lunes, 31 de marzo de 2008

La gente hoy quiere, además de todo lo demás, un sueño.

Antes de comenzar a plasmar sobre el lienzo lo que él tenía ya en su espíritu, debió realizar cerca de cincuenta ensayos. Antes de la versión final, debió pasar por seis intentos. Finalmente, el 12 de junio de 1937 Pablo Picasso expuso al público su obra más sublime en la Exposición Internacional de París: el Guernica. La pintó en menos de un mes, entre el 11 de mayo y el 4 de junio de aquel año. Es la máxima expresión de su genialidad. Ese "grito en la pared", que es el Guernica, inspirado en la crueldad de la matanza sin sentido, es un canto a la vida.

No hay obra que el ser humano haya construido que no haya nacido en su imaginación. Los pinceles, los cinceles y las grúas mecánicas no son movidos por las manos, sino por el alma. Primero viene el sueño, la imagen; luego, todo lo demás. "Cuando yo era pequeño, mi madre me decía: si te hacés soldado, llegarás a general; si te haces cura, llegarás a Papa… Yo quería ser pintor y he llegado a Picasso."

¿Cuál es nuestro sueño como sociedad? ¿Adónde queremos llegar? ¿Quiénes queremos ser? Estas preguntas pueden parecer banales en una sociedad acuciada por las terribles urgencias del corto plazo. Un país que hace tan sólo seis años estaba devastado no puede darse el lujo de soñar... ¿No puede?

Nuestra identidad ha sido siempre un terreno pantanoso. Hace apenas 150 años –un suspiro, en términos históricos–, hacia 1860, éramos apenas 1.200.000 habitantes. Luego de la ley 817 dictada en 1876, durante el gobierno de Avellaneda, que promovió la inmigración, nos transformamos en una "sociedad aluvional". Entre 1880 y 1930 recibimos cerca de 3.200.000 inmigrantes –casi el triple de los que éramos–. En el censo de 1914, el 30% de la población existente era extranjera. El 65% eran hijos de extranjeros. Sólo el 5% de los ocho millones de habitantes de entonces, apenas 400.000 personas, no tenían su raíz en otra parte. En su origen, éste es un país de desarraigados. Pocas cosas lo expresan tan bien como nuestra música más emblemática: el tango. La nostalgia, la pérdida, la añoranza, la tristeza, ese semblante de impronta oscura, grisácea, que a la vez que seduce e hipnotiza, aplasta.

"En el comienzo, todas las personas del Señor, de todas las partes del mundo, hablaban un único lenguaje. Nada que se propusieran era imposible para ellos. Pero temiendo lo que el espíritu del hombre pudiera conseguir, el Señor dijo: «Bajemos y confundamos sus lenguas de modo que ellos ya no puedan entender el lenguaje de los otros»." Con este fragmento del Génesis, ilustra el mexicano Alejandro González Iñárritu su laureada película Babel.

El mito sugiere que si los hombres no podían entenderse no iban a ser capaces de alcanzar ese gran objetivo que se habían propuesto: construir una torre que llegara al cielo. Quienes no pueden entenderse no pueden aunar sus fuerzas ni unirse para concretar sus sueños.

Cuando Octavio Paz dijo que los argentinos descendemos de los barcos expresó que, de algún modo, hay una Babel en nuestra propia raíz, que nos persigue y nos condenará si no somos capaces de superarla al volver a crear un lenguaje común. Sólo así podremos trazarnos un objetivo común, un destino común.

La crisis de 2001 y 2002, que dejó prácticamente tierra arrasada, bien puede haberse llevado junto a tanto dolor las sombras de aquella torre. A lo largo de estos años, les hemos venido haciendo a los argentinos una pregunta simple y profunda a la vez: ¿a qué país le gustaría que se pareciera la Argentina en el futuro? En 2003, apenas el 32% dijo: "A la Argentina". La gran mayoría deseaba que fuéramos como algún país de Europa, especialmente España.

España representa lo mejor de la Argentina –la calidez, el apego a la familia, la tradición, el mismo idioma, el gusto por la noche, la buena comida, el buen vino, la vida que tiene espacios para la alegría que da lo simple y lo cotidiano, aquello que por ser pequeño, es tan grande– puesto en la Comunidad Económica Europea, con 20 años de crecimiento económico y estabilidad. En la estampida, muchos se fueron allá, para recorrer en sentido inverso el camino de sus bisabuelos, con un reflujo que sabía a fracaso y laceraba el estómago. Sólo el 9% tenía a los Estados Unidos como valor, como idea, como imaginario. Salvo el interregno de los años 90, el "gran país del Norte" nunca fue para nosotros un espejo en el cual mirarnos. Esto no quita que disfrutemos de lo mucho que Estados Unidos le dio a la humanidad, simbolizado en el extraordinario progreso del siglo XX. Vinimos cruzando el Atlántico. Nuestro espíritu sostiene aún esa conexión. Quizá, para algunos, éste es nuestro gran problema.

En 2005, volvimos a hacer la misma pregunta. Esa vez, el 38% dijo: "A la Argentina". Y en 2007, nuevamente. Ahora el 48% dijo: "A la Argentina". Queremos ser la Argentina. No otra cosa. Esta es una gran noticia. Una gran novedad. Para contestar a esa lucidez de Tute, que en una de sus historietas se pregunta por qué siempre nos parece más interesante lo que pasa en la mesa de al lado, esta vez queremos concentrarnos en nuestra mesa. Lo que no resulta más que un comienzo. Hay mucho por debatir y consensuar para definir qué significa hoy querer ser la Argentina. Pero nada de esto es posible sin empezar por el principio: teniendo la voluntad de hacerlo.

¿Quiénes queremos ser?

Por Guillermo Oliveto


LANACION.com | Opinión | Domingo 30 de marzo de 2008

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