sábado, 16 de agosto de 2008

Es necesario que los adultos asumamos el papel que nos cabe respecto de los más pequeños y vulnerables.

Derecho, antes que nada, por ser niño. Ni el apellido ni la cuna ni el vientre; ni el color de la tierra ni la calidad del techo; ni el bolsillo ni la edad del papá; ni la cantidad de hermanitos ni el costo de sus juguetes, ni si tiene una mamá biológica o adoptiva (del corazón) determina la calidad de sus derechos.

Derecho a jugar, a estudiar, a alimentarse.

¿De qué niñez o de qué niños hablamos?

De todos. Porque la agresión a un niño es agresión a todos, en el presente y en el futuro. La marginación y exclusión de los niños de la pobreza es un mensaje negativo que la sociedad da a todos los niños.

La campaña Más por Menos, de ayuda económica a las regiones más necesitadas de la Argentina, nos mostraba a un niño diciendo: Vos, sí; vos, no; vos, sí; yo, no. Dura imagen de una realidad que los niños viven como arbitraria, agresiva e inexplicable. Y aquí queda bien clarito que no todos son iguales ante la ley.

Un niño es todo proyecto por delante. Es vida que quiere desplegarse y fortalecerse. Es vulnerabilidad con riesgo de desamparo. Y aunque el cielo es hermoso cuando miramos el sol, la luna y las estrellas, la sombra de tener como único cobijo la intemperie de ese cielo amenaza su crecimiento.

Hay situaciones intemperies bien concretas que nos duelen: pobreza, desnutrición, violencia intrafamiliar, abuso sexual. Los niños que trabajan, los que viven en la calle, limpian parabrisas o piden en las esquinas, los que están fuera del sistema escolar o permanecen adentro sólo por la comida.

Cuando estas realidades se prolongan durante la adolescencia, se va cercenando cada vez más la posibilidad de un futuro distinto. El atropello a la dignidad en la niñez y la adolescencia pone al borde del abismo las posibilidades de una vida digna en adelante, con riesgo de consumo de alcohol y drogas. Como asomados a otro abismo desintegrador, se irán desenvolviendo sus sentimientos y emociones.

Debemos cuidarnos mucho de la tentación de tomar como cosa natural la pobreza y exclusión. Eso lleva a acorazar el corazón y a opacar la inteligencia. El informe de Unicef 2006 en relación con el estado mundial de la infancia se titula Excluidos e invisibles, con lo que busca disponer al lector o investigador para que se acerque a un mundo oculto y abandonado.

El niño de 7 años, que sale a la noche con su papá o mamá a cartonear, no está en clase a la mañana siguiente, de la misma manera que su compañero que cenó en su casa y fue a la cama temprano. Es alarmante la vulnerabilidad de estos hermanitos nuestros. Es que en esa casa no sólo se acostaron tarde, sino que también se comió mal y no hubo suficiente cuidado de la salud. Una forma más de intemperie social.

Muy probablemente, a los 10 o 12 años ya no estén en el mismo grado; uno habrá repetido. A los 15, uno seguirá en la escuela; el otro tal vez haya abandonado, y puede que sea papá o mamá de otro niño, que quizá repita su propia historia.

Duele decirlo. Nunca tendrán las mismas oportunidades en el futuro: ni en el tipo de trabajo ni en la vivienda ni en la salud ni en las posibilidades para sus hijos. Pero más les dolerá a ellos.

La desigualdad de hoy construye un futuro con coordenadas psicosociales de terror mezclado con ciencia ficción.

Un flagelo infligido a la niñez desencadena, necesariamente, desamparo y violencia. Cada vez es más baja la edad de inicio del consumo de alcohol e inhalantes. Y la violencia repercute en todos.

Insisto: es alarmante la vulnerabilidad de estos hermanitos nuestros.

Sufren rupturas familiares; violencia en la casa y en la calle; explotación laboral y sexual.

Crecen recibiendo mensajes inquietantes. Si un gesto (o imagen) vale más que mil palabras, constantemente se les dice: ?No molestes?, ?Por tu culpa me casé?, ?La vida [la tuya] no es importante?, ?Acá [en esta ciudad, en esta sociedad] no hay lugar para vos?, ?Es lo que hay?.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) significó un gran paso en el reconocimiento de la dignidad humana. Los niños y niñas tienen esos mismos derechos y otros adicionales, por necesitar de protección particular para su desarrollo. Derechos que se expresaron en la Convención sobre los Derechos del Niño (1989). Ambas declaraciones, sumadas a otros pactos internacionales, tienen ?rango constitucional? en la Argentina.

Si nacés en alguna provincia del Norte o algún municipio del gran Buenos Aires, serás tan argentinito como todos, pero no tendrás los mismos derechos a la alimentación.

La Declaración de los Derechos del Niño es universal; su cumplimiento, no. Más bien parece que asistimos a una devaluación generalizada y agravada en algunas regiones de nuestra Argentina.

A algunos pequeños argentinos les podrá ir bien o mal en la escuela, en el trabajo, en la vida. A otros ni siquiera se les está dando esa opción.

La pobreza, la marginación, la exclusión social se ensañan diabólicamente con los más pequeños e indefensos.

Según el Diccionario de la Real Academia, entre otras consideraciones, un niño es quien tiene poca experiencia, pocos años, reflexiona poco... Pero todos sabemos que un niño no es poco: es todo el futuro en un envase chiquito, que mira el mundo a la altura de las rodillas de los adultos. Y a un mundo a la altura de las rodillas le falta, por lo menos, un tramo de perspectiva.
Para los pequeños, grandes derechos

Por Jorge Eduardo Lozano

lanacion.com | Opinión | S?do 16 de agosto de 2008

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