El supuesto golpismo del paro agropecuario había sido hasta ayer un discurso marginal del oficialismo. Hay que concluir ahora en una lamentable certeza: la Presidenta cree, definitivamente, que existen sectores políticos y económicos interesados en terminar con su gobierno.
Es una convicción equivocada, como fue desacertada la afirmación de que nunca hubo un gobierno elegido con tantos problemas como el suyo. Basta recordar los levantamientos militares que tuvieron otros presidentes elegidos en los últimos casi 25 años de democracia o remontarse a la historia argentina, llena de gobiernos civiles frágiles, para refutar esa temeraria aseveración. La Presidenta tiene, sí, un problema al que los Kirchner no estaban acostumbrados: un sector social clave del país, como es el agropecuario, ha desbordado a su propia dirigencia en una feroz crítica a la política oficial. Punto. No hay más que eso.
Ningún sector político o económico planea hoy una caída del Gobierno. Nadie supone que detrás de una colosal crisis política, que es lo que significaría esa alternativa, podría esconderse la solución de un conflicto que se refiere tanto al contenido como a los métodos de la administración kirchnerista. Los actos como los de ayer son necesariamente multitudinarios (el aparato de intendentes y sindicalistas peronistas es infalible en ese sentido), pero alejan, también necesariamente, a sus oradores de la moderación y la ponderación. No se moviliza una multitud para escuchar serenos llamados a la conciliación de posiciones. Gana la épica en tales eventos, y las palabras de ayer estuvieron colmadas de épica, propia por momentos de los discursos de hace cinco décadas.
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El peronismo parece creer que la Argentina es sólo peronista. La movilización de ayer bloqueó la ciudad con un número bíblico de colectivos rentados. Algunas avenidas céntricas y algunas autopistas fueron tomadas como playas de estacionamiento. Los argentinos que no simpatizan con el actual oficialismo o que son simplemente indiferentes quedaron abandonados por su gobierno. Oficinas de la administración nacional conminaron a sus empleados a concurrir al acto mediante terminantes textos enviados por e-mail. Algunos concluían con el viejo y gastado slogan "patria o muerte", que nada dice a estas alturas del siglo XXI. Néstor Kirchner monitoreó personalmente, intendente por intendente, sindicalista por sindicalista, la concurrencia al acto.
El Gobierno es cualquier cosa menos débil. Pero el acto fue, en última instancia, un gesto de debilidad. Fue también un error político. ¿En qué estado anímico quedaron los dirigentes agropecuarios para seguir proponiendo el diálogo después de que los llamaron golpistas? ¿Acaso ese discurso, con dejos de rencor hacia los productores agropecuarios, no les complicó aún más a los dirigentes el frente interno, que ya lo tenían complicado? ¿Para qué se corrieron riesgos en medio de una sociedad crispada y de un grave conflicto irresuelto?
La Argentina en estado de asamblea es una mala novedad, pero lo es más cuando la asamblea la promueve el mismo gobierno. Las soluciones no surgirán nunca de las asambleas de productores enardecidos ni de plazas colmadas para confrontar con los productores.
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Hubo debilidad en ese palco que sólo pudo mostrar a funcionarios, gobernadores y legisladores del oficialismo. Salvo las organizaciones de derechos humanos, todo el resto formó parte del universo kirchnerista. Es la ampulosa escenografía que le gusta a Cristina Kirchner. Hasta es inevitable cierta añoranza de los discursos solitarios de Néstor Kirchner, cuando decía sus diatribas en austeros palcos del interior del país. La actual ostentación suele jugar malas pasadas. Ayer las hubo cuando la televisión mostró juntos, invariablemente juntos, a Hugo Moyano, a Guillermo Moreno y a Ricardo Jaime convertidos en un equipo capaz de espantar a cualquier exponente de los sectores medios urbanos. Moreno actuaba de sí mismo y hacía el conocido gesto de cortar la cabeza de alguien. ¿De quién? No se sabe.
Un poco más allá estaba Luis D Elía, otra vez en el palco de los influyentes, otra vez entrando y saliendo de la Casa de Gobierno, como el día antes lo había hecho en el Congreso. El Gobierno no ha tomado nota del daño político que ya le han hecho esos personajes, o ha decidido pagarlo con tal de instalar cierto temor en los sectores antikirchneristas de la Capital. Hay que suponer que no se propone atemorizar a los productores agropecuarios con Moreno, Moyano y D Elía; en tal caso, estaría exhibiendo un profundo desconocimiento de las características y la fortaleza de los hombres de campo.
Sabemos que el matrimonio presidencial es analista empedernido de los diarios. Gasta buena parte de las mañanas en esa tarea. La Presidenta lo ratificó ayer cuando perdió tiempo y energía en criticar al periodismo en un discurso que merecía mejores causas.
Hubo párrafos más injustos todavía, como cuando señaló que los argentinos viven por primera vez bajo un gobierno que respeta los derechos humanos. Quizá haya expresado mal otra idea también injusta, que consiste en creer que éste es el primer gobierno que revisó la historia de la dictadura. Sea como fuere, los argentinos viven bajo gobiernos que respetan los derechos humanos desde 1983.
El análisis
El acto, un gesto de debilidad
Por Joaquín Morales Solá
LANACION.com | Política | Miércoles 2 de abril de 2008

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