El martes 16 de septiembre, tras la caída de Lehman Brothers el día anterior, The Wall Street Journal tituló: "Estamos felices de informar que el mundo no se acabó ayer. Aunque ayer era difícil decirlo".
Aunque para quienes se acostumbraron a vivir en la ilusión de lo virtual, su desaparición se asemeje a la nada, el mundo sigue teniendo, afortunadamente, un alto componente de "real". Es mucho más que una pantalla de computadora. La vida humana podrá mediarse cada vez más a través de lo virtual, pero sigue siendo real, se trata de personas. El mundo existe, y seguirá existiendo. La primera lección que nos deja este cimbronazo es que, cuando lo virtual se aleja demasiado de lo real, en algún punto pierde sustentación, y cae. Cada burbuja que explota nos lo recuerda. Ya lo vimos con las puntocom, pero la memoria es frágil cuando la tentación es grande.
En segundo lugar urge preguntarnos: ¿por qué no lo vimos? ¿Cómo no se pudo prever semejante cosa? Si bien algunos economistas críticos como Paul Krugman ?ahora premiado con el Nobel de Economía? o el financista George Soros venían advirtiendo sobre una fiesta que alguien terminaría pagando, la velocidad con que los mercados han destruido valor en el último mes demuestra que la gran mayoría de sus operadores estaban dispuestos a disfrutar del buen momento hasta el último instante. En retrospectiva, bailaban en la cubierta del Titanic.
Quizá la mejor explicación se encuentre en la teoría que hace furor por estos días: la del "cisne negro": siempre se creyó que todos los cisnes eran blancos simplemente porque nunca se había visto uno de otro color, hasta que, tras el descubrimiento de Australia, se vio uno negro por primera vez. Su autor es un matemático y a la vez explorador de las conductas humanas: Nassim Nicholas Taleb. Su tesis señala que nuestra mente está diseñada para ver "en manada". Vemos lo que todos ven, nos acostumbramos a convivir con lo "normal", despreciamos lo muy improbable, lo "extra-ordinario", justamente por serlo. Acumulamos pruebas que sólo ratifican lo que ya pensamos. Y creemos saber mucho más de lo que efectivamente sabemos. Tendemos a ver la vida como una sucesión lineal de hechos que resultan predecibles, cuando, en realidad, "la historia no gatea, da saltos". Segunda lección: "Lo sorprendente no es la magnitud de nuestros errores de predicción, sino la falta de conciencia que tenemos de ellos". Debemos incorporar a nuestros procesos mentales la dinámica de lo "improbable", hasta la de lo "imposible", dado que es en esas instancias cuando realmente las cosas cambian. Baja probabilidad, alto impacto.
El tercer aspecto por considerar es la relación entre la gente y el sistema. Naturalmente, todos queremos vivir mejor. Y nadie pregunta demasiado quién pagará la fiesta, mientras disfrutamos de ella. "Don?t stop me now", cantaba Queen. El ahorro de una familia tipo en los Estados Unidos era del 8% a principios de los años 90. En 2006 ya era cero. Hoy deben más de lo que ganan por mes. El reloj dio las doce y la carroza se transformó en calabaza.
Irma, una salvadoreña que había recibido un préstamo de 350.000 dólares y que compró una casa de cinco dormitorios, la perdió en 2007, cuando ya no pudo pagar la hipoteca. Declaró a Business Week: "No confío más en el sistema. A partir de ahora voy a pagar todo al contado". ¿Qué puede esperarse del sistema, cuando en la principal potencia económica del mundo, sus ciudadanos comunes dejan de confiar en él? Tercera lección: evidentemente, el sistema no era tan perfecto como se suponía. Todo sistema, todo modelo, es, ante todo, eso: un sistema, un modelo. Fue pensado y diseñado por seres humanos, aunque a veces lo olvidemos, asignándole una especie de etérea vida propia. Por esa razón, todo modelo, dado que no es más que un pensamiento humano, es falible, imperfecto por naturaleza, sujeto a modificaciones del contexto y expuesto a su propia dinámica. Defenderlos dogmáticamente, sin prestar atención a la evolución de las circunstancias, puede resultar necio y suicida. Así como estaba concebido, este sistema, que fue exitoso durante algunos años, llegó a un punto extremo donde ha fallado.
Su principal lubricante, la confianza, no sólo se ha perdido ahora entre los bancos y los inversores expertos, sino que ha calado hasta lo más profundo de la sociedad. Luego del necesario baño de humildad, habrá que volver a diseñarlo. Y ésa es la tarea que hoy desvela a quienes tienen la responsabilidad de gestionar el mundo.
Nos conduce esto a la cuarta reflexión. Muchos se preguntan si estamos viendo el fin del capitalismo. Creo fervientemente que no. Lo que sí estamos viendo es el fin de su versión más extrema. Aquella en la que, como en esas películas de ciencia ficción, las máquinas creadas por el hombre cobran vida propia y se vuelven en su contra. Para todos aquellos que imaginan un futuro dominado por la tecnología, donde el ser humano sea un actor pasivo, bien viene este baño de realismo. ¿Qué mundo sería ése?
El filósofo francés André Comte Sponville publicó, en 2004, probablemente el libro que hoy todos deberían leer o releer: El Capitalismo ¿es moral?. A la luz de los hechos recientes, asoma como "la pregunta". ¿Y cuál es su respuesta? "No es la moral la que determina los precios, sino la ley de la oferta y la demanda. No es la virtud la que crea el valor, sino el trabajo. No es el deber el que gobierna la economía, sino el mercado. El capitalismo no es moral, pero tampoco es inmoral: es amoral. [?] El capitalismo es un sistema económico que sirve para producir, mediante la riqueza, más riqueza. [?] Si pretendemos que haya una moral en una sociedad capitalista, sólo puede venir de otro lado distinto a la economía." ¿De dónde? Naturalmente de los únicos capaces de tener una moral: los seres humanos. Sólo ellos pueden acordar qué está bien y qué está mal para sostener su vida en sociedad. Esta no es una capacidad que tengan las máquinas ni los sistemas.
Por último, ¿cómo saldremos de aquí? En principio fortalecidos. Tras los primeros fallidos intentos de esconderse tras las propias fronteras, los países y los gobiernos han comprendido que ese ser etéreo llamado mercado, que por ser tan global tantos beneficios globales ha entregado en los últimos años, ahora espera respuestas globales. El G-7, el G-13, el G-20. Todos a la misma mesa, para ocuparse de algo que a todos atañe. Es probable que esta escena se vuelva cada vez más frecuente. Los distintos "riesgos planeta" ?no nos olvidemos del climático, muy vinculado con el mismo ciclo económico expansivo que acaba de estallar? exigen "soluciones planeta". Los hombres con su moral y sus decisiones están finalmente interviniendo, y fuerte, para volver a tomar el control del sistema.
¿Cuál es la luz al final del túnel? Quizá los griegos tengan nuevamente la respuesta.
Para Aristóteles la felicidad del hombre, que era un fin deseable y alcanzable, podía hallarse "encontrando un camino medio entre la desmesura y la insuficiencia".
En términos económicos las miradas vuelven a posarse en el ejemplo de los países nórdicos. Allí, desde hace décadas, se aplica con sintonía fina un delicado modelo capitalista de equilibrio entre el mercado y la intervención del Estado. Un "capitalismo social" o que bien podría llamarse un "capitalismo humano". Sus sociedades se encuentran entre las más felices del mundo y muchas de sus empresas son exitosas en el nivel global.
Icaro llega a Wall Street
Por Guillermo Oliveto
lanacion.com | Opinión | Mi?oles 15 de octubre de 2008

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