domingo, 17 de febrero de 2008

Lavagna por Lavagna

1. La democracia reconquistada en 1983 no ha venido de la mano de una mejora institucional. Es más, la reforma constitucional del ‘94 no nos ha dado instituciones más eficientes, transparentes y seguras. No obstante, la continuidad democrática tiene un valor en sí y todo nuestro trabajo debe ir dirigido a mejorar progresivamente, sin saltos ni supuestos actos fundacionales, estas instituciones.

En esa línea y dentro de lo dispuesto en la Constitución debe buscarse el reequilibrio de influencia de los tres poderes. El Gobierno cuenta con amplia mayoría en el Congreso. Eso debería animarlo a un manejo más participativo y con menor uso de poderes extraordinarios. La bonanza política debe hacerlo más abierto, no más cerrado.

Igualmente, hay que buscar la refederalización y eso no se hace sin caja propia y sin mecanismos donde las decisiones nacionales no ignoren las realidades e impactos locales. Entre 2003 y hasta parte de 2006 el superávit provincial hizo que se viviera un período excepcional en cuanto a las autonomías provinciales. Hay que rescatar ese proceso. Una nueva ley de coparticipación realista, seria, de largo plazo, quizá de aplicación progresiva es necesaria.

El papel de los partidos políticos debe ser revalorizado. Hoy son meras maquinarias electorales, oportunistas, y vacías de contenido. La revalorización debe hacerse sin inventar alquimias o ingenierías políticas y sin renegar de la historia de cada uno de ellos.

En el caso particular de nuestro partido hay que sacarlo de la hibernación en que se encuentra hoy, o de ser como fue antes, una junta de gobiernos locales. La discusión interna y la aceptación de la expresión de sectores minoritarios es esencial. Hay que rescatar al justicialismo no como un mero “aparato” sino como un instrumento para la acción, con “contenido” apto para cumplir con su esencia fundacional que no es otro que el compromiso social. O el justicialismo vuelve a representar los intereses, los deseos y las aspiraciones de las mayorías en el país o no será nada.

Para alcanzar una institucionalidad diferente es esencial un justicialismo anclado en su compromiso fundacional pero a la vez moderno, actual, con equipos organizados, con voluntad de diálogo con otras fuerzas y otras ideas políticas.

Desde un “nosotros” revalorizado y enriquecido en contenido debemos ponernos al servicio del diálogo. El “toma todo” de quien circunstancialmente gana hay que erradicarlo de la política nacional. Quien gana gobierna y decide pero primero ensaya los canales de diálogo y la búsqueda de mayorías más amplias que la suya propia.

Nuestro espacio político debe comprometerse activamente con estas ideas.


2. Desde la mega crisis de 2002 tenemos una economía distinta basada en seis puntos fundamentales:

I) el consumo de la mayoría de la población es el “motor” del crecimiento económico. Las inversiones y las exportaciones son las “consecuencias” necesarias, esenciales, para seguir el impulso.

II) lograr el aumento permanente y progresivo del consumo requiere una mejora en la distribución del ingreso (el reparto de la torta), que para no ser efímera debe venir de la mano de mejoras en la producción y la productividad de la sociedad en su conjunto.

III) el superávit fiscal, de las cuentas públicas, globales, nacionales y provinciales es fundamental no como un reflejo de ortodoxia económica sino como un instrumento de alcanzar la plena capacidad de “hacer” política económica, de tomar decisiones, sin condicionamientos de factores de poder internos o externos. Ese superávit debe ser entendido como permanente y no como un mecanismo de crear o afectar compromisos futuros.

IV) un tipo de de cambio (valor del dólar o las monedas llamadas de reserva) apto para favorecer la producción y el empleo nacional, por ende, en un nivel que refleje –dinámicamente– a las menores productividades sectoriales propias de una economía en desarrollo. Por ende, una economía que está en proceso de crear eslabonamientos, cadenas productivas, de incorporación de tecnología, y de mejoramiento educativo y social.

Esta condición de adaptación dinámica a los estándares de competitividad internacional o regional no es una mera condición retórica y finalmente superflua, es esencial a la justificación del valor de tipo de cambio que se fijó como objetivo. Igualmente, cierta es la relación con el superávit fiscal y la generación de reservas en la Tesorería (que no es igual que en el Banco Central).

V) una tasa de interés que sustentada en el superávit fiscal deje toda la capacidad neta de financiamiento en manos del sector privado de la economía, familias y empresas y, muy particularmente, que atienda a las empresas de menor tamaño que son la mayor fuente de creación de empleo futuro.

VI) finalmente, la búsqueda permanente del “desendeudamiento” neto, esto es, la reducción de la deuda pública en valor actual, hasta que alcance niveles de seguridad aptos para una economía en proceso de desarrollo.

Hay que volver a darles a estos pilares fundamentales el sentido y la fortaleza inicial. Desde mayo de 2002 llevamos casi seis años de crecimiento sostenido (68 meses para ser más precisos). Su debilitamiento, la contabilidad creativa, el cambio en los equilibrios intergeneracionales, o incluso condiciones de distribución del ingreso menos favorables, pueden no ser aún percibidas plenamente pero decididamente afectan a muchos hoy y alterarán de manera negativa en el futuro. El mañana se define hoy.

