Confiemos, pues, en que sea el mayor posible el porcentaje de ciudadanos que se involucren con la suerte de algunas de las alternativas electorales que se presentan. La abstención y el voto en blanco, en la medida en que crezcan más allá de lo ordinario, transmitirán un grado de indiferencia o de insatisfacción que de poco servirá para poner manos a la obra en la reconstrucción de la moral política del país.
Fue una campaña con escasas ideas, pero habrá que hacer entre todos un examen de conciencia sobre el interés que se prestó cuando los partidos y los candidatos procuraron, en lugar de mortificar a los adversarios, transmitir propuestas concretas sobre las cuestiones de mayor preocupación ciudadana: el desempleo, la inseguridad, la situación del campo, la educación, la pobreza y el hambre, entre otras.
El último día de campaña, las avenidas de Buenos Aires aparecieron, como tantas otras veces, cubiertas por afiches de procedencia anónima, pero fácilmente identificable. En todos los casos, ese recurso ha sido utilizado para propaganda de cuño oficialista contra alguno de los candidatos de la oposición o del medio de comunicación de turno objeto de su prédica temeraria.
Así, también, muchos quedaron atrapados por la lógica del enfrentamiento personal, humillante si era posible. La noción de que debía utilizarse cualquier recurso durante la lucha proselitista -cualquiera, porque lo único que se necesitaba para legitimarlo desde esa perspectiva era la eficacia y no la ética de su ejercicio-, terminó por ser uno de los fenómenos dominantes de la campaña que ha concluido.
En cambio, si se observan con detenimiento las tendencias que han aflorado desde la sociedad misma a lo largo de estos meses, se percibirá que ella ha transmitido datos valiosos sobre lo que espera de la política y de los políticos. No ha dado sino señales de fastidio y hasta de hartazgo con los estilos caracterizados por el lenguaje ríspido y crispado, y la confrontación con humos bélicos.
Sobre tal interpretación se podrá ahondar mucho más, por cierto, a partir de los resultados electorales de pasado mañana, pero algo al respecto han de haber inferido las figuras centrales del partido gobernante. Disciplinadas, acaso por pautas sugeridas por asesores de campaña, bajaron a menudo el tono desafiante de los discursos, despejaron las calles de los voceros más irritantes del propio régimen y dejaron que las viejas emociones amenazantes se mediatizaran en procedimientos más sutiles.
Si esto ha sido así, ha constituido un logro del conjunto ciudadano. Su lógica debería prolongarse ahora en un voto colectivo que abra paso a la reconstrucción del Congreso de la Nación, a fin de que éste cumpla en adelante con sus responsabilidades constitucionales y cese en la tarea de conferir facultades extraordinarias al Poder Ejecutivo.
Cualesquiera que fueren los resultados, en un sentido impredecibles, a juzgar por lo ajustado de las encuestas sobre lo que ocurrirá en Buenos Aires, mal podría caerse en el engaño de que estamos a las puertas de una situación política que se definirá sólo en jurisdicción bonaerense. Aceptarlo sería caer en un engaño absurdo.
Las elecciones en esa provincia serán por demás significativas, sobre todo porque la reforma constitucional de 1994, al eliminar las juntas electorales y, por lo tanto, la compensación que en función de ellas se obtenía para el equilibrio entre todos los distritos políticos, amplió en exceso el poder electoral de Buenos Aires. Pero más del sesenta por ciento de los votos se expresarán en otras partes del país. Sólo entre todas se definirá la composición del Congreso y anticiparán novedades con vistas a la renovación de 2011.
La merma infligida al federalismo habrá de ser resuelta en alguna oportunidad, si es que se quieren preservar las esencias de la Nación. Mientras tanto, la ciudadanía se apresta para una de las elecciones de mediados de período presidencial con mayores derivaciones posibles hacia el futuro. No hubo otras como éstas, tal vez, desde las últimas que presidió Arturo Frondizi, en marzo de 1962.
Claro que hay una diferencia sustancial con esa compulsa. Hoy, la sociedad apuesta, sin grietas de espíritu, por la preservación del sistema constitucional que, al cabo de mucho penar, se restauró en 1983.
Decía Alberdi que no fueron las leyes las que hicieron libres a los ingleses, sino que fueron los ingleses los que se dieron leyes para la libertad. Aguardamos la votación, precisamente, con la esperanza de que el pronunciamiento popular afirme en la Argentina el ámbito de libertad y de paz, justicia y prosperidad consecuentes.
Editorial IA horas de los comicios
Debe rondar la esperanza de que el pronunciamiento popular afirme las maltrechas instituciones de la República
lanacion.com | Opinión | Viernes 26 de junio de 2009

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