Todos los que transitamos por la ciudad somos testigos de la falta de visibilidad de efectivos policiales. Esta deficiencia permite, de hecho, la proliferación de verdaderas zonas liberadas para el delito, comprobables por el nivel de impunidad con que los malvivientes pueden llegar a cometer hechos delictivos de la más diversa índole a plena luz del día (robos, portación ilegal de armas, violaciones, etc.) y sin discriminación de fronteras urbanas interbarriales.
La presencia policial ha sido un reclamo histórico por parte de las sociedades, ante crecientes niveles de inseguridad. Al respecto, si bien no se puede pretender que haya un policía en cada esquina (cosa que ningún Estado podría afrontar), sí resulta clave contar con instancias de monitoreo constante -sea a través de unidades policiales activas, de despliegue rápido, del soporte de cámaras de video en tiempo real o de reacciones de alerta temprana por parte de los ciudadanos, entre otras-, que potencien la acción de los patrullajes de tipo tradicional. Eso, entre otras cosas, es lo que hace que cuando uno camina por las principales capitales del mundo se sienta seguro, aun cuando no se cruce con ningún policía, porque lo que está ausente, justamente, es la sensación de impunidad para los delincuentes.
El punto en cuestión por analizar es la baja dotación de efectivos con que contaría la Policía Federal Argentina (PFA) para ser asignados a la Superintendencia de Seguridad Metropolitana, profundizada por una creciente "sangría" de personal en funciones. Las causas de esa merma radicarían en la falta de incentivos económicos para sus efectivos, tal como lo ratifica la migración reciente de efectivos hacia la nueva Policía Metropolitana de la ciudad de Buenos Aires, en gestación.
Si analizamos los números de la dotación de efectivos policiales de la PFA asignados a la seguridad metropolitana, se ve que la respuesta policial está por debajo de las recomendaciones en el nivel internacional. Esto, a la luz de los bajos niveles de reclutamiento, como correlato de las mismas carencias que explican la "sangría" de efectivos aludida, debería ser una señal de alerta sobre el innegable retroceso.
Según las Naciones Unidas, se debe disponer de un policía por cada 250 habitantes. Si tomamos en cuenta que la PFA cuenta para la ciudad de Buenos Aires con aproximadamente 17.000 agentes, ante una población porteña de unos 3.050.728 habitantes (estimación 2009, Indec), la cantidad total de personal policial afectado podría sugerir que -con tal promedio, de un policía cada 179 habitantes- se contaría con una dotación adecuada.
Sin embargo, si se discrimina la cantidad de personal que efectivamente está destinado a brindar servicios de seguridad en las calles (no sujeto a tareas administrativas) y a ello se suma el hecho de que la densidad poblacional de la ciudad es significativamente superior a la que duerme en ella, debido a las diarias migraciones internas que se producen, fundamentalmente, desde el Gran Buenos Aires, la dotación de policías está muy por debajo de las sugerencias formales en el orden internacional, sin entrar, incluso, en consideraciones de eficiencia.
El posicionamiento estratégico de patrulleros vacíos -que bien podrían ser llamados "espantadelincuentes", emulando los muñecos que alejan a los pájaros del campo- es, justamente, un reflejo de dicha carencia de efectivos policiales. Se pretende asignar a los patrulleros vacíos una función disuasiva del delito.
Frente a esta nueva táctica impulsada por la PFA, según su propia postura institucional, corresponde reflexionar sobre las limitaciones, que tampoco son exclusivas de la fuerza federal y cuya atención será no sólo para beneficio de la institución policial en cuestión, sino también de todos los argentinos que queremos vivir en paz.
En consecuencia, si bien la táctica de los patrulleros vacíos puede entenderse, quizá, como una medida sucedánea frente a la cual la fuerza procura generar alternativas de acción ante una situación desbordada, muy difícilmente podría ser considerada como el ideal, ni aun como un modelo deseable.
En tal sentido, la eventual disponibilidad de un móvil para efectivos en la calle, tal como se ha sugerido oficialmente, antes que logística a disposición de agentes a pie, en realidad es el reflejo de un serio déficit de efectivos policiales, a la vez que desmitifica también la creencia de que la compra de patrulleros es la solución de todos los males en materia de políticas de seguridad. Se está descuidando el valor fundamental del recurso humano en todo su sentido (formación, vocación, ética, incentivos profesionales que premien la labor de los buenos policías, etc.). Asimismo, para advertir cuán poco recomendable puede resultar la gestión de efectivos en solitario en móviles policiales, basta con recordar el asesinato de un subteniente de la policía de la provincia de Buenos Aires, en marzo último, cuando fue interceptado por delincuentes mientras conducía solo un patrullero cerca de La Plata.
Una medida que desnuda debilidades de la seguridadPatrulleros vacíos
Gastón H. Schulmeister
lanacion.com | Opinión | Martes 16 de junio de 2009

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