viernes, 13 de junio de 2008

En el mundo no nos entienden.

Es difícil pensar que se puede dar vuelta la página, como sugirió el Gobierno, en medio del clima de desconfianza económica actual, propiciado por confusas señales, a partir de la curiosa definición presidencial sobre la "renta extraordinaria" como medida para la distribución del ingreso.

Días atrás, la primera mandataria demonizó a los pools de siembra y precisó, con cierto fastidio, que conocía a alguien que invirtió 16.000 dólares en ese negocio y logró una ganancia del 30 por ciento en seis meses. Olvidó mencionar que se trataba de un negocio de riesgo, con casi nada de especulativo y mucho de productivo, en el que también el inversor pudo haber perdido dinero en igual lapso.

Seguramente el inversor aludido por Cristina Fernández de Kirchner no pasará a la historia como Warren Buffet, Bill Gates u otras tantas celebridades que construyeron cuantiosas fortunas.

Llamó la atención que la Presidenta buscara un ejemplo tan distante para mostrar cómo alguien puede ganar dinero en la Argentina. Sobre todo cuando el matrimonio Kirchner vio crecer su propio patrimonio de manera más que considerable, al adquirir en los últimos años terrenos en El Calafate a irrisorios valores fiscales de 1,50 a 7 pesos por metro cuadrado en zonas turísticas que hoy se cotizan a no menos de 50 pesos por metro cuadrado, aunque pueden llegar a los 300 dólares, según especialistas en bienes raíces. O cuando los alquileres de la familia presidencial han pasado, según su propia declaración jurada, de 276.000 pesos en 2005 a 5.264.000 pesos en 2007.

Sin duda, la Argentina es un país generoso en oportunidades. Pero la Presidenta no señaló que los más prósperos negocios están hoy reservados a funcionarios o a empresarios amigos del poder, y no a pequeños inversores en pools de siembra.

En un país donde el corralito y los ahorros forzosos siguen muy presentes en la memoria colectiva, y donde las reglas de juego figuran entre las más inestables del mundo, introducir el debate de los gravámenes a las supuestas "rentas extraordinarias" no hace más que retraer a potenciales inversores sin vínculos con el "establishment" político y elevar nuestro riesgo país.

Ningún hombre de negocios extranjero puede entender cómo en un mundo que se debate en una crisis alimentaria, en el que la Argentina tiene capacidad para darles de comer a 300 millones de personas por año, nuestro país continúa enfrascado en absurdas discusiones y al borde del desabastecimiento.

Con el tardío anuncio presidencial sobre el destino que se le daría a la proyectada recaudación adicional por las mayores retenciones a las exportaciones agrícolas, funcionarios del Gobierno creen haberle ganado la partida al campo.

Sin embargo, aun así, el costo habrá sido pírrico, al tiempo que quedaron demasiadas dudas en el camino. Una es qué pasaría con las promesas de hospitales, rutas y viviendas si el precio de exportación de la soja bajara de los 400 dólares (hoy es de 535) y cayeran las retenciones. ¿Cómo justificaría el Gobierno que no habría plata para esas obras públicas de interés social y que sí la habría para el cuestionado tren bala?

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