Silvia Stang
LA NACION
La asignación por hijo que paga el Estado (mal llamada universal porque, en rigor, no llega a todos) no logró, por lo menos en su primer año de vigencia, un efecto significativo en cuanto a aliviar la problemática del trabajo infantil, más allá del aporte que esa política social hace a la economía de las familias. Según los resultados de una encuesta reciente, son alrededor de 980.000 los niños y adolescentes de entre 5 y 17 años que, en los centros urbanos de la Argentina, trabajan fuera de sus hogares, mientras que otros 420.000 hacen tareas domésticas en forma intensiva, como cuidar a sus hermanos o encargarse de las compras.
Son, en total, el 15,5% de la población de esa edad -unos 1,4 millones de chicos- según datos de un relevamiento del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia que elabora la Universidad Católica Argentina (UCA). Según la encuesta, el 9,6% de los menores trabaja en tareas no domésticas; el 4,6% cumple funciones en el hogar, que son propias de adultos, y el 1,3%, que representa a unos 115.000 menores, está afectado por ambas situaciones.
Los resultados del trabajo de campo hecho entre agosto y diciembre de 2010 -que fueron anticipados a La Nacion- no presentan variaciones significativas respecto de los registrados en años previos. Según afirmó Ianina Tuñón, coordinadora del trabajo, las diferencias son estadísticamente irrelevantes. Los datos promedio obtenidos entre 2007 y 2009 indican que trabajaba fuera del hogar el 8,7% de los niños y adolescentes, en tanto que el 6,9% desarrollaba tareas domésticas, y el 1,4% hacía las dos cosas.
La encuesta abarcó a hogares en los que viven unos 6000 chicos y están ubicados en el área metropolitana (Capital Federal y conurbano), Gran Córdoba, Gran Rosario, Gran Mendoza, Gran Salta, Gran Resistencia, Neuquén y Plottier y Bahía Blanca.
"Un fenómeno estructural como es el trabajo infantil, que está vinculado a aspectos socioculturales y a estrategias familiares que no sólo se relacionan con la pobreza económica, lamentablemente parece no haberse modificado a partir de la asignación universal por hijo", evaluó Tuñón, que también recordó que la inflación va deteriorando el valor real del monto otorgado por niño, primero de $ 180 y luego elevado a $ 220.
Para la abogada Liliana Litterio, autora de trabajos de investigación sobre el tema, la asignación es una contribución importante para las familias pobres, pero "de ninguna manera resuelve la pobreza de carácter estructural, que es la principal causa del trabajo infantil". Señaló, además, que existen situaciones, como la de niños indocumentados, que impiden el acceso al beneficio. Y desde el punto de vista del sistema educativo, advirtió que hay escuelas que no están preparadas para recibir una mayor cantidad de niños "y mucho menos para retenerlos" en las aulas.
La instrumentación de la asignación por hijo previó la presentación por parte de los padres o tutores de certificados de escolaridad como condición para cobrar la prestación completa.
Déficit educativo personal
Si bien aún no hay datos desagregados de la encuesta de la UCA en su versión más reciente, los resultados de 2009 muestran la alta incidencia del trabajo infantil en el déficit educativo, entendiendo por tal tanto el abandono del ciclo escolar como el retraso en la cursada: entre los niños de 5 a 13 años, la tasa de deserción o repitencia de quienes trabajan duplica a la de quienes no lo hacen.
Así, si bien existe empleo de menores en los diferentes estratos sociales, la pobreza es un factor de peso que lleva a los chicos a desarrollar roles de adultos. El informe de la UCA muestra que en el estrato socioeconómico más bajo trabaja el 5,3% de los chicos de hasta 13 años. En el sector de clase media alta, esa tasa es del 2,9%. Y entre los adolescentes del sector más desprotegido trabajan 27 de cada 100, mientras que la tasa baja al 16,6% en el grupo de mejor situación socioeconómica.
Las cifras indican también que entre los varones de 5 a 17 años el 3,8% hace tareas hogareñas, mientras que entre las nenas la tasa sube al 10,2%. La tendencia se invierte en el trabajo no doméstico, que afecta al 11,8% de los varones y al 5,4% de las chicas.
Entre quienes hacen trabajos no domésticos y tienen entre 5 y 13 años, un 16,2% muestra déficit educativo (el índice trepa al 32,7% en el estrato más bajo), y el 6,3% no va a la escuela. Entre sus pares que no trabajan, el 7,8% tiene una situación irregular en la educación. Entre los adolescentes que trabajan, un 51,9% no está al día con la escolaridad (68% entre los más pobres) y la proporción baja al 31,3% entre quienes no trabajan.
Un informe de la UCA valora las acciones de la OIT, la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (Conaeti), Unicef, y empresas y entidades civiles. Esas organizaciones, se recuerda, "postulan que el trabajo infantil perpetúa el círculo vicioso de la pobreza". Sin embargo, se advierte que la deuda "sigue siendo relevante".
A la vez que es en gran medida efecto del trabajo infantil, el rezago escolar provoca que, de adultos, las personas afectadas por tal problema tengan muchas más probabilidades de estar en trabajos informales y precarios, que de insertarse en un puesto en el que se respeten sus derechos. Y eso crea condiciones para que la historia tienda a repetirse entre generaciones.
UNA LEY QUE ESTA LEJOS DE SER ACATADA
Desde el 25 de mayo pasado rige en la Argentina una ley que elevó a 16 años la edad mínima para celebrar contratos laborales (el límite anterior era de 14 años). Sin embargo, con alrededor de tres de cada diez habitantes bajo la línea de pobreza en todo el país -según los relevamientos hechos por las consultoras privadas-, la situación social hace que, en la práctica, las cosas sean muy diferentes respecto de lo que marca la norma.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario