No es propósito de este artículo meterse en honduras filosóficas sobre el cambio climático, sino meramente reflexionar sobre nuestro entorno cotidiano. En la ciudad de Buenos Aires duerme cada noche un millón de autos. Pero cada amanecer entran a ella otros dos millones. Las consecuencias están a la vista de cualquiera que camine Buenos Aires y se resumen en pocas cifras. Doscientos muertos por año y miles de heridos e inválidos. Son cifras que hay que reducir, aun cuando están lejos del espantoso promedio nacional, que para 2007 acaba de difundir Luchemos por la Vida: 21 muertos por día.
La incapacidad argentina para solucionar problemas concretos tiene en el tránsito urbano una espectacular vidriera. Sucede que el orden del tránsito sintetiza la capacidad de un conglomerado humano para vivir en armonía. Cuando los intereses individuales prevalecen sobre la solidaridad y el raciocinio, el tránsito deviene en caos. El interés individual termina cancelando el interés de todos.
El tema es un clásico del periodismo. Yo mismo, sin ser un especialista ni contar con un gran archivo, he guardado decenas de artículos publicados en diarios y en revistas durante los últimos años, algunos, incluso, escritos por mí.
La situación actual roza el absurdo. Siendo una de las ciudades más populosas del planeta, centro de una aglomeración -en la región metropolitana viven doce millones de habitantes-, la capital argentina no tiene policía de tránsito. Es una de las pocas, si no la única ciudad importante del mundo con tal déficit. La Policía Federal, encargada de la persecución del delito en la ciudad, se encarga también de dirigir el tránsito. ¡Inaudito! La Policía Federal, que tiene adscritos 17.000 efectivos en las 53 comisarías, destina unos 800 agentes a dirigir el tránsito. ¿No es una cifra irrisoria, si tenemos en cuenta que la ciudad se divide en 12.000 manzanas? El engendro de la Guardia Urbana intentó cubrir este déficit. Tras ese desatino, la nueva administración recibió en diciembre de 2007 la siguiente situación: nadie controla el tránsito, se estaciona libremente en calles y en avenidas, no se multan las infracciones y, si se las multa, no se pagan, porque, en consonancia con este desquicio, el sistema judicial de cobro no funciona.
Por Alvaro Abós

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