viernes, 22 de agosto de 2008

La importancia de las fundaciones y de las ONG en un país sin partidos políticos fuertes.

La Argentina sigue siendo un país con oportunidades que sus dirigencias se ocupan de arruinar. En los sísmicos años 2001-2002 se insistía, para darnos consuelo, en que toda crisis tiene solución. Pocos esperaban que en poco tiempo, pese a las administraciones calamitosas que se fueron sucediendo, el conjunto de la sociedad y los vientos internacionales favorables fueran a generar una recuperación acelerada. La recuperación se dio a pesar de la tozudez, agresividad, incompetencia, demagogia y concepciones arcaicas de un gobierno que parece empeñado en devolvernos a otro derrumbe. Pero no será el fin.

Al margen de la tempestad política y social que ya oscurece el horizonte, ahora mismo se puede iniciar una política de Estado que brinde a la Argentina un avance extraordinario.

Dejemos a un lado en esta reflexión los caprichos infantiles del Ejecutivo y su falta de proyectos. Debemos apreciar que se han producido algunos hechos que ensanchan el optimismo: hay una mejora institucional gracias a la incipiente independencia del Congreso de la Nación. Se ha consolidado la unión entre los diversos representantes del campo. Funciona un arco opositor más articulado y creativo. Disminuye el miedo a la pareja presidencial.

Hace poco días se volvió a presentar un proyecto admirable, de esos que hubieran sido aplaudidos por Belgrano, Alberdi, Avellaneda, Sarmiento, Roca, Pellegrini. Hace una década que circula entre los representantes del pueblo, sin poder convertirse en realidad. De lo contrario, ya estaríamos gozando de sus beneficios formidables.

Sucede que adolece de un gran defecto: no incluye coimas. Por lo tanto, no interesa ni entusiasma a nadie.

Se trata, nada menos, que de instalar en el país las herramientas fundamentales de un desarrollo genuino. Se trata, nada menos, que de equipar nuestro vasto territorio con autopistas modernas libres de peaje y de rehabilitar los oxidados ferrocarriles. Este proyecto puede concretarse dentro de poco tiempo: integrar con rapidez nuestro desconectado territorio; reducir de forma impresionante los accidentes en las rutas, estimular las inversiones nacionales y extranjeras; crear nuevas e infinitas fuentes de trabajo y hacer explotar un crecimiento imparable.

Sin peaje para el usuario, sin manipulaciones burocráticas, sin habilitar depósitos de ?ñoquis? ni abrir grietas para que operen los coimeros.

Guillermo Laura viene trabajando en el tema con obstinación y lo ha perfeccionado en casi todos sus detalles. Ahora es relanzado en el Congreso por un arco pluripartidario de diputados enérgicos y patriotas, pese a que el mismo Congreso lo ha esquivado con argucias o negligencias. Ya no será fácil ignorarlo. Los ciudadanos empiezan a tomar conciencia de sus beneficios incalculables y mandan sus firmas de adhesión, a buen ritmo. Esta es la dirección: www.autopistasinteligentes.org. Sólo hay que escribir el propio nombre y el DNI.

Se acelerará la densidad del apoyo y pronto millones de ciudadanos exigirán a los gritos su inmediata puesta en marcha. De lo contrario, Dios y la Patria demandarán a sus representantes, como establece el juramento constitucional.

En la actualidad, tenemos la miseria de apenas dos mil kilómetros de autopistas. El proyecto quiere llegar a los 15.000, y de esa forma establecer una red que sólo superarían Estados Unidos, China y Canadá.

Ambiciona, en síntesis, construir autopistas modernas, con calzadas desdobladas por un cantero central y guardarrieles que eviten los choques frontales, causa demoníaca del 66% de las muertes. Los cruces tendrán diferentes niveles para evitar las colisiones con trenes u otros vehículos. Las banquinas estarán pavimentadas para que al morderlas no se produzcan vuelcos. Los alambrados impedirán la entrada de animales. Los centros urbanos gozarán de una circunvalación, para no demorar la velocidad del tránsito. Habrá radarización y detectores de niebla y hielo. Los ómnibus de larga distancia se desplazarán más seguros y más rápidamente.

En la última década sufrimos 70.000 muertes por accidentes de tránsito y regiones enteras se marchitan en el aislamiento. ¡Peor que en las guerras! Las autopistas inteligentes evitarán nada menos que siete de cada ocho muertes, unirán los más lejanos rincones del país y estarán bordeadas por 12 millones de árboles, para hacer reverdecer zonas desiertas.

La inevitable pregunta es cuánto costarán. Pues sólo unos centavos por litro de combustible, que sólo se empezarán a pagar después que las obras estén terminadas. Con los impuestos generados por ellas se rehabilitarán los ferrocarriles, sobre la base de un plan maestro que evite las improvisaciones. ¿Parece un sueño? ¿Parece un chiste?

Claro: no se trata del absurdo tren bala ni de los vergonzosos subsidios ni de los negociados que mantienen en miserable estado nuestros medios de transporte.
Desarrollo sin coimas

Por Marcos Aguinis
Para LA NACION

lanacion.com | Opinión | Viernes 22 de agosto de 2008

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