Por cierto, las múltiples dificultades que ésta enfrenta no se resolverán mágicamente, pero los problemas están lejos de ser inmanejables. Ni la persistente salida de capitales ni el progresivo deterioro de las cuentas públicas auguran desbordes incontrolables en el corto plazo. No existe una situación de sobreendeudamiento generalizado público o privado ni riesgo sistémico en el sistema bancario que augure otro más de nuestros recurrentes colapsos.
Aunque nuestro ritmo de inflación se mantiene muy por encima del internacional, la recesión ha tenido como efecto colateral la contención de la aceleración inflacionaria. Del mismo modo, si bien subsisten desajustes importantes en los precios relativos, la revaluación de las monedas de nuestros principales socios comerciales respecto del dólar nos brinda un respiro en materia cambiaria. En síntesis, nada que no sea abordable mediante una política económica gradualista, pero a la vez integral y consistente.
En lo inmediato, sus pilares mínimos deberían ser: normalización del Indec; drástica reducción de subsidios a los sectores acomodados con el objetivo de financiar una política activa de mitigación de la pobreza y mejorar el resultado fiscal primario; negociación tripartita de pautas salariales compatibles con una progresiva convergencia de la inflación a niveles internacionales; mejora paulatina del tipo de cambio real manteniendo el régimen de flotación administrada.
Si la política económica recupera credibilidad, además, será posible recobrar acceso al financiamiento voluntario privado y multilateral, reduciéndose así la incertidumbre sobre los próximos vencimientos de la deuda y mejorando las condiciones de recuperación económica. Será posible, también, empezar a definir una estrategia de crecimiento proyectada más allá del corto plazo.
¿Existen en el nuevo escenario político poselectoral incentivos para este viraje? Las condiciones objetivas son favorables. Los resultados electorales han provocado una importante dispersión del poder que hasta entonces concentraba el kirchnerismo, pero a ningún actor político relevante del nuevo escenario le conviene precipitar una crisis abrupta para que el Gobierno no concluya su mandato normalmente en 2011.
Optimismo
En cambio, las condiciones subjetivas dejan menos margen para el optimismo. En la oposición, tanto el peronismo disidente como el Acuerdo Cívico y Social deberían postergar las internas entre sus presidenciables, estar dispuestos a acordar una agenda parlamentaria común no petardista y sostener negociaciones serias con el oficialismo. Aun si la oposición actúa con sensatez, la principal responsabilidad seguirá recayendo en el Gobierno, que deberá mostrar con hechos su disposición a realizar algunas concesiones y a producir ciertos cambios en la orientación de sus políticas.
Hasta el momento, las señales que surgen del Ejecutivo son ambivalentes. Por un lado, la cosmética reorganización del gabinete parece más bien una maniobra gatopardista tendiente a mantener el curso precedente. Por el otro, aunque cueste creer en su franqueza, si el llamado al diálogo político y social efectuado por la Presidenta resultase, en esta oportunidad, algo más que una nueva cortina de humo, sería posible alentar cierta expectativa de cambios más sustantivos.
OpiniónEl camino que ayudaría a superar la crisis
Guillermo Rozenwurcel
lanacion.com | Política | Mi?oles 15 de julio de 2009

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