Estamos en plena crisis financiera, pero casi todos los economistas dicen que nos aguarda una crisis aún mayor. El desempleo aumentará. Las empresas quebrarán. Los valores inmobiliarios disminuirán. El default de las tarjetas de crédito crecerá. Todo el sector no remunerativo saldrá muy golpeado.
Para el momento en que la recesión alcance su punto más alto, probablemente Barack Obama estará en la Casa Blanca. Los demócratas controlarán el Congreso.
El partido heredará grandes déficits. Se estima que el déficit bordeará los 750.000 millones de dólares el año próximo, es decir el 5% del PBI. Los demócratas prometieron financiar los nuevos gastos con otros recortes para compensar, pero la crisis diluirá todas las promesas. Los nuevos gastos federales vendrán en cuatro áreas.
Primero, los rescates. En una época existía la preocupación por los riesgos morales que implicaban los rescates. Pero la resistencia a los rescates corporativos ha desaparecido. Si se rescata a Bear Stearns y a AIG, también se pueden rescatar a las empresas automotrices, las aerolíneas y a otras corporaciones que tienen vínculos directos con Wall Street.
En segundo lugar, habrá más paquetes de estímulo. El primero aprobado este año resultó un fracaso porque la gente gastó sólo entre el 10 y el 20% de los dólares reembolsados y ahorró el resto. Martin Feldstein, de Harvard, calculó que el paquete añadió 80.000 millones a la deuda nacional y produjo menos de 20.000 millones en consumido. No obstante, la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, promete otro paquete, y será aprobado.
En tercer lugar, vamos hacia un renacimiento keynesiano. A la Reserva Federal le queda poco resto para estimular la economía, de manera que los demócratas usarán los gastos del gobierno para alentar el consumo. Obama ya ha prometido un programa de energización de empleos que costará 150.000 millones durante diez años. Ha prometido 60.000 millones en gastos de infraestructura en ese período. Promete todo un espectro de créditos impositivos: 4000 dólares anuales por matrícula universitaria, 7000 por un auto nuevo, un crédito impositivo para hipotecas.
En cuarto lugar, habrá reducciones impositivas. Anteayer, Obama prometió nuevos subsidios impositivos a las pequeñas empresas, que costarán decenas de miles de millones. Además está su promesa de reducir los impuestos para el 95% de las familias estadounidenses. Sus planes impositivos no son tan irresponsables como los de John McCain, pero el Tax Policy Center dice que reducirían los ingresos en casi tres billones de dólares en la próxima década.
Viejas fisuras
Finalmente, habrá un plan de salud. Para 2025, la asistencia médica consumirá el 25% del PBI. Ante estos costos en ascenso, Obama gastará millones más para ampliar la cobertura de salud. El plan de Obama tiene muchas virtudes, pero sus propuestas de ahorrar son una quimera.
Si se suma todo esto, se advierte que no estamos hablando de un déficit del 5% del PBI, sino de uno muchísimo más grande.
La nueva situación reabrirá viejas fisuras en el Partido Demócrata. Por un lado, los liberales [en referencia a los sectores más intervencionistas]afirmarán que la desregulación nos condujo a esta crisis. El miedo a la insolvencia fiscal es absolutamente exagerado. Los demócratas deberían usar el control del gobierno y la crisis como una oportunidad única para introducir cambios que se deberían haber hecho hace tiempo. Los liberales presionarán por una política económica al estilo europeo.
Por otro lado, los más moderados afirmará que el exceso y la deuda provocaron esta crisis. Argumentarán que es legítimo aumentar el déficit con programas de estímulo durante una recesión, pero que esos programas deben desactivarse cuando pase la crisis. Señalarán que el país aún enfrenta una ruinosa crisis de insolvencia provocada por la carga que implican los programas de ayuda social.
Obama tratará de poner un pie en cada uno de los bandos, pero los liberales triunfarán. Durante la década pasada, montaron una campaña contra las políticas económicas al estilo de Robert Rubin, y controlan los centros de poder en el Congreso. Aunque quiera hacerlo, a un presidente le resulta muy difícil invalidar a los directores de comisiones de su propio partido.
Eso es algo aún más difícil de hacer cuando el presidente es un novato y no tiene experiencia ni antecedentes de haber enfrentado a los patriarcas de su propio partido. Es completamente imposible cuando la economía está en una profunda recesión. Lo que veremos, en suma, es la revolución Gingrich a la inversa, y mucho más vigorosa. Habrá un enorme incremento del gasto y del déficit. En épocas normales, los moderados podrían haber restringido el nivel de los gastos. En una crisis económica, no tienen posibilidad alguna. Habrá excesos.
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