Estaba sola y embarazada. Tenía 25 años y su familia no había aceptado su embarazo y la decisión de criar a su hijo sin un marido al lado. Con el bebé recién nacido en brazos vagó un año por Buenos Aires. Su historia es un ejemplo de las oportunidades que puede dar la vida cuando parece todo perdido. Ruth Ramanauskas actualmente lleva adelante emprendimientos sociales, y antes regenteó institutos de inglés. Llegó a tener un capital de un millón de dólares.
Fue la propia Ruth la que contó su historia en una carta de lectores del diario La Nación. “Para los ojos de la sociedad –dijo—, hace 20 años que soy una empresaria exitosa, docente respetada, voluntaria dedicada, madre cariñosa y con el broche de oro de ser una gringa cuyo aspecto físico “le facilitó las cosas”. Sin embargo, hace 22 años viví en la calle con mi hijo recién nacido, en el más profundo desamparo”, agrega.
Vivía en los Estados Unidos cuando quedó embarazada. Su familia no aceptó la idea de que fuera madre soltera, y la echó de su casa. "Son buenas personas, pero no les cayó bien mi decisión de tener un hijo fuera del matrimonio", afirmó en una entrevista radial realizada con posterioridad a la publicación de la carta. Ya en unas pocas líneas había contado: “ mi caso forma parte de las típicas estadísticas: rotura de vínculos familiares, profunda ignorancia, baja autoestima y leyes incoherentes En 1986, pasó un tiempo en una pieza alquilada en el barrio de Belgrano. Pero sus penurias económicas la obligaron a abandonar ese lugar, con Alexander, su hijo recién nacido, en brazos. Y sólo le quedó la intemperie.
La primera noche la pasó viajando, indefinidamente, sobre un tren que unía las estaciones de Retiro y Tigre. Cuando se terminó el servicio, se fue a la entrada de una confitería a dormir. A la mañana siguiente, se aseó junto a su hijo en el baño de una estación de servicio. Por varios días, esa fue su rutina. Sólo comía galletitas y queso.
"El año que viví en la calle con mi bebé me marcó. Pero uno tiene dos opciones, quedarse llorando en una esquina o salir adelante. Y pienso que cuando uno se queda sin comida, sin techo y sin dinero y con un bebé recién nacido en brazos tiene que luchar, porque tiene esa vida por quien luchar", afirmó Ruth.
De aquellos años recuerda que “encontré más solidaridad entre mis pares indigentes que entre algunos colegas empresarios
Un día las cosas comenzaron a cambiar. Su padre le ofreció un departamento que la familia tenía en Mar del Plata para que se alojara. Se decidió entonces a viajar a la ciudad balnearia, con una propuesta de trabajo en un banco marplatense.
Y ahí se reencontró con una vieja vocación: la docencia. "Había estudiado en los Estados Unidos para profesora de español como segunda lengua", contó la mujer. Por eso, montó en un pequeño departamento junto a una amiga un instituto de inglés. A los tres años, contaba con una matrícula anual de mil alumnos.
Luego de pasar seis años en Mar del Plata, había alcanzado un patrimonio de casi un millón de dólares, repartidos en casas e institutos de inglés. Las personas que no conocían su historia "pensaban que tenía el mundo en las manos", señaló Ruth.
Circunstancias familiares hicieron que volviese a los Estados Unidos. Pero tiempo después retornó a la Argentina, esta vez, a Buenos Aires. La empresaria dijo: "Tuve que empezar de nuevo". Una propuesta de su jefe en una consultora la puso de nuevo en el mercado de los institutos de inglés.
Hoy lleva adelante un emprendimiento social: enseña a las ONG y bolsas de trabajo a pintar y empapelar paredes, como una salida laboral para los desempleados. Su historia terminó bien, aunque dejó huellas imposibles de borrar: “el desamor que se vive en el remolino existencial que nos empuja al desamparo es algo tan doloroso que ningún dinero del mundo logrará sanarlo”.
Fuente: Infobae.com, diario La Nación y otros medios argentinos.
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