viernes, 26 de septiembre de 2008

Brasil no ha estado ejerciendo en el Mercosur su papel natural.

Empiezo diciendo que la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) nunca me convenció como idea. Los nobles esfuerzos de Eduardo Duhalde por adoctrinarme no alcanzaron para cambiar mi recelo. En efecto, luego de un siglo de instalar el concepto de América latina, como expresión de la identidad colectiva de los pueblos americanos de origen ibérico, no nos parece adecuado ubicarnos en otro andarivel para abordar la invención de una presunta personalidad "sudamericana", que nos aleja de México y América Central.

América latina representa una historia política, un ideal, un concepto cultural. América del Sur es apenas una referencia geográfica. ¿Qué es lo que nos separa de México? Se dice que, habiéndose vinculado con los Estados Unidos por un tratado de libre comercio, se ha distanciado de nuestra órbita. ¿Y entonces Chile, que hizo lo mismo, y Perú? ¿Que México está muy próximo a la realidad norteamericana? Es verdad, y por eso mismo es la vanguardia de nuestra cultura hispánica. Lo es, incluso, en el terreno del pensamiento, porque cuando observamos nuestra identidad ante el espejo de la cultura anglosajona, volcamos la mirada hacia pensadores mexicanos, desde Vasconcellos hasta los contemporáneos Carlos Fuentes u Octavio Paz.

El hecho es que una fuerte corriente de pensamiento brasileño tenía esa idea de un liderazgo en el Sur, y sumó al resto de los países a su estrategia. Ahora estamos ante esa nueva realidad.

Cuando fue la crisis colombo-venezolana, actuaron el Grupo de Río y la OEA. Al producirse ahora el estallido boliviano, el gobierno chileno puso en marcha la Unasur, por vez primera en un conflicto. Y reconozco con agrado que su actuación fue oportuna y adecuada, con la aparición de un Brasil activo y fuerte, que pudo conducir la situación hacia un terreno constructivo, alejando de su solución la presencia extemporánea del presidente venezolano, que ha reducido su política exterior, en lo retórico, a insultar a los Estados Unidos y, en los hechos, a tratar de influir en la política interna de todos los países de la región mediante el uso abusivo de una denigrante diplomacia de chequera.

Estábamos en España cuando Venezuela rompió sus relaciones con los Estados Unidos, y confieso que daba vergüenza ver la imagen de uno de nuestros presidentes, desaforado, a los gritos, agraviando a una nación respetable con palabrotas vacías de contenido, sin la menor prueba que pudiera avalar su decisión y empleando un estilo sin precedentes en la vida internacional. Resultaba groseramente evidente el propósito de instalarse en un conflicto de otro país y amenazar militarmente, para seguir alimentando esa nueva guerra fría que vanamente quiere reproducir desde hace tiempo.

Felizmente, la intervención de Brasil resultó decisiva, al pedirle una definición clara a Bolivia sobre si deseaba el camino del diálogo, en el que se le ayudaría, o el de la confrontación, en el que nada tenía que hacer la Unasur. A partir del pronunciamiento boliviano se soslayó la retórica venezolana, que quedó girando en el vacío al no lograr ni una referencia a los Estados Unidos en la declaración que se aprobó. De resultas de lo actuado, se instaló un diálogo en Bolivia; diálogo al fin, aunque difícil y trabajoso.

Pero tan importante como ello es ver, por vez primera en años, a un Brasil resuelto a emplear su peso específico en la región, en la búsqueda de soluciones de equilibrio, sin dejarse arrastrar a las destemplanzas de unos radicalismos que no se compadecen con el mundo contemporáneo y aparecen como dinosaurios de tiempos librados a la historia.

Brasil no ha estado ejerciendo en el Mercosur su papel natural. No avanza en su construcción de fondo, e incluso elude involucrarse en conflictos que afectan a los socios y requieren de una presencia consistente de alguien neutral. Hasta han mediado actitudes de insolidaridad, como ocurrió cuando América latina pretendió alcanzar la secretaría general de la OMC y, a última hora, desertó de la candidatura. Su mirada hacia el Norte desarrollado, tratando de asumir un rol de global player , le hizo relegar la consolidación de sus deberes para con la región. Ahora, el rumbo parece cambiar y, por fortuna, se involucra en un conflicto con firmeza, claridad y -sobre todo- buena dirección.

A Bolivia se le ha ofrecido toda la solidaridad, pero dentro del camino democrático y del diálogo político. A Venezuela se le ha dicho que no puede remolcar al conjunto hacia una confrontación sin sentido y hacia un militarismo armamentista reñido con las necesidades de nuestros pueblos.

Estamos en el umbral de un cambio de temperatura exterior. La bonanza de estos últimos cinco años ha llegado a su fin. La crisis de estos días aun no ha terminado de procesarse, pero -cualquiera sea su desenlace- nos dejará un escenario más difícil del que disfrutamos en esta primavera inédita de los mercados exteriores, cuyos fulgores se han marchitado en dos semanas trágicas.

Esta nueva situación nos impone, más que nunca, madurez, serenidad y verdadera solidaridad. Cierto es que buena parte de esa bonanza se ha despilfarrado, pero lo que queda debemos preservarlo buscando caminos de paz, entendimiento y, sobre todo, una real modernidad, que entierre los ideologismos prejuiciosos aún actuantes.
El debut de la Unasur

Por Julio María Sanguinetti
Para LA NACION

lanacion.com | Opinión | Viernes 26 de setiembre de 2008

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