lunes, 20 de octubre de 2008

"Necesitamos un Estado presente para los que quedan fuera del sistema"

"Maxi" se limpia la baba a cada rato y hunde el pecho consumido para respirar. Mira desde el fondo de unos párpados hinchados y oscuros. La tierra pegada al cuerpo y a la cara, y a la ropa y a las zapatillas rotas no alcanza para tapar las huellas de los golpes.

Porque los vecinos de Villa Itatí uno de los asentamientos más populosos del país, situado en el partido bonaerense de Quilmes desmayan a palizas a "Maxi" varias veces durante la semana. Dicen que el paco lo volvió "salvaje". Roba sin control a quien se le cruce, como sea, cuantas veces lo necesite. Su madre lo obligó a dormir en el patio de la casilla donde vive, porque cuando entraba se llevaba todo.

Otros chicos prefieren deambular solos por los pasillos. Los vecinos se cuidan. No cuelgan ni la ropa, porque desaparece al minuto. Ni siquiera hay broches. Los chicos se los llevan y corren a venderlos cuando juntan una docena. Les alcanza para una dosis: cinco pesos.

"Si no fuera por el comedor, Maxi estaría muerto", suspira Nelly, coordinadora de La Casita en la cava de Itatí. Nelly quiere charlar con Maxi, pero él balbucea sentado en un banco, da vuelta la cara, mira por la ventana, les sonríe a los nenes que esperan el arroz del mediodía, como él.

Nelly saca conclusiones: "El «paco» nos va a matar. La suba de precios nos va a matar. Esta cosa de las bolsas mundiales que no entiendo deja sin obras a los changarines. Acá todo se complicó". Nelly enumera, hace cálculos, enumera otra vez. Las cuentas no cierran.

El comedor, unido a la red de Cáritas Argentina, recibe becas del gobierno bonaerense para 50 chicos; cada una equivale a 120 pesos bimestrales. Las cocineras estiran las raciones para alimentar a otras 100 personas que las becas no cubren. "Necesitamos que suban los cupos y aumenten los fondos", reclaman.

Son las 11.30. El comedor está lleno. Entre los nenes, de repente, aparece una decena de jóvenes silenciosos y balbuceantes, como Maxi. Miran de lejos, patrullan el comedor, están seguros de que el cronista de La Nacion es un "buchón de los ratis", como dicen, en alusión a eventuales denuncias a la policía.

Historia de un tirón
"Luli" mueve las manos llenas de tatuajes, se acomoda una gorra celeste y se sienta bien cerca, como si quisiera controlar. Al rato, entra en confianza: "El «paco» te re arruina, ¿sabías?".

Cuenta entonces una historia llena de detalles, de un tirón, como si necesitara hablar: estuvo ocho meses presa en Olmos por robar carteras, tiene dos hijos que cría su mamá y no recuerda cuántos años tienen, se internó para "rescatarse", pero se escapó porque vomitaba y se hacía encima por la abstinencia, que hasta antes de "caer en cana" les robaba a los vecinos, le pegaban todo el tiempo, como a Maxi.

Pero me rescaté de verdad. No robo más, dice Luli. Es cierto, Luli ya no roba. Ahora vende «paco».

Cocineras y ayudantes repiten los reclamos: "El que cae es difícil sacarlo. Necesitamos un Estado presente para los que quedan fuera del sistema". La murga y la ludoteca de La Casita ayudan, pero no alcanzan.

Nina Chamorro escucha sin hablar. Está acostumbrada a guardar silencio. Así sobrevivió en los 90, cuando vecinos de Itatí salían encapuchados para expulsar paraguayos porque decían que "sacaban el trabajo". Desde entonces, encontró refugio en el comedor de Cáritas. Llora ahí la agonía de su marido, encerrado en su casilla con tuberculosis.

Mientras tanto, Nelly escucha a la madre de Maxi, que entra en el comedor: "Me dijo que se quiere internar. Ayudame". Nelly le pide que vuelva "a la tardecita". Algunos vecinos miran a la señora con desconfianza: aseguran que la madre de Maxi también es "una boca de expendio de «paco»", dicen.
Los comedores barriales luchan contra la inflación y el "paco"

En Quilmes hay quejas por la falta de fondos y la demanda creciente

lanacion.com | Política | Lunes 20 de octubre de 2008

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