Es un estilo de gobierno en el que los gobernantes tienen por principal objetivo la satisfacción permanente de las necesidades de sus representados y la diaria predisposición a atender sus necesidades, de resolver sus problemas y de tolerar sus reclamos (siempre que estos se realicen dentro del marco normativo vigente y respetando los derechos de terceros).
Significa, entonces, que un gobierno puede ser considerado democrático por haber sido elegido por el pueblo (en cuyo caso será un gobierno con "legitimidad democrática de origen") y, sin embargo, carecer de un estilo de gobierno democrático, por no ajustar su gestión a aquellos valores o pautas de conducta. Es que más allá de la legitimidad democrática de origen, los gobernantes deben ratificar cada día su condición de democráticos, legitimando esa condición en el ejercicio del gobierno (legitimidad de ejercicio).
Por ello, ese eslogan de campaña que Alfonsín recitaba en 1983, elevando su oratoria para decirle a cada argentino que con la democracia se come, se cura y se educa, no puede tener más que valor simbólico en el marco de las pasiones que despiertan las competencias electorales; porque la falta de educación, de seguridad, de empleo y las deficiencias en la estructura de salud es responsabilidad única y exclusiva de aquellos a quienes designamos para conducir los destinos de la Nación y no de un sistema que, en realidad, tiene la generosidad suficiente como para permitirnos no renovar la confianza, oportunamente depositada a través del sufragio, en aquellos gobernantes que, por su ineficacia, no curan, no dan de comer y no educan.
Sin embargo, para que una democracia sea plena y consistente, no es suficiente que el gobierno tenga legitimidad democrática de origen y de ejercicio (es decir, no es suficiente que sea elegido por el pueblo y que tenga un estilo de gobierno democrático); además, es necesario que la vida social esté fundada en ciertos principios que hacen a la sana convivencia, es decir, en la solidaridad, el respeto, la tolerancia y la libertad. Esos son los valores de convivencia democráticos, y su existencia no depende de las autoridades de turno ni de su gestión de gobierno, sino pura y exclusivamente de cada uno de los habitantes.
En las elecciones legislativas del año 2009 ya podrá ser diputado nacional alguien que haya nacido bajo el signo de la democracia surgida en 1983. Si esto constituye el afianzamiento definitivo del sistema democrático en su significado más completo, será hora de empezar a reconquistar la "república" como estilo de conducción, fundada en el respeto por la calidad institucional (división de poderes, independencia de los jueces, rendición de cuentas y transparencia en la gestión pública) y el "federalismo" como sistema de gobierno de base territorial, fundado en la real capacidad de las provincias para crecer autónomamente, en forma independiente de la tutela del gobierno central. En estos aspectos hay muchos problemas por resolver; pero es de esperar que no necesitemos un cuarto de siglo para hacerlo.
Cuarto de siglo democrático
Félix V. Lonigro
lanacion.com | Opinión | Martes 18 de noviembre de 2008

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