Si logramos volver al camino original, las fuerzas privadas de nuestra sociedad, trabajadores, empresarios: profesionales, la sociedad toda, se va a volver a manifestar (como ya lo demostró al salir de la crisis cuando nadie lo esperaba) con capacidad de acción, con voluntad, con ingenio, para seguir un proceso continuado de crecimiento que a esta altura debe transformarse en un proceso genuino de desarrollo.


3. Frente al panorama social –educación, salud, vivienda, ingresos– hay dos actitudes posibles:

elogiarnos como sociedad y autoelogiarse el Gobierno por las mejoras habidas respecto del fondo de la crisis de 2001 (en grandes números, la mitad de la pobreza y la indigencia), o autoflagelarnos como sociedad por todo lo mucho que aún falta hacer, urgentemente.

Ni lo uno ni lo otro sirve de mucho.

Hoy hay que poner las mejores cabezas y las mujeres y los hombres con la mayor capacidad de organización y acción concreta en diseñar y llevar adelante un programa que ataque la pobreza estructural con un seguimiento de resultados mucho más detallado, mucho más en el terreno que las cifras globales. Cifras que por otra parte empiezan a mostrar estancamiento o, peor aún, empeoramiento de la situación de sectores más postergados.


En octubre de 2006 propusimos una verdadera cruzada contra la pobreza.

Creo que esta convocatoria es necesaria para y desde el Gobierno pero con toda la sociedad detrás. Para los sectores más postergados el Estado no es representado por el Presidente, el Congreso, los gobernadores. Ni siquiera los intendentes. Todos son vistos como demasiado lejanos. El Estado es la escuela del barrio, la salita o el centro médico, el club, la cooperativa, o el comedor. Allí tiene que llegar el “otro” Estado y debe hacerlo con las organizaciones sociales, religiosas, deportivas.

En 2002 nada era más importante que darle rumbo a la economía. En 2008, nada hay más importante que llegar en lo social a los grandes conurbanos y a las regiones más pobres del país.

4. La Argentina en el mundo, no puede ser la Argentina de “las relaciones carnales”, pero tampoco puede ser la de “los alineamientos personales”. Cada quien puede ser amigo, socio, o compañero de ruta de quien desee pero no al precio de afectar posiciones estratégicas del país.

Nuestro ámbito natural es el Mercosur y particularmente relevantes son nuestras relaciones con Brasil. El Mercosur, la Comunidad Sudamericana son piezas clave de nuestra inserción en el mundo y por ello no hay que permitir que ninguna de estas organizaciones se asigne o pretenda asignarse, de hecho, un papel rector, director, del conjunto. Este conjunto requiere de un entendimiento estratégico fuerte del Brasil y la Argentina; debe contemplar los intereses de los socios de menor tamaño relativo y afirmar los objetivos iniciales del ‘86, que fueron y son:

defensa de la democracia,

compromiso con el mejoramiento socioeconómico, e

inserción activa en la comunidad internacional en todos los planos.

Somos un país de tamaño intermedio, que puede y debe jugar un papel en los foros internacionales que más nos interesan:

los de los derechos humanos,

los del medio ambiente,

los de la inversión, la ciencia y tecnología, y

los de las negociaciones comerciales globales.

Nuestra capacidad de hacerlo no es independiente de cómo actúe el Mercosur y de nuestra propia imagen.

El bien más escaso de quienes tienen, en el mundo, manejo o influencia sobre el desarrollo científico-tecnológico y sobre proyectos productivos es el “tiempo” (no los capitales) y nadie gasta tiempo en explorar posibilidades en países cuya imagen no responde a los patrones básicos predominantes en la escena internacional.

Cada ciclo de gobierno en Argentina –civiles/militares; derechas/progresismo; reaccionarios/izquierdistas; gobiernos de partido/gobiernos de alianzas– ha sido el resultado de un fracaso previo. Por ende, ha sido “extremista”. No ha sido –como debiera ser– el resultado de una alternancia natural, respetuosa del otro, con diferencias pero con conciencia que la historia no empieza con uno y que nadie tiene para siempre todo el poder. Por lo tanto, que hay decisiones estratégicas más allá de quien gobierne.

Visto hacia donde fue el péndulo en los últimos años (2002-2007), después del derrumbe del modelo de derecha, pocas dudas quedan hacia dónde iría si no cambiamos la historia y si el modelo actual fracasa.

No debe, no puede fracasar y ésa es nuestra responsabilidad, la responsabilidad del justicialismo. Esa responsabilidad no la podrá asumir sobre la base de obediencia ciega (un país que vivió la tragedia de la “obediencia debida” no debe olvidar la lección), sólo la podrá asumir en torno de un plan, un programa y la capacidad de discusión interna sobre el mismo y sobre cómo, quién y en qué tiempos y con qué eficacia se lo ejecuta.

Durante la campaña electoral dije, dijimos muchas veces, que a pesar de las presiones no nos llevarían hacia la derecha, hacia la oposición rabiosa. La nuestra era, y es, una visión “alternativa” desde el campo nacional, con la seriedad, la experiencia y el realismo propio de quienes ejercieron altas responsabilidades de gobierno en momentos cruciales.

El límite es para quién se trabaja. Si se trabaja para un grupo, para una facción, para un núcleo de interés o si se trabaja para las grandes mayorías, para el conjunto, con el respeto de las diferencias. Allí debemos estar nosotros.

Fuente: Perfil

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