder de la esperanza
Por Sergio Sinay
lanacion.com | Revista | Domingo 8 de febrero de 2009

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