jueves, 27 de marzo de 2008

Urge reconstruir el diálogo

Hay, sin duda, algo mucho más grave y triste que una desafortunada política tributaria. Es la posibilidad de ver dividida y enfrentada a una sociedad a partir de argumentos artificiales y falaces.

Las penosas imágenes de corridas y enfrentamientos violentos, y los discursos plagados de crispación y resentimiento registrados en las últimas horas como una derivación del conflicto entre el campo y el gobierno nacional nos obligan a serenar los ánimos y retomar el camino del diálogo.

Se esperaba otra cosa del mensaje presidencial pronunciado anteayer, que dio lugar a una masiva protesta que incluyó cacerolazos en distintos lugares del país. Era el momento de tender puentes con un sector que, aun con errores y excesos impropios de un Estado de Derecho, se sintió herido en su dignidad por medidas oficiales inoportunas e innecesarias y presentó legítimas demandas al poder político. La primera mandataria, sin embargo, optó por un discurso con un tono desafiante hacia los productores agropecuarios, lleno de calificativos y apreciaciones cuando menos injustas, y condimentado con algunas expresiones que hasta parecían convocar a la lucha de clases.

La espontánea reacción de una parte de la población ante el mensaje presidencial fue una respuesta natural de quienes se sintieron decepcionados y maltratados. Nada de eso justifica, no obstante, algunos exabruptos de sectores minoritarios que, al grito de "que se vaya", cuestionaron a la titular del Poder Ejecutivo Nacional en las propias adyacencias de la quinta presidencial de Olivos.

Pero lo peor vino después, cuando grupos de piqueteros encabezados por Luis D Elía y Emilio Pérsico desalojaron por la fuerza a muchos de los manifestantes en favor del campo que se encontraban en la Plaza de Mayo. No puede pasarse por alto su enardecida reivindicación de un inexistente derecho de propiedad sobre ese histórico lugar público, ni un discurso cargado de prejuicios y odio contra quienes viven en determinados barrios de la ciudad de Buenos Aires, como Recoleta y Barrio Norte, curiosamente los mismos sitios donde el matrimonio presidencial tiene algunas de sus propiedades familiares.

Sería muy grave que funcionarios oficialistas hayan empleado, como otras veces, a los grupos piqueteros como una fuerza de choque para disolver la manifestación contraria al Gobierno. Y en el poco creíble caso de que no haya sido así, debe lamentarse que ninguna autoridad los hubiera frenado. Del mismo modo, resulta más que sugestivo el escaso compromiso exhibido por la Policía Federal para evitar incidentes en la Plaza de Mayo y en la zona céntrica de la ciudad que pudieron haber concluido en una tragedia.

No menos lamentables resultan las declaraciones del jefe de Gabinete en defensa de la actitud de D Elía, especialmente luego de que el propio funcionario admitiera que sería bueno que todos recuperáramos la cordura. Los primeros en hacerlo deberían ser las autoridades nacionales, que por mandato constitucional tienen la obligación de propender a la unión nacional y de garantizar el orden público.

En el contexto de esta sucesión de equivocaciones que ha deparado incomprensibles niveles de tensión que nadie podía imaginar a poco de iniciarse la protesta rural, distintos sectores, entre ellos la Iglesia, han llamado a las partes a buscar un consenso a través del diálogo, a fin de desalentar cualquier tendencia hacia la fragmentación social.

Nuestra nación está próxima a cumplir dos siglos de existencia, aunque como cualquier otra se construye día tras día. Ese proceso de edificación no es posible sin un auténtico sentimiento de unión nacional, basado en la permanente búsqueda de consensos que hermane en forma permanente a sus habitantes.

Hoy es imperioso recuperar el espíritu de diálogo y de unión que facilitó la creación de nuestra nación, y abandonar cualquier atisbo de sectarismo y de exclusión.

En ese sentido, haría bien el campo en suspender la medida de fuerza en aras de darle al Gobierno una oportunidad de iniciar un diálogo constructivo al que, por mezquindades políticas y errores de cálculo, se abstuvo de convocar oportunamente.

Fuente: La Nación

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