domingo, 19 de octubre de 2008

El gobierno quiere negar la realidad.

Desde el comienzo de la crisis internacional, nuestro gobierno no sólo afirmó que ella no nos iba a afectar sino que pretendió reforzar su optimismo con ironías que apuntaban a denunciar la fragilidad del mundo desarrollado a través de frases tales como "el efecto jazz" de Wall Street y "el derrumbe de la burbuja" del Primer Mundo, sosteniendo de paso su ideología intervencionista contra la libertad de los mercados.

Pero la realidad empezó a filtrarse por entre las fisuras de la tesis oficial. De un lado, era difícil explicar cómo, si la crisis no nos afectaba, el Banco Central debía vender dólares para impedir que la divisa norteamericana subiera demasiado, en tanto que en todo el mundo arreciaba la compra de las letras del tesoro norteamericano. Según una opinión que empezó a difundirse contra la interpretación oficial a medida que la crisis maduraba, lo que el mundo está viviendo procede, al revés del derrumbe que diagnosticó el kirchnerismo, de una suerte de intoxicación financiera proveniente del hecho de que el 75 por ciento de los ahorros internacionales han ido a parar al mercado norteamericano, no poniéndolo en crisis por una presunta escasez sino por una sobreabundancia mal administrada.

El Gobierno regresó entonces a su doble mensaje que esta vez incluía el estrechamiento de las importaciones no acompañado por el estímulo de las exportaciones cuyo rubro principal, las enormes exportaciones potenciales de ese "enemigo" que continúa siendo el campo, sigue ahogado por la Aduana y por el Oncca de Echegaray. El temor de que nuestra alta inflación aumente todavía más mediante una devaluación como la que acaba de desplegar Brasil impide a su vez que el Gobierno apele a este remedio extremo que podría haberlo salvado como salvó en 2002 al gobierno de Duhalde.

El apurado regreso de medidas proteccionistas que procuran aislarnos aún más del mundo habla el silencioso lenguaje de los hechos mientras el Gobierno insiste en su línea de explicaciones retóricas, ignorando además que el "riesgo país" de la Argentina sigue en aumento. ¿Estamos entonces fuertes o débiles frente a la crisis? Un país que cierra las importaciones en lugar de liberar las exportaciones, ¿deja ver un instinto de victoria o de derrota? Como la Argentina tiene cerrado el crédito internacional desde hace tiempo, quizá su posición financiera parezca desahogada porque nadie le presta, pero este desahogo es engañoso porque, al mismo tiempo, los Kirchner han congelado el prometido pago al Club de París y a los acreedores que quedaron afuera del canje de Lavagna, los holdouts.

La negación de la realidad que intenta el Gobierno se hizo aún más patente cuando la Cámara de Diputados aprobó a libro cerrado, aunque por una exigua diferencia de 126 votos contra 106, el presupuesto de 2009 que había concebido antes de la crisis, con sus "superpoderes" adentro, como si nada hubiera pasado en el intermedio, mientras las empresas empezaban a suspender las horas extras de los trabajadores y hasta el propio Moyano, aún fiel a los Kirchner, archivaba sine díe el aumento de salarios que había reclamado. Con una inflación aún alta, así se explica por qué la pobreza ya ha pasado la inaceptable barrera del 32 por ciento.

¿Qué es "ganar"?

Vimos que los gobiernos necesitan aunar las virtudes de la sinceridad y la fortaleza para ganarle a la crisis internacional. Pero el gobierno de los Kirchner intenta negar la crisis mientras trata de eludir sus efectos más evidentes mediante medidas improvisadas, con la condición de que ellas circulen por la puerta de atrás. La contradicción entre estas dos estrategias resulta de que, en tanto que para los gobiernos bien encaminados el verbo ganar significa defender con éxito el bien común amenazado, para los Kirchner "ganar" sólo tiene un alcance más limitado, ganar las elecciones parciales de octubre de 2009 en la provincia de Buenos Aires, probablemente mediante la candidatura a diputado de Néstor, como un paso necesario para lograr su reelección o la de Cristina en los comicios presidenciales de 2011.

Esta es la meta absorbente que comparten los Kirchner con los gobiernos populistas de Chávez, Morales y Correa: la reelección indefinida mediante una exaltación personalista en lugar de la consolidación de un sistema de partidos rotativo y republicano, que a semejanza de los países desarrollados de Europa y América del Norte, ya están forjando nuestros vecinos Brasil, Chile y Uruguay.

La caravana latinoamericana se bifurca así entre dos direcciones contrapuestas. De un lado asoma el modelo de estos vecinos como un anticipo del desarrollo político que están logrando y del desarrollo económico al cual sólo se llega de la mano de dos partidos rivales pero recíprocamente tolerantes, capaces de asegurar con su alternancia políticas de Estado que traspasen los límites de los gobiernos ocasionales. Del otro lado se reitera la anacrónica apelación al caudillismo vitalicio que, aunque en términos biográficos pueda durar algunos años, en términos históricos tiene su horizonte cerrado.
Negar los hechos, ¿ayuda a controlarlos?

Por Mariano Grondona

lanacion.com | Opinión | Domingo 19 de octubre de 2008

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