De acuerdo con estas cifras, las iniciativas proselitistas que culminaron con las elecciones del 28 de octubre último habrían costado unos $ 30/35 millones, cifra razonable y parecida a la registrada en 2003, de 35 millones. Aparentemente, porque ya surgieron las primeras e importantes objeciones. Según fuentes independientes, el costo total de las campañas habría sido de 70/75 millones, el doble de lo informado y cantidad acorde con la que resulta de la medición de los espacios físicos comprados por los partidos en los medios masivos.
Poder Ciudadano, una organización independiente y sin fines de lucro que realiza sus propios cómputos, cuestionó también el informe de los partidos, en especial el dado a conocer por el Frente para la Victoria. Basada en el desglose por rubros, la entidad objetó, por ejemplo, la partida asignada a las encuestas, de unos $ 200.000, monto que no resiste ningún cálculo serio, dados la frecuencia y el costo de los múltiples sondeos encargados. Poder Ciudadano estimó que la ahora presidenta Cristina Fernández de Kirchner invirtió 2 millones, es decir, diez veces más de lo rendido. Parecida objeción, proporcionalmente, merece lo declarado por otros partidos.
Pero el de las encuestas no es el único rubro del informe que no resiste un análisis más prolijo. La asignación para "actos y eventos", por ejemplo, de $ 326.000, también suena irrisoria porque las manifestaciones y concentraciones ya no se hacen, como antes, con militantes que asistían voluntariamente para escuchar a sus candidatos y alentarlos en la competencia electoral. Ahora se trata de "asistentes profesionales", a los que hay que transportar, entretener, brindar facilidades sanitarias e incluso pagarles un "honorario".
Lo mitines modernos son obras maestras del marketing. En España, donde el recurso está más avanzado, se enlatan y se despachan para su televisación. Es así porque los candidatos ya no se dirigen sólo a los miles de personas que asisten personalmente, sino principalmente a los millones que reciben la transmisión televisiva. Hay pocos recursos, si los hay, de los empleados en las campañas que no terminen de una forma u otra en el receptor hogareño.
Las campañas son cada vez menos transparentes. Los informes económicos de los gastos generados durante las campañas, suministrados por los propios responsables, suelen ser tan poco creíbles como los que últimamente difunde el tan cuestionado Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) acerca del costo de productos y servicios.
Las campañas modernas son como un iceberg que muestra menos de lo que oculta; lo que queda bajo el agua suele ser por lo menos igual a lo que sobresale, más aún en esta época en que los medios convencionales son apoyados por otros como el telemarketing, las manifestaciones y la participación en programas (PNT), por citar sólo a los legales.
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Cuestionamientos a los costos de la última campaña electoral
Por Alberto Borrini
LANACION.com | Economía | Martes 11 de marzo de 2008

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