“El conocimiento es placer”, se ocupa de insistir a cada paso este catalán, creador de Metatemas, tal vez la colección de libros de ciencia más importante en habla hispana, que edita Tusquets desde hace casi 25 años, y que nació por azar –“como nacen los buenos proyectos”, aclara– en la cocina de Beatriz de Moura, fundadora de la editorial, en una fiesta de cumpleaños.Jorge Wagensberg es un desmedido apasionado por los aforismos.
“Yo quiero devolverle el prestigio al género”, se anima a decir. Y argumenta: “El aforismo es la forma más compacta de transmitir una idea. Una idea que no cabe en una frase a lo mejor no es una idea tan buena”.
Incluso afirma que es una técnica de reflexión para él y que no sale a ningún lado sin una libreta en la que apuntar aforismos al paso. Mal no le ha ido en su cruzada aforística y ya son varias las empresas que le han pedido algunos de los más populares para campañas publicitarias.
Por si fuera poco, Wagensberg es un físico teórico en actividad, dirige un museo en Barcelona y da clases en la Universidad. “Algo que mi familia pregunta pero sin sonreír”, dice el hombre de la voraz curiosidad, de paso por la Argentina, donde brindó una serie de charlas en el Centro Cultural de España en Buenos Aires.
Wagensberg está tan convencido del poder del conocimiento que se atreve a decir, con el gusto de un provocador irreflexivo (algo que ciertamente no es): “Hay que conocer incluso antes que comer, es lo único que la humanidad aún no ha intentado”. Eso, asegura, deberían proponerse las sociedades para momentos de crisis. “La historia de la infamia de la humanidad es la historia de la manera en cómo se ha intentado evitar el conocer. La plegaria, por ejemplo, es un buen modo de tener un encefalograma plano. Lo peor que le puedes hacer a un cerebro es negarle el cambio, es la tortura, es no tener ninguna incertidumbre. Lo profundo de la comunicación científica es atraer, desenterrar este gozo, que incluso muchos científicos no saben que existe”. Y redondea, con afán de claridad: “Es decir, existe el orgasmo intelectual. No sé si conviene decirlo así. Pero, bueno, es muy intenso cuando uno le hace una pregunta a la naturaleza y la naturaleza dice ‘sí, funciona así’ o ‘no es así’. Yo creo que para organizar nuestra convivencia lo que nunca hemos probado es poner el conocimiento por delante”
Gozos.
En su último libro, precisamente titulado El gozo intelectual, Wagensberg cuenta, en un ejercicio de meditación cartesiana, cómo es que aparece ante sí la fascinación del descubrimiento de una idea, lo que deviene en el llamado gozo. Cuando el libro estaba ya en imprenta, se encontró con Leon Lederman, Premio Nobel de Física, y no bien empezó a contarle de qué iba la obra, éste lo interrumpió y le dijo que el gozo “is better than sex” (es mejor que el sexo). “Quiere decir que él ya sabía de lo que yo estaba hablando. El gozo intelectual es lo que uno percibe en el momento exacto en el que comprende algo o intuye algo. Y el problema es que en la pedagogía, tanto en la escuela como en la Universidad, es algo que no cuidamos. Nuestro sistema equivale a ponerle una pistola en la sien al alumno y a decirle: “O confiesas que has aprendido o disparo”. Porque la mala noticia del gozo intelectual es que es una actividad estrictamente íntima, individual, cuando uno comprende está solo.
Uno puede conversar, uno puede estimularse en público, pero al comprender está solo.
Entonces, el buen pedagogo debe acompañar por conversación a la víctima de la comprensión, digamos, para que ella caiga sola”.
Sombras.
Como buen científico, Wagensberg argumenta con los conocimientos científicos a mano y está convencido de que el cerebro está preparado para gozar conociendo. “El cerebro funciona con gozo y no hay tortura mayor que cuando se le niega al cerebro interpretar. El cerebro se ofende cuando tiene una música de una sola nota y a la vez se frustra cuando no puede anticiparse, como sucede con la música aleatoria o dodecafónica”, señala.
Claro que toda una tradición filosófica asegura que el pensamiento también es fuente de desdichas. Y que incluso éstas superan a las alegrías. “Hay en efecto una tristeza humana que procede de que al conocer te das cuenta de lo que falta por conocer. Pero por otro lado yo diría que la tristeza es una cosa más bien continua, amorfa y dispersa, y que el gozo intelectual son picos importantes. La metáfora del orgasmo. En el libro digo que lo que es seguro es que el gozo intelectual existe, y lo digo en plan Descartes: declaro que lo he sentido, luego existe. Y sería muy raro que yo fuera el único personaje de la humanidad que ha experimentado eso."

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