Por Sergio Bergman
Para LA NACION
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) acapara nuestra atención cuando dice medir la inflación y, en realidad, cuantifica en porcentajes la distancia entre los argentinos que viven la realidad y quienes, gobernando, la dibujan. Es tan cierto que los elegimos democráticamente para que nos gobiernen, como el hecho de que deberían hacerlo como deben y no como quieren.
El Indec nos da hoy un número que expresa la brecha de credibilidad mensual: un indicador de cuánto nos mienten. Se altera ya no sólo capital económico, sino que se afecta el capital espiritual. Perdemos cada mes no sólo poder adquisitivo en bienes, sino en valores que, ante esta burda manipulación, consumen la confianza, la esperanza, el orden y el progreso. La brecha entre lo real y lo publicado por el Indec es análoga a lo que sucede entre lo que establece la Constitución y nuestra calidad de vida institucional. Sólo con participación espiritual en valores y transformación política en acciones podremos restablecer la república ausente.
Para medir el deterioro de nuestra calidad ciudadana, podría establecerse un nuevo indicador, el índice nacional de evasión cívica (Indec) como referencia metafórica a nuestro silencio frente a los sucesos de destitución de la República; se trata de casos coyunturales publicados en los medios (Aerolíneas, YPF, las valijas, jubilaciones, casinos en red de testaferros, obra pública, tierras patagónicas, energía, la caja de los negocios, etc.), como estructurales, reflejados en un Congreso mayoritariamente obsecuente y un sistema judicial tomado como rehén por el Consejo de la Magistratura.
La mayoría silenciosa de ciudadanos cómplices dormimos observando pasivamente muchos de estos ejemplos concretos, hasta que seguramente despertemos tarde frente a una crisis, gracias al único órgano sensible a la realidad nacional que activa la conciencia de sus habitantes: el bolsillo.
Ausentes y autistas de la República, caemos crónicamente en lamentaciones y quejas.
La más profunda inequidad argentina no es sólo entre los que tienen y aquellos a quienes les falta, sino fundamentalmente entre lo privado y lo público. Cuando los ciudadanos que hacen las cosas bien en lo privado decidan acceder a representarnos en lo público recuperaremos un Estado eficiente y una república vigente que revierta la exclusión social.
El Indec propuesto mide también el abismo entre lo privado y lo público. Nuestra baja calidad institucional deja a la República sin vigencia y a la Constitución como mera referencia. Ausentes de lo público, vaciamos el tesoro espiritual de la Nación con una evasión cívica que incrementa el déficit de "ciudadanos" en relación con los "habitantes" que viven en el mismo territorio.
Sólo como ciudadanos activos y comprometidos que participan en la vida pública, incrementaremos las reservas de capital social y espiritual para llegar a ser una Argentina Ciudadana. La evasión fiscal debilita las cuentas públicas de la Nación, pero la evasión cívica la quiebra. Se requiere, entonces, disciplina, templanza y paciencia para sumarnos hasta ser una mayoría transformada y conciencia cívica que copie lo logrado en el campo de lo privado.
Si pudiéramos medir el impacto que tiene la evasión cívica en el Estado, también podríamos proponer un índice nacional de Estado corrupto; otro Indec, que asume que, como sociedad, hemos sabido corromper al Estado, más allá de la existencia de funcionarios corruptos, vaciándolo de toda posibilidad de servir al bien común y abandonándolo para que muchos de los que votamos se sirvan del Estado.
Es cierto que nuestros representantes tienen máxima responsabilidad, pero no es menos cierto que nosotros, como ciudadanos, tenemos mínimas obligaciones y responsabilidades que no asumimos. Es el alto índice de corrupción de nuestra conciencia cívica el que posibilita la corrupción del Estado por la ausencia de ciudadanos comprometidos en hacer el bien.
El Indec de Estado corrupto expone nuestra indefensión frente al Parlamento, frente al Congreso alicaído por superpoderes, frente a un Poder Judicial condicionado por un Consejo de la Magistratura, frente a la acción demagógica y tardía. Destituimos la República cuando los tres poderes se hacen uno en la concentración unitaria y autocrática de un Ejecutivo que ya no ejecuta políticas de Estado republicanas sino que ejecuta a la República para hacer propia la política.
Por ello, frente a una nación cuyos ciudadanos nos conformamos sólo con votar, abandonando el trabajo cívico de consolidar una república, debemos promover que exigir no es desestabilizar, sino, por el contrario, instituir y constituir tanto la democracia plena como la república representativa y federal.
La Argentina necesita ciudadanos. Las soluciones a nuestros problemas están en nuestras manos. Sólo una Argentina Ciudadana podrá recuperarse de la crisis de valores espirituales que padecemos. Para ello, necesitamos un nuevo Indec, no ya un instituto para dibujar la inflación, sino uno que dibuje la visión compartida de nación. Un Indec para ciudadanos, un índice nacional de esperanza y confianza. Empezar a medir y tomar medidas para el futuro, admitiendo que en nosotros está la posibilidad de la transformación. Ya no medir con índices lo que está mal, sino volver a valorar, conocer y reconocer el bien que hay. La esperanza es, entonces, lo que hacemos concretamente hoy para que mañana sea mejor.
Una nueva Argentina nace en cada uno, en la conversación íntima, valiente, con el ciudadano que hay eclipsado en cada habitante. Convocados por lo más urgente, que es lo importante, trabajar en la visión aunada de los valores de la Nación en el mediano plazo. Frente a un destino compartido, quienes deseamos construirlo debemos asumirnos definitivamente, uno a uno, cada argentino, como ciudadano por elección.
El autor es rabino, creador de Argentina Ciudadana.
sábado, 27 de septiembre de 2008
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