miércoles, 13 de agosto de 2008

Ya no quedan dudas en mi cabeza de que la vida humana existe en el vientre desde el comienzo mismo del embarazo.

Conozco lo referente al aborto como quizá ningún otro. Conozco cada faceta del aborto. Fui uno de los que lo hizo nacer. Ayudé a que creciera la criatura en su infancia alimentándola de grandes dosis de sangre y dinero. El aborto se ha convertido en un monstruo, un gargantúa tan inimaginable que sólo pensar en volver a encerrarlo en su jaula después de haber engordado con los cuerpos de treinta millones de seres humanos? supera toda expectativa razonable. Y, sin embargo, ésa es nuestra misión: una tarea hercúlea.

Estas palabras, contenidas en su autobiografía, pertenecen al doctor Bernard Nathanson, el llamado padre del aborto en los Estados Unidos. Y tiene sobrados méritos para tal calificativo. El mismo lo cuenta: Dirigí la mayor clínica abortista de los Estados Unidos y, como director, supervisé decenas de miles de abortos. Yo mismo he practicado miles de ellos.

Con crudeza reconoce: He dirigido personalmente 75.000 abortos. He realizado el aborto de mi propio hijo. He abortado los hijos no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores. Y nunca hubo ni una brizna de duda ni la más mínima vacilación de la convicción suprema de que estaba haciendo un servicio de primer orden a quien me lo solicitaba.

Si algo queda claro en Nathanson es que tiene autoridad para hablar y resulta una fuente inevitable a consultar por los legisladores, tanto diputados como senadores, que actualmente tratan, en diferentes comisiones, numerosos proyectos relativos al aborto (este año ingresaron siete proyectos en diputados y uno, en senadores).

Nathanson es un referente ineludible en el tema: por ejemplo, para contar cuáles eran las estrategias de las que se sirvieron para introducir el aborto en los Estados Unidos: Nuestra línea de conducta favorita era achacar a la Iglesia cada muerte producida por abortos caseros. Se daban cada año unas trescientas muertes por abortos delictivos en los años 60 en Estados Unidos, pero Naral [asociación pro aborto] y sus notas de prensa afirmaban tener datos que apoyaban la cifra de cinco mil?.

El paso del tiempo y los avances científicos modificaron la postura del doctor Nathanson: comenzó a advertir que lo que él operaba no era un conjunto de células cualquiera, sino un verdadero ser humano.

En 1974, declaró: Ya no quedan dudas en mi cabeza de que la vida humana existe en el vientre desde el comienzo mismo del embarazo, a pesar del hecho de que la naturaleza de la vida intrauterina haya sido objeto de considerable discusión en el pasado. Esta es una declaración que ahora, veinte años después, debe ser corregida por la nueva información de que disponemos sobre la genética y la reproducción asistida. Si lo escribiera hoy, tendría que afirmar que la vida humana comienza antes incluso, con el complejo proceso de la fecundación, un milagro de la química, física y biología molecular que tiene lugar en la trompa de Falopio. Cuando el óvulo fecundado, que ya se ha dividido y ha empezado a organizarse, llega al útero, la vida está presente por lo menos desde hace tres días.

Su honestidad intelectual, producto de un permanente estudio e investigación llevó al médico a admitir: ?Después de mirar los ultrasonidos, ya no podía seguir como antes. Pero esta «conversión» era un proceso puramente empírico. Esta maravillosa tecnología nos ha permitido, desde su aparición, conocer más sobre el feto que en toda la historia de la medicina que ha precedido a esta técnica. Para poder darles una idea de la dimensión de la influencia de esta nueva tecnología en la práctica de la obstetricia y el conocimiento del feto, déjenme decirles que hay un grueso libro titulado Indice médico cumulativo, que registra todos los artículos publicados en todas las revistas médicas del mundo. En la edición del Indice, de 1969, había, bajo el encabezamiento de «Feto: fisiología y anatomía del...» cinco artículos en la literatura mundial. En una época tan reciente como ésa no sabíamos casi nada del feto; cuando se liberó en los Estados Unidos el aborto a petición, la fetología básicamente no existía. En 1979, había 2800 artículos, y en 1994, casi 5000. Esta tecnología nos ha abierto un nuevo mundo.

Pero hay más en las confesiones de Nathanson: Por fin restringí la práctica del aborto a aquellos casos en los que juzgaba que existía una imperiosa necesidad de abortar. Esto era a finales de los 70. Incluía la violación y el incesto entre otros casos. En este período, escribí un libro titulado La América que aborta. En él, hice una lista de numerosas condiciones que podrían justificar un aborto. Realicé dos o tres abortos en 1978 y en 1979 el último de todos. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar; la persona en el vientre es un ser humano vivo, y no podíamos seguir haciendo la guerra a los seres humanos más indefensos.

La historia del doctor Bernard Nathanson refleja la divisoria de aguas en el debate del aborto: los que creen que hay vida, y por eso la defienden, y los que piensan que no hay vida, y por ello pretenden disponer de esas células sin mayores remordimientos.

Hoy, en los inicios del siglo XXI, la ciencia ha avanzado suficientemente para zanjar el conflicto: la vida comienza con la fecundación; todo individuo de la especie humana inicia su existencia cuando un espermatozoide humano penetra en un ovocito humano, en lo que se denomina la etapa de fertilización.

Esta misma comprobación de que el embrión es un ser vivo la tuvo la ex ministra de Sanidad, Simone Veil, que introdujo en Francia la ley de despenalización del aborto en 1975. Más de 30 años después, en una entrevista para el canal de televisión France 2, emitida el pasado 14 de junio, la abortista arrepentida conmovió a la audiencia al declarar: Cada vez es más evidente, científicamente, que desde la concepción se trata de un ser vivo?.
Aborto, la ciencia y la conciencia

Por Daniel Diez
Para LA NACION

lanacion.com | Opinión | Mi?oles 13 de agosto de 2008

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