“Piense en toda la energía dedicada al transporte de alimentos.” “Dejemos de quemar petróleo para mover la comida a nuestra mesa.” Son sólo algunas de las frases que forman parte de una intensa campaña que busca limitar los efectos contaminantes del transporte.
Cuando el norteamericano promedio se sienta a la mesa, cada ingrediente de su comida viajó, en promedio, al menos 2400 kilómetros, dice una de las páginas web que forma parte del movimiento. La “dieta de las 100 millas” es otro de los exponentes. Se trata de un experimento que dos ciudadanos de Vancouver, Canadá, que en 2005 dijeron que durante un año sólo comprarían alimentos producidos dentro de un radio de 100 millas de su casa. Tesco, una cadena de supermercados británica, se sumó a la ola. Anunció que limitará en sus góndolas el número de productos que transporta por vía aérea y que diseñará etiquetas de fácil lectura para que los usuarios puedan rastrear de modo sencillo la “huella de carbono” de cada producto.
De todos modos, un extenso artículo publicado por el semanario norteamericano The New Yorker, relativiza el peso del transporte en la contaminación. Toda actividad humana tiene algún “costo de carbono” asociado al calentamiento global.
La revista cita como ejemplo el hecho de que mirar un televisor plasma durante tres horas, todos los días, contribuye con 250 kilogramos de carbono a la atmósfera por año.”¿Debería una etiqueta de carbono de una caja de cereales incluir las emisiones causadas por el fertilizante, el calcio y el potasio aplicados a los granos originales del producto?”, se pregunta luego. El autor cita otros dos atractivos ejemplos.
El primero, un estudio sobre el impacto ambiental del comercio mundial de vino, demostró que es “más verde” para los neoyorquinos beber vinos franceses de Bordeaux –que son transportados en barcos– que vinos californianos –que llegan en camiones–. El otro, investigadores de la Universidad de Lincoln encontraron que los corderos criados en Nueva Zelanda y transportados por mar 11.000 millas hasta Gran Bretaña, producen 688 kilos de dióxido de carbono por tonelada, alrededor de un cuarto de lo producido por los corderos británicos (en parte porque las pasturas neocelandesas necesitan menos fertilizantes).
Fuente: La Nación
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