lunes, 20 de octubre de 2008

La prioridad deben ser los más pobres

La crisis global tendrá consecuencias sobre el empleo y el ingreso de los hogares. Sin embargo, no iniciará sino que acentuará una tendencia originada antes en factores domésticos. En efecto, la notable mejora de los indicadores sociales que comenzó en 2003 sufrió un quiebre desde comienzos de 2007.

Esto se observa en dos aspectos principales. Por una parte, la pobreza, que había disminuido al 26,9% en el segundo semestre de 2006, revirtió la tendencia; creció hasta el 32,3% en el primer semestre de este año. Este es un aumento de 2 millones de personas en estado de privación. Por otra parte, la creación de empleo, que sustentó la baja de la pobreza hasta 2006, se desaceleró desde el 5,6% en el segundo trimestre, a sólo 1% en el segundo del actual; ésta es una caída de más de 80% en la capacidad de generación de empleos.

El aumento de la pobreza se explica principalmente por la inflación, sobre todo de los bienes y servicios esenciales. Desde inicios de 2007, la canasta básica, valuada con los precios relevados en forma independiente en el mercado, se encareció más del 50%, unos diez puntos más que los ingresos de los hogares de los estratos sociales bajos y medio bajos. Muchos que habían logrado emerger de la pobreza, pero estaban en una situación vulnerable, muy cerca de la línea, volvieron a caer debajo de ella. Para el Indec, en el mismo período, la canasta básica aumentó apenas el 10%.

Siendo la inflación de la canasta básica la razón principal del aumento de la pobreza, la fuerte desaceleración del empleo es una causa concurrente. Sólo en el último semestre, esta menor creación de empleos determinó que 250.000 personas cayeran en la pobreza. Hay ahora 11,5 millones de pobres; de ellos, 3,9 millones son indigentes (el Indec reconoce la mitad). Esta es la situación social en el momento en que se desencadenó la crisis mundial. No se sabe cuánto puede incidir esto, pero parece claro que el signo será negativo.

Con todo, internamente hay un factor que puede moderar los efectos del impacto externo. La inflación de la canasta básica medida con los precios relevados en forma independiente se desaceleró en forma significativa: pasó del 28,5% interanual en el segundo trimestre al 14,5%. De mantenerse esto, a igualdad de los otros factores, podría esperarse una baja de la pobreza. No obstante, esta desaceleración de la inflación es la resultante de una desmejora en el ingreso real, es decir, de una pérdida de bienestar de los hogares. No es ajena a ella la caída en la capacidad para generar empleo. La creación de empleos continuará deprimida. Hay que seguir con atención la tasa de empleo.

El cambio en las condiciones del mercado requiere una política macro. Un acuerdo de sindicatos y empleadores debe servir de sustento social a un programa para la estabilización, la preservación del empleo y la competitividad.

Pero la prioridad deben ser los más pobres. Convergente con la política macro, debe definirse un plan social de contingencia para afrontar el aumento ya ocurrido en la pobreza y el debilitamiento previsible de la demanda laboral.

El objetivo mínimo de ese plan de contingencia debe ser proveer seguridad alimentaria a los más necesitados. Dependiendo de las hipótesis de aumento de la canasta básica, la compensación que se necesitaría para cubrir la brecha de ingresos de los hogares en situación de indigencia oscilaría entre el 0,3% y el 0,5% del PBI. Esto es manejable desde el punto de vista fiscal, si se eliminan los subsidios implícitos que benefician a los consumidores ricos (en el caso de alimentos, estos reciben cerca de la mitad de esos subsidios).
Hay que acordar un programa de contingencia

Por Ernesto Kritz

lanacion.com | Política | Lunes 20 de octubre de 2008

No hay comentarios: