La ultrakirchnerización del Gobierno, puesta de manifiesto en estos días con el reemplazo de Claudio Moroni por Ricardo Echegaray al frente de la AFIP, apunta en una única dirección: garantizar una administración centralizada y discrecional de la masa de recursos derivada de la reforma jubilatoria y, eventualmente, del blanqueo de capitales.
Pero, al mismo tiempo, da cuenta de una delicada situación, caracterizada por una presidenta que parece cada vez más dependiente de las directivas de su esposo, quien a su vez confía cada vez en menos colaboradores. Moroni había llegado al Gobierno de la mano del ex jefe de Gabinete Alberto Fernández; Echegaray, más allá de sus títulos, es conocido de Néstor Kirchner desde que dirigía la Aduana en Río Gallegos.
El peligro de esta kirchneridad al palo, estilo detrás del cual no hay un proyecto de país, sino tan sólo un proyecto para no perder un centímetro de poder, es su autofagocitación. Cuando una estructura de poder se plantea devorar todo lo que está a su alrededor para sostener el protagonismo de una figura política, tarde o temprano, la prosecución de ese proceso conduce al aislamiento, a la nada.
En diciembre de 2007, al asumir la presidencia Cristina Fernández de Kirchner, había dos soles en la constelación de poder K. No estaba definido, por entonces, alrededor de cuál de ellos se moverían los planetas y satélites. En los últimos tiempos, ese dilema astronómico quedó develado: en octubre de 2007, no hubo una elección, sino una reelección encubierta. El único rey sol sigue siendo Néstor Kirchner.
No faltarán quienes, como el jefe de Gabinete, Sergio Massa, intentarán explicar que quien gobierna es la jefa del Estado y que su marido es sólo el presidente del partido gobernante. O que existe una división de tareas propia de una sociedad política, en la que uno se ocupa de los mensajes de barricada y la otra se reserva los grandes anuncios, como los planes para comprar heladeras. Lo cierto es que, a los ojos de la opinión pública, aquellos discursos de choque son más impactantes que cualquier decisión que anuncie la primera mandataria. Y casi no hay analista que no considere que Cristina Kirchner se ha ido convirtiendo en una figura subsidiaria respecto de su esposo.
Tanta exposición pública, combinada con un carácter irascible, le produjo a Néstor Kirchner un lógico desgaste que, en forma simultánea, terminó debilitando a la Presidenta.
Matrimonio y patrimonio
Ese proceso alcanzó su clímax durante el conflicto con el campo. El ex presidente fue el artífice de la estrategia de confrontación y, por ende, el responsable de la fuerte caída de la imagen positiva del Gobierno. Fue el mariscal de la derrota, pero no sólo no recibió castigo alguno, sino que, a partir de entonces, ejerció cada vez mayor influencia en las decisiones gubernamentales. Pone y saca funcionarios, llama por teléfono a algunos integrantes del gabinete tanto o más que la propia Presidenta y digita los tiempos de cualquier anuncio relevante que hará su esposa.
No hay en la historia política reciente ejemplos como para comparar la relación de poder entre Néstor y Cristina Kirchner, en función de su curioso parentesco. Hasta podría ser más útil recurrir al psicoanálisis que al análisis político.
De acuerdo con la teoría sexual infantil, los niños creen que ambos sexos tienen órgano sexual masculino por igual. Llega un momento en que la niña advierte que no lo tiene y su principal deseo es tenerlo. Al mismo tiempo, el varoncito concluye que la niña lo ha perdido y comienza a temer que a él le ocurra lo mismo.
Según reconocidos médicos psicoanalistas, esa situación explica muchos caracteres masculinos y femeninos corrientes. Así, el hombre se pasa la vida luchando por el patrimonio y la mujer, defendiendo el matrimonio , con lo cual generalmente logra el control del dinero del marido. En otros términos, el hombre se pasa la vida tratando de conservar -y temiendo perder- lo que tiene, mientras que la mujer tratará de apropiarse de aquello que no tiene y pretende tener. Esa entelequia, representada por el órgano sexual masculino o falo, puede estar dada por dinero, joyas o, también, por el poder.
Este análisis puede ayudar a entender la conducta de Néstor Kirchner, de aferrarse al poder que tuvo y tiene, pero teme perder. No alcanza, en cambio, para comprender la actitud de su esposa, la Presidenta, que hasta ahora no ha seguido el ejemplo de su marido, quien al llegar a la Casa Rosada, en 2003, lo primero que hizo fue deshacerse de su mentor, Eduardo Duhalde.
Los Kirchner y la teoría sexual infantil
Por Fernando Laborda
lanacion.com | Opinión | Domingo 4 de enero de 2009

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