sábado, 4 de agosto de 2007

Porque nos enamoramos


La satisfacción de los deseos del otro se convierte así en un medio eficaz de conseguir y retener a una pareja, y aumenta la posibilidad de un amor a largo plazo.
El estudio de las treinta y siete culturas ilumina con más claridad que nunca anteriormente cuáles son los componentes del deseo. En todo el mundo la gente busca una pareja que sea amable, comprensiva, inteli­gente, fiable, emocionalmente estable, poco exigente, atractiva y sana. . Las mujeres de todo el mundo desean hombres ambiciosos, que gocen de una posición social decente, posean recursos o el potencial para adquirirlos y que sean unos años mayores que ellas. Durante toda la vasta historia evolutiva humana, los hijos de una mujer han sobrevivido y prosperado mejor cuando la mujer ha elegido a un hombre rico en recursos y comprometido a invertirlos en su pareja.
. Son pocas las per­sonas que posean la lista completa de las cualidades deseadas, y la ma­yoría tenemos que conformamos con menos de lo que desearíamos en un mundo ideal. Por lo general, sólo las personas muy deseables pueden atraer a personas igualmente deseables. Acaso la ley del amor mejor do­cumentada sea la del emparejamiento selectivo, es decir, la tendencia a que las parejas estén formadas por personas que se parecen. Las personas inteligentes y cultas tienden a casarse con personas con las que puedan compartir sus ideas y erudición. Las personas atractivas y seductoras buscan pareja igualmente atractiva. Aunque los opuestos ocasionalmen­te se atraen, en el amor duradero los «8» generalmente se casan con los «8», y los «6», con los «6».
. El amor puede ser la recompensa psicológica que experimentamos cuando el problema del compromiso se resuelve satisfactoriamente. Es el opio del cuerpo y de la mente que nos anuncia que el problema adaptativo de selección de pareja, satisfacción sexual, devoción y fidelidad se ha resuelto con éxito. La explicación científica es que la evolución ha insta­lado en el cerebro humano mecanismos de recompensa que nos impelen a continuar las actividades que conducen al éxito reproductor. La pega es que con el tiempo la droga va perdiendo fuerza. Algunos se suben entonces al tren del hedonismo, a la búsqueda continua del éxtasis que acompaña al amor. Repetir el éxito con nuevas conquistas nos trae de vuelta al delirio, aunque éste nunca llegue a alcanzar la misma intensidad.
. Los más sobresalientes actos de amor señalan el compromiso de invertir los recursos se­xuales, económicos, emocionales y genéticos en una sola persona.
Desafortunadamente, la historia evolutiva no acaba aquí. Donde existe el deseo de amor, existe el deseo de manipularlo. Los hombres engañan a las mujeres acerca de la intensidad de su amor para conseguir recompensas sexuales a corto plazo. Las mujeres, por su parte, han desarrolla­do por coevolución defensas contra la explotación sexual, por ejemplo imponiendo un largo proceso de cortejo antes de consentir en el sexo, in­tentando detectar el engaño y desarrollando una capacidad superior para interpretar señales no verbales. La carrera armamentista coevolutiva del engaño y la detección del engaño continúa, y no parece tener fin.
. Un hombre elegido en parte por su amabilidad y su energía puede acabar siendo abandonado si se torna cruel y perezoso. Una mujer elegida en parte por su juventud y belleza puede perder a su pareja ante la competencia de un nuevo modelo de be­lleza. Un compañero al principio atento puede tomarse condescendiente. Y la infertilidad de una pareja tras repetidos actos sexuales puede llevar a ambos a buscar una unión más fructífera.
Los humanos actuales descienden de antepasados que cambiaron su pareja por otra mejor cuando la ganancia potencial supera­ba con creces los múltiples costes que las personas sufren a consecuen­cia de una separación.
Desenamorarse tiene muchas facetas oscuras. El golpe puede ser físicamente peligroso para las mujeres y psicológicamente traumático para ambos sexos. Los hombres que se ven rechazados por la mujer que aman a menudo acaban maltratándola emocionalmente, y a veces físicamente. En nuestros estudios recientes descubrimos que una alarmante propor­ción de los hombres que son abandonados sin demasiadas contemplacio­nes acaban teniendo fantasías homicidas. Del mismo modo que la evolu­ción ha instalado mecanismos de recompensa que nos inundan de placer cuando nos apareamos con éxito, quizá nos haya equipado también con mecanismos que nos propinan dolor cuando fracasamos en nuestros in­tentos de formar una pareja estable.

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