No ha sido distinto ahora, cuando un comité organizador local comenzó a preparar la representación, como país invitado, en la Feria del Libro de Francfort de 2010, invitación que se ha cursado porque la Argentina celebrará en ese año el Bicentenario de la Revolución de Mayo. Que un país sea invitado oficialmente -hecho que se conoce con una antelación de más de dos años- significa que contará con un pabellón gratuito (en este caso, de 2500 m2) y otro que compran los editores para exponer su oferta y vender derechos de autor. Es decir, una oportunidad inigualable para que la Argentina pueda mostrar todo lo que sus escritores, editores y productores de cultura deseen presentar a la opinión internacional.
Esa es la característica principal de la Feria de Francfort (a diferencia de la argentina, que tiene el acento puesto en el lector): un lugar donde se venden y se compran derechos de autor, y los libros y sus creadores circulan entre el circunscripto universo de las editoriales, los libreros, los agentes literarios y el mercado editorial. De más está decir que cada país invitado trata de desplegar todos sus atractivos culturales para captar la atención del resto de los países asistentes y hacer buenos negocios.
Hasta los que no están muy interesados en el mundo del libro pueden comprender entonces que esta oportunidad no debe ser desaprovechada y que por ello se impone una elección muy cuidadosa de aquellas figuras o íconos culturales con los cuales se quiere representar al país. Sin embargo, como ya ocurrió otras veces en temas culturales, la propuesta oficial se caracterizó por su arbitrariedad y terminó suscitando una fuerte controversia.
Efectivamente, la Presidenta propuso que el país estuviera representado por cuatro figuras muy populares entre los argentinos, pero sin reconocimiento en el mundo literario: Eva Duarte de Perón, Carlos Gardel, Diego Armando Maradona y Ernesto Che Guevara. Los más directos interesados, los editores, se enteraron de la lista en una reunión convocada por la conductora del comité organizador de la representación argentina en Francfort, la embajadora Magdalena Faillace, con la consiguiente sorpresa al ver que ninguna figura descollante de la literatura argentina figuraba en ella. El resto es historia conocida: producidos el escándalo y la polémica, se sumaron a último momento dos nombres ilustres e inobjetablemente literarios, los de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, como una manera rápida de intentar restaurar la calma en los ámbitos culturales y zanjar la cuestión. Claro que igualmente se podría haber incluido, por citar sólo algunos nombres, a Ernesto Sabato, Leopoldo Marechal, María Elena Walsh o Adolfo Bioy Casares, aunque en rigor de verdad el primero en encabezarla debería ser ese gigante literario que fue Domingo Faustino Sarmiento, el autor de Facundo y Recuerdos de provincia .
Editorial IAbsurda elección de íconos culturales
lanacion.com | Opinión | Viernes 29 de agosto de 2008

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