lunes, 24 de agosto de 2009

¿Podremos los argentinos de esta hora mediocre alzarnos hacia la fuerza de dignidad que alguna vez tuvimos?

Somos una generación resignada a verse caer en la escala de valores de las naciones. Cada día, anotamos con prudencia de notarios la torpeza cotidiana que enseguida olvidaremos. Vivimos una democracia aparente, carente de mecanismos de reacción, que ni siquiera puede defendernos del autoritarismo insólito que sigue ejerciendo el señor K en el pleno uso ilegítimo de los poderes del Estado.

Hemos vinculado la idea de democracia con la de debilidad y hasta con la de indiferencia.

Vivimos un interinato minoritario desde el 28 de junio último. En esos comicios, la voluntad nacional se expresó en dirección contraria al oficialismo, y hasta indignada por causa de un estilo de gobierno capaz de dañar la economía tanto como el prestigio del país.

En esta hora, el Gobierno, que es mandatario y no mandante, debe servir para restañar la republicanidad dañada, la economía paralizada y la pobreza que ya se hace mayoría en el país que hasta hace poco en nuestra región fue el más poderoso y rico.

Para esto debe abrirse inexorablemente al diálogo con todos los factores de poder de la Nación y abandonar el rencoroso búnker en el que se definió nuestra actual decadencia. No podemos imaginar dos años de presidencia vicaria, usurpada, no asumida realmente.

Nos preceden muchas generaciones que vivieron con pasión sus convicciones, insubordinaciones y renovaciones: los guerreros de la independencia; la generación de los constituyentes, que se propusieron no sólo estructurar un país sino ser una gran nación; la inédita alianza fundacional Roca-Sarmiento; los hombres del 80, con su voluntad modernizadora y educativa; la republicanidad impulsada por el yrigoyenismo; el peronismo justicialista; el frustrado intento de Frondizi; el restablecimiento democrático de Alfonsín, hasta el entusiasmo menemista de primermundismo.

Todos estos momentos fueron vividos con pasión. Pasado su tiempo, dejaron su aporte enriquecedor y sus mitologías. Exaltaciones, contradicciones, pero siempre la pulsión de voluntad y de fe en la Patria.

Hoy, los dirigentes se nos presentan como prudentes administradores de un largo aburrimiento y de una decadencia que parece ya el consentimiento de un naufragio. Los vencidos del 28 de junio se mueven y conspiran para un futuro como vencedores. Los vencedores muestran una irritante pasividad, de vencidos apocados.

Urge salir de esta encerrona. Los sectores políticos deben reorganizar la nación a partir de la definición de políticas de Estado válidas para todos. Los dos pilares para hallar consenso fueron ampliamente aprobados en los debates electorales: 1) reorganización institucional republicana, y 2) reconstrucción inmediata del agonizante centro productivo nacional, el agro.

Pero el tema de nuestro tiempo argentino es ineludible: reconstruir esta patria disminuida, enferma, descolgada de sus propios valores. Sin heroísmo ni mucho orgullo, como dudando de su lugar dentro el mundo. Es una tarea educativa, pero que debe encararse de inmediato. Una tarea de fe colectiva.

Sarmiento creía en la instrucción pública indispensable. Alberdi veía más lejos, tal vez en el sentido de lo sugerido en esta nota: una nación se afirma desde la voluntad nacional de la comunidad que la habita. Sin sentido de gloria, no habrá gloria. Sin sueño de heroísmo, sólo habrá entes, meros ocupantes de un terreno comprado en mensualidades, no de una patria. Sin una educación de orgullo y de voluntad de superación, sería imposible repetir nuestras realizaciones de país grande.

Hoy necesitamos educación del alma, más allá del pupitre y del pizarrón (que también faltan).

Nuestros errores políticos, sociales y económicos se reiteran porque tenemos un subconsciente enfermo, de país que piensa mal y que se quiere poco.

Debemos arrancarnos de esta Argentina mediocre, insolidaria, que acepta la pobreza con resignación y el aburrimiento como fatalidad. Si todavía viviera Cioran, él diría que hemos llegado a un punto igual al de la Rumania de su juventud; nos recomendaría escandalizarnos y trabajar no para la sobrevivencia, sino para el renacimiento. Una tarea mayor, indeclinable, para superar la realidad de nuestra decadencia y el dolor de haber sido y ya no ser.
El gran escritor franco-rumano nos recomendaría trabajar para el renacimientoCioran y la Argentina de hoy

Abel Posse

lanacion.com | Opinión | Lunes 24 de agosto de 2009

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