Lo que para cualquier país sensato representa una oportunidad histórica, la política argentina lo convierte en un motivo de disputa y frustración colectiva. Y cuando la política fracasa, las sociedades se repliegan, predomina la desconfianza y las estrategias de supervivencia individual o, a lo sumo, sectorial.
Sería un error metodológico gravísimo adjudicar la responsabilidad de estos acontecimientos a las características individuales de algunos de sus principales protagonistas: se trata de una cuestión sistémica, que remite a nuestras reglas del juego fundamentales, tanto las formales como las informales.
Las personas pueden naturalmente influir en la historia, y es evidente que en este caso en particular la psicología debe darnos argumentos complementarios para comprender mejor la lógica del proceso de toma de decisiones en el pináculo del poder.
¿Acaso no ocurría lo mismo cuando la Argentina se encaminaba al precipicio en diciembre de 2001? ¿Cómo podía ser que las máximas autoridades no advirtieran lo que estaba por pasar?
Lo que en aquella época faltaba ahora parece sobrar: o se diluye la autoridad presidencial y se fragmenta en pedazos el sistema político, o hay demasiada concentración de poder y el resto de los actores deben optar entre la obediencia debida, ejercida con un manejo discrecional de los recursos públicos, y la oposición, con el riesgo de ser injustamente vilipendiado o incluso perseguido judicialmente.
Nuestro sistema político tiene serios problemas estructurales: el hiperpresidencialismo (personificado en un líder o, como ahora, en un matrimonio) está atrofiando el desarrollo de nuestra sociedad. Como sugirió Guillermo O Donnell, pasamos de presidentes prepotentes a presidentes impotentes: acumulan demasiado poder, sobre todo en contextos de crecimiento económico, impidiendo el normal funcionamiento de los mecanismos de frenos y contrapesos, o se desmoronan con un saldo demasiado alto en términos de destrucción de riqueza y, sobre todo, de confianza entre los ciudadanos y en sus instituciones.
Carlos Nino desarrolló esta tesis en los albores de la transición a la democracia, mucho antes de que la Argentina entrara en esta nueva encerrona con crecientes chances de convertirse en trágica. La publicó luego en un libro que, no casualmente, tituló Un país al margen de la ley (Emecé, 1992).
La reforma constitucional de 1994 fracasó en acotar el hiperpresidencialismo. Se trata de un debate vital que el país no puede seguir postergando, a menos que queramos seguir desaprovechando las oportunidades que el mundo nos regala.
Opinión
Las duras lecciones que deja la crisis
Para LA NACION
LANACION.com | Política | Jueves 12 de junio de 2008

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