Las medidas económicas que prepara el gobierno de Cristina Kirchner se basan en la misma receta de siempre: forzar la recuperación de la actividad con anabólicos para el alicaído consumo interno. Sin embargo, el cuadro clínico es diferente.
La elevación del salario mínimo y las asignaciones familiares, un retoque módico en las jubilaciones y la suba del piso del impuesto a las ganancias para los asalariados apuntan a mejorar los bolsillos de mucha gente afectada por la alta inflación. Pero, aisladamente, nada asegura que habrán de mejorar su poder adquisitivo por mucho tiempo. Una parte sería absorbida por ajustes de tarifas, que lucen inevitables para atenuar la dinámica explosiva que han adquirido los subsidios estatales a la energía y el transporte. Y otra por el efecto que habrán de provocar sobre la inflación real, cuya magnitud no sólo sigue siendo ignorada por el Gobierno sino que tampoco parece demasiado dispuesto a atacar sus múltiples causas, entre las cuales las expectativas juegan un papel importante.
Es cierto que en las últimas semanas se ha desacelerado la velocidad de aumento de muchos precios a raíz de la retracción del consumo y del crédito, y que las medidas que se pondrán en marcha en las próximas semanas buscan evitar una prematura reapertura de paritarias, que echaría combustible a la inflación. Pero este diagnóstico equivale a mirar la foto y no la película: un nivel inflacionario de dos dígitos altos (25% anual, según el consenso de la mayoría de analistas privados) crea una inercia que conduce a ajustes más frecuentes y con escalones más altos.
Un estudio de la consultora Ecolatina pone este efecto en números: en los últimos 12 meses, una docena de costos empresarios (entre ellos salarios, alquileres, combustibles, servicios de limpieza, seguros, logística, catering, seguridad, tasas de interés, medicina prepaga, etc.) registra incrementos que van de 22 a 48% anual.
Sin una estrategia antiinflacionaria integral en el horizonte, con un nivel de demanda más volátil, estadísticas de precios inverosímiles y medidas caso por caso que crean desconfianza sobre el futuro económico, parece difícil que las inversiones recobren impulso. La receta de insistir con más de lo mismo no tiene esta vez el resultado asegurado. En otras palabras, se corre el riesgo de recalentar la inflación, sin que la actividad económica tome más temperatura.
Detrás de este cuadro económico hay una serie de componentes políticos inciertos. Por ahora no hay evidencia de que lo que se promete como cambios no termine siendo nuevos disfraces.
Al margen de la semanaLa misma receta, con efectos diferentes
Por Néstor O. Scibona
lanacion.com | Economía | Domingo 27 de julio de 2008

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