miércoles, 4 de junio de 2008

La peor forma de enfriar la economía

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION
Hubo anteayer un hecho más importante que el anuncio de los dirigentes rurales sobre la continuidad del parcial paro agropecuario. Fueron las masivas movilizaciones en el interior. El interior está sublevado y la sublevación comprende a sectores sociales más vastos que los relacionados directamente con el campo.

Los dirigentes de las cuatro entidades agropecuarias quedaron, así, encerrados entre la intransigencia de sus bases y la obcecación del gobierno de los Kirchner. La realidad va dejando muy poco margen para el optimismo. El Gobierno está haciendo con el campo lo que ha hecho con casi todos los problemas: dejar que el tiempo los solucione, si es que el tiempo es una solución. La semana pasada cerró cualquier vía de negociación cuando anunció unilateralmente medidas sobre los mercados a futuro, que podrían haber sido la consecuencia de un acuerdo con los dirigentes rurales. Hasta ayer, los negociadores formales del oficialismo (el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza) habían clausurado las conversaciones, aunque fueran telefónicas, con esos dirigentes. La estrategia diseñada por Néstor Kirchner sigue siendo la de la confrontación con el sector rural y el ninguneo de sus líderes.

El kirchnerismo está, según todos los datos serios, ante una experiencia inédita. El ex presidente nunca peleó respaldado por encuestas tan bajas, nunca fue abucheado públicamente, al menos en la medida en que lo fue anteayer en Santa Fe, y nunca debió remar, al mismo tiempo, contra una sociedad pesimista y malhumorada. El dramatismo del conflicto que plantea un interior sublevado es, precisamente, que el kirchnerismo nunca contó con la simpatía de los centros urbanos.

Las movilizaciones de protesta de anteayer indican, además, que resultaron fallidos los pronósticos del oficialismo sobre una supuesta extinción de la rebeldía campesina. Kirchner estaba convencido de que los dirigentes rurales "están perdiendo la batalla", como repitió en días recientes. Creía en un campo cansado de protestar y necesitado de comerciar sus mercancías. ¿Quiénes le transmiten esas versiones de la realidad? ¿Quiénes le anticipan que la victoria está cerca?

"El contacto con la realidad se pierde después de cinco años de andar entre el avión y el helicóptero y de no llevar plata en el bolsillo", describió un peronista que conoce al matrimonio presidencial. Ese contacto se pierde aún más cuando el estilo de conducción de los Kirchner impide el intercambio de opiniones con sus colaboradores y cuando éstos están imposibilitados de trasladar miradas diferentes sobre las cosas que pasan.

El conflicto con el campo está desplazando de la primera página de los diarios otros problemas de más difíciles soluciones. ¿Corresponde a una estrategia del Gobierno? No hay respuestas. Pero, si fuera así, sólo estaría agravando aquellos problemas. Uno de ellos es la inflación, que contrarió aún más a muchos sectores sociales y que llevó la disconformidad hasta los estratos sociales más bajos, que son los que le dieron el triunfo electoral al kirchnerismo desde 2003.

En ciertos lugares de la cima se sigue insistiendo en que la inflación no supera el 9 por ciento anual. Economistas privados sostienen que el promedio de la inflación está en un 22 o 23 por ciento entre mayo del año pasado y el mayo que acaba de pasar. Prevén que los gremios, con Hugo Moyano a la cabeza, podrían reclamar un 10 por ciento más de aumentos salariales a partir de julio o agosto. "La inflación de este año podría trepar al 28 o al 30 por ciento", señaló un economista habitualmente consultado por la administración.

La inflación, el paro agropecuario y el malhumor social están desacelerando la economía, con mayor énfasis en el interior agropecuario. ¿Qué cifras pueden dar cuenta de esa retracción? Otros economistas, también privados, aseguran que el crecimiento de la economía será del 7 por ciento en el primer semestre, pero sólo del 4 en el segundo semestre del año. El promedio anual de crecimiento podría estar en el 5 y medio de crecimiento. Una cifra nada desdeñable para cualquier país, pero la Argentina viene creciendo al ritmo de casi el 9 por ciento en los últimos cinco años.

Una retracción de tres puntos y medio tendrá un efecto social importante y podría condicionar el crecimiento del próximo año, porque la economía despedirá 2008 con números bajos. Otro sesgo del problema es que la desaceleración de la economía no se está produciendo por obra de un plan oficial, sino como consecuencia de la inflación y la desconfianza social en la marcha de la economía. Es la peor manera de enfriar la economía, porque será difícil luego combatir el flagelo inflacionario y reconstruir la confianza en la economía.

Un segundo conflicto más importante que la crisis con el sector agropecuario es el energético. El ministro de Planificación, Julio De Vido, dijo el 20 de mayo último, optimista y seguro, que no habría restricciones eléctricas este año para las empresas y que los problemas con el gas serían breves y puntuales. La primera ola de frío desmintió al ministro en todas sus aseveraciones: la industria se quedó sin gas (y hasta el comercio en algunos lugares con densidad poblacional, como el barrio de Belgrano) y se terminó pidiendo a las empresas que hicieran un ajuste importante en el consumo de electricidad.

La Argentina se ha quedado sin millones de metros cúbicos de gas. Sólo recibe de Bolivia un tercio del gas que le prometió Evo Morales en su momento, y a Chile no le puede sacar, como lo hizo otras veces, lo que ya no le daba. Los combustibles alternativos (gas licuado, gasoil y fueloil) son abismalmente más caros que los que se producen en el país, aunque cada vez en menos cantidad. El dilema que plantea el aumento de tarifas energéticas es, por otro lado, que el Gobierno deberá pagar el precio político por ellas, pero no tendrá a cambio resultados inmediatos. Las inversiones en energía requieren varios años para conseguir resultados palpables.

En ese contexto, ¿ganan los Kirchner o ganan Miguens, Buzzi y Llambías? El deporte favorito del kirchnerismo, medir fuerzas, sucede al margen de un mundo preocupado por cuestiones más sustanciales. Esa notable ausencia explica, también, la creciente irrelevancia de la Argentina en el escenario internacional.Las movilizaciones de protesta de anteayer indican, además, que resultaron fallidos los pronósticos del oficialismo sobre una supuesta extinción de la rebeldía campesina.

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