lunes, 20 de abril de 2009

Ambos sistemas teóricamente son buenos, aunque su eficacia resultará de las sociedades donde se aplican y de los sistemas de partidos que los adopten.

Imaginemos a la Argentina con un gobierno parlamentario, sin partidos, que hoy aparecen reemplazados por espacios, movimientos, frentes, alianzas, etc., en los que predominan las personas por encima de las ideas, en el que ni siquiera hay historias comunes de pertenencias a un mismo grupo. Concibamos mayorías formadas en el Congreso, producto de la amalgama de distintas corrientes, aptas un día para votar la moción de confianza para designar primer ministro y, a la primera de cambio, rápidas en descomponerse para aprobar una censura y hacer caer al Ejecutivo. Y éste, con su consabido derecho de disolver ambas cámaras y convocar a elecciones para que el pueblo dirima el conflicto. ¿No es presumible que le añadiremos más inestabilidad al sistema político? Por lo menos es un tema que merece una meditación seria.

Los vicios de la política argentina no están en sus instituciones. Gobernantes lúcidos y austeros; parlamentarios dedicados y honestos; jueces que digan lo que dice la ley y no le hagan decir lo que ellos quieren que diga; partidos políticos de verdad, con militantes, adherentes, jerarquías legales, no meros sellos publicitarios con personerías obtenidas copiando la guía telefónica. Estos son resguardos muchos más sólidos que andar buscando alquimias institucionales, algunas en plena revisión en sus mismos lugares de origen.
Tarde piaste

Alberto A. Natale

lanacion.com | Opinión | Lunes 20 de abril de 2009

No hay comentarios: