Por Juan J. Llach | Para LA NACION
Apoyada en un marco externo favorable, la devaluación, la gran capacidad ociosa y la gradual recuperación del consumo interno, la industria manufacturera alcanzó logros importantes en lo que va del siglo.
La producción aumentó cerca de 8% anual, el doble de la década anterior, pero aportó sólo un 15% del crecimiento total del PIB. Las exportaciones de manufacturas de origen industrial en divisas también tuvieron buen desempeño al crecer 13.3% anual, algo más que el total exportado y algo menos que las manufacturas agroindustriales. Sumadas estas y aquellas exportaciones, resulta que la industria argentina aporta ya cerca del 70% del total. El aumento en volumen físico, sin embargo, no logró superar al de la década del 90 (9,6% anual).
No fue tan brillante, en cambio, la creación de empleos manufactureros, que, entre 2002 y 2011, no sumaron 1.300.000, como quiere el relato oficial, sino entre 388.000 (Encuesta Permanente de Hogares) y 547.000 (aportantes al sistema previsional); algo más de uno de cada diez nuevos empleos. Hay una polémica mundial acerca de si hay que preocuparse por la pérdida de importancia de la manufactura y el auge de los servicios en el empleo y en la producción, acentuado desde hace veinte años por tendencias naturales de la demanda interna y por el auge manufacturero de Asia, pero también porque las empresas industriales subcontratan cada vez más servicios con empresas de este sector (por lo que la "desindustrialización" es, en alguna medida, sólo aparente).
Más allá de que este cambio estructural es en alguna medida inevitable, soy de los que creen que no es indiferente tener industria o no tenerla, por su mayor capacidad exportadora, por su mayor demanda de profesionales y técnicos, especialmente en ciencias duras y tecnologías, tan necesarios en toda América latina, y por su aporte al empleo que, aun limitado, es imposible reemplazar.
Casi tan relevantes como las diferencias entre tener industria o no tenerla son las observadas entre distintos tipos de desarrollo industrial. En la Argentina está en curso un viraje de una industrialización relativamente abierta y con armonía entre mercado interno y exportación a un cierre drástico de la economía con preferencia dominante por la sustitución de importaciones y aun la autarquía, un camino ya intentado con escasos éxitos tanto en el país como en muchas naciones en desarrollo medianas o grandes, y lógicamente bien distinto del exitoso modelo exportador asiático. Se ha dejado así de lado lo escrito oficialmente hace apenas un año en el Plan Estratégico Industrial 2020: "La sustitución de importaciones es una política industrial que se da en el contexto de una economía abierta y con productos locales de calidad internacional".
Tal viraje plantea interrogantes que deberían debatirse entre Gobierno y oposición, o al menos dentro de esta última. Dado que el 82% de las importaciones son bienes de capital y sus repuestos, combustibles o bienes intermedios, es claro que diversos sectores y empresas -entre ellas muchísimas pymes- pueden sufrir graves daños por las limitaciones para importar, dada la naturaleza global de la manufactura en todo el mundo, con cadenas de abastecimiento de muy diversos orígenes geográficos. La especialización en un número limitado de productos es clave para un desarrollo industrial exitoso y por eso el limitado tamaño de nuestro mercado interno fue en el pasado traba principal para el mismo. Esa fue una de las razones que impulsaron a crear el Mercosur, pero aun en este marco ampliado la Argentina no ha logrado equilibrar su balance comercial con Brasil. ¿Se han analizado las causas profundas de este hecho? La producción de los bienes importados no era hasta ahora rentable. ¿Se justificará entonces cualquier aumento de precios internos -de hasta un 100% como ya se observan- para permitir la producción nacional?
Por sus efectos sobre los salarios y costos en moneda extranjera, la inflación ha sido causa principal de una "escasez de divisas" artificialmente creada, que ahora intenta subsanarse de apuro con el control de cambios y la sustitución de importaciones ¿No se ha reparado que cuando se prohíben o ponen cuotas a la importación aumenta la propensión inflacionaria de la economía porque los empresarios están más propensos a aceptar cualquier demanda salarial al poder trasladarla a los precios? ¿No se pensó que una decidida promoción de las exportaciones voluntarias, no obligadas, comenzando por la eliminación de las insólitas retenciones a las exportaciones industriales, era un camino más sostenible en pos del objetivo del superávit comercial?
En cuanto a las exportaciones forzosas, es elocuente la respuesta de las empresas electrónicas de Tierra del Fuego, cuyo balance comercial es proporcionalmente el más negativo de todos, que prometen ahora exportar productos agropecuarios, energéticos o de la minería (sic) para equilibrar su balanza. Brasil está por ser el primer país después de China en producir iPhone e iPad de la mano de la Foxconn de Taiwan, a precios internacionalmente competitivos, con producción local relevante de componentes y obligando a la firma a invertir 4% de su facturación en investigación y desarrollo. ¿No se consideró la posibilidad de conseguir para la Tierra del Fuego inversiones semejantes, capaces de dejar un legado de desarrollo más permanente de esa magnífica isla?
Las notables mejoras de la gestión científico-tecnológica y de su vinculación con el sector productivo en los últimos años han logrado aumentar la inversión pública y privada, pero sin llegar al nivel de países comparables. ¿Qué se prevé hacer para lograr un desarrollo industrial con mayor contenido tecnológico propio? ¿No sería más lógico, por ejemplo, generalizar los beneficios otorgados a la industria del software a todas aquellas que aporten al I+D y a la modernización tecnológica?
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