Néstor Kirchner tuvo la suerte de sentarse en el sillón de Rivadavia cuando los precios de los productos primarios de exportación subían en forma constante. En vez de aprovechar esa coyuntura para encarar reformas estructurales de fondo que atrajeran inversiones y le dieran competitividad y solidez a la economía, optó por crear un ambiente de negocios que espantaba las inversiones, incrementar el gasto público hasta niveles récord, consumir el stock de capital existente (caso energía) y esconder las ineficiencias de la economía detrás del llamado tipo de cambio alto, el cual, por efecto de la inflación, ha dejado de serlo. El problema que hoy tiene el Gobierno es que seguir ensayando el populismo que aplicó hasta ahora ya no es viable. Simplemente, el modelo se agotó. Tal vez la crisis internacional aceleró el proceso; los síntomas ya se observaban desde antes del conflicto con el campo. En otros términos, no hacía falta que se produjera la crisis internacional para que las inconsistencias afloraran. Lo complicado es que afloraron en el peor momento.
En efecto, dada la crisis financiera internacional, aunque hoy el Gobierno girara 180 grados en su actitud frente a los inversores y ese giro fuera creíble, sería muy difícil conseguir inversiones para comenzar a crecer. Con esto no digo que no haya que hacer el giro; simplemente que, aun haciendo muy bien los deberes, es muy complicado evitar los problemas de actividad y desocupación que hay por delante. Lo máximo que se lograría sería amortiguar el impacto de la crisis siendo muy prolijos en el manejo de la economía y en las reglas de juego que se establezcan.
Hay tres mecanismos que pueden dinamizar la economía. A saber: a) exportaciones, b) consumo interno y, c) inversiones. Veamos la situación de cada uno de ellos.
La caída de los precios de las commodities permite afirmar que ya no seguirán creciendo las exportaciones. Es más: la sequía y las complicaciones de rentabilidad del sector agropecuario permiten pronosticar una menor cosecha y, por lo tanto, baja en las cantidades para exportar. Gracias a las medidas de Moreno, las industrias láctea y ganadera quedaron destrozadas. Así que el sector agropecuario, que fue un puntal en el crecimiento de la economía luego de la crisis de 2002, no ofrece grandes chances de salida para el Gobierno con las reglas de juego que impuso el kirchnerismo y su sed de venganza con el sector.
El resto de los sectores productivos tendrán que afrontar una situación recesiva en el nivel internacional y un Brasil, nuestro principal socio comercial, con un tipo de cambio un 33% más alto. Si cuando el tipo de cambio estaba en 1,56 reales por dólar teníamos saldo negativo en el balance comercial, imagino que ahora la cosa va a ser más complicada.
En lo que hace al consumo interno, la inflación afectó los salarios reales. A esto se le agrega ahora una disminución en la demanda laboral y, en un horizonte no muy lejano, un aumento en la tasa de desocupación. Incrementar los salarios por decreto implicaría acelerar la caída en el empleo, porque la economía siempre ajusta por precio o por cantidad. Así que aquí hay otro camino cerrado.
Queda el de la inversión. Dos problemas tenemos con este camino. El primero es que no hay fondos disponibles en el mundo para venir a la Argentina. El segundo, que es más grave aún, es que nadie va a invertir en un país en el cual no se respetan los derechos de propiedad, la estructura de los precios relativos es un descalabro que hace imposible cualquier cálculo económico, y las reglas de juego son tan arbitrarias que hoy tienen menos incertidumbre los mercados financieros globales que las decisiones que puede adoptar el Gobierno en materia económica. Si los mercados financieros son imprevisibles, las reglas de juego del kirchnerismo son un misterio que puede transformar en una ruina un negocio brillante. La industria frigorífica es un ejemplo entre muchos.
Sumemos a este escenario el problema inflacionario que impide hacer estimaciones de largo plazo. Tomemos el caso de la industria de la construcción, que entró en caída libre. ¿Quién puede iniciar un proyecto que dura 18 meses si no puede calcular los costos de la mano de obra ni de los materiales, y menos el precio de venta al que podrán entrar al mercado una vez finalizado el proyecto?
Otro problema es el tipo de cambio. El real se deterioró hasta niveles predevaluación. Ahora bien, con expectativas de incremento en el tipo de cambio, ¿quién se desprende de los dólares que tiene ahorrados para comprar un auto, una propiedad u otro bien de consumo durable? La incertidumbre cambiaria incentivará la retracción de la economía, porque el que tienen ahorrados dólares se sienta arriba de ellos y espera.
Por el lado de la industria se habla de subir el tipo de cambio. La pregunta es ésta: si el mercado no lo sube sólo por fuga de capitales, ¿con qué recursos saldrá el Gobierno a subirlo? Hay tres opciones para financiar la compra de divisas: a) seguir emitiendo moneda como hasta ahora, b) comprar contra deuda de corto plazo y c) aumentar el superávit fiscal.
En el primer caso, entraríamos en una aceleración de la inflación con contexto recesivo. En el segundo, se desplaza al sector privado del mercado crediticio o bien se genera un gasto cuasifiscal. El tercero implica bajar gastos, cosa que el Gobierno no parece muy inclinado a hacer.
Si en estos cinco años el Gobierno sólo consiguió sostener el tipo de cambio en torno a los $ 3 por dólar a costa de generar una fuerte inflación, no se ve cómo podría ahora llevar el tipo de cambio a $ 3,40 o $ 3,50 con el superávit fiscal agonizando, caída en la demanda de moneda y un grado de endeudamiento público que genera sospechas de otro default. Pero aun si se lanzaran a ese objetivo de aumentar el tipo de cambio, la economía argentina no sería más competitiva por ello. Sólo podría disimular, por otro breve período, las ineficiencias estructurales. La competitividad no la otorga el nivel del tipo de cambio, sino las reglas de juego.
El columnista invitadoCada seis años, el país tuvo una crisis
Para LA NACION
lanacion.com | Economía | Domingo 19 de octubre de 2008

